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                  <text>CARLOS SABAT

ERCASTY

Unidad y Dualidad del Sueño y de la Vida
en la Obra de Miguel de Cervantes Saavedra
La conferencia que a continuacion publicamo , fué dictada
por el Profesor Carlos Sabat Ercasty, en el Salón de Actos de la
Universidad, a fines de diciembre del año último, como home1mje tributado por la Facultad de Humanidades y Ciencias y la
Cultural Española, a Miguel de Cerva~tes aavedra, en ocasión
del cuarto centenario de su nacimiento.

Cuando una circun tancia como la actual, el cuarto centenario
del nacimiento de Miguel de Cervantes Saavedra, no coloca ante una
per onalidad tan grande y tan e tudiada, y en el trance de contribuir
con nuestra palabra a la celebración de tan excelsa fecha, nos entimos como extraviados en la amplitud de la empresa que debemos
afrontar, y en el laberinto de los lem nto que el e critor y su críticos nos ofrecen. ¿Cómo reducir tan va tas dimensiones y tan complejas posibilidades, a lo ceñido límite de una conferencia? Para
conseguir una íntc is satisfactoria, ninguna esencia podrá ser excluída.
Abarcarlo todo, oprimiendo e a afortunada abundancia, e como
ahogar el tema y marchitarlo en una pri ión demasiado estrecha. ¿Qué
hacer, puc ? ¿Cómo cumplir? Procedamos como Don Quijote en la
encrucijada de los caminos, oltándole las rienda a Rocinante, para
que ólo el azar re ponda de la p regrina po ibilidad de la aventura.
Bien puede el pen amiento de empeñar e, ante Cervante y ante u
hidalao, como un aventurero más. Al obligarnos menos, al no ofrecer
otra cosa que el imprevi to epi odio de un instante, al correr, libre
y sin compromisos, por los campo del alma, no hacemo otra cosa
que colocarnos a gran distancia de todo juicio riguroso y de toda
cerrada prevención, pues el azar no admite reglas, y su vuelo es como
una burla amable a los que e peran más de lo que la suerte, de vendados ojos, puede entregar a nuestro deseo .
Muchas veces C rvantes ha hablado, directa o indirectamente, d
í mimo. Bastan us palabra para configurarnos su carácter y su
vida. Cuando 1 escrutinio de los libros en la biblioteca del Caballero,
le hace decir al clérigo: "Muchos año ha que es amiao ese Cervantes
y é que e má v r ado en de dichas que en versos". Esta confe ión
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�tan encilla no ha la para corrohorar el modo cómo el e critor conlemplaha la per pectiva doloro a de su año , cuál
miraha a í
mi mo atrave ando en u propio pasado el cuadro d
us memorias,
cómo, hecho el balance de u a de bordado m dio iglo, se conideraha má docto en angustias que en letras.
n contemporáneo
suyo, que le admiraba y le di tinguía por la altura de su ingenio, el
Licenciado Márquez Torres, al redactar la aprobación de la Segunda
Parte del Quijote, cuando ólo le quedahan a u autor catorce mese
de vida, no dice que al llegar alguno embajadores de Francia a la
dudad de Madrid,
aproximaron a él 'de eo os d aber qué libro
de inaenio andaban má valido , y tocando aca o en e te que yo estaba
cen urando, dice, apena oyeron el nombre de 'Ü!!Uel d Cervante ,
cuando e comenzaron a hacer lenguas, encareciendo la estimación
en que así en Francia como en lo reinos u
onfinante e tenían
u obra la Galatea, que alguno dello tien ca i de memoria, la
prim ra parte de ta, y la
ovelas. Fueron tanto lo encarecimientos,
que me ofrecí a llevarlo que viesen al autor della , que estimaron
con mil demostracione de v:ivo de eos. Preguntáronme muy por m&lt;'nor u edad, su profesión., calidad y cantidad. Halléme obligado a
decir que era viejo, oldado, hidalgo y pobr : a qu uno respondió
entre formales palabras: ¿pue a tal hombre no le tiene España muy
rico y u tentado del erario público?' Acudió otro de aquellos caballero on este pen amiento y con mucha agudeza, y dijo: i nece idad
le ha de obligar a e cribir, plega a Dios que nunca tenga abundancia,
para que con su obra , iendo él pobre, haga rico a todo el mundo".
Y en verdad que aquél que e to último comentara, acertó de una vez
en todo, pue la pobreza fu' la mu a de Cervante , de u necesidad
nació la má alta riqueza del e píritu, el oro inmaterial del aenio,
más fuerte, más durahle y más bello que aquél que la nao hispanas
traían de la áurea América . Porque d aquél ólo queda en Ca tilla
y León el vano fantasma evocado por la hi toria , mientra que del
de la miseria de Cervante permanece, - inconmovible en su vir·
tude , indestructible en la espiritualidad del v rbo- , la realidad vital
de Don Quijote, de Sancho, de la Dulcinea, y del coro humano que
dió fondo y per pectiva, movible y cambiantes, a la má prodigiosa
peregrinación del ideal y de u vencimiento, del entusiasmo y de la
melancolía, de la esperanza y del final desencanto.
Largo, difícil y malhadado fué el peregrinaje de Cer antes. Su
vida trabajada, la perpetuidad de us peripecias, la potencia impre·
ionante de oh ervación en que é ta caían, tra la dicha efímera y
el fracaso perdurable, a los pozo espirituale de su experiencia, le
concedieron ese tipo ustancial de abiduría, denso de verdades humana , elaborado en lo uh u los de la realidad que dan la materia
indi oluble de la grande obras. Ca i no fué e critor hasta pasado el
medio siglo de vida. O por la nece idad, o por el disfrute repentino
y variado de la aventura , o por no hallar nunca la ocupación provecho a donde arraigar lo dia y los hechos n un terreno firme, el
azar no le dió tregua, y fué llevándolo a merced de un de orden genial
que le impedía la calma y la riqueza, pero le dejaba en la carne viva

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�las huellas y los relieves de un mundo que él fijaha en las ocultas
galerías de su sensibilidad. Pudo así soñar, y de encantarse de los
sueños. Pudo así ver, en donde otros, más felices no veían. Pudo
también esculpir lo esencial obre el flujo y la efímera corriente de
los instantes. Y pudo asímismo, irónico y escéptico, ·desengañarse sin
que el desvanecimiento de las aspiraciones y los sueños, lo arra trasen
a la locm:a dese perada, o al tránsito nihilista qu postra las divinas
herramientas del genio. Como su. hijo, Don Quijote, c dió a hu car
el aumento de u honra y puso su brazo heroico al servicio de la
república. ¿ Fué loco entonce como el caballern? Y al perder la uh lime locura, maduro ya el juicio por la repo ada azón de lo años,
¿por qué como el Hidalgo de la Mancha no se t ndió en el l echo
mortal para dejar la vida en el callado desastre vencida el alma y
angustiado el flaco pecho por las melancolías y lo desabrimiento ?
¿Por qué como Don Quijote, detrás del último fraca so, y ya sobre
el medio siglo, no se echó a morir, resignado, para sellar en el silencio el denuedo inútil y la vanidad de . todas sus empresas?
En la edad en que el Hidalgo manchego se volvió loco, Cervante
maduró su cordura. Cuando el caballero, desdoblándose, separó de
la razón su sinrazón para ensoñar y realizar sus empresas, Cervante
se sumerge en sí mismo, y se busca, sereno y recobrado, en us entrañables profundidades. Cuando su hijo, el Caballero, crea la e peranza, arde en la fe y empuña la lanza para vivir sus utopías,
Cervantes descubre su propio humorismo ; melancólico, sonríe ante
los hombres; y la fronía dibuja, finísima, el leve y reflexivo sonreír
de sus labios. Cuando el Hidalgo de la Mancha trasmuta su flaco
rocín en un corcel que avergonzaría a Bucéfalo y Babieca, Cervante
e desmonta de su Clavileño, y entre las murallas de u soledad, pa ea
sus graves tristezas por la hondura de los vividos años, para extraer
de ellos los hijos que engendró su experiencia eu la fertilidad de su
ingenio. No más Dulcinea , no más gigantes, no más encantadores,
no más azarosas contiendas ni afanadas búsquedas. Estaba vivo y
estaba muerto. Con la sangre ardiente aún, pero sin las ilusiones ni
las esperanzas. Su creación vital había fracasado. Aquitósele el pie
andariego, serenósele la clara frente. Helósele el brazo. Recóndita
ceniza le adormeció el ambicioso pecho. Y en silencio, inclinada la
cabeza sobre la diestra mano, suave como en un crepúsculo, mirándose hacia adentro, pesó su destíuo en los platillos del bien y del mal.
Y con amor de belleza, arando con su voluntad las íntimas praderas,
se sembró a sí mismo; y aró el dolor, y calentó las aradas eon los
soles del poeta; y no contando con más riqueza que las palabras,
hizo de ellas un mundo tan grande, tan variado y tan profundo, como
aquél donde corrieron sus aventuras, y donde sazonó, en peligrosos
días, la ruda y alta experiencia de su vivir. Supo que la resurrección
sobre las propias cenizas, es más prodigiosa aún que el nacimiento.
¿Por qué no murió desencantado como su Don Quijote, tras del último fracaso, y al rozar el ceniciento perfil del medio siglo? Es que
Cervantes era poeta, o lo que es igual, creador, y no hay placer tan
hondo, tan prodigioso, tan extático, como el de la creación misma.

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�Sólo el amor crea en el universo, y nada tan divinamente dichoso
para el cuerpo infinito del universo, como ese a.mor que lo hace
padre y madre entre el oleaje del Eros cósmico. Ese mismo influjo
erótico, penetra en las entrañas espirituales del artista, y les fluye,
como de la Naturaleza, la ola de las formas viva . La idea es el
padre, y la sensibilidad es la madre. Una desprende el rayo fecundo,
mientras la otra lo recibe en la sustancia movible de las imágenes.
Y al confluir amhas en el torrente vital del hombre, la obra del
genio levanta la potencia de sus hijos, el mundo concreto del arte,
como de la tierra, alnazada por el sol, emerge la rrracia germinal de
la espiga. ¡Ah, pensaría Cervantes, ahora, en este otoño delicado y
triste, nada tan bello, tan conmovedor, como darles vida inmortal,
cuerpo y esencia de inmortalidad, a los sueños maravillosos de poeta,
de creador, que se levantan de mis profunda experiencias. Y ahí
está el secreto de su desquite. Su sabiduría, sobre la llama del genio,
se hizo poema. La creación fué su clave mágica, y le evitó la locura
melancólica, o el oscuro suicidio, o la muerte por desencantos o por
angustias, cuando la tristeza, pálida la mano y valiente, abre las
puertas de la vida a la enfermedad, para que la nada se acueste
sobre la sangre, desvaneciéndola.
Fué la poesía para Cervantes su primera ambición, cuando el
brioso y emocionado trance de la juventud, y cuando más tarde, en
la Galatea, presta su voz de amor a lo artificiosos pastores. Y lo
fué en sn teatro. Y lo fué mil veces, sino siempre, en la perpetua metáfora del Caballero Andante, creando en eterno poema los mitos
maravillosos destinados a desvanecerse en el choque ineludible con
la realidad. Y lo fué también, lleno de nostalgias por erlo más y en
más aguzado extremo, en el Viaje del Parnaso. Y murió con la frente
apoyada en la asomlnosa hipérbole épico-lírica ele Los Trabajos de
Persiles y Segismunda. Padeció, pues, como pocos, la deliciosa ·e nfermedad de la belleza, con una obsesión que no disimula el desencanto de su confesado fracaso, en lo que toca a la poesía de los versos.
Maravillábase de lo mae tros del arte rítmico, que lo emularon mil
veces con su ejemplo, y ante cuyas músicas verbales, su oído le trasmitía al alma ambicio a la delectación de la melodía. Imitóles hasta
llegar al linde del sublime secreto, como si el hado hubiese querido
re ervarle para su prosa, todo cuanto los dioses otorgan al milagro
del genio. A sus ojo la poesía era ensoñación, y el mito del Eros
poético, no distaba mucho del mito del Eros caballeresco, como en
la esencia de las calidades espirituales, sueña tanto el alma contemplativa e inmóvil que crea en imagen un universo que se desprende
del anhelo, aunque la acción del hombre permanezca encadenada,
como el que, imaginando un mundo espiritual sobre un mundo real, se
arroja locamente a luchar con sus propios fantasma , sin atender a la
dura sustancia que gravita debajo de ellos. Poesía y caballería son entonces dos modos de la imaginación. Arrancan del mismo deleitoso engaño. Igual en lo íntimo es la aventura juvenil de Lepanto, que la aventura senil del Prrsiles. En una. el sueúo se h ace en el filo de la espada,
En la otra, en los extremos de la pluma. Pero en Cervantes, ante e]

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�actor y el poeta, hubo el espectador y el crítico. Se conte.m plaba a sí
mismo. Se juzgaba sin temores. Sincero y desnudo de coraje, anteponía la razón a los sueños, la tierra al cielo, la realidad a la imaginación, la verdad, cruel y dolorosa, a la quimera enmelada y cortés.
De ahí su dualidad, su humorismo, su yo conflictual y dramático, la
fluencia de sus contradicciones, sus armonías y sus discordancias, sus
mundos contrapuestos y antagónicos, su Don Quijote y su Sancho, su
España loca y su España cuerda, su mundo metafísico y trascendido
y su mundo real y recio, y hasta su desastre en la acción, y su triunfo,
ya crepuscular, en el triunfo del poeta.
Afanábase, y el mismo Cervantes es quien lo dice, en ser poeta,
mas el cielo, y él asimismo lo atestigua, no le quiso dar cumplida esa
anhelada gracia. También en esto soñó, pero en vano, nunca pudo
colmar sus aspiraciones. Toda su vida fué fiel a esa inalcanzada Dulcinea, como Don Quijote a la suya. Sembró sus novelas con mil cantos,
a medida que amaba a esa esquiva diosa, de la cual hubo de construir en su imaginación un mito clarísimo y sublime. Frecuentaba su
templo para hacerse digno del favor de esa divinidad. Se ejercitaba
en el secreto lenguaje, por lograr la magia y el encantamiento que
en otros, tan admirado por su nobilísimo corazón, sorprendía y elogia])a. Discernía con certe1·a sutileza; como lector y crítico, los valoree
y los matices má afinados de la poesía, pero él, aún en esto desventurado y triste, nunca se aceptó a sí mismo, y fué acaso el peor
enemigo de sus rimas. Largo amor el suyo a la gloria de Apolo,.
Confiesa que desde sus más verdes años amó el dulce arte de los
versos. Con el ánimo del poeta lírico, buscó en la poesía el más bello
medio de confesarse de su intimidad. En suaves rimas volcó sus difíciles esperanzas, tan inútiles y vacías, que fué como sembrarlas en
la arena. Y ya viejo y melancólico, a pocos pasos de la muerte, sigue
ejercitando su pluma en la tierna y deleitosa música de las estrofas,
y en larga secuencia de tercetos, describe su viaje al Parna o, abre
en su corazón la fuente de las rimas, y regala, con mano liberal, copiosos laureles para las nobles cabezas que triunfaron en aquel arte
que tanto amó su frente. Une poesía y pobreza, que era tanto como
&lt;lefinii:se en sus deseos y en sus realidades. Considera, que ya cantando
amores o llorando guerras, la vida del poeta es nada más que un
sueño, tiempo en que no se vive, tiempo en que el tiempo se pierde
para la realidad. Intuye la naturaleza delicada y suave de quienes
sólo cantan en un mundo de esfuerzos y fatiga . V e el toque de la
locura aun en el más cuerdo de los rimadores, que pierde en bienes
lo que gana en quimeras. Pero, luego, mirándose a sí mismo, sólo se
considera cisne por la nieve de las canas, y cuervo por. la ronca voz,
puesto que el ingenio poético ha sido duro para u alma, y por ello
la buena fortuna no lo levantó a esa gloria sobre su avara rueda.
¿Cómo disculparse, entonces, a sí mismo, si tantas veces reincidió
en la poesía? El mismo nos confía que le faltó el ocio feliz. La riqueza no colmó jamá su mano. Sus sueños se enturbiaron con exceso
en el áspero vivir de cada día . Y él supo, y él lo dijo: "en el poeta
pobre, la mitad de sus divinos partos y pensamientos se los llevan
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�lo cuidado . de busca1· el ordinario u tento". ¿Por qué no ce10 Gi
1al era u juicio último? ¿Lo reflexionó así dema iado tarde? ¿S
desencantó, como el Caballero, de la otra Dulcinea, cuando la muerte
e le acercaba, y los jóvene pájaro de antaño, huían, dcsalentado8.
de su cabeza? ¿La que 'l creía errada vocación, tan próxima a la
locura mi ma, fué algo má que una de las Dulcinea que imantaron
u anrma,
con mano dulce y de extremada piedad, le suavizaron,
no la herida de Lepanto, ino la herida de todo u vivir? Soñar la
poe ía, crearla, pen aba acaso Cervantes, era como de plazar e de
la angu tia, como tomar la tri teza y la amargura, y embrándolas en
las divina ntraña de la música, hacerla brotar en hermo ura y en
belleza, prodiuioso desean o para regalo y deleite de la llaga , para
olvido y vencimiento de la ombras!
Cuando Cervantes largo y den o de año , ya por detrá de lo
sueños activo , desdoblándose, sube como nunca desde el hombre
azaroso al puro creador e tético, se in tala de pronto en lo más alto
de su propio genio, y mira, agaz, de de allí, la realidad univer a1.
mientra e contempla a í mi mo, tra mutándose en el e pectador
upremo, en el poeta empeñado en alvar al hombre que hasta entonce había ido. Sublima u experiencia vital. Sublima u lucha, su
dolor, u mi eria, su melancolía, su desencanto. H lo, pues, en un
nuevo y má prodigioso encanta.miento. Hahía llenado su er con ]a,
visione del mundo, y toma de us propia entraña la realidad de u
er para convertirla en poema. El mundo g1·is del hombre vencido,
adquiere de uolpe lo vivo colore de la belleza. Se ha mpinado n
ciende o baja por su tiempo como por una montaña.
í mi mo.
libera. Vence su fracaso creándose con 1 sueño y la verdad del hombre. Y como e tá su propia vida en el fondo de su gran novela, reirá
llorando, llorará riendo. No hará una tragedia, ni hará una comedia.
Más lejos irá su genio. Creará un mundo completo, una humanidad
que e contempla a í mi ma en su do caras: ironía y gravedad.
burla y llanto. Su Don Quijote erá una int gración, y como tal, una
tragicomedia.
Aunque lo biógrafo de Cervantes hayan trabajado on tanto
fervor y porfía, para trazar, en cierto modo con datos auténtico , el
itinerario de su vida, y reconstruir su carácter, mucho no queda aún
por aber del padre de Don Quijote. No oh tante, el sondeo del libro
pe e a su lograda objetividad, e un elemento revelador con respecto
al alma donde íué engendrado. Creo por ello mi mo que es nece ario
recurrir a la apreciacione y juicios que e van vertiendo en el cur o
de la novela, y le trasmiten mil tono e pirituales que denuncian e]
múltiple humor de una vida. El color del agua nos dice sobre qué
tierras ha corrido el río, y hasta cuál e u origen. Pongámonos ante
las orillas de la narración cervantina y veámosla pa ar ante nuestro
ojo . El fluir del lenguaje, el matiz en ible del estilo, el movimiento
de la fra e, el carácter de lo episodio , la jerarquía de la palabra,
el tinte espiritual de cada ser, la órbita de sus voluntades, sus meditaciones y reacciones ante el hado de los hechos, la riqueza y variedad de u aptitudes y conducta, su anhelos, su resi tencias mo-

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�rales, us diálogos y discur o , tienen, en medio de u diversidad objetiva, un punto común ineludible, originario, que no
otro que el
autor mi mo de donde emanaron. Creamo lo que orno y ha ta donde
omos. La abundancia de la fuente denuncia la ma:niitud de u entraña. El poeta, en el entido de creador, puede er sólo ·1 o la aldea,
o la región, o la gran ciudad, o el país, o el mundo.
puede er el
ayer, el hoy, el .mañana, o el tiempo todo. Esta o la otra franja de
la ociedad, el hombre n u ello o el hombre en la totalidad de su
virtud ilimitada. A ma or capacidad, mayor horizont .
má altura,
vi ual má abierta. Llegada u alma al máximo de envolvimiento y
a la suprema complejidad, todo cabe en ella, a vece omo tumulto,
a veces como orden. E un pueblo de pueblos, inleriorm ntc vivos,
donde todo s distribuye
aún el retrato de la
atura]eza misma.
pero donde todo e colorea del tono de una vida rrrande y oberana.
Cervante , que todo lo hmnano lo abarcó en u pl nitud, e dió o?n
frarrmento , como un conqui tador que va fundando pueblos di tintos
en un continente viraen. Pero fué má lejos. Tomó eJ mundo y e
tomó a sí mismo, y entrando el uno en el otro, a la manera como la
vida penetra en la materia y la vitaliza. logró la uprema unidad, y
la hondma dimanó de la ten ión _ la exten ión pod ro amcnt alnazada por su e periencia.
Cervante está todo aludido en su Don Quijote. Más profunda
que la episódica red de u actos, es la de su arte. Quien busque su
esencias, penetre en us hijo . Hay una permanent transfu ión e ·
piritual del autor del Quijot a su héroe, y a todo lo per onajes
que surgen a lo largo de su peregrina travesía. El concepto que el
e critor se había formado de u vida, y de la vida humana en u totalidad, va pa ando de de adenu·o de u genio a la boca d u héroe ,
y en especial, a la de Don Quijote. El caballero d la Mancha die
lo que el autor pen ó, oñó y ofocó dentro ele í mi mo. De ahí u
mezcla singulaT de locun y cordura.
ada má di paratado que el
hidalgo de la aventura , cuando en él actúa aquella part d u alma
que corresponde al ejercicio de la caballería andante, pero nada má
razonable y azonado en Ja gravedad de la experiencia, que cuando el
mismo hidalgo, devuelto por el fracaso a los quicios de la serenidad,
disclu-re, co;rno en el azar de las conversaciones cotidiana o en e1
íntimo, silencio o monólogo, di curriría el mismo Cervantes. De ahí
surge la identificación Cervantes-Quijote. Es decir, un doble desdoblamiento. El caballero d la Mancha es loco y es cuerdo. Y Cervantes, frente a u pTopia creación, e atírico, o es erio y grave,
cuando no, triste. Ríe de la in en atez de Don Quijote, y, amoro amente, quieta ya la lanza del caballero, e emociona ante él y lo
admira, cuando lúcido, y n Ja alta jeraTquía de la razón, el mi mo
caballero vierte us doctrina , que no podrían cr otra que la de
Cervantes. Con Sancho ocurr lo mismo. Ese aldeano e profundo
como el barro del astro, que sabe dar la vida y recibir la muerte. Su
realismo no e rutinario y pueril. Tiene u verdad n us fuerte
puño , como el hondero tiene el ¡mijarro acertador en u dura mano,
antes de colocarlo en la honda. Cuando ha'bla, lo id ale del caba-

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�llero tiemblan en la delicada sustancia de sus sueños. Trae la afirmación de ahajo. Desea y sueña también a su modo, con grosura y
hambre terrestres. Ama al caballero hasta que el llanto le salta de .
las honradas entrañas. Tiene a su favor el viejo saber de los siglos
del pueblo en los quilates apretados de sus refranes. Es tan variado,
tan henchido de vida, tan profundo de realidad, que escapa siempre
a todo juicio simplista. Ha sido calumniado cien ~Úes por quererlo
hacer de una sola pieza, pues de su barro sale el heno y la encina, el
fruto denso de miel y la flor rústica ele acendrnda sencillez, y el musgo
tierno y la áspera corteza, y la densa madera y la fina savia. Y Cervantes no desdeña jamás entrar a su boca y llenársela de firmes razones.
Bien que Sancho haya acompañado a u amo en toda sus aventuras, y que us privilegiados oídos recibieran, tantas veces, las altas
doctrinas del caballero, no pudo alcanzar para sí mismo la excelsitud
del hidalgo, aunque barrunte a veces que hay allí algo que vuela
y sube muy arriba la esencia del hombre. La libertad que exalta
Don Quijote, la misma que lo arroja a las aventuras sin más ley que
u firme fervor del bien y de la justicia, la misma con que quiere
quebrar la violencia, el desamor, el desvío malvado, la ciega prepo·
tencia y el orgullo que veja y humilla, esa libertad, tan arraigada en
Cervantes, implica una profunda ejercitación de í mismo, un creci·
miento de la dignidad humana, una soberanía de la mente liberada
de toda servil cadena que encarcele la espontánea creación del acto,
y una contemplación de este mismo por el goce desinteresado de emanado de una voluntad que sólo obedece a su noble energía. Algo del
vuelo quijotesco había aprendido Sancho, pero no tanto que llegase
a redimirse del peso de su materia, de la gravitación de su interés,
de la dádiva que le recompesaha, del oro que hacía besar la mano
que, al darlo, aca o, ofendía. Y Ccrvante se esmera en señalar ambas
actitudes y ambas conductas. A Don Quijote lo urgen el bien y la
honra. Ley de amor es la suya, sobre el mundo exterior, y ley de
dignidad y honra la que instituye parn su mundo íntimo. Gasta ge·
nerosamente la realidad de la vida para comprar, en cambio, el sueño
de la inmortalidad. Cambia sangre por ahna y tiempo por gloria.
Desdeña todos los bienes por el bien del renombre, pero se afirma,
estoico, en esa única felicidad, inquebranta]Jlemente hu cada, cediendo
entera su vida para vencer a la muerte. Y lo hace al estilo heroico,
no ocultando jamás el pecho a la herida, león entre los leones, porque
una muerte bella jamá , para el caballero andante, es una muerte
real Y a ese precio se puede ser libre sobre la tierra, porque el que
nada le pide a la realidad concreta, la sobrepasa y la sojuzga.
También como el caballero, el escudero, junto a él, se aleja cierta
vez, del palacio de los condes. Si fué burlado Don Quijote, no menos
lo fué Sancho, si bien es cierto que los burladores, pese a sus dignidades y jerarquías, estaban más cerca de comprender al servidor que
al amo, y acaso simpatizaban más con la rasa simplicidad del aldeano
que con el hcroí mo y el amor metafísicos del hérne. Porque sohre
lo ridículo de Don Quijote, se cernían, levantándose desde u mente,
águilas y rayos, con los que Cervantes se daba a conocer a í mismo,

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30 -

�y ahí, en ese volar de los altos ideales, no encontraba nada más que
un coro de risa . ¿Qué importaba la levantada doctrina del héroe,
el sacrüicio de su generoso pensamiento, la alteza de sus mira y la
verdad de su dolor humano, i todo ese mundo se cernía tan encumbradamente obre la gozosa y complacida mediocridad de eñores y
damas? La burla da la medida del burlado, pero sólo hasta donde
lo burladores pueden subir en las escalas del espíritu, antes de
burlarse. Y muchas veces la ri a se vuelve contra el ri ueño, y denuncia su gro ería, o su pequeñez, o su depravación. Don Quijote lo
había comprendido así. El era caballero para caminos abierto , era
de los errante , de los azaroso , que velan hu cando el peligro y
duermen sin temerlo, porque no tienen má verdad que el heroí mo,
ni más ley que l libre impul o interior ejercitándose en la interminable ofrenda del 'bien. Lo muros e clavizan y corrompen. Bajo lo
techos no cabe el aire de la gran salud espiritual extremándose en
empresas limpias y re plandccientes. Los palacios eran, para el caballero, cárcele cómodas y ah1mdantes, donde 1 alma, atada al goce,
se corrompe como un a1rna e tancada. Bien sallia Don Quijote que el
esclavo, parn di imularse a í mi mo, sólo de ea mover e ntre e clavos. Y por e o, la riqueza y la adulación de los duques y de todos u
cortesano , lo ofendían. Y nunca fué má feliz que al romper la hipócrita cadena de oro con que habían lo ociosos paralizado su
voluntad. Al volver el caballero a la libre luz y al aire libre de los
campo , puesta u mente en el palacio de los condes, traza en e a
luz y en e e aire el elogio de la libertad, porque con u concepto
y us palabra limpia su e píritu, y ha ta limpia u propia boca
de toda la impureza y la mediocridad que e le hubiere pegado en
aquella hermo a cárcel, más csclavizadora cuanto mayor fue e su
riqueza, su refinamiento, y su falsa genero idad. Le pagaron, espléndidos, la desalmada burla, pero ahora el hidalgo hacía volar, sobre
lo muro que lo apresaron, la águilas y lo rayos de su libertad.
Sancho, en cambio, no puede llegar a tale extremos.
vece
Don Quijote lo levanta en el ala de u di curso. El escudero ospecha
la majestad. Se desprende de í mismo. Intenta la quijotería. Enflaquece la carne y ensancha el espíritu, pero tra el contagio momentáneo vuelve a caer en sí mismo, conformándose con ser el fiel 3cauidor
de la locura sublime, pero jamá el loco que e ohrnpone al ridículo,
para vivir la pl oitud de su sueJÍos.
Sancho ha oído el ditirambo con que u señor acaricio, conmovido, la virtud y la grandeza de la lib rtad. La óptima palabra
de Don Quijote y la valentía de sus pensamiento , dieron en su frente
lo repetidos aletazo del alma que e sabe a sí mi ma y no encuentra
precio a si,1 clara dignidad. Sobre nube y sobre a tros e tá ubida
la jerarquía del caballero andante, hecha a rozar, en la imitación
de lo arquetipo , la divina tra cendencia de la ideas puras. o ceja
ni e de encumbra ante el escarnio, ante bien, la átira que lo ca tiga.
lo ensoberbece, y obre la risa cínica toma de nuevo altura para
,obrepa ru:, soberanamente, la talla de lo e carnecedores. Sancho
lran a. Recibe, a cambio de u grotesca comedia la paga que grati-

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31 -

�fica al hi trión. Dió Ti a, y recibió moneda . Toda aventura en que
se comiese ha ta la saciedad o en que un puñado de doblones compensara su escudeól ejercicio, era buena, y digna de memorarse. ¿Qué
libertad es comparable, para el bueno y sensato de Sancho, a la de
u e tancia con lo duques, i ahora, apretada dbre el pecho, pegada
al latido de u corazón, trae, por obra del mayordomo del noble,
la bolilla repleta con doscientos ducados? Virtud es el agradecer, y
Sancho, virtuoso según la medida de su frente, agradece el don.
Calcula según sus necesidades domésticas. Noble también es el metal
con que lo honraron. Brilla como la estrella. No quiere el laurel del
genio, ni la e pinosa corona del mártir, ni la vehemente inmortalidad
&lt;lel héroe, pagada con san rrr - y sacrificio. Quiere, sí, la seguridad de
la carne, la recia mano apretada al pan de cada día. Y como esperanza, la ínsula que le otorgará, según su sueño, más eguridades
que glorias. Sancho se apega. Don Quijote se desapega. Sancho se
ata a lo actos con ano y natural egoísmo. Don Quijote e desliga
de us propios acto . Sólo sabe dar. Si se adueñase del mundo, máima ín ula, se de prendería ele él para no manchar el desinteresado
re plandor de la gloria y para tener motivo y campo de nuevos heroísmos. Vive en poesía. Cada aventura es un canto de su poema, un
golpe de alas de su propio ensueños. Su goce es e tético, aunque
su brazo ea ejecutivo. A veces el estilo de la acción vale más que
la acc1on misma. E cuchad la palabra con que prec ele al aolpe, y
os u penderá la hermo ura, a pe ar de la ironía del Cervantes. Su
mundo es amoro o y bello. Y por eso es libre. Con el amor sojuzga
al egoísmo, y con la belleza se desliga de la utilidad.
La vi.da de Don Q1üjote, una vez lanzada al riesgo de la aventura
caballere ca no e má que una peregrinac10n errante, insensata y
ridícula a lo ojos de Cervantes, y a los de todos aquellos personajes
que el mismo noveli ta imagina para incorporar una humanidad entre
la cual se muevan callallero y escudero. El hidalgo ha ahandonado
us lilnos, al frisar en el medio siglo, para vivir según las circunstancias y las esencias de eso mismos libros. Repentina, su voluntad
pasa de. la contenida contemplación a la acción de lJOrdada, para lo
cual fué necesario saltar de la razón a la locura. Superpone, de inmediato, al mundo verdadero, según el criterio común de los hombr s, un mundo ensoñado, que emana de su espíritu por obra de una
imaginación prodigiosamente estética. Es desde ese instante un poema
vivo. Cada aventura e un canto, C'lda instante, un verso, pero no
en la forma inconcreta de la palabra, sino convirtiendo el impulso
espiritual en acto. El héroe no e da tregua. Marcha siempre en busca
de más extraordinarios azares. Tan poética es la entraña del caballero, que más que encontrar las aventuras, las crea. Desde el principio de la narración, sabemos que el hidalgo ha perdido el juicio
por leer, sin descanso, los libros caballerescos. Pero su existir está
ometido a una especie de ritmo pendular, en cuyos extremos es loco,
pero no así cuando el péndulo desciende entre aventura y aventura,
pues entonces el caballero razona cuerdo, aconseja a'bio, habla prudente, filosofa ponderado, poetiza certero, y o-obierna sus actos cual

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32-

�si su mente se acomoda e a la percepc1on real y e ·acta de las cosa11.
Este procedimiento sagací imo desde el punto de vi ta moral y p icológico, permite a Cervantes agrandar y extender hacia todo los
planos imaginables de la vida, el desarrollo de su creación. Y al
introducÍl" una tan fecunda contradicción en la mente del caballero,
dislocando en una mi ma individualidad la locura de la cordura, está
en condiciones de formular un juicio universal y de incluír en la
novela caballeresca una visión completa del cosmos y del hombre.
¡Razón y sinrazón! ¿Qué puede quedar fuera de e ta antinomia?
La razón abarca todo el plano de la a1·monía, de la lóaica, de la
observación, del contenido real e ideal de la vida, de lo concreto,
de lo ah tracto, de lo inteligible y de lo ininteligible, dibujando el
universo y todo sus contenidos dentro de lo mecanismos universales
del pensamiento. La sinrazón, despedaza el cuadro de la inteligencia,
tÍl"a hacia los sueño , hacia las aventuradas intuiciones, hacia la fe,
justificando el arranque de la pa ión, alz;ndo luz imposible obre
la luz po ihle, creyendo en lo increíble
en lo absurdo, superponiendo así al orden de la lógica y a la concreción de lo ensihle, el
apar nte desorden de la emana ión interior, de la incontrolada
fluencia de la imárrene subjetiva .
La parodia de la novela caballere ca queda desbordada. Ccrvante , por impulso genial, incluye en su epopeya burlesca la potencia
dinámica de u arte. La vi ión de u libro e percibe alternativamente
a través de tre planos que se separan en fértile antagonismo , o
concluyen en integracion s de con ertantes. El lector camina, corre,
vuela por el movimiento de los episodios, y por los diálogos y discursos que llenan lo intervalos de la acción vi ihlc con la acción
uhjetiva de los monólogos, de la peroraciones, y con el elemento
dramático del dialogado conducido a la suprema verdad humana.
El arte de Cervantes lo puede todo. Es creación pura, extraordinariamente animada, plá tica y dinámica, e terior interior, con toda
las repre entaciones concreta de la vida, tomada en la verdad có mica con fuerzas de titán y rrarras de águila. El lector, inadvertido
del milagro, casi no tiene tiempo de juzgar y de elegir. La simpatía
humana de la creación cervantina, lo roba de sí mismo y lo impulsa
con el mi mo impul o de los personajes. E como otro modo de vivfr,
no menos real, en el plano estético, que aquél en que se vive en la
aturaleza mi ma. La potencia aerminadora y reveladora no puede
·ir más lejos. Tan pronto Don Quijote nos arrebata con su locura sublime y absurda a la vez, o no divierte con sus aventura insensata
y cómicas, o nos entristece, cuando, levantado sobre la nubes de su
ueños, choca con la áspera realidad, y cae a nuestros pie desde su
alucinaciones obre el e peso lodo donde, fatales, nos· movemos. Ido
de u cabeza, momentáneamente, los pájaro de su locura, el lector
e ubica entre el caballero y el c cudero, y el alto razonar del amo
lo ubyuga, lo gana como adepto de su sabiduría y de su bondad,
en la que realidad y vida, aunque vistas de muy alto, se presentan
como do verdades madurada en la má pura reflexión y en la más
ondulante experiencia de lo días. Mas Sancho arguye, terrestre, cla-

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33-

�vada su lengua de refranes, dm·a y fuerte la frase por la palabra
vulgar, y densa la concreción casi mineral de sus ideas, crédulo hasta
la simplicidad y de confiado hasta la •b urla. No ya su mente como la
del amo campea por la amplitud del cosmos, sino en el sabor y el
olor de su aldea, atado su juicio a la reciura de sus sentidos y siempre
en un reali roo de primer plano, en la manera cómo los ojos ven, cómo
el oído oye y cómo la nariz huele. ada más fértil que el vertiginoso
contraste entre el caballero y el escudero. Del desbordamiento de la
locura aventm·era, pasamo al ensueño razonado de las utopías quijotescas, y tras e to, al realismo pragmático de Sancho, apegado a la
necesidad perentoria y al goce sencillo que a eguren la vida, no en
el desplazamiento metafísico de su señor, sino n las realidades que
atan el alma a la prepotencia del cuerpo, y el cuerpo mismo a]
espesor soberano de la tierra.
Agreguemos todavía la presencia múltiple de todos los seres que
forman el coro vario y matizado de esta univer al tragicomedia, en el
que caben el señor y el aldeano, el canónigo y el barbero, el ciudadano
y el campesino, el pícaro, el bachiller, la dama , las doncella , las maritornes los ambiciosos y los decepcionados, todas la formas y estilos del
amor, de la verdad, de la m entira, del interés y de la genero idad, ya en
el episodio que promueve la ri a, ya en el que u cita el llanto, y todo
ello en un impulso de la vitalidad y de la crnación humanas, que
parece de prenderse de la Naturaleza como en un crecimiento de
elva y como en una urgencia de abrirse paso en la esfinge del ser.
Si el que ve, habla y actúa e Don Quijote, todo ello se levanta, o
bien en la torrencialidad de una locura sublime, o bien a los niveles
más alto de una concepción idealista de lo creado. Si el que mira,
se mueve y comenta es Sancho, aquel uoiver o uperado en los planos
de la quinta esencia y de la idealidad, cuaja su ensueño en los moldes
recios de la sensación directa, y se plasma en la estructura inque·
brantable de la materia. Pero si el que contempla y discurre es
Cervantes mismo, notái una superación estética de todo eso mun·
dos. La pupila del poeta se ensancha como el univer o mismo, y su
visión no es una particularidad, sino una universalidad donde todo
cabe como representación de la belleza, como imagen y concreción
del co mos y de todo us contenido . El poema abarca la integridad
de la vida, pero como si el creador sobrenada e más allá de todas
las experiencias parciales del hombre, y en la altura, al modo de
tm dios, dispone, ordena, mueve, pinta, esculpe. Es el mago. Tiene
en su frente todas las clave de la acción. Devuelve al mundo donde
nació un mundo uyo, no menos verdadero que el otro, pero má
esencializado, más concentrado, como despué de una elección de
todos los valores y de todas las posibilidades. E , como todo el arte,
un sueño, una prodigio a vi ión per onal, pero oñada al modo del
poeta, no por el interés que apega al ueño mismo, sino por el goce
divino de la creación purn y de la pura belleza de lo sueños. El
lector no puede ya más descansar o fatigarse. No hay posible tedio,
pues en la riqueza lograda, toda monotonía se elude. El lihro puede
fluir en copio o capítulos. Todo cabe en él. Lo real y Jo imaginado,

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34 -

�lo verdadero y lo quimerico, la acc1on concreta y la libre dinámica
de los sueños, el pensamiento estricto y los utópicos vuelos, van de
la mano en esta sinfonía que tiene por instrumentos todos los poderes
que integran al hombre.
En Don Quijote, perdido ya por los extremos de la locura, la
dimensión infinita del ideal rompe el cuadro de la realidad, tal como
la sueña el promedio de los hombres. Su personalidad se agudiza
hasta el desequilibrio. La vida vulgar, donde está obligado a moverse,
por fatalidad humana, carece del incentivo de la aventura al modo
caballeresco. No hay sal en el barro de las frentes. La tierra reposa
vacía de heroísmo, reclinada en su propia miseria. ¿Cómo ser caballero en un mundo que ha perdido la dimensión de los grandes
deseos, donde la imaginación ha cedido ante el análisis, donde los
mitos maravillosos de la caballería andante son destrozados por el
rigor de la crítica, donde la uniforme medianía ríe del señorío de
la grandeza, donde la fe y el ansia no pueden volar más sobre el
Clavileño, donde el canónigo mata a Cristo en la fiebre del caballero,
donde el duque se solaza despedazando con la burla los 'b lasones de
Ja verdadera nobleza, donde el bachiller, modelado en las heladas
aulas, postra la exaltación a sus pies para cortarle las alas a la locura?
Para sostenerse, para erguirse, Don Quijote necesita la fe incalculada,
el amor inmedible, el sueño innumerable, la continuidad de la esperanza, el huracán de la voluntad, la locura encumhrándose sobre
Ja carcajada y sobre la som·isa, es decir, necesita la transfiguración
de las cosas vulgares, el tirón del ideal desde el cielo de las esencias.
No hay renuncia posible. El alma no puede evitar la empresa. Saltará desde la frente de Cervantes como el rayo salta del entrecejo de
Zeus. Su espada trae una luz desconocida u olvidada por los hombres.
Blandirá la hoja resplandeciente, y creará el milagro desde adentro
de sí mismo. Viene a parir de nuevo un mundo que fué viejo, pero
que lo ha rejuvenecido en el yunque de sus entrañas. Todo lo invertirá desde adentro suyo. Es el Prometeo de una llama inesperada,
el Cristo de una cruz que vuela. Puede, porque cree. La oscura tierra
está sometida a la barbarie y al despotismo de los gigantes, que
siempre los hubo, a la . egoísta perversidad de los soberbios, a la
magia negra del oro, a la poltronería y la mediocridad de los cortesanos, a la sombra espesa de los malvados y los pícaros, a la mentira
de los impostores. ¿Cómo no levantar el brazo, y con él la lanza,
y con ésta la justicia y el amor, para devolverle a la tierra el mito
primario de la Edad de Oro? Todo se puede trasmutar porque todo
emana desde adentro del hombre. El universo es idéntico a quien lo
mira. Don Quijote, ya enloquecido, desdoblándose, contempla el
mundo, y el mundo, como sueño de su locura, es creado repentinamente desde adentro de sus ojos.
El tono individual y el tono de los pueblos lo dan la intensidad
con que dominan la materia, para luego desprenderse de ella, y crear
Jos valores de la alta conciencia. Es entonces que da comienzo la
trasmutación de la tierra y del hombre, de la acción y del destino,
del anhelo y de la esperanza. Acaso Don Quijote llevó este salto

-35-

�demasiado lejos. Aspiró a ser el arquetipo. Le faltó tierra bajo su
marcha. Transfiguró todo su ser según su locura ilimitada. Vivió en
sus propios sueños, rodeado de su fantasía, como una estrella Jo está
de su luz enceguecedora. Fué a la vez la poesía y el heroísmo. Una
naturaleza estética sumergida en una naturaleza activa. El acero de
su espada pudo ser con más acierto el metal de una lira. ¿No fué
también el poeta Cervantes el héroe de Lepanto? Hénos ante un
ensoñador de la acción que se extravía en un universo de fantasmas.
Cada una de sus aventuras es un poema vivo. Tomó su propia perfección en su voluntad, la lanzó fuera de su alma sobre el mundo,
y al entrar en éste, sus gigantes se convirtieron en molinos. Cada vez
que despertaba en su encantamiento, extremaba su locura para no
morir desencantado. La abundancia de su corazón no se agotaba
nunca. Dulcinea era infinita, como lo es la necesidad de la justicia,
del amor, de la bondad, de la poesía, del heroísmo, al que crea su
propia perfección. Su locura es tan sublime como el bien. Si no la
hubiera vivido humanamente, sería un dios. Por vivirla, es dolor y
risa. Sí, leemos hoy su poema, y reímos dolosamente, es porque Don
Quijote es una franja del hombre, tal vez la más alta, sin la cual
el hombre mismo se sumerge en la oscura animalidad o en la opaca
materia.
El universo es doble. Sancho no lo sabía, y Don Quijote no lo
tuvo en cuenta. El pensamiento del homlne es ima creación que se
apoya sobre otra creación. Los molinos son a la vez molinos y gigan·
tes, así como el caballero de la Mancha es viejo en la realidad )!
joven en su propia idea. Si suprimimos el universo de Don Quijote,
la tierra no será más que un astro ciego y una fuerza oscura. El
drama de la conciencia tendrá por teatro el estómago, y por poeta,
a Sancho Panza. ¡Aquí, pues, del caballero andante! No lo mató el
desencanto, ni la derrota, ni la melancolía, ni el desabrimiento. Ni
la ironía de Cervantes pudo con él, ni la risa del mundo . El divino
Miguel lo destinó a la burla, y el caballero ha acabado por burlarse
de su padre, y para gloria de su padre. Y ~es que Cervantes lo mata
y lo crea, lo ridiculiza y lo sublima, lo aniquila con su ironía y lo
resucita con su amor. Lo levanta sobre Rocinante para derrumbarlo
bajo la carcajada de los hombres, y lo eml)ellece tanto, y le da tal
brío a la bondad de su corazón, y le extrema tan sabrosamente la
ternura de sus amores, y con tal ardor le hace resplandecer sobre
su casco la estrella de la justicia, que en lugar de una comedia escribe una tragicomedia. Y su héroe es doble, como lo fué también
la vida de Cervantes. Y el llanto invisible de Don Quijote es así tan
grande como la risa visible que despierta. Y la humanidad entera
está en ese equívoco. La risa extremada acaba por hacerse inexplicable aún para el mismo autor del poema. Mientras la razón y el
realismo de Cervantes ríen con su ironía, su heroísmo y su corazón,
escondidamente, gimen por el Caballero de la Triste Figura. Nunca
una situación más cómica y mas sublime. Nunca una verdad más
semejante a la del hombre de todos los siglos. Porque en la eterna
contradicción de todas las cosas, el hombre se desdobla fatalmente.

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36-

�Así lo comprendieron los griegos creando la tragedia y la comedia.
Porque si los gigantes son molinos de viento, la vida es cómica. Y
¿quién sabrá nunca la verdad de los gigantes y de lo molinos? No
habitámos sobre la tierra, sino que habitamos sobre el misterio. ¡Oh,
señor Don Quijote, la razón y la sinrazón, nos permiten afirmar que
la clave de la comedia puede ser la tragedia y que la clave de la
tragedia puede ser la comedia! Y eso eres tú, Caballero Andante, el
sublime absurdo de la tragicomedia humana!
Cervantes comprendió la clave del sueño, la doble ingenuidad.
Su risa hizo transparente la esfinge del hombre. El filo de su ironía
abrió el tejido de las apariencias, y nos asomó a la locura vacía del
caballero. Y abrió la densidad de la materia, y en los ojos de
Sancho nos deslizó al vacío candor de las sensaciones. Su tercera
vista no vió y juzgó desde la tercera dimensión de la esfinge. Se
burló del doble sueño, pero como no hay vida posible in el uno y
sin el otro, su ironía se convirtió en su propio problema. Fué demasiado lejos, y se hubiera extraviado destrozando la vida por desflorar
su enigma. Mas quiso, y pudo salvarse. Sobre la meseta de Castilla,
grave y austera, construyó una cruz, atravesando como dos maderos
el cuerpo de Don Quijote y el cuerpo de Sancho Panza, y en esa
cruz humana se enclavó a sí mismo por humana necesidad de amor.
Rió el llanto y lloró la risa. Fué má allá del hombre, a fuerza de
alejarse de él para retratarlo desde una perspectiva en la que se
sintie e liberado, a fin de ser más verdadero, de· la tiranía de aquellos
que retrataba. Y en esa soledad trascendente se encontró a sí mismo,
tan hombre como los hombres de su poema. Se miró. Se estremeció.
No podía ya renunciar a su empresa. Era su destino. La obra del
genio es una fatalidad, como el rayo. Y mientras se burlaba de sí
mismo burlándose de los sueños del hombre, su sátira se le hizo
herida y su pecho ensangrentado se le hizo amor. Por eso no nos
abandona. Por eso es nuestro camarada. Por eso, nos desencanta,
amándonos, y nos hace tropezar con su burla, y nos sostiene a la
vez para no vernos caer, i·epitiendo su propia caída. Y por eso se
crucifica en la cruz del hombre, en la cruz del ensueño atravesado
por la realidad. Y esa cruz suya es el amor con que e salva, como
hermano nuestro, y con que nos salva a nosotros, blanco de perdón,
como hermanos suyos!

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37 -

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              <text>La  conferencia  que  a  continuación  publicamos  ,  fue dictada por el Profesor Carlos Sabat Ercasty, en el Salón de Actos de la Universidad, a fines de diciembre  del  año  último,  como  homenaje tributado por la Facultad de Humanidades y Ciencias y la Cultural  Española,  a  Miguel  de  Cervates   Saavedra ,  en  ocasión del  cuarto  centenario  de  su  nacimiento.</text>
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              <text>SABAT ERCASTY, Carlos</text>
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              <text>Revista de la Facultad de Humanidades y Ciencias /Universidad de la República. Montevideo : FHC, UR , 1948, Año II, Nº 3 : p. 23-37</text>
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              <text>Facultad de Humanidades y Ciencias</text>
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              <text>1948</text>
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              <text>Facultad de Humanidades y Ciencias de la Educación</text>
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              <text>Español</text>
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              <text>Publicación periópdica</text>
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      <name>CARLOS SABAT ERCASTY</name>
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      <name>CERVANTES SAAVEDRA</name>
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      <name>Facultad de Humanidades y Ciencias</name>
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      <name>MIGUEL DE</name>
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