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                  <text>IRRUPCIONESI Mario Levrero

(

Hay una pareja de cómicos que existe desde hace muchos años, quizás desde
siempre, y desde siempre me los encuentro en el camino
aunque es cierto que
hasta ahora nunca me había puesto a pensar deliberadamente
en ellos, y los
aceptaba como uno de los tantos dones de la Naturaleza.
Por más que presenten variantes, estos cómicos siempre son esencialmente
los mismos, como en la proyección de una película. No envejecen con el paso del
tiempo, y si bien a veces las caras parecen distintas, los roles son siempre fijos: uno
es el que escucha al otro, o le da el pie al otro con alguna pregunta para que el otro
haga el chiste. No sé por qué se me cruzan siempre, pero es así, y me alegro de que
sea así; cuando pasa mucho tiempo sin que aparezcan, no sólo comienzo a
extrañarlos, sino que me da por pensar si no habré ofendido inadvertidamente a los
dioses.
Vienen, por ejemplo, dos hombres caminando hacia donde yo estoy. Conversan
animadamente. Pasan a mi lado y siguen de largo, así que de la conversación puedo
oír sólo un fragmento muy pequeño. Los hombres son más bien jóvenes y están
trajeados como oficinistas o vendedores a domicilio. Llevan portafolios. El que habla
-gordito, de bigotesusa un tono didáctico y vivaracho mientras se apoya en gestos
y ademanes contundentes, como si le estuviera explicando al otro el funcionamiento
de algo que, para él, fuera muy importante. Dice:
- ...y el profesor viene atrás, a toda velocidad, tirando los huevos para arriba ...
Claro, nunca sabré de qué se trata. Es una imagen imposible de organizar en
mi mente, y al mismo tiempo es graciosa; o me parece graciosa tal vez porque
mientras hablaba el gordito me miró, al cruzamos, con cierto aire de picardía o de
una cierta complicidad
ese aire del artista que trata de calibrar a su público.
Recuerdo una escena de hace muchos años: estoy ante una enorme milanesa,
quitándole nerviosa pero prolija mente la cáscara que tiene pan rallado (no podía
comer carbohidratos
porque estaba haciendo la dieta del Dr. Atkins). Entran dos
hombres al bar y buscan una mesa. Tienen el aspecto de dos que se reúnen para
hablar de negocios. Al sentarse, no lejos de donde yo me encuentro, veo que ambos
miran fascinados la operación, bastante avanzada, de descascaramiento
de la
milanesa. Uno de ellos, que ahora recuerdo como gordito y de bigotes, se deja caer
en la silla y le hace al otro una observación en voz bastante audible:
-Creía
haberío visto todo --dice,
y se acomoda en la silla. El otro sonríe, y
luego me mira brevemente, para ver si capto la sutil ironía.
Hay otra pareja similar, pero con signo negativo. Son ambos bastante mayores,
hombre y mujer, y hace unos cuantos años hicieron que yo desistiera de ir al cine.
Estaban en todas las funciones, en cualquier cine y a cualquier hora que fuera, y
siemp _ se sentaban cerca, por lo general en la fila inmediatamente detrás de la mía.
Sin venas se sabía igual de su presencia en la sala por una serie característica de
sonidos: papel celofán de los caramelos, masticación de alimentos crocantes, tos, y
sobre todo voces. La mujer no entendía y le preguntaba al hombre, casi en un
susurro; el hombre le explicaba con todo detalle lo que él había entendido, con una
voz ligeramente gangosa, de volumen apropiado para los oídos un pocos sordos de

�la mujer. La explicación por lo general era errónea, porque él tampoco había
entendido, o en todo caso daba cuenta de los hechos de un modo tal que le quitaba
todo vuelo o toda poesía a lo que estábamos viendo.
-Él es el hermano. Fue el que se asustó cuando mataron al sereno, pero
ahora está arrepentido y volvió para buscar a la muchacha -decía
él, por ejemplo.
Pero ella no quedaba coníorme:
-¿y quién es, entonces, el que había saltado por la ventana? -preguntaba_ Y
así seguían, entre ruido de papeles de celofán arrugados. La furia creciente llegaba a
un punto tal que yo agotaba los chistidos y, a pesar de mi timidez, me daba vuelta y
los miraba fijamente durante un lapso considerable. Ellos se ponían duros, miraban la
pantalla haciéndose los desentendidos y quedaban callados por un rato, Pero no por
mucho rato.
Nunca conseguí entender, en un sentido general, los propósitos de las fuerzas
que manejan los asuntos del Universo; y menos aun consigo entenderlos en el
sentido particular de estas parejas que me hacen llegar, de tanto en tanto, para
alegrarme el día o arruinárrnelo. En el segundo caso, era una cuestión que sólo tenía
relación con el cine, porque cuando dejé de ir al cine, los dos idiotas desaparecieron
de mi vida --quiero creer que para siempre. Me quedó el reflejo condicionado, ese
temor absurdo que me acomete aun en mi casa, cuando me siento a mirar una
película en video. Algo en mí está alerta, a la espera del crujido del celofán, o de la
voz inconfundible del hombre, diciendo por ejemplo: "Ésta ya la vimos; acordate de
que al final ella se va con el marido", o: "Adentro del paquete está la cabeza de la
muchacha" _

2

.----~.~----~-----~~----~~~--~----------~------~~---------

�IRRUPCIONES/ Mario Levrero

No llegaba la factura de los impuestos municipales que,
según mis cá.lculos, debería haber llegado el mes anterior.
Estaba preocupado, pero de un modo u otro iban pasando los
días sin que tuviera tiempo, ganas o disposición para
averiguar qué pasaba, y después me acordaba tarde por la
noche, o de madrugada, cuando las preocupaciones pesan mucho~
más y uno ya no tiene posibilidad de hacer nada, salvo
preocuparse y desvelarse.
Después de unos cuantos días llamé a un teléfono de
informes, que curiosamente pertenece a UTE y no al Hunicipio.
Una joven me atendió con mucho esmero, se fijó en la
con~utadora y me comunicó los datos que había acerca de este
inmueble, referidos todos a la contribución imnobiliaria; de
los in~uestos, nada. Sugirió que llanlara a cierto número de
la Intendencia, que tuvo a bien facilitarme. Y nuevamente
comenzaron a pasar los días sin que yo llegara a estar en
condiciones de llamar dentro del horario apropiado; por lo
general, la disposición para estas tareas prá.cticas se me
despierta ~u,n~o" en la Intendencia ya no hay nadie que
atienda.Lt ltP.e.-~
Así estaban las cosas cuando, una tarde, volvía a mi
casa desde la calle. Junto conmigo entró una vecina, una
señora a quien conozco de encuentros sirr~lares junto al
ascensor. Nos saludamos e intercambiamos algún comentario
acerca del tier~o. De pronto aparece el portero y me entrega
la correspondencia del día. Entre los papeles veo sobresalir
el característico de la Intendencia, con un borde anaranjado.
ExcLamo en voz alta, con gran
alegría: " i Qué suerte:
!.6
.
i Llegaron
los impuestos!", sin que
en mi
voz ~~
detectarse ni el más mínimo atisbo de ironía. La vecina y el
portero me miraron en silencio, muy serios, casi diría
gravemente, con esa mirada que se reserva para los enfermos
incurables, hasta que llegó el ascensor. El viaje hasta mi
piso lo hicimos en silencio.

&amp;

*

Padece adicción al trabaio. No va a curarse, porque con
esa adicción
gana
di';ero
Y obtiene al mismo tiempo

)

�otra8 8ati8faccione8 lícita8, y porque aun cuando reconociera
que lo 8UyO es una adicción, difícilrnente encontraría ayuda
para el tratamiento; si uno rr~nciona el tema, el médico suele
mirar a lo lejos como si uno fuera transparente, y canmiar de
conversación
porque
la mayorla de los médicos sufre
justamente de ese mismo mal.

Irrupciones

de lectores

Irrumpe desde Chicago en mi casilla
correo, de una amiga y ocasional lectora:

electrónica

este

Me llegó por e r ro r un di e x i t.o que debía s e i: para mi hijo,
con la bienvenida
a su segundo año de col.Laqe , Por supuesto,
como se debe,
la primera
ecii c i oo estaba
dedicada
al cr~men y
cómo p cev en i xl o , C01J todas
las
recomendaciones
del caso.
Lo
que me llamó algo la e t eric i on, fue la recomendación
a todas
las
mUjeres
que tienen
la rae l e suerte
de andar' solas,
de
cruzar
la
calle
si
ven
que
se
acerca
un hombre.
"Muy
s en s e t.o/", me dije,
y seguí
leyendo.
En el pá.rz'afo siguiente,
ven i e
otra
recomendación,
ésta
dedicada
a
los
tiombxe s ,
s uqi x i encio que cuando ven que una mujer se eae s:ce , crucen la
calle
para no e ce c io x i z e i Le , La imagen me neurotizó.
O es el
perfecto
invento
de la ciudad del movimiento
perpetuo,
o todo
se conge1ar'á.
¿Qué c x e s ? ¿La gente pasa~~á constantemente
de
vereda a vereda,
sin lograr
avanzar
ni un centímetro,
o todo
el mundo terminará
chocándose,
frustrados
por no poder cruzar
para evitar
a los extraños
que se acercan?
Hasta no recibir
respuesta
no podré dormir.
Elisa Steinberq.
é

~ara
tranquilizar a mi amiga le respondí, desde lueqo, queqel
/" otro día iba por la calle y vi venir hacia mí a una mujer
sola; para no asu.s t arLa, comencé a cruzar a la vereda de
enfrente pero ella inició un movirrdento similar en el rrdsmo
instante, y se ve que le vino la idea de que yo estaba
tratando de acorralarla, porque se detuvo y comenzó a canunar
hacia atrás, sin quitarme los ojos de encima. Yo apresuré el
paso, porque quería ponerme a una distancia desde la cual
pudiera explicarle que no debía tener ningún temor, ya que no
2

�IRRUPCIONESI Mario Levrero

(~)

Era el día de comienzo de las clases, y en la calle apareció una bandada de
niños con guardapolvo blanco y moña azul; durante el resto del año no volví a vertos,
como si hubieran existido solamente para recordarle al mundo que aquel día se
fru-..,.,i•.,.....•
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que fueron.
Es una escena que veo todos los años, y que siempre me deprime de la misma
manera. Busco el consuelo de aquella frase inolvidable de César Bruto, para quien
los niños con sus túnicas escolares eran
~~
...como un ras;mO de blancaS obeiitaSII,
pero ya nada puede
impedirme la regresión: me veo en los primeros momentos del primer ario, allá en el
barrio de mi infancia; yo parecía ser el único nuevo, pues todos, quizás repetidores o
simplemente más vivos que yo, conocían y aceptaban las reglas del juego con total
naturalidad. Sabían que existía algo llamado recreo, sabían que se tocaba una
campanilla para anunciar el comienzo y el fin del recreo y la hora de salida; sabían
que la hora de salida era a las cinco, sabían dónde estaban las cosas en el salón de
clase y en la escuela; sabían todo.
Mi madre me había llevado hasta el salón y depositado en un banco que tenía
un asiento libre, junto a una niña cuya imagen o cuyo nombre jamás pude recordar.
Yo ignoraba que hubiera algo llamado recreo, y no tenía idea de la duración de la
clase, ni de ese recreo. Me parecía que no iba a volver a salir de aquel salón. Todo
era extremadamente diferente de lo que yo conocía, los niños eran desagradables y
olían a leche cortada y a tierra, y parecían muy sucios debajo de unas túnicas
limpias, demasiado limpias.
La maestra era una mujerona enorme con voz de hombre y brazos robustos y
peludos. No se usaba en aquel tiempo la palabra travesti, pero parecía un travesti
poco eficaz, y durante mucho tiempo yo tuve la secreta convicción de que se trataba
de un hombre vestido de mujer. (A la salida de ese primer día, un gentil varón
homosexual, de la comisión pro-fomento, rebosante de satisfacción no sé bien por
qué causa, nos ponía en las manos a cada uno un helado, que él mismo iba sacando
de adentro de un carrito de Conaprole, como si le hubieran frustrado una vocación de
heladero; ese gesto altruista no atenuó la desconfianza que siempre le había tenido,
pues era conocido de mi madre y a menudo lo encontrábamos por la calle; yo lo veía
hacer aquellos gestos y lo oía hablar, y me causaba la misma confusión que la
maestra J'
La maestra era una famosa católica militante, según mi abuelo, aunque él
lo decía con otras palabras. Mi abuelo contaba, además, cómo en los Viernes Santos
él se juntaba con otros obreros y organizaban un asado en un terreno baldío justo
frente a la casa de la maestra. Iban hasta allí en una especie de procesión, llevando
como estandarte una cruz hecha de chorizos y morcillas. Esta historia siempre me

�par-eció de mal gusto, aun de nifio, per-o mi abuelo la contaba con gran fruición.

(Nunca supe cuál sería la ideología de mi abuelo, si es que tenía alguna; pero su vida,
al menos en el tiempo que yo lo conocí, era una constante blasfemia).
Entre los repetidores, había uno que se destacaba por su aparente
constancia: repetía el primer año por cuarta vez. Era un negrito a quien todos le
decían "el burro". Durante muchos años llevé en mi subconsciencia
algunas
imágenes y algunos conceptos que formaban un todo incoherente e incomprensible,
como por ejemplo la imagen de "el burro" pasando al pizarrón y resolviendo un
problema en un instante, o haciendo una cuenta a la velocidad del rayo, o leyendo o
escribiendo con total solvencia; yo veía estas cosas, y me extrañaban, pero seguía
pensando en él como en "el burro", porque él era repetidor, y todos lo llamaban así, y
la maestra lo trataba con un desdén burlón.
En la clase había también un chico con un severo retardo, bastante sordo
y que hablaba, cuando hablaba, con una vibración metálica, como de chicharra
eléctrica. Cada tanto, surgía una voz emocionada (que quería ser trágica, pero tenía
un no sé qué festivo) desde el fondo del salón: "¡Señorita, el niúo ... se ensució!" Casi
no pasaba día sin que el niño ... se ensuciara, y en esas ocasiones la maestra no
sufría mayores penurias: "el bUlTO"ya sabía qué le esperaba en estos casos, aunque
también tenía otros pequeños quehaceres, como conseguir tizas y llevar recados; a
una sefia de la maestra, allá marchaba a ocuparse del niño que se había ensuciado.
El recreo era una pesadilla, con niños como fieras corriendo de un lado a otro,
pegándose y qritándose, tratando de hacerse dano mutuamente de un modo o de
otro, y las maestras aparecían de tanto en tanto dando carnpanillazos de advertencia
para tratar, completamente en vano, de imponer el orden; tampoco lo buscaban con
mucho entusiasmo, porque para ellas era la hora de intercambiar
historias, y
charlaban hasta por los codos en voz lo suficientemente alta como para tapar el ruido
de los niños.
Era un patio descubi e 110, con algunos árboles y pedregullo; yo me refugiaba
generalmente junto a algún árbol, como buscando ofrecer menor superficie. Trataba
de pasar inadvertido durante aquel tiempo infinito del recreo, que era lo más peligroso
de la escuela.
(continuará ).
jva rlott@adinet.com.uy

.-,

e:

�había nada más alejado de mi voluntad que hacerle daño, que
sólo quería hacerle un favor porque se la veía muy sola, y
como es sabido que esa clase de mujeres que andan solas por
esas calles no se detienen en renúlgos, no veía ningún
inconveniente para que uniéramos circunstancialmente nuestros
destinos, pero la perdí de vista cuando por caminar de
espaldas cayó adentro de uno de esos agujeros que hay en las
calles .'
jvarlott@adineLcom.uy

�IRRUPCIONESI Mario Levrero

"leA Raquel Garrido,

mi maestra de quinto

y de sexto.

Estaba parado junto a un árbol, durante uno de aquellos recreos interminables
que no me recreaban en absoluto. Llegó un chico mayor, tal vez de sexto, muy
apurado, y me preguntó: "¿Vos te acordás cuando estabas adentro de la barriga de
tu mamá?" Mi padre me había explicado algo no demasiado interesante acerca de
niños dentro de la barriga de su madre, y como no había oído claramente el comienzo
de la pregunta de este chico le respondí que sí, porque me había caído más bien
simpático y decir que sí daba pie a una conversación más larga.
Pero él estaba poseído por una especie de afán científico y de inmediato
empezó a llamar a gritos a un socio que tenía y que al parecer iba también él por el
patio interrogando a todo el mundo. "¡Vení, vení!, aquí hay uno que se acuerda", le
gritaba el chico. A mí no me gustó nada eso de que ahí había "uno"; yo había creído
que él quería entablar conmigo una conversación de igual a igual, y me decepcionó, y
casi diría me sublevó, sentirme objeto de una experiencia, como si fuera un cobayo,
aunque no conociera la palabra cobayo y probablemente no estuviera tampoco al
tanto de la existencia de ensayos de laboratorio.
"Aquí hay uno que se acuerda", repitió el chico cuando el socio estuvo junto a
nosotros y, dirigiéndose a mí, me instó a repetir mi respuesta. Yo apreté firmemente
los labios. "Dale, decile", me instaba. "¿Vos te acordás cuando estabas adentro de la
barriga de tu mamá?" Tanto insistió que al fin consiguió hacerme hablar.
"No", le dije, moviendo la cabeza de un lado a otro. El socio lo miró con desdén.
"[Pero me había dicho que sí!", exclamaba el chico, desesperado, tratando de
convencer al socio. "¡Me había dicho que sí!". Yo volví a menear la cabeza
gravemente, rnirándolo con cierto desprecio, a imitación de su socio. Se fueron; el
primer chico con un aire derrotado. "¡Me había dicho que sí!", le seguía diciendo al
otro, y el otro no parecía escucharlo y caminaba cada vez más ligero, tratando de
desprenderse de aquel embaucador.
Una tarde hice crisis, al llegar nomas a la escuela. No sé cómo me encontré
parado junto a tres escalones de mármol que descendían hasta al patio de recreo;
todavía no había sonado la campanilla indicando el comienzo de la jornada. Los nifios
alborotaban como siempre en el patio. Yo me sentí muy extraño. parado allí, con un
claro sentimiento de no pertenencia. En adelante, todos los días serían iguales. ¿Qué
había pasado con mi libertad, y con mi seguridad? ¿Por qué no podía estar en mi
casa, jugando en el jardín del fondo? Me inundó una enorme angustia, como una gran
mano que me apretaba la garganta y no me dejaba tragar saliva. Reprimí el llanto.
Pero a go debía estar expresando porque se me acercó una maestra -no aquella
bestia dueria del negro, que era mi maestra, sino una mujer sensible- y me preguntó
qué me pasaba. "Me duele la garganta", dije, y esas palabras mágicas me
depositaron rápidamente en mi casa, no recuerdo por qué medios. Estuve sin ir a la
escuela durante mucho tiempo, tal vez durante todo el resto del año. Empleaba el
truco de la garganta cada vez que me amenazaban con el regreso. Se me inflamaron

�las amígdalas, pero me salvé gracias a un pariente que asustó a mi madre con los

peligros de la operación y le recomendó la homeopatía. Tomaba unas grageas
dulces, pequeñas. Me hacían bien mientras no se volviera a hablar de la escuela.
Mi madre me conseguía los deberes -que muchas veces traía a casa el único
amigo que había hecho en la escuela; se llamaba José At1igas (de nombres de pila,
más un apellido con aire catalán)-,
y yo hacía los deberes en casa y de alguna
manera llegaban a la maestra. Probablemente haya habido algo ilegal en aquellas
maniobras. Salvé el año.

*
No recuerdo bien los detalles, pero al año siguiente no pude repetir el
truco de la garganta, y después de todo había una maestra distinta, que adoraba a los
niños y nos cantaba canciones y nos prestaba libros con personajes de Walt Disney;
no duró mucho, porque tenía un embarazo muy avanzado, pero tras ella vino otra; no
recuerdo cómo era, pero sin duda era mejor que aquella bestia esclavista de brazos
peludos, que tenía al negrito repitiendo año tras año para usarlo de sirviente.

*
Nos mudamos al centro y todo fue mejorando; las maestras nunca volvieron a
ser temibles, y oh, sorpresa, encontré compañeros más inteligentes que yo. En quinto
y sexto, tuve de maestra a la maravillosa señorita Raquel, y la escuela, por fin, cobró
sentido.

jva rlott@adinet.com.uy

�IRRUPCIONES/

Mario

Levrero

La niña viene hablando, tomada de la mano de la madre; la
madre parece estar pensando en cualquier otra cosa. La niña
cuenta:
- ... y
yo
vi
la
película. En la película había un
gashinero, y después había una gashina, y después ven í.a otra
gashina más chica.

*
Hay dos cosas capaces de hacerme soltar una carcajada en
la calle y en las barbas de los propios protagonistas, yeso
algún día me puede traer un disgusto. Una, son los pantalones
de fantasía
que usan
algunos honmres,
esos pantalones
livianos y
anchos,
llenos
de
colorinches,
que
asocio
invariablemente con muj eres de Las Mil y Una Noches. Otra,
son algunos que van hablando por teléfono celular. Los hay
recatados, que ocultan parcialmente el teléfono entre la cara
y el pecho, o se esconden a un costado de un árbol o una
saliente de la pared; ésos no me hacen gracia y hasta me dan
un poco de lástima, porque me imagino en esa situación y sé
que
me
sentiría
ridículo.
Los
que
van
abstraídos y
gesticulando me provocan una sonrisa, especialmente el señor
perfectamente trajeado y ya no muy joven, que va diciendo
" ...sí ... eso justaraente fue lo que le pasó a mi padre ...
con la entonación de quien habla con su psicoanalista. Los
que me hacen reír a carcajadas son los que usan el teléfono
para hacerse notar; echan miradas a uno y ?t~o lado, y cuando
{¡;¿"J.h\.....
1 ..
se cruzan con a1gu~en
_
ordenes a a gun
suba.I terno. Casi
todos
los homb res que
he
visto
con
pantalones de fantasía son sumamente delgados y tienen,
además de bigotes, unas piernas conmadas como si anduvieran
mucho a caballo, y tarabién una expresión de desconcierto y
desolación, como si los hubieran bajado abruptamente desde un
plato volador. Los que dan órdenes a supuestos subalternos,
en cambio, son gordos, o muy robustos, tienen anillos muy
visibles en varios dedos o una cadenita metálica en la
muñeca, y usan c~~era oscura.
ff,

�*
En Buenos Aires,
en la calle
Corrientes,
hay,
o por lo
menos había
hace pocos
años,
un viej o café
llamado
"La
Giralda"
-que la mayoría de los porteños,
por algún moti v o ,
pronuncia
"la yiralda".
Algunas veces fui a parar
a alguna de
sus mesas; recuerdo
a un mozo viej o que tenía
un trato
muy
agradable,
y recuerdo
que el café
que allí
servían
no era
malo. Pero más a menudo recalaba
en otros
cafés,
en parte
porque quedaban más cerca
de mi casa.
No sabía,
y lo supe
simul táneamente
con la noticia
su muerte,
que a La Gi ralda
iba todas las noches Homero Expósito,
el más grande poeta del
tango y, de algún modo inexpresable,
un amigo personal
al que
nunca vi.
Sus versos
y sentencias
me acompañaron durante
la
mayor parte
de la vida y le dieron
un color
especial
a mis
aventuras
y un abrazo afectuoso
a mis fracasos.
He hubiera
emocionado saber que estaba
allí
en esa mesa, a pocos pasos,
y tal
vez me habría
animado a
acercarrne
a él,
saludarlo
y,
sobre todo, darle
las gracias
por:
"Primero
partir,
y al

hay que
fin andar

saber
sufrir,
sin pensamientos

"Ayer pensó que hoy,
más que la esperanza."

y hoy no es

después
... "

amar,

posible;

la

después

vida

puede

''''Nos habían suicidado
los errores
del pasado,
latías,
rama seca,
como late
en la mufie c a mi reloj."

corazón,

\\Ya da la
aire su pincel

ya moja

''''Abre tu
río.

noche a la cancel
su piel
de oj era,
y hace con él la primavera. "
vida

sin

ventanas.

Mira

lo

lindo

que

está

y

el

el

rr

"Pero
nadie
v í.v í.ó
per f umarse y segulr." ...

sin

matar,

El mejor') y el más bondadoso

é

L{~~~

sin

de los

cortar

poetas

del

una

flor,

tango.

*
2

�En el Rosedal,

aparece una niña de seis o siete años, que

viene paseando con quienes son, presumiblemente, sus padres.
El padre dice algo que no oigo, pero que después reconstruyo
como "La rosa es la reina de las flores". La niña responde,
indignada:
-¡Pero no! ¡Yo, soy la reina de las flores!
y por si no la entienden bien, lo repite, con énfasis:
-¡YO, soy la reina de las flores!

Irrupciones

de lectores.

----- -

.~
Desde Buenos Aires,
casilla electrónica~
amiga
(y,
a veces, lectora
texto incluye "croto",
palabra porteña muy co~
de explicar, pero q..5J\puede
traducirse ~n
mucha eXigen~'-como
"bichicome" o, mejor,
"linyera". Dice así:
Ayer soñé con vos.
Te 10 cuen to po ique
me x e s uLtó muy
divertido.
Iba a visitarte
a Nontevideo,
me acuerdo de estar
viajando
en
un colectivo
e
imag-inándome
cómo
te
iba
a
encontrar.
Cuando llegaba,
te veía dando clases
de matemática
a un grupo de niños.
Estabas
medio c i o t:o, es decir,
con la
camisa afuera,
medio despeinado ...
La escena
era exact&amp;~ente
igual
a como la
había
iraeqi aedo ,
planteabas
una suma o
mu1 tip1icación
en el pizarrón"
y en ese
momento me daba
cuenta
y pensaba
"¡C1aro!., CÓZ110 no va a ser igual
a 10 que
imaginé,
si la que estoy
soñando
'e-.;-,'''-'1
_

~..rtal
Sí, me encanta actuar en los sueños. A pesar de que tal
vez ese del sueño no sea yo, nada me produce tal certeza de
existir como enterarme de que aparecí en un sueño ajeno.

jvarlott{@adinetcom.uy

�IRRUPCIONES/ Mario Levrero

Sien~re me pregunté dónde estaría la fuerza de las
ideologías (y llamo ideología a toda forma de ideología),
para convencer a la gente de tantas cosas absurdas y
obligarla hasta a dar la vida por ellas. Y nunca encontré una
respuesta hasta que me di cuenta de que estas preguntas sólo
puedo contestarlas mirando hacia mí mismo. En algún tiempo yo
también profesé algunas de esas colecciones de ideas ajenas,
y también yo traté de imponerlas a los demás. He miro a mí,
mismo en aquellos tiempos y pienso: ¿por qué lo hacía? Y así
es muy fácil encontrar la respuesta: lo hacía porque me
parecía más fácil arreglar el mundo para poder vivir en él,
que arreglarrne a mí. mismo.

*
Hi
familia se fue de viaje, y quedé
solo en un
apartamento muy grande y de paredes muy sólidas, que no
permi ten que el oído mantenga ese control automático de las
cosas que suceden fuera y dentro de la casa, los movilTuentos
del ascensor, los pasos, las toses y las voces de los
vecinos. Sólo se oyen los gri tos o los ruidos fuertes que
vienen de la calle. El silencio puede llegar a hacerse muy
incómodo, muy opresivo.
Una tarde estuve un buen rato en la parte de la casa que
da al frente, y fue haciéndose de noche y el resto de la casa
finalmente quedó a oscuras. He dirigí hacia el fondo, donde
están el baño y el donnitorio. Ya la oscuridad era total, lo
mismo que el silencio. t·1ientrasme iba acercando al fondo por
el largo corredor, pude ver de pronto cómo se iluminaba, allá
en el do rmí,
torio, la brasa del cigarrillo que un intruso
estaba fumando, sentado en la oscuridad.
La brasa de un cigarrillo que un intruso fuma en la
oscur~dad o, según recordé en seguida, la lucecita roja que
se enciende cada vez que el termostato pone en marcha la
estufa eléctrica.

*

�Hay dos tipos de personas que no se quieren a Sl mismas:
las que no se conocen, y las que se conocen demasiado bien.

*
Cada uno de nosotros lleva en su interior, más o menos
oculto, un niño imbécil. Es a ese niño que se dirige casi
invariablemente la publicidad.

*
Llevado por una determinación cuyo origen no era nada
claro -según descubrí después, al repensar todo el asuntolevanté la colcha de la cmaa, tomándola por una punta, y allí
estaba -como están sier~re las arañas que encuentro, como si
hubiera estado siempre allí, y en ese preciso instante me
hubiera sido dado percibirla, al caer una venda de mis ojos,
como si fuera necesario e imprescindible, dentro de algún
plan cósnúco, que la araña estuviera allí, precisamente allí,
y fuera de ese tamaño preciso.
Luego, al desplazarse levemente, perdió carácter y le
pude pegar con una escoba.

Irrupciones

de lectores.

Hace un tiempo había escrito sobre "mí, amigo el biólogo"
y el disgusto que me dio al descubrir que unas paredes de mi
casa estaban llenas de arañas. Recientemente, gracias al
correo electrónico, tomé contacto con él, que vive en EE.UU.,
y le envié una copia del artículo. He aquí fragmentos de su
respuesta:
Las vocales
con ac en t:o, y las
eiie s fueron
traducidas
a
extraños
jeroglíficos"
10 cual le da un a.r.ze misterioso
a tu
artículo"
mej ox ándo l o notablemente.
( ... ) s/os no te imaginás
qué pobre
es en arañas
es ta ZOlJa del país.
Hay poquísimas
e spec i e s , y no muy vistosas.
Es algo que extraño
de mi país.

2

�La fauna
aracnológica
del Río de la plata
es riquísima,
y
tenemos
especies
de extraño
colorido
y gran
agresividad.
Incluso
tenemos
muchas
espec~es
ponzoñosas.
Lo
más
interesante
es
que
entre
las
espec~es
mas venenosas
se
encuentran
varias
arañas
comunes que se alojan
en nuestras
casas,
mezcladas
con otras
especies
nlás o menos inofensi
....
ras.
Aun en las casas mas limpias
y os de ne.des he capturado
a la
Loxosce1es
1aeta,
famosa por su picadura
nec xo ti i z ent:e , capaz
de
mandar
a
hombres
co xpu l en tos
al
hospi tal
con
una
insuficiencia
renal
aguda.
No es
raro
encontrar
en
los
puestos
de verdura
la celebre
Phoneutria
Eei:e , poseedora
de
un poten te veneno rieu i o tió x i co , de esos que te paralizan
en el
momento en que estirás
el bsez o para agarrar
el
teléfono
y
llamar a la ambulancia,
dejándote
a mitad de camino, mientras
se te corta la respiración.
Pero no hay que olvidar
que estas
arañas" como su más inocente
parentela"
son beneficiosas
para
el hombre pues
des truyen
muchos insectos
parási tos
de los
cu1 tivos "
o
portadores
de
microbios
y
enfermedades
devastadoras.
Felices
sueños,
hombre, y un beso a tu mujer e
hijo.

Manuel

Quise
sabiduría.

con~artir
con
Gracias, Malalo,

Díaz

los
lectores
estas
por ilustrarnos.

jvarlott@adinetcom.uy

perlas

de

�</text>
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              <text>Original de dos folios mecanografiados, sin fecha ni menciones de ningún tipo. El número original mecanografiado está tachado y ológrafo aparece el número 36/ Original de tres folios mecanografiados, con correcciones y notas. El número 39 que aparecía originalmente mecanografiado está tachado y aparece ológrafo el número 38/ Original de dos folios mecanografiados, con el número 38 originalmente mecanografiado tachado y sustituido por el número 39/ Original de dos folios mecanografiados, con el número 39 originalmente mecanografiado tachado y sustituido por el número 40/ Original de tres folios mecanografiados, con correcciones y notas ológrafas. El número 38 originalmente mecanografiado está tachado y sustituido por el número 41/ Original de tres folios mecanografiados, con el número 40 originalmente mecanografiado tachado y sustituido por el número 42</text>
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