["item",{"itemId":"694","public":"1","featured":"0","xmlns:xsi":"http://www.w3.org/2001/XMLSchema-instance","xsi:schemaLocation":"http://omeka.org/schemas/omeka-xml/v5 http://omeka.org/schemas/omeka-xml/v5/omeka-xml-5-0.xsd","uri":"http://humanidades-digitales.fhuce.edu.uy/items/show/694?output=omeka-json","accessDate":"2026-05-12T19:19:30+00:00"},["fileContainer",["file",{"fileId":"949"},["src","http://humanidades-digitales.fhuce.edu.uy/files/original/7b922f3f9538b01805eace9b49a4488a.pdf"],["authentication","f39122d868ab4f0e7f9ee41329587524"],["elementSetContainer",["elementSet",{"elementSetId":"5"},["name","PDF Text"],["description"],["elementContainer",["element",{"elementId":"52"},["name","Text"],["description"],["elementTextContainer",["elementText",{"elementTextId":"8065"},["text","IRRUPCIONESI Mario Levrero\n\n(\n\nHay una pareja de cómicos que existe desde hace muchos años, quizás desde\nsiempre, y desde siempre me los encuentro en el camino\naunque es cierto que\nhasta ahora nunca me había puesto a pensar deliberadamente\nen ellos, y los\naceptaba como uno de los tantos dones de la Naturaleza.\nPor más que presenten variantes, estos cómicos siempre son esencialmente\nlos mismos, como en la proyección de una película. No envejecen con el paso del\ntiempo, y si bien a veces las caras parecen distintas, los roles son siempre fijos: uno\nes el que escucha al otro, o le da el pie al otro con alguna pregunta para que el otro\nhaga el chiste. No sé por qué se me cruzan siempre, pero es así, y me alegro de que\nsea así; cuando pasa mucho tiempo sin que aparezcan, no sólo comienzo a\nextrañarlos, sino que me da por pensar si no habré ofendido inadvertidamente a los\ndioses.\nVienen, por ejemplo, dos hombres caminando hacia donde yo estoy. Conversan\nanimadamente. Pasan a mi lado y siguen de largo, así que de la conversación puedo\noír sólo un fragmento muy pequeño. Los hombres son más bien jóvenes y están\ntrajeados como oficinistas o vendedores a domicilio. Llevan portafolios. El que habla\n-gordito, de bigotesusa un tono didáctico y vivaracho mientras se apoya en gestos\ny ademanes contundentes, como si le estuviera explicando al otro el funcionamiento\nde algo que, para él, fuera muy importante. Dice:\n- ...y el profesor viene atrás, a toda velocidad, tirando los huevos para arriba ...\nClaro, nunca sabré de qué se trata. Es una imagen imposible de organizar en\nmi mente, y al mismo tiempo es graciosa; o me parece graciosa tal vez porque\nmientras hablaba el gordito me miró, al cruzamos, con cierto aire de picardía o de\nuna cierta complicidad\nese aire del artista que trata de calibrar a su público.\nRecuerdo una escena de hace muchos años: estoy ante una enorme milanesa,\nquitándole nerviosa pero prolija mente la cáscara que tiene pan rallado (no podía\ncomer carbohidratos\nporque estaba haciendo la dieta del Dr. Atkins). Entran dos\nhombres al bar y buscan una mesa. Tienen el aspecto de dos que se reúnen para\nhablar de negocios. Al sentarse, no lejos de donde yo me encuentro, veo que ambos\nmiran fascinados la operación, bastante avanzada, de descascaramiento\nde la\nmilanesa. Uno de ellos, que ahora recuerdo como gordito y de bigotes, se deja caer\nen la silla y le hace al otro una observación en voz bastante audible:\n-Creía\nhaberío visto todo --dice,\ny se acomoda en la silla. El otro sonríe, y\nluego me mira brevemente, para ver si capto la sutil ironía.\nHay otra pareja similar, pero con signo negativo. Son ambos bastante mayores,\nhombre y mujer, y hace unos cuantos años hicieron que yo desistiera de ir al cine.\nEstaban en todas las funciones, en cualquier cine y a cualquier hora que fuera, y\nsiemp _ se sentaban cerca, por lo general en la fila inmediatamente detrás de la mía.\nSin venas se sabía igual de su presencia en la sala por una serie característica de\nsonidos: papel celofán de los caramelos, masticación de alimentos crocantes, tos, y\nsobre todo voces. La mujer no entendía y le preguntaba al hombre, casi en un\nsusurro; el hombre le explicaba con todo detalle lo que él había entendido, con una\nvoz ligeramente gangosa, de volumen apropiado para los oídos un pocos sordos de\n\n�la mujer. La explicación por lo general era errónea, porque él tampoco había\nentendido, o en todo caso daba cuenta de los hechos de un modo tal que le quitaba\ntodo vuelo o toda poesía a lo que estábamos viendo.\n-Él es el hermano. Fue el que se asustó cuando mataron al sereno, pero\nahora está arrepentido y volvió para buscar a la muchacha -decía\nél, por ejemplo.\nPero ella no quedaba coníorme:\n-¿y quién es, entonces, el que había saltado por la ventana? -preguntaba_ Y\nasí seguían, entre ruido de papeles de celofán arrugados. La furia creciente llegaba a\nun punto tal que yo agotaba los chistidos y, a pesar de mi timidez, me daba vuelta y\nlos miraba fijamente durante un lapso considerable. Ellos se ponían duros, miraban la\npantalla haciéndose los desentendidos y quedaban callados por un rato, Pero no por\nmucho rato.\nNunca conseguí entender, en un sentido general, los propósitos de las fuerzas\nque manejan los asuntos del Universo; y menos aun consigo entenderlos en el\nsentido particular de estas parejas que me hacen llegar, de tanto en tanto, para\nalegrarme el día o arruinárrnelo. En el segundo caso, era una cuestión que sólo tenía\nrelación con el cine, porque cuando dejé de ir al cine, los dos idiotas desaparecieron\nde mi vida --quiero creer que para siempre. Me quedó el reflejo condicionado, ese\ntemor absurdo que me acomete aun en mi casa, cuando me siento a mirar una\npelícula en video. Algo en mí está alerta, a la espera del crujido del celofán, o de la\nvoz inconfundible del hombre, diciendo por ejemplo: \"Ésta ya la vimos; acordate de\nque al final ella se va con el marido\", o: \"Adentro del paquete está la cabeza de la\nmuchacha\" _\n\n2\n\n.----~.~----~-----~~----~~~--~----------~------~~---------\n\n�IRRUPCIONES/ Mario Levrero\n\nNo llegaba la factura de los impuestos municipales que,\nsegún mis cá.lculos, debería haber llegado el mes anterior.\nEstaba preocupado, pero de un modo u otro iban pasando los\ndías sin que tuviera tiempo, ganas o disposición para\naveriguar qué pasaba, y después me acordaba tarde por la\nnoche, o de madrugada, cuando las preocupaciones pesan mucho~\nmás y uno ya no tiene posibilidad de hacer nada, salvo\npreocuparse y desvelarse.\nDespués de unos cuantos días llamé a un teléfono de\ninformes, que curiosamente pertenece a UTE y no al Hunicipio.\nUna joven me atendió con mucho esmero, se fijó en la\ncon~utadora y me comunicó los datos que había acerca de este\ninmueble, referidos todos a la contribución imnobiliaria; de\nlos in~uestos, nada. Sugirió que llanlara a cierto número de\nla Intendencia, que tuvo a bien facilitarme. Y nuevamente\ncomenzaron a pasar los días sin que yo llegara a estar en\ncondiciones de llamar dentro del horario apropiado; por lo\ngeneral, la disposición para estas tareas prá.cticas se me\ndespierta ~u,n~o\" en la Intendencia ya no hay nadie que\natienda.Lt ltP.e.-~\nAsí estaban las cosas cuando, una tarde, volvía a mi\ncasa desde la calle. Junto conmigo entró una vecina, una\nseñora a quien conozco de encuentros sirr~lares junto al\nascensor. Nos saludamos e intercambiamos algún comentario\nacerca del tier~o. De pronto aparece el portero y me entrega\nla correspondencia del día. Entre los papeles veo sobresalir\nel característico de la Intendencia, con un borde anaranjado.\nExcLamo en voz alta, con gran\nalegría: \" i Qué suerte:\n!.6\n.\ni Llegaron\nlos impuestos!\", sin que\nen mi\nvoz ~~\ndetectarse ni el más mínimo atisbo de ironía. La vecina y el\nportero me miraron en silencio, muy serios, casi diría\ngravemente, con esa mirada que se reserva para los enfermos\nincurables, hasta que llegó el ascensor. El viaje hasta mi\npiso lo hicimos en silencio.\n\n&\n\n*\n\nPadece adicción al trabaio. No va a curarse, porque con\nesa adicción\ngana\ndi';ero\nY obtiene al mismo tiempo\n\n)\n\n�otra8 8ati8faccione8 lícita8, y porque aun cuando reconociera\nque lo 8UyO es una adicción, difícilrnente encontraría ayuda\npara el tratamiento; si uno rr~nciona el tema, el médico suele\nmirar a lo lejos como si uno fuera transparente, y canmiar de\nconversación\nporque\nla mayorla de los médicos sufre\njustamente de ese mismo mal.\n\nIrrupciones\n\nde lectores\n\nIrrumpe desde Chicago en mi casilla\ncorreo, de una amiga y ocasional lectora:\n\nelectrónica\n\neste\n\nMe llegó por e r ro r un di e x i t.o que debía s e i: para mi hijo,\ncon la bienvenida\na su segundo año de col.Laqe , Por supuesto,\ncomo se debe,\nla primera\necii c i oo estaba\ndedicada\nal cr~men y\ncómo p cev en i xl o , C01J todas\nlas\nrecomendaciones\ndel caso.\nLo\nque me llamó algo la e t eric i on, fue la recomendación\na todas\nlas\nmUjeres\nque tienen\nla rae l e suerte\nde andar' solas,\nde\ncruzar\nla\ncalle\nsi\nven\nque\nse\nacerca\nun hombre.\n\"Muy\ns en s e t.o/\", me dije,\ny seguí\nleyendo.\nEn el pá.rz'afo siguiente,\nven i e\notra\nrecomendación,\nésta\ndedicada\na\nlos\ntiombxe s ,\ns uqi x i encio que cuando ven que una mujer se eae s:ce , crucen la\ncalle\npara no e ce c io x i z e i Le , La imagen me neurotizó.\nO es el\nperfecto\ninvento\nde la ciudad del movimiento\nperpetuo,\no todo\nse conge1ar'á.\n¿Qué c x e s ? ¿La gente pasa~~á constantemente\nde\nvereda a vereda,\nsin lograr\navanzar\nni un centímetro,\no todo\nel mundo terminará\nchocándose,\nfrustrados\npor no poder cruzar\npara evitar\na los extraños\nque se acercan?\nHasta no recibir\nrespuesta\nno podré dormir.\nElisa Steinberq.\né\n\n~ara\ntranquilizar a mi amiga le respondí, desde lueqo, queqel\n/\" otro día iba por la calle y vi venir hacia mí a una mujer\nsola; para no asu.s t arLa, comencé a cruzar a la vereda de\nenfrente pero ella inició un movirrdento similar en el rrdsmo\ninstante, y se ve que le vino la idea de que yo estaba\ntratando de acorralarla, porque se detuvo y comenzó a canunar\nhacia atrás, sin quitarme los ojos de encima. Yo apresuré el\npaso, porque quería ponerme a una distancia desde la cual\npudiera explicarle que no debía tener ningún temor, ya que no\n2\n\n�IRRUPCIONESI Mario Levrero\n\n(~)\n\nEra el día de comienzo de las clases, y en la calle apareció una bandada de\nniños con guardapolvo blanco y moña azul; durante el resto del año no volví a vertos,\ncomo si hubieran existido solamente para recordarle al mundo que aquel día se\nfru-..,.,i•.,.....•\nh·...•1....•'I·he.-f·...•\nrf i.-.-\",r.ft-irf ....•rf\"\nLCllllIllGU.la\n\nla\n\nIU\n\nILau\n\n111\n\nC::>LIII...-LGI\nuc\n\np ....•cidad de pint ....••\n- rn.n'\"\n\nr:....•\n\nI...-a a 1...-1U\n\nu\n\nu\n\nIIILal\n\nnci ....•\n· rn\n\nniños r\".,.,\" •.,...,.a.-~·\n...••\nl a .,,, •..\nder l....•\n....•\nrt· ...••\n.,.·...••\n- l....•\nr ....•\nn· ...•\ncid ...•\nrf rf\"\ni'-\"\"'e O\" ñd·...••\n.,.rfo del nirio\n\nl·...•inf ....•\nla\n\nIIIIGI\n\nIn.....•\n,..•l\\J1ir;' \"y\n\nI...-UIIU \"'UGI I IVIII U\n\na\n\n1\" 1\" e»\n\nII...-IGI,\n\"1uc\n\n~allal\n\nla\n\nIU::>\n\nI...-apa\n\nIIIIU::> I...-UIIICIIL\nI\n\nau\n\nuc\n\n11 ::>\n\nIlal\n\nIVI\n\npCIUC\n\nallu\n\nuc\n\nla\n\nI I I\n\nque fueron.\nEs una escena que veo todos los años, y que siempre me deprime de la misma\nmanera. Busco el consuelo de aquella frase inolvidable de César Bruto, para quien\nlos niños con sus túnicas escolares eran\n~~\n...como un ras;mO de blancaS obeiitaSII,\npero ya nada puede\nimpedirme la regresión: me veo en los primeros momentos del primer ario, allá en el\nbarrio de mi infancia; yo parecía ser el único nuevo, pues todos, quizás repetidores o\nsimplemente más vivos que yo, conocían y aceptaban las reglas del juego con total\nnaturalidad. Sabían que existía algo llamado recreo, sabían que se tocaba una\ncampanilla para anunciar el comienzo y el fin del recreo y la hora de salida; sabían\nque la hora de salida era a las cinco, sabían dónde estaban las cosas en el salón de\nclase y en la escuela; sabían todo.\nMi madre me había llevado hasta el salón y depositado en un banco que tenía\nun asiento libre, junto a una niña cuya imagen o cuyo nombre jamás pude recordar.\nYo ignoraba que hubiera algo llamado recreo, y no tenía idea de la duración de la\nclase, ni de ese recreo. Me parecía que no iba a volver a salir de aquel salón. Todo\nera extremadamente diferente de lo que yo conocía, los niños eran desagradables y\nolían a leche cortada y a tierra, y parecían muy sucios debajo de unas túnicas\nlimpias, demasiado limpias.\nLa maestra era una mujerona enorme con voz de hombre y brazos robustos y\npeludos. No se usaba en aquel tiempo la palabra travesti, pero parecía un travesti\npoco eficaz, y durante mucho tiempo yo tuve la secreta convicción de que se trataba\nde un hombre vestido de mujer. (A la salida de ese primer día, un gentil varón\nhomosexual, de la comisión pro-fomento, rebosante de satisfacción no sé bien por\nqué causa, nos ponía en las manos a cada uno un helado, que él mismo iba sacando\nde adentro de un carrito de Conaprole, como si le hubieran frustrado una vocación de\nheladero; ese gesto altruista no atenuó la desconfianza que siempre le había tenido,\npues era conocido de mi madre y a menudo lo encontrábamos por la calle; yo lo veía\nhacer aquellos gestos y lo oía hablar, y me causaba la misma confusión que la\nmaestra J'\nLa maestra era una famosa católica militante, según mi abuelo, aunque él\nlo decía con otras palabras. Mi abuelo contaba, además, cómo en los Viernes Santos\nél se juntaba con otros obreros y organizaban un asado en un terreno baldío justo\nfrente a la casa de la maestra. Iban hasta allí en una especie de procesión, llevando\ncomo estandarte una cruz hecha de chorizos y morcillas. Esta historia siempre me\n\n�par-eció de mal gusto, aun de nifio, per-o mi abuelo la contaba con gran fruición.\n\n(Nunca supe cuál sería la ideología de mi abuelo, si es que tenía alguna; pero su vida,\nal menos en el tiempo que yo lo conocí, era una constante blasfemia).\nEntre los repetidores, había uno que se destacaba por su aparente\nconstancia: repetía el primer año por cuarta vez. Era un negrito a quien todos le\ndecían \"el burro\". Durante muchos años llevé en mi subconsciencia\nalgunas\nimágenes y algunos conceptos que formaban un todo incoherente e incomprensible,\ncomo por ejemplo la imagen de \"el burro\" pasando al pizarrón y resolviendo un\nproblema en un instante, o haciendo una cuenta a la velocidad del rayo, o leyendo o\nescribiendo con total solvencia; yo veía estas cosas, y me extrañaban, pero seguía\npensando en él como en \"el burro\", porque él era repetidor, y todos lo llamaban así, y\nla maestra lo trataba con un desdén burlón.\nEn la clase había también un chico con un severo retardo, bastante sordo\ny que hablaba, cuando hablaba, con una vibración metálica, como de chicharra\neléctrica. Cada tanto, surgía una voz emocionada (que quería ser trágica, pero tenía\nun no sé qué festivo) desde el fondo del salón: \"¡Señorita, el niúo ... se ensució!\" Casi\nno pasaba día sin que el niño ... se ensuciara, y en esas ocasiones la maestra no\nsufría mayores penurias: \"el bUlTO\"ya sabía qué le esperaba en estos casos, aunque\ntambién tenía otros pequeños quehaceres, como conseguir tizas y llevar recados; a\nuna sefia de la maestra, allá marchaba a ocuparse del niño que se había ensuciado.\nEl recreo era una pesadilla, con niños como fieras corriendo de un lado a otro,\npegándose y qritándose, tratando de hacerse dano mutuamente de un modo o de\notro, y las maestras aparecían de tanto en tanto dando carnpanillazos de advertencia\npara tratar, completamente en vano, de imponer el orden; tampoco lo buscaban con\nmucho entusiasmo, porque para ellas era la hora de intercambiar\nhistorias, y\ncharlaban hasta por los codos en voz lo suficientemente alta como para tapar el ruido\nde los niños.\nEra un patio descubi e 110, con algunos árboles y pedregullo; yo me refugiaba\ngeneralmente junto a algún árbol, como buscando ofrecer menor superficie. Trataba\nde pasar inadvertido durante aquel tiempo infinito del recreo, que era lo más peligroso\nde la escuela.\n(continuará ).\njva rlott@adinet.com.uy\n\n.-,\n\ne:\n\n�había nada más alejado de mi voluntad que hacerle daño, que\nsólo quería hacerle un favor porque se la veía muy sola, y\ncomo es sabido que esa clase de mujeres que andan solas por\nesas calles no se detienen en renúlgos, no veía ningún\ninconveniente para que uniéramos circunstancialmente nuestros\ndestinos, pero la perdí de vista cuando por caminar de\nespaldas cayó adentro de uno de esos agujeros que hay en las\ncalles .'\njvarlott@adineLcom.uy\n\n�IRRUPCIONESI Mario Levrero\n\n\"leA Raquel Garrido,\n\nmi maestra de quinto\n\ny de sexto.\n\nEstaba parado junto a un árbol, durante uno de aquellos recreos interminables\nque no me recreaban en absoluto. Llegó un chico mayor, tal vez de sexto, muy\napurado, y me preguntó: \"¿Vos te acordás cuando estabas adentro de la barriga de\ntu mamá?\" Mi padre me había explicado algo no demasiado interesante acerca de\nniños dentro de la barriga de su madre, y como no había oído claramente el comienzo\nde la pregunta de este chico le respondí que sí, porque me había caído más bien\nsimpático y decir que sí daba pie a una conversación más larga.\nPero él estaba poseído por una especie de afán científico y de inmediato\nempezó a llamar a gritos a un socio que tenía y que al parecer iba también él por el\npatio interrogando a todo el mundo. \"¡Vení, vení!, aquí hay uno que se acuerda\", le\ngritaba el chico. A mí no me gustó nada eso de que ahí había \"uno\"; yo había creído\nque él quería entablar conmigo una conversación de igual a igual, y me decepcionó, y\ncasi diría me sublevó, sentirme objeto de una experiencia, como si fuera un cobayo,\naunque no conociera la palabra cobayo y probablemente no estuviera tampoco al\ntanto de la existencia de ensayos de laboratorio.\n\"Aquí hay uno que se acuerda\", repitió el chico cuando el socio estuvo junto a\nnosotros y, dirigiéndose a mí, me instó a repetir mi respuesta. Yo apreté firmemente\nlos labios. \"Dale, decile\", me instaba. \"¿Vos te acordás cuando estabas adentro de la\nbarriga de tu mamá?\" Tanto insistió que al fin consiguió hacerme hablar.\n\"No\", le dije, moviendo la cabeza de un lado a otro. El socio lo miró con desdén.\n\"[Pero me había dicho que sí!\", exclamaba el chico, desesperado, tratando de\nconvencer al socio. \"¡Me había dicho que sí!\". Yo volví a menear la cabeza\ngravemente, rnirándolo con cierto desprecio, a imitación de su socio. Se fueron; el\nprimer chico con un aire derrotado. \"¡Me había dicho que sí!\", le seguía diciendo al\notro, y el otro no parecía escucharlo y caminaba cada vez más ligero, tratando de\ndesprenderse de aquel embaucador.\nUna tarde hice crisis, al llegar nomas a la escuela. No sé cómo me encontré\nparado junto a tres escalones de mármol que descendían hasta al patio de recreo;\ntodavía no había sonado la campanilla indicando el comienzo de la jornada. Los nifios\nalborotaban como siempre en el patio. Yo me sentí muy extraño. parado allí, con un\nclaro sentimiento de no pertenencia. En adelante, todos los días serían iguales. ¿Qué\nhabía pasado con mi libertad, y con mi seguridad? ¿Por qué no podía estar en mi\ncasa, jugando en el jardín del fondo? Me inundó una enorme angustia, como una gran\nmano que me apretaba la garganta y no me dejaba tragar saliva. Reprimí el llanto.\nPero a go debía estar expresando porque se me acercó una maestra -no aquella\nbestia dueria del negro, que era mi maestra, sino una mujer sensible- y me preguntó\nqué me pasaba. \"Me duele la garganta\", dije, y esas palabras mágicas me\ndepositaron rápidamente en mi casa, no recuerdo por qué medios. Estuve sin ir a la\nescuela durante mucho tiempo, tal vez durante todo el resto del año. Empleaba el\ntruco de la garganta cada vez que me amenazaban con el regreso. Se me inflamaron\n\n�las amígdalas, pero me salvé gracias a un pariente que asustó a mi madre con los\n\npeligros de la operación y le recomendó la homeopatía. Tomaba unas grageas\ndulces, pequeñas. Me hacían bien mientras no se volviera a hablar de la escuela.\nMi madre me conseguía los deberes -que muchas veces traía a casa el único\namigo que había hecho en la escuela; se llamaba José At1igas (de nombres de pila,\nmás un apellido con aire catalán)-,\ny yo hacía los deberes en casa y de alguna\nmanera llegaban a la maestra. Probablemente haya habido algo ilegal en aquellas\nmaniobras. Salvé el año.\n\n*\nNo recuerdo bien los detalles, pero al año siguiente no pude repetir el\ntruco de la garganta, y después de todo había una maestra distinta, que adoraba a los\nniños y nos cantaba canciones y nos prestaba libros con personajes de Walt Disney;\nno duró mucho, porque tenía un embarazo muy avanzado, pero tras ella vino otra; no\nrecuerdo cómo era, pero sin duda era mejor que aquella bestia esclavista de brazos\npeludos, que tenía al negrito repitiendo año tras año para usarlo de sirviente.\n\n*\nNos mudamos al centro y todo fue mejorando; las maestras nunca volvieron a\nser temibles, y oh, sorpresa, encontré compañeros más inteligentes que yo. En quinto\ny sexto, tuve de maestra a la maravillosa señorita Raquel, y la escuela, por fin, cobró\nsentido.\n\njva rlott@adinet.com.uy\n\n�IRRUPCIONES/\n\nMario\n\nLevrero\n\nLa niña viene hablando, tomada de la mano de la madre; la\nmadre parece estar pensando en cualquier otra cosa. La niña\ncuenta:\n- ... y\nyo\nvi\nla\npelícula. En la película había un\ngashinero, y después había una gashina, y después ven í.a otra\ngashina más chica.\n\n*\nHay dos cosas capaces de hacerme soltar una carcajada en\nla calle y en las barbas de los propios protagonistas, yeso\nalgún día me puede traer un disgusto. Una, son los pantalones\nde fantasía\nque usan\nalgunos honmres,\nesos pantalones\nlivianos y\nanchos,\nllenos\nde\ncolorinches,\nque\nasocio\ninvariablemente con muj eres de Las Mil y Una Noches. Otra,\nson algunos que van hablando por teléfono celular. Los hay\nrecatados, que ocultan parcialmente el teléfono entre la cara\ny el pecho, o se esconden a un costado de un árbol o una\nsaliente de la pared; ésos no me hacen gracia y hasta me dan\nun poco de lástima, porque me imagino en esa situación y sé\nque\nme\nsentiría\nridículo.\nLos\nque\nvan\nabstraídos y\ngesticulando me provocan una sonrisa, especialmente el señor\nperfectamente trajeado y ya no muy joven, que va diciendo\n\" ...sí ... eso justaraente fue lo que le pasó a mi padre ...\ncon la entonación de quien habla con su psicoanalista. Los\nque me hacen reír a carcajadas son los que usan el teléfono\npara hacerse notar; echan miradas a uno y ?t~o lado, y cuando\n{¡;¿\"J.h\\.....\n1 ..\nse cruzan con a1gu~en\n_\nordenes a a gun\nsuba.I terno. Casi\ntodos\nlos homb res que\nhe\nvisto\ncon\npantalones de fantasía son sumamente delgados y tienen,\nademás de bigotes, unas piernas conmadas como si anduvieran\nmucho a caballo, y tarabién una expresión de desconcierto y\ndesolación, como si los hubieran bajado abruptamente desde un\nplato volador. Los que dan órdenes a supuestos subalternos,\nen cambio, son gordos, o muy robustos, tienen anillos muy\nvisibles en varios dedos o una cadenita metálica en la\nmuñeca, y usan c~~era oscura.\nff,\n\n�*\nEn Buenos Aires,\nen la calle\nCorrientes,\nhay,\no por lo\nmenos había\nhace pocos\naños,\nun viej o café\nllamado\n\"La\nGiralda\"\n-que la mayoría de los porteños,\npor algún moti v o ,\npronuncia\n\"la yiralda\".\nAlgunas veces fui a parar\na alguna de\nsus mesas; recuerdo\na un mozo viej o que tenía\nun trato\nmuy\nagradable,\ny recuerdo\nque el café\nque allí\nservían\nno era\nmalo. Pero más a menudo recalaba\nen otros\ncafés,\nen parte\nporque quedaban más cerca\nde mi casa.\nNo sabía,\ny lo supe\nsimul táneamente\ncon la noticia\nsu muerte,\nque a La Gi ralda\niba todas las noches Homero Expósito,\nel más grande poeta del\ntango y, de algún modo inexpresable,\nun amigo personal\nal que\nnunca vi.\nSus versos\ny sentencias\nme acompañaron durante\nla\nmayor parte\nde la vida y le dieron\nun color\nespecial\na mis\naventuras\ny un abrazo afectuoso\na mis fracasos.\nHe hubiera\nemocionado saber que estaba\nallí\nen esa mesa, a pocos pasos,\ny tal\nvez me habría\nanimado a\nacercarrne\na él,\nsaludarlo\ny,\nsobre todo, darle\nlas gracias\npor:\n\"Primero\npartir,\ny al\n\nhay que\nfin andar\n\nsaber\nsufrir,\nsin pensamientos\n\n\"Ayer pensó que hoy,\nmás que la esperanza.\"\n\ny hoy no es\n\ndespués\n... \"\n\namar,\n\nposible;\n\nla\n\ndespués\n\nvida\n\npuede\n\n''''Nos habían suicidado\nlos errores\ndel pasado,\nlatías,\nrama seca,\ncomo late\nen la mufie c a mi reloj.\"\n\ncorazón,\n\n\\\\Ya da la\naire su pincel\n\nya moja\n\n''''Abre tu\nrío.\n\nnoche a la cancel\nsu piel\nde oj era,\ny hace con él la primavera. \"\nvida\n\nsin\n\nventanas.\n\nMira\n\nlo\n\nlindo\n\nque\n\nestá\n\ny\n\nel\n\nel\n\nrr\n\n\"Pero\nnadie\nv í.v í.ó\nper f umarse y segulr.\" ...\n\nsin\n\nmatar,\n\nEl mejor') y el más bondadoso\n\né\n\nL{~~~\n\nsin\n\nde los\n\ncortar\n\npoetas\n\ndel\n\nuna\n\nflor,\n\ntango.\n\n*\n2\n\n�En el Rosedal,\n\naparece una niña de seis o siete años, que\n\nviene paseando con quienes son, presumiblemente, sus padres.\nEl padre dice algo que no oigo, pero que después reconstruyo\ncomo \"La rosa es la reina de las flores\". La niña responde,\nindignada:\n-¡Pero no! ¡Yo, soy la reina de las flores!\ny por si no la entienden bien, lo repite, con énfasis:\n-¡YO, soy la reina de las flores!\n\nIrrupciones\n\nde lectores.\n\n----- -\n\n.~\nDesde Buenos Aires,\ncasilla electrónica~\namiga\n(y,\na veces, lectora\ntexto incluye \"croto\",\npalabra porteña muy co~\nde explicar, pero q..5J\\puede\ntraducirse ~n\nmucha eXigen~'-como\n\"bichicome\" o, mejor,\n\"linyera\". Dice así:\nAyer soñé con vos.\nTe 10 cuen to po ique\nme x e s uLtó muy\ndivertido.\nIba a visitarte\na Nontevideo,\nme acuerdo de estar\nviajando\nen\nun colectivo\ne\nimag-inándome\ncómo\nte\niba\na\nencontrar.\nCuando llegaba,\nte veía dando clases\nde matemática\na un grupo de niños.\nEstabas\nmedio c i o t:o, es decir,\ncon la\ncamisa afuera,\nmedio despeinado ...\nLa escena\nera exact&~ente\nigual\na como la\nhabía\niraeqi aedo ,\nplanteabas\nuna suma o\nmu1 tip1icación\nen el pizarrón\"\ny en ese\nmomento me daba\ncuenta\ny pensaba\n\"¡C1aro!., CÓZ110 no va a ser igual\na 10 que\nimaginé,\nsi la que estoy\nsoñando\n'e-.;-,'''-'1\n_\n\n~..rtal\nSí, me encanta actuar en los sueños. A pesar de que tal\nvez ese del sueño no sea yo, nada me produce tal certeza de\nexistir como enterarme de que aparecí en un sueño ajeno.\n\njvarlott{@adinetcom.uy\n\n�IRRUPCIONES/ Mario Levrero\n\nSien~re me pregunté dónde estaría la fuerza de las\nideologías (y llamo ideología a toda forma de ideología),\npara convencer a la gente de tantas cosas absurdas y\nobligarla hasta a dar la vida por ellas. Y nunca encontré una\nrespuesta hasta que me di cuenta de que estas preguntas sólo\npuedo contestarlas mirando hacia mí mismo. En algún tiempo yo\ntambién profesé algunas de esas colecciones de ideas ajenas,\ny también yo traté de imponerlas a los demás. He miro a mí,\nmismo en aquellos tiempos y pienso: ¿por qué lo hacía? Y así\nes muy fácil encontrar la respuesta: lo hacía porque me\nparecía más fácil arreglar el mundo para poder vivir en él,\nque arreglarrne a mí. mismo.\n\n*\nHi\nfamilia se fue de viaje, y quedé\nsolo en un\napartamento muy grande y de paredes muy sólidas, que no\npermi ten que el oído mantenga ese control automático de las\ncosas que suceden fuera y dentro de la casa, los movilTuentos\ndel ascensor, los pasos, las toses y las voces de los\nvecinos. Sólo se oyen los gri tos o los ruidos fuertes que\nvienen de la calle. El silencio puede llegar a hacerse muy\nincómodo, muy opresivo.\nUna tarde estuve un buen rato en la parte de la casa que\nda al frente, y fue haciéndose de noche y el resto de la casa\nfinalmente quedó a oscuras. He dirigí hacia el fondo, donde\nestán el baño y el donnitorio. Ya la oscuridad era total, lo\nmismo que el silencio. t·1ientrasme iba acercando al fondo por\nel largo corredor, pude ver de pronto cómo se iluminaba, allá\nen el do rmí,\ntorio, la brasa del cigarrillo que un intruso\nestaba fumando, sentado en la oscuridad.\nLa brasa de un cigarrillo que un intruso fuma en la\noscur~dad o, según recordé en seguida, la lucecita roja que\nse enciende cada vez que el termostato pone en marcha la\nestufa eléctrica.\n\n*\n\n�Hay dos tipos de personas que no se quieren a Sl mismas:\nlas que no se conocen, y las que se conocen demasiado bien.\n\n*\nCada uno de nosotros lleva en su interior, más o menos\noculto, un niño imbécil. Es a ese niño que se dirige casi\ninvariablemente la publicidad.\n\n*\nLlevado por una determinación cuyo origen no era nada\nclaro -según descubrí después, al repensar todo el asuntolevanté la colcha de la cmaa, tomándola por una punta, y allí\nestaba -como están sier~re las arañas que encuentro, como si\nhubiera estado siempre allí, y en ese preciso instante me\nhubiera sido dado percibirla, al caer una venda de mis ojos,\ncomo si fuera necesario e imprescindible, dentro de algún\nplan cósnúco, que la araña estuviera allí, precisamente allí,\ny fuera de ese tamaño preciso.\nLuego, al desplazarse levemente, perdió carácter y le\npude pegar con una escoba.\n\nIrrupciones\n\nde lectores.\n\nHace un tiempo había escrito sobre \"mí, amigo el biólogo\"\ny el disgusto que me dio al descubrir que unas paredes de mi\ncasa estaban llenas de arañas. Recientemente, gracias al\ncorreo electrónico, tomé contacto con él, que vive en EE.UU.,\ny le envié una copia del artículo. He aquí fragmentos de su\nrespuesta:\nLas vocales\ncon ac en t:o, y las\neiie s fueron\ntraducidas\na\nextraños\njeroglíficos\"\n10 cual le da un a.r.ze misterioso\na tu\nartículo\"\nmej ox ándo l o notablemente.\n( ... ) s/os no te imaginás\nqué pobre\nes en arañas\nes ta ZOlJa del país.\nHay poquísimas\ne spec i e s , y no muy vistosas.\nEs algo que extraño\nde mi país.\n\n2\n\n�La fauna\naracnológica\ndel Río de la plata\nes riquísima,\ny\ntenemos\nespecies\nde extraño\ncolorido\ny gran\nagresividad.\nIncluso\ntenemos\nmuchas\nespec~es\nponzoñosas.\nLo\nmás\ninteresante\nes\nque\nentre\nlas\nespec~es\nmas venenosas\nse\nencuentran\nvarias\narañas\ncomunes que se alojan\nen nuestras\ncasas,\nmezcladas\ncon otras\nespecies\nnlás o menos inofensi\n....\nras.\nAun en las casas mas limpias\ny os de ne.des he capturado\na la\nLoxosce1es\n1aeta,\nfamosa por su picadura\nnec xo ti i z ent:e , capaz\nde\nmandar\na\nhombres\nco xpu l en tos\nal\nhospi tal\ncon\nuna\ninsuficiencia\nrenal\naguda.\nNo es\nraro\nencontrar\nen\nlos\npuestos\nde verdura\nla celebre\nPhoneutria\nEei:e , poseedora\nde\nun poten te veneno rieu i o tió x i co , de esos que te paralizan\nen el\nmomento en que estirás\nel bsez o para agarrar\nel\nteléfono\ny\nllamar a la ambulancia,\ndejándote\na mitad de camino, mientras\nse te corta la respiración.\nPero no hay que olvidar\nque estas\narañas\" como su más inocente\nparentela\"\nson beneficiosas\npara\nel hombre pues\ndes truyen\nmuchos insectos\nparási tos\nde los\ncu1 tivos \"\no\nportadores\nde\nmicrobios\ny\nenfermedades\ndevastadoras.\nFelices\nsueños,\nhombre, y un beso a tu mujer e\nhijo.\n\nManuel\n\nQuise\nsabiduría.\n\ncon~artir\ncon\nGracias, Malalo,\n\nDíaz\n\nlos\nlectores\nestas\npor ilustrarnos.\n\njvarlott@adinetcom.uy\n\nperlas\n\nde\n\n�"]]]]]]]]],["collection",{"collectionId":"18"},["elementSetContainer",["elementSet",{"elementSetId":"1"},["name","Dublin Core"],["description","The Dublin Core metadata element set is common to all Omeka records, including items, files, and collections. 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El número original mecanografiado está tachado y ológrafo aparece el número 36/ Original de tres folios mecanografiados, con correcciones y notas. El número 39 que aparecía originalmente mecanografiado está tachado y aparece ológrafo el número 38/ Original de dos folios mecanografiados, con el número 38 originalmente mecanografiado tachado y sustituido por el número 39/ Original de dos folios mecanografiados, con el número 39 originalmente mecanografiado tachado y sustituido por el número 40/ Original de tres folios mecanografiados, con correcciones y notas ológrafas. El número 38 originalmente mecanografiado está tachado y sustituido por el número 41/ Original de tres folios mecanografiados, con el número 40 originalmente mecanografiado tachado y sustituido por el número 42"]]]]]]]]