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                  <text>PARA: LUCIA CALAMARO
DE: l-tARIOLEVRERO

©©©©©©©©(Q&gt;©©©©©©©©©©©©©©©CQXQ)(Qi©©©©©©©©©
IRRUPCIONES/Mario

A Juan Ignacio

Levrero.

(19)

Fernández

A veces dos personas que probablemente son muy
serias y no se conocen entre sí, pueden aparecer de
pronto como una parej a de cómicos. También podría
tratarse de una pareja de cómicos, que por error me
impresionaron a primera vista como dos personas
serias sin relación entre sí.
Hay un bar en mi tad de cuadra, cerca de casa,
cuyo local, muy estrecho, sierL1p
re está lleno de
parroquianos y es por lo tanto muy ruidoso; cuando
alguien necesita hablar por teléfono, el dueño del
bar se lo alcanza por la ventanita de un kiosco que
pertenece al bar, y la persona habla desde la
vereda, con el teléfono apoyado en una saliente de
la ventanita.
En esta situación estaba el otro día un señor
de aspecto serio; hablaba gravemente por teléfono,
en la vereda, junto al bar, de espaldas a la calle.
A unos tres pasos de él, junto al cordón de la
vereda, un horoore alto, con aspecto distendido, la
mano derecha en el bolsillo del pantalón, miraba
hacia un hipotético ómnibus que podría venir desde
la misma dirección que yo rrai a, y estallaba en
sonoras carcajadas mientras sostenía un teléfono
celular junto a la oreja izquierda.
Yo iba junto a Juan Ignacio y aprovech
como
sien~re, para tratar de educarlo.
-¿Ves? -le dije-. Seguramente están hablando
entre ellos.
é

&amp;

,

�él la idea lo divirtió, pero también le
pareció posible y aun razonable. y así fue como yo
terminé quedándome con la duda. ¿El hombre serio le
estaría contando chistes al que se reía'? Si era
así, ¿para divertir a quién habían montado la
escena?
A

*
Pensando bien, esa parej a de cómicos existe
desde hace muchos
años, quizás desde siempre;
aunque presenten algunas variantes, siempre son los
mismos,
como si
fueran
la proyección
de una
película. Uno es el que escucha al otro, o le da
pie con alguna pregunta para que haga el chiste.
No sé por qué siempre se cruzan en mi camino,
al igual que una pareja
de personas
bastante
mayores,
honilire y mujer,
que lograron hacerme
desistir de ir al cine, porque estaban en todas las
funciones, en cualquier cine y a cualquier hora que
fuera, y siempre se sentaban cerca de mí, por lo
general en la fila de atrás, y hacían todos los
ruidos posibles:
car~aelos, galletitas,
tos, y
sobre todo la mujer que no entendía y le preguntaba
al hombre; y el horrbre le explicaba con todo
detalle lo que él había entendido, en una voz lo
suficientemente audible para los oídos sordos de su
muj er, y para colmo la explicación era errónea,
porque él tampoco había entendido nada.

*
En la calle, dos honiliresvienen hacia donde yo
estoy, conversando animadamente; pasan a mi lado y
siguen de largo, de modo que puedo oír sólo un
fragmento muy incompleto de la conversaoaon . Los
horobre.3son más bien jóvenes y están trajeados como

�oficinistas
o
vendedores
a
domicilio.
Llevan
portafolios. El que habla -gordito, de bigotes- usa
un tono didáctico y vivaracho mientras se apoya en
gestos
y
ademanes
contundentes,
como
si
le
estuviera explicando al otro el funcionamiento de
algo que, para él, fuera muy importante. Dice:
- ...y
el
profesor
viene
atrás,
a
toda
velocidad, tirando los huevos para arriba ...

*
Estoy ante una enorme milanesa,
quitándole
nerviosa pero prolijamente la cáscara que tiene pan
rallado (no podía comer carbohidratos porque estaba
haciendo la dieta del Dr. Atkins).
Entran dos honmres al bar y buscan una mesa.
Tienen el aspecto de dos que se reúnen para hablar
de negocios. Al sentarse, no lejos de donde yo me
encuentro,
veo que
arooos miran
fascinados
la
operación, bastante avanzada, de desce ac aramí.en to
de la milanesa. Uno de ellos se deja caer en la
silla y le dice al otro, en voz bastante audible:
-Creía haberlo visto todo.

*
A diferencia de aquel matrimonio insoportable
que me alejó del cine, esta parej a de cómicos,
voluntarios o no, me resulta sumame n t e querible.
Bendito sea el sentido del hunlor; no creo que
exista mayor virtud.

�PARA: LucrA CALAMARO
DE: l1ARIO LE"VRERO
QQQQQQQQQQQQQQQQQQQQQQQQQQQQQQQQQQQQQ

IRRUPCIONES/Ma~io Lev~e~o.

(20)

+Le
"Harnlet" -me dijo un amigo, con el tono con
que pod~ía habe~ dicho "encont~é un teso~o en el
je roi.n? . Los ojos le b rí.Ll aban . Es un g~an Lectcr, y
tiene
una
erio rme
biblioteca,
p ero
su
fonnación
académica es más o menos como la mía: p r ácr.a camenre
nula.
Después hablamos de las sorpresas que si emore dan
los clásicos. Uno espe~a encont~a~se con la cosa
tediosa que le of~ecie~on en el liceo los p~ofeso~es de
lite~atu~a, y sin emba~go una y ot~a vez la expe~iencia
dice lo cont~a~io: los clásicos son f~escos, son
actuales, son fáciles, son dive~tidos. A causa de los
p~ofeso~es de lite~atu~a, descub~í el Quijote ~ecién a
los t reí.nt a años. Y hay una enormidad de clásicos que
nunca leí, pensando que son tan r~los y tan ~etorcidos
como quienes los enseñan c~een, o hacen c~ee~, que son.
í,

*
En Buenos Aires, estaba una tarde en una esqul.na
esperando el cambio de luces para cruzar una gran
avenida. Hacía calo~, como casi sien~re en Buenos
Aires, aunque fuera otoño, y no me sorprendió ver que
una mujer, parada junto a mí, mientras esperaba el
cambio de luces se qLtitaba un tapado de piel que
llevaba. Al quedarse ~.TA.Jt.A~l,tapado reveló un cuerpo
menudo y delgado, nadalespeéIalmente atractivo. Tan~oco
L
su perfil me decía mucho; ni linda ni fea, nada1v~~
especialmente memo~able. Se encendió casi en seguida la
luz ve~de, y/a~rancó a andar con esa velocidad de los
~~~

l.

�po rt efioe
que yo ya no t rs t aba de .í.mí.ta r . Y de un
mon~nto a otl::Ome encontl::étl::otandodetl::ásde ella, con
una idea fija: "Esa mujer debe sel::núa".
No fui el único poseído pOl::esa idea: en la vel::eda
de la cuadr a siguiente, del o t ro lado de la avenida,
ven an caminando t res hombres, bien t ra j eados y cada
cual con su portafolios, hablando sel::imnente-sin dudade
tl::abajo. Se detuyiel::on en seco
y
se quedal::on
contemplando a la joyen como a una diosa; quedal::onasí,
detenidos en un gesto, oLv.í.dadoedel mundo, y en cada
uno de ellos podía ad.í.v
í.narae el mismo pensamiento:
"esa muj e r debe se z; mí a?.
Más allá, sien~l::eal l::ítmicoy decidido paso de la
dan~, seguían pl::oduciéndose pequeños incidentes: algún
l11.Uchacho,
incluso algún niño, y los parl::oquianos de una
cafetel::íaque tenía mesas en la vel::eda, todos decían,
gl::itabm~o hacían algo pal::aexpl::esal::
su estupefacclón.
Yo tuve un instante de lucidez y me detuve a pensal::que
allí estaba sucediendo algo extl::año.Aquella mujel::no
tenía ninguna cualidad ostensible que pudiel::adespel::tal::
en mí ni en aquellos o t roe hcmb res un deseo de tal
maqn tud. Fue después que se hubo qui tado el tapado de
piel y se hubo puesto
en moYimiento,
que yo fui
golpeado por aquella idea como pOl::un l::ayo
...
y me aco rdé
de las feromonas,
sustancia que no
tiene oLo r pe ro se p e rc.í.becon el olfato, y es una
nítida señal hOl::monalde la mujel::hacia el hOfiIDl::e.
POl::
suerte, había leído hacía poco que esa sustancia fue
sintetizada
en Laoo rat o rí.oa, embotellada
y puesta ~
yenta. En la esquina, cuando ella se quitó el tapado,
me había llegado una ola de un p e r ñume cu r oaament.e
tenue e inofensivo.
Dej
de t ro t ar y del
de mí.r ar embobado cómo la
dama seguía conquistando admí rado res , y seguí el camí.no
que había pl::evistoantes del encuentl::o,pensando que en
adelante debel::íatenel::mucho, pel::on1.Uchocuidado.
í

í

í

é

é

GGGGGGGGGGGGGGGGGGGGGGGGGGGGGGGGGGGGG

2

�PARA: LUCIA CALM~ARO
DE: MARIO LEVRERO

©©©©©©©©©©©©©©©©©©©©©©©(Q)©©©©©©©©©©©©©

IRRUPCIONES/Mario Levrero.

(21)

La vieja ciega se abalanzaba sobre el puesto
callejero, enarbolando un bastón que no era blanco
y no era tampoco bastón, sino una larga varilla de
metal, pesada, que a veces golpeaba contra el piso:
i clinc, clang! Creí que quería atacar a la gente
del puestito, pero sólo quería tomar un ómnibus. Un
homb re del vf~9V
agarró del brazo y la fue
llevando ~~d~lasta
la esquina, donde había ~
un ór~ibus parado con la puerta abierta. Pensé que.~
estaría esperando a la ciega, pero de irunediato me
arrepentí del pensamiento; los ómnibus no esperan a
los ciegos ni a nadie. En seguida vi que el chofer
se había bajado y estaba discutiendo con alguien, a
los gri tos. Uno de los que gri taban decía: "Quer s
que te enseñe a mane j ar'?". Se oía el bastón de la
vieja golpeando: clinc, clang. Seguí andando hasta
terminar de cruzar la calle, y cuando llegué a la
vereda me paré j unto al semáforo y me di vuelta
para
observar
la
conclusión
de
la
historia.
Demasiado tarde. El ómnibus estaba con la puerta
cerrada,
ya
había
arrancado
y
ya
se
había
desplazado
unos metros.
La
vieja
ciega y
su
horrible bastón ya no estaban a la vista. Incluso
el grupo de mirones que se había formado en la
vereda para disfrutar de la pelea ya se había
disuelto. Todo se había disuelto; una explosión
fugaz de violencia que estalla de tanto en tanto
entre
los
constantes,
cotidianos
canales
de
violencia que se \Tan desplazando -normalmente- por
la ca.lle.

J-~~IÜ

é

�*
En Buenos Aires. Sube una chica espléndida al
colecti va 70. Yo voy en el primer asiento detrás
del chofer; tengo que torcer el pescuezo para verla
cómo se mueve con una infinita gracia y se sienta,
pasillo de por medio, un asiento detrás del mío.
A cada rato me acuerdo de la chica y me vuelvo
para mirarla; en una de esas veces, advierto que
lleva en las manos un librito de tapas rosadas,
delgado, poco más que un folleto. Ahora me doy
vuelta para verla a ella pero tarrbién para tratar
de leer el título del libro, y a medida que pasa el
tiempo me va resultando
imperioso
conocer ese
título, como si el libro contuviera las claves para
acceder a la muchacha.
Cuando me levanto para bajarrae, consigo por fin
leer el título: "Quebrántame, Señor".
Me muerdo los labios y elevo los ojos al cielo.
Se me ocurren mil cosas guarangas para decir, pero
por suerte no me atrevo.

2

�PARA: LUCIA CALAMARO
DE: MARIOLEVRERO

(.::::v::::vy:::::~Y:::v:?v:::v:?v:::v:?v::::: ~ ~ ~ ~ ~ ~ ~ ~ ~ ~__ ~ ~ ~ ~ ':::'V:YYY;:X::v;:::V;2vY0
="="C.rc:J':._ ~~

'C,I\""::I\~~h::;.~

(ATENCIÓN: ESTO NO FORMAPARTE DE LA COLlWNA:
Sofi,
Gabriel:
me parece
lmprescindible
que la
dirección
de la revista
apruebe
esta
colurrma antes
de
publicarse.
Si
piensan
que
puede
crear
problemas,
envío
otra
cosa,
porque
mi intención
no
es esa).
(Gracias).
1':'V.'\l':'V'-°\l~~~~~~~

~oc~~~~~~~----------~~~~~~ooc~~
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IRRUPCIONES/ Mario Levrero

00

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":":\.r.v.:~~"='V~

(23)

-Ya no se puede andar
por la calle
-decía
el
hombre en el bar-.
La violencia
aumenta,
semana a
semana.
Ahora
ap a r e c i.o una
camioneta
que
encima
lleva
la
propaganda
de una
salchicha,
una
cosa
enorme,
obscena,
metida
en un pancito.
Te revuelve
el
estómago,
pero
vomitás
y
se
te
pasa.
Lo
realmente
malo del
caso,
lo violento
del
caso,
es
el sonido,
un corrido
me] a c an o de hace
cincuenta
años a todo volumen,
o un mambo de Pérez
Prado de
hace
cuarenta
y
cinco.
El
sonido
te
ron~e
los
tírr~anos,
y te mete el mambo en la cabeza;
después
te p a s áe
horas
tarareándolo
mentalmente.
Pero la
gente no se da cuenta.
Aguanta.
El hombre del bar toma un sorbo de café.
Nunca
lo he visto
tomar
otra
cosa
que café
negro,
en
pocillo.
Aparentemente
habla,
desde
la mesa a que
está
sentado,
conJ.ctueño
del
ba~
que está
detrás
del mostrador,
aunque no parece@ que el dueño le
prest~
mucha atención.
-Si la gente
se avivara
-dice
el hombre- no
compr a r i a más de esas
salchichas,
porque
cuando le

L

�faltan el reap et.o en la calle, con ese volumen de
sonido, de una manera tal que todos pueden darse
cuenta del poco respeto que tienen por la qente,
imaginate lo que harán cuando la gente n~ W&gt;ve.
Imaginate
vos
con
qué
estarán
hechas
las
salchichas. A lo mej or se accidenta un obrero y
chau,
igual
te
lo pican
y
lo meten
en un
frankfurter. Porque una vez que se empleza a
perderle el respeto a la gente, al ser humano, a la
inteligencia del ser humano, al derecho a pensar,
una vez que se pierde el respeto ya nadie puede
saber dónde termina la cosa. También Hitler empezó
gritando por un parlante.
"y después está esa propaganda de un diario,
por la calle, a todo volmnen. Un carrdón cargado de
televisores; conté treinta y dos, dieciséis de un
lado y dieciséis del otro. Pero la cosaf está,
nuevamente r en el sonido; t.e
Le v a sores que
pongan
mí.L,
si tienen plata para pagarlos. Uno mira si
quiere. Pero el sonido hay que oírlo, te guste o no
guste.
~¿Qué confianza le podés tener a las noticlas?
Quieren vender de cualquier manera, aunque sea a la
fuerza, machacándole el cerebro a la gente. Vender
más, ganar más, y que la gente se joda. Y la gente
con~ra, no se dan cuenta de que la están violando
en la calle. No piensan.
~Yo, ese diario no lo compro más. y
las
salchichas, Dios me libre. Ellos se reirán, qué les
importa que yo no con~re si ellos hacen su negocio.
Pero yo trato de defender mi dignidad; no me
respetan, no compro. Ya no tenemos~nadie que nos
defienda; el gobierno permite esta violencia porque
le conviene. Así la gente no piensa. Le¿ conviene
que no p í.en seh en los corruptos y ladrones, así
después se 01vidat1 y vuelvelta votar. Si la gente
pensara. .. y así los arrean, después, cuando las
elecc·ones. Con ruido, mucho ruido.
2

�"Pero

yo pienso.

Y no voto

a nadie.

*

r

Tengo 111-/cigarrillo
entre
los
dedos
índice
y
mayor de la7derecha,
lo llevo
a menudo a los labios
y doy pitadas
largas
y placenteras,
aspirando
con
profundidad
el humo. De pronto
me doy cuenta
de lo
que
estaba
haciendo,
y
miro
con
espanto
el
cigarrillo,
y luego un cenicero
repleto
de colillas
que hay sobre una mesa. "No puede ser",
pienso;
"no
puede ser".
Dej
de f umar hace más de dos años, dos
años y medio,
y a veces me permi to una pi tada,
o
dos
o
tres,
cada
varios
meses.
Taniliién
suelo
aspirar
las estelas
de humo que dejan los fumadores
que cruzo en la calle
o que por un favor
especial
del destino
vienen de visita
a mi casa.
Pero ahora
miro e s t.e cigarrillo
que llegó
a mis manos en medio
de un automatismo
completo,
y me doy cuenta
de que
he
perdido
todo
el
terreno
que
había
ganado
dolorosamente,
penosamente,
con esos treinta
meses
de ab s tinenci a; es toy ot ra ve z en 1as qa r r as -d:e-:ltl ~
.M.l~l..4~~,
sin saber cómo hacer,
ahora,
para empezar de
nuevo a dej ar de fumar.
"No sabía
que estaba
tan
tomado por
el
vicio,
no sé
cómo pude
llegar
a
esto",
sigo pensando,
sigo espantado,
enfrentado
a
una fuerza
que nunca podré vencer.
Me despierto
con el clima de tristeza
y derrota
que Ll.e vab a a cuestas
durante
el
sueño,
y no me
ali ví.a darme cuenta
de que era
un sueño.
En la
pieza
hay olor
a tabaco.
Pienso
que me levanté
sonámbulo a f umar , pero no hay tabaco
en la casa.
Tengo la garganta
irritada,
tengo gusto a tabaco en
la boca, y no he perdido
la sensación
de placer
ni
la culpa.
é

(::_
.••
~'~~~I~.~~~~.-::v::-:v~~
c~~~~~~jOCfVC~~~~~~=~~~~~~c~~~~~J

.••
~~J-::),-::

••••
-::••••
~~r.:v~~~~~

3

----------".-~~---~--------

--

--

�PARA: LUCIA o SOFI o GABRIEL
DE: MARrO LEVRERO

©©©©©©©©©©©©©©©©©©©©©©©©©©©©©©@©
IRRUPCIONES/

*

Mario Levrero

(24 )

A Helena Corbellini.

En el barrio, y muy especialmente
en los calle] one s,
esos callej one s estrechos donde las casas de una y otra
vereda
se encuentran
muy próximas,
hay muchos
espacios
públicos que se vuelven de uso privado, o casi prlvado, como
si la calle pasara a ser una especie de patio del fondo de
la casa que le crece
a un costado.
Cuando
hay gente
observando, a veces apoyada en el marco de una ventana, el
que pasa por ese lugar es mal mirado; y muy a menudo yo no
atino a da rme cuenta
dónde termina el espaca o público y
dónde
comienza
el
privado,
de
tal
modo
se
ha
ido
domesticando
ese presunto
espacio
público.
A veces
me
encuentro, sin querer, invadiendo un jardín, o un aut-éntico
patio, sin haberme dado cuenta claramente de cómo hice para
llegar allí; me encuentro entre ropa tendida, o frente a un
pequeño
plantío
de tomates
o, peor aún, a una persona
tomando sol en una silla de lona o en un pe rezoao , Demás
está de cí r que me apr esur-o, en cualquiera de los casos, a
aa l.í rme de esos espacios, pero no siempre lo consigo con
facilidad. A veces me ha sucedido de querer salir y darme
cuent-a, no sin espant-o, de que estoy .í.nt.e rnándome
más y más,
enredado entre latas de basura, cuerdas tendidas, tejidos de
alambre o arbustos, y a veces llego incluso a p rec.i.p i t arme
dentro de una casa.
Hasta ahora he tenido suerte, porque no me han visto, o
si me han visto han hecho de cuenta, por algún mo t.í.vo , de
que no me vieron; lo cierto e:3 que no me he encontrado nunca
frente a nadie, por más que más de una vez me ha parecido
inevi t.abLe el encuentro.
T rato de aa Lí. r de allí adent-ro;
veo, a través de una ventana abierta, la calle a un paso de
donde estoy. Si me atreviera a aa l.í.r por la vent-ana, ae ri a
muy senclllo; pero temo que al verme salir piensen que estoy
entrando, o incluso, aunque advlertan que estoy sallendo, la
forma .-lehacerlo, pienso, los llevaría a creer que del mismo

®J

�modo he entrado, y sólo alguien con t orcadas intenciones
puede colar-se por una ventana: en cambao, pienso, si me
encuentran adentro, aunque no les parezca agradable ni
correcto, puedo al menos tratar de crearles una duda
razonable acerca de mis
nt.e
nc.í ones, y eequrament.e mis
palabras serán mejor aceptadas si las digo desde una
poai.c.i ón que, aunque confusa, como en la que realmente me
encuentro en esos casos, no tiene sin embargo el agravante
de la culpa: tendría que explicar solamente por qué estoy
metí.do en una casa ajena, y no explicar también por qué
estoy saliendo, o entrando, como ellos pOdrían creer, por la
ventana.
Lo cierto es que busco una salida, prescindiendo
de la tentación de la calle tan próxima, y me voy adentrando
sin querer, cada vez más: la casa se muestra más compllcada,
menos simple de lo que parecía vista desde la calle, con
algunos corredores que tuercen y se enroscan, o con puertas
que al abrirse hacia otras habitaciones me van alejando más
de la salida, y me introducen en una profundidad no
prevista. A veces oigo voces tras una puerta, y no quiero
detenerme a escuchar el diálogo: sólo quiero salir de allí:
pero no puedo evitar recoger algunas palabras, que me dlcen
algo acerca de la gente que habita la casa, y me siento como
un ladrón de intimidad, y más inseguro todavía que al
principio, porque si esa gente se entera de que yo he
recogido alguno de sus secretos, por más inocente que sea,
será difícil escapar de su reacción de furia: nada estaría
más justificado que una agresión violenta en ese caso. Me
apresuro, siempre en puntas de pie, siempre tratando de ser
liviano como el aire, silencioso como el aire, si fuera
posible invisible como el aire, y las habitaciones y los
corredores se multiplican, aparecen nuevas compLí.cac.í.one
s,
como escale ras que suben o que bajan, escale ras de muchos
escalones, escaleras que no me dejan alternativa porque no
hay otr a abertura, y por donde vine ya sé que no hay salida:
bajo por la escalera, o subo, y encuentro más habitaciones
o, a veces, corredores ahora de aspecto oficial, como de una
repartición publica, como de oficinas póblicas, con ese algo
entre maJestuoso y grotesco de las construcciones oficiales
o destinadas a finalidades oficiales, porque tienen cierto
tipo de grandeza, cierto tipo de pintura descuidada, cierto
tipo de deterioro, ciertas formas de fría neutralldad: allí
me siento un poco más seguro, porque es más probable que yo
.í

2

�tenga mayor derecho a encontrarme en un edificio póblico que
en una casa privada, pero recuerdo que no he salido de la
casa privada en la que entré, a menos que en ese barrio las
casas estén de tal forma comunicadas que el anter or de una
abra al interior de otra, o acaso me he equivocado, cuando
por descuido me encontré en el inte rí.or de la casa, al
pensar que se trataba de una casa p rí.vada y no de un
edificio público, y me llama la atención esa dificultad que
encuentro en el barrio para diferenciar los lugares públicos
de los privados.
Por lo general, la salida la encuentro cuando ya es de
noche, y en alguna pieza se oye el ronquido de alguien que
duerme, y el silencio en la casa es tremendo, y estoy muy
cansado, aunque ya me he habituado a moverme a toda
velocidad sin perder el sigilo: ya me muevo sin dudar, como
si el lugar me fuese conocido de muchos años, y sin embargo
todo es nuevo y extraño, pero me muevo sin dificultad porque
de tanto andar por lugares desconocidos me he acostumbrado a
nacer.l
o con seguridad, aunque esté siempre at.e
nt.o
, siempre
temeroso de un encuentro indeseado. Cuando llego a la calle,
casi siempre emerq endo de algún sótano, casi siempre es 'ya
de noche, y la aventura me deja un raro sabor en la
garganta, me deja un sentl.miento muy complejo comprl.ml.do
en
el pecho y un raro sabor en la garganta, un sabor como de
yodo o de algas marinas, pero más sutil, más dí.f i.ca L de
determinar.
í

í

3

�l_~_~ _O~_",--_~_0~_b_~;
------------------

Para: LUCrA o 50Fr o GABRrEL
DE: MARIO LEVRERO
@@@@@@@@@@@@@@@@@@@@@@@@@@@@@@@@

qf,'~

{ \ (I..A ..•.

AÑo 2000 I Mario Levrero

MONTEVIDEO

En-

1~

callo,

t..(~re3i"t·lO.

00

a':::er-Can

unoo

~

odole~cente~

de

Ví.e nc n

parabrisas de los coches estacionados. El més alto, un flaco
con ojos vivarachos, sucio y despeinado, me señala con el
dedo y pregunta:
-¿Uruguayo?
-¡Claro! -respondo de inmediato, extendiendo los brazos
como me explicaron una vez que había que hacer para ser
convincente.- ¡USO yerba El Papagayo! -sonrío, tal vez forma
demas ado débil. El joven estudia la ai.nce rí.dad de la
sonrasa mí.e nt ras los otros, unos enanos de bigotes que lo
secundan, me pegan autoadhesivos en la espalda. Ya al salir
de casa me había encontrado con el 'vecino del mismo piso,
que también salía. Me saludó:
-¡Qué día para un Francisquito!
Por
suerte, p r'ev.í.e ndo
que
había
de
saLa, r,
fatalmente, a la calle, anoche me había quedado hasta tarde
est.ud.í.ando las tandas de la televisión.
-¡Fresquito,
fresquito!
-respondí,
con
una
sonrisa, mientras me lo imaginaba cocí.nándos e en una olla
llena de agua hir·viendo. Ya me había tenido que mudar, por'
haberme ·..vueí.t.o sospechoso en el ecu.r í.ci.c donde alquilaba
antes; estaban a punto de denunciarme. Acá es igual, pero ya
la dictadura es más desembozada que en el 96 Y he aprendido
a disimular.
El adolescente alto decide aceptar mi sonrisa y a
una seña suya los otros dos abren la marcha, siempre pegando
autoadhesivos en los parabrisas. Con todo, antes de llegar a
la esquina oigo que me gritan:
-¡Qué jabón, eh!
-¡Jabón y medio, Pompititas! +respondo con ener·gía.Doy
vue Lt.a a la esquina y m~alejO
a toda la velocidad de que
mis piernas son capaces, pensando que t.a
L vez hubiera debido
tomar aquel ómnibus. Lo 1 bía esperado, y cuando llegó y se
abrió la puerta me atacó la timidez, la dignidad, o algo
í

�así, y dejé pasar primero a una mujer embarazada y a dos o
tres viejas.
-¿Adónde
la
llevo?
-preguntó
el
chofer,
medí.o
canturreando con voz engolada.
Mientras se impulsaba hacia arriba, la embarazada
respondió a viva voz:
-¡A Pastas PuroHuevo!
Imitó tan bien a la locutora de la t.e Leví sa ón, que en
el inte rí.o r del ómnibus sonaron algunos aplausos. Detrás
intentó subir una de las viejas. El chofer repitió la
pregunta, pero la respuesta casi no se oyó. El chofer cerró
bruscamente la pue rta. la mujer cayó hacia atrás. Pude
agarrarla a tiempo y sacarla del escalón; el ómnibus
arrancó, y yo empecé a caminar en seguida, rápidamente, para
no dar oportunidad de que se me introdujera en una
conversación con la gente que no había podido subir. Por lo
general, la gente comienza a murmurar y rezongar, y a veces
eso genera una denuncia. Justamente, los titulares de un
d.í ar.í,o en el kiosco junto a la parada del ómnibus decían:
""ATENTADO A LA LIBERTAD DE E.,;{PRESION".
"La democracia
liberal en pe Lí q ro': . O sea, alguien que se había mam f eet.ado
en contra del abuso en la publicidad. O que simplemente
había arrancado un autoadhesivo del coche, o de la ropa.
Volví a la calle principal; de todos modos, ya no había
seguridad en ningún lado, y ningún lugar era mejor que otro;
salvo que la calle principal tiene más altoparlantes que las
otras, y después de unos minutos ya no se puede soportar la
repet.í.ci.ón de s Loqeiis , órdenes, amenazas y jingles.
Decido tomar un taxi. Es un lujo que no puedo
permitirme a menudo, pero esta salida a pagar el alquiler'es
sólo una vez al mes.
-¡Qué día para un Francisquito! -saluda el taxista. Yo
asiento alegremente:
V~~
-¡Fresquito, fresquito! ~J.
Digo una dirección y el
auto arranca. Apoyo la cabeza en el respaldo y cierro los
ojos.
domingo 28 de julio de 1996.
1:05

�IRRUPCIONES/

"'k

A María

Mario

Elena

Levrero

Rovira,

(26)

"Ma.ru1a".

mo rete n t o
1·3.
rlPr.~.
-;llC1t-Fl
lc.l+C! p~n.dr-.
1
p •••.
l a.b ra.
j liS t.a,
no
exacta
.t"" '- .•• ....,
_1 ._....., ••••._'"
d.QQF"-C.d.a.da.
d.Q~~'~Q.oi.::'n
OQ.iiJi
diría.
profesional,
si lo mí o fuera
ti:H.8.
prl::l±o::rOi.6n/&lt;'1Q..a
palabro.
juoto.
y la coherencia
del d s cu r so ,
J.d.H
l,:;8:H.j
U:H.t.'=:)
d.i.-tti'd:ti.:i e).::te)
que el
1e c b o r; debe r e c í.b.í r s lE darse
=uen~a ael
esruerzo
que
lo
sustenta.
Estoy
tratando
de
esc r b t r
mal,
de
p e rmr ti rme
incoherencias
y
fa1 t.as
de
ortoqrafía,
pero sólo he conseguido
to rpe zas de tipiado
que
me he apresurado
a corregir,
porque no es lo que pretendía.
No consigo ser incoherent.e,
y este ma.L es mucho más q r eve
~flQjar

QHi~~A

por

un

Q

í

í

de lo que se piensa.

*
He detengo
de pronto
en una calle
arbolada,
fresca,
a
contemplar
el extraño
espectáculo
que dan los árboles.
No sé
si es en esa calle
en especial,
o si
es así
en todas
las
calles
arboladas
y yo no me doy cuenta porque voy pensando en
otras
cosas,
pero
ahora,
en esta
calle
en particular,
me
Ll.aman la a t enc a ón los árboles
por lo distinto
de los otros
que es cada uno, a pesar
de ser todos de la misma especie.
Los
hay
deformes,
los
hay
que
parecen
enfermos,
con
hinchazones
en las
piernas
o enormes
barrigas;
los
hay
a ne xp.l Lcab Lemerrt e torcidos,
los
hay llenos
de formaciones
como forúnculos
o tumores,
los hay con c a r a.s terribles
y, en
defini ti va,
no hay ningún
árbol
que sea
el
prototipo
de
árbol,
ningún árbol del manual que enseña cómo ser árbol.
Pl.enso con qué facilidad
aceptanlos a esos árboles,
y
con qué
mayor
facilidad
todavía
parecen
aceptarse
entre
ellos.
Con los seres
humanos las cosas son de otro modo.

*

�Durante años, en la época en
pe rmí, tía
que las visitas
t amb n
frase que ahora me volvió de golpe
Sl no recuerdo mal, en un boliche,
í.é

"Nadie

sabe

el 11.1qardonde
..

Nos había parecido cargada
Otra frase de la pared de

que escribía
en las paredes y
escribieran,
tuve anotada una
a la memoria. La habíam.os oído,
con Ruben Kanalenstein.
Decía:

están

las

cosas" .

de sentido.
IT~ casa,

"Zara shl.1ramweni",

la había encontrado yo en
un libro,' provenía de un dialecto
.í.nd.í.qe na, y el autor del libro
la explicaba como el producto de la gran adrru r ac í.ón que ese pueblo
profesaba por los ex t r arrj eras,
los que para ellos
eran como unos
:lioses que habrían de llevarles
la prosperidad.
Yo creo que eso fue un cuento que los nativos
le h.í c er on
creer al autor, para salir
del paso, cuando el autor averiguó lo
que la frase significaba:
""Sólo la llegada de un ex t r arrj e ro podrá
calmar mi. enorme hambr e
í

?

•

*
En el
interior
del
ómní.b us hay poca gente
y un clima
familiar,
como suele darse en las líneas
de recorridos
largos
++p or que hay quienes
viaj an hasta
los úl c mos t r amos y ésos
se conocen, son vecinos,
y aun el guarda termina
saludándolos
por su nombre y preguntándoles
por la salud de los suyos.
En la
calle
se
ve una fila
impresionante
de personas
esperando
el momento de entrar
a una sala
donde va a actuar
un famoso cantante.
El guarda y el conductor
hacen algunos
comentarios,
lo mismo que un par de personas
sentadas
cerca
del guarda.
Por fin llega
el comentario
infaltable:
-La q ent.e se quej a de que no hay plata,
pero habría
que
ver ~uánto vale la entrada
-dice
el guarda.
Una de las mujeres
responde de inmediato:
-Ah, no. Se paga con tarjeta
-en el tono de quien dice:
es gratis.
-¡ Ah,
se
paga
con
t.a r j e t a !
-exclama
el
guarda,
exact.amente con la misma significación
en el t.orio .
í

2

�de inmediato
todos los temas.
El
un asiento
del fondo.
es q r a t I s algo
que
cuatro,
o quién sabe
y

todos
pierden
interés
en el tema, y en
conductor
enciende
la radio,
yo me vaya
Me pregunto
por qué creer&amp; la gente que
termina
pagando
su costo .í.n c a I tres,
cu&amp;ntas veces m&amp;s.
í

í

*
Tuve que escribir
lo que antecede
para
da rme cuenta,
muchos días después
de los sucesos,
de por qué se piensa
que
la tarj eta
"no se p aqe";
aunque mes tras
mes se tenga
la
evidencia
de que sí
se paga,
y mucho. La explicación
que
encontré
me sorprende:
se cree que la pobreza
o la miseria
son transitorias,
que son de hoy,
de e s ta semana,
de este
mes. Es una pobreza no asumida,
no creída,
porque la idea es
ant oLe r ab Le . No queremos
saber
que nunca
vamos a alcanzar
otra
cosa.
Pasamos las deudas al mes que viene,
porque ahí,
Sl,
vmClOSa andar bien.
La vida no puede ser
esto. Nuestra
pobreza
es un accidente
moment&amp;neo; no ha sido creada por la
vo r a c idad de unos enfermos;
no es mantenida
generaclon
tras
~eneraclon
mediante
pactos
ab omí.n ab Le s . Hay justicia.
Somos
libres.
La esclavitud
ya fue.
,r.:-v:-."\A(·~'-:-'"\P\r-:-.
..•.
r-:y:-...•.
P'r.:"l-:-.-v:-."\Ar-:
..•.
C.~Ar.:".~~~r-:-v:-.

ooo~~o~o~~o~do~oo~doo~oo~d~~

..•.
r.:..P\.~.'-2\f~.r.:"r-:

..•.
r-:..•.
r.:..r-:..•.
p.,-:-,...,c....,

3

�PAFUl.: 50FI

DE: HARIO

o GABRIEL

LEVRERO

{;:,(;~C,(;~(;-~',C:,r.-:;,(;~(;-~(;,;',(;:',e,(O-~c'(;-~'(;:je,(;,;',(;:",;-,,(;,;,,;:,
~~(;~(;~(~,n',r2¡r2,(;:',(;-:,

~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~0~~~~~~~~~

IRRUPCIONES/

"*

Mario Levrero

(27)

A L~o lvfaslíah

Se habla de los nifios asesinos
en contraposici6n
con
la
noc enc a que se atribuye
a los nifios,
y yo pienso
que esees un error,
y una falta
de memor a .
Cu arrdo niño yo era perfectamente
inocente,
y en muchos
aspectos
lo
sigo
siendo,
y sin
ernb a r q o estaba
repleto
de
.í.mpu Lsos a s e s an os , y los
ejercitaba
con insectos
e incluso
con algún animali to de más tamaño,
aunque la mayoría
de las
veces a.i n
x i. to:
pas
meses ti rándole
p í.ed r a.s a Los pá j aros
C:)11
una honda,
aunque nunca
le pude dar
a ninguno.
Si lo
hubiera
logrado
y hubiera
visto
al pájaro
muerto -r+c crno vi,
después,
.í.nf í.n i.clacl, en las
calles
del
centro
cuando fui
un
poco mayor-,
habría
sentido
una culpa
tremenda.
Porque uno
no quiere
eso. Uno, el a s e s ano , no busca un cadáver
Las t í.mo s c
y sanqrante.
Uno quiere
practicar
su puntería
en un ti ro
di fícil,
uno quiere
vengarse
de ese ser que vuela mej or que
uno,
uno
quiere
experim.entar
su
poder.
No piensa
en
r e su I tadc s r obedece impulsos.
Ya he contado
en otro lugar
que a los tres
años intenté
matar
a una recién
nacida,
con un diario
enrollado,
como
probablemente
había visto
que hacía mi abuelo
con las moscas.
Sl no hay algún adulto
responsable
cerca,
se puede clavar
un
clavo en la cabeza de un bebé para ver qué pasa,
sin por e s o
perder
la inocencia.
Pero los e.du Lt os r-eapon s ab Les , h ombr e s y
ICtUj
e r e s , e e dedican
cada vez más al trabaj o producti v o y cada
yez men03 a los hij03;
quiene3
perdieron
la inocencia
fueron
ellos.
.í

í

í

é

é

*

1

�Hace unos cuantos
años salí
una mañana teruprano a caminar
por la
r ambl a . Pr-ob ab Leme n t e , no había
madrugado;
todavía
estaría
por acostarme.
No recuerdo.
Recuerdo,
3l,
que estaba
muy preocupado,
aunque no recuerdo
por qué,
y que Lle vab a
puesto un sobretodo,
y que era un día soleado.
En la
r ambLa
no había
nadie
a la
vista,
s a Lv c tres
·::h1.cOSmuy exc i tados
que miraban
el aqu a . Cuando pase cerca
de donde estaban,
me llamaron.
-¡Señor,
señor!
¡Venga! ¡Hire! +-como s equ i, c arní.n ando , s a n
prestarles
atenc1.6n,
uno vino
corriendo
y me agarr6
del
brazo.
-¿Qué pasa?
-¡Venga a ver!
Fui a ver,
algo que me lastima
hasta
el día de hoy. Un
tratando
~ati t o, muy pequeño,
nadando,
ya
c as a
exhausto,
1.nfructuosamente
de llegar
a las rocas de la costa.
-¡~l lo tir6!
-acusaron
a coro dos de ellos
al ~ercero,
que tenía
un aspecto
entre
c ompuriq do y c i.n.í.c o .
Eran chicos
de la calle,
cle s a r r ap aclo s , SUClOS,
(~rroseros;
ah~ra se les veía d1.gnificados
por la presencia
de la Muerte.
El asesino
pugnaba por hacerse
el h ornbr e v a l z.e n t e , "':ir quería
adoptar
una actitud
desafiante
y decir
alguna grosería,
pero
no pudo. En ca:rnb1.odijo:
-¿Qué podemos hacer para salvarlo?
El hij o de pu ta
me ca rq ab a con todo
el
peso
de mi
.í.mpo t.e nc a.
í

í,

-N acla

-di j e,
t e rrrun arrt.e .
Evalué,
en un segundo,
m1.1
ac=iones
posibles,
pero ninguna
era realmente
posible,
y el
q a t to que remaba valerosamente
ya estaba
agotado,
remando
hundiéndose.No se puede hacer
=ada vez con mayor lentitud,
n.ada.
Los otros
chicos,
que
seguramente
compartían
con el
asesino
la
culpa
de haberlo
desafiado
a que lo
hiciera,
t.eni an tan F'oCOconsuelo
como él. Y como yo.
En ese momen t o, yo los odiaba.
Los habría
tirado
al agua
a lD.s tres.
Me di vuelta
y .seguí mi caminD, .sin más palabras.
-¡ Sef.i.or, señor!
-vinieron
corriendo
detrás,
después
de
haber deliberado
unos instantes;
los otros
dos arrast.raban
al
aoesinn
.c.J
-.l. - (."~
'Nn e
cierto
aue
1
Dios lo va a castic_~jar?
El asesino
ya no tenía
el menor rastro
de cinismo y era
todo c orop unc ón. Estaba evidentemente
arrepentido.
l\;lal que me
pesara,
merecía
el perd6n,
pero ::(0 sabía
que al perdonarlc'
í,

Q
o.J

í

�estaba
asumiendo
la
culpa.
¿Y si
el perdón
lo llevaba
a
.s equ r r matando? Pero ellos
t amb n eran,
son, víctimas.
Hiré
un instante
al cielo
con los OlOS cerrados,
desde una oraClon
s i n palabras,
y d j e:
-No. Da os no lo va a castigar.
Dios sabe que no Lo va a
hacer otra vez.
í.é

í

·:-:V~v'='\.r.:v-:-:, r:-:..•..
r.;,..,r:-:y':-:y:-:'r:-:v:-:v-:-:V:-:,.r~,r...v:-:y':-:,r::"'r:-:v::-..r.;,..,(·~'-'\.r...v:-:v~F-'¡..v:::."r..."r...·,F-V:-:v'0.r::)
(=-'\.~)\:::J'CI'C.J'C)'ckJ'c,¡,~I":::I"=-":::I',·::::J'cl'cJd'O
:::;l"=.I\::::/'CI'=.I\:;::,J"=-"~::::/":::I":;::'J'ClI:::;l\::::

�</text>
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“Irrupciones (19). A Juan Ignacio Fernández”/ “Irrupciones (20)”/ “Irrupciones (21)”/ “Irrupciones (23)”/ “Irrupciones (24). A Helena Corbellini”/ “Montevideo año 200. (Irr. 25?)”/ “Irrupciones (26). A María Elena Rovira, Maruja”/ “Irrupciones (27). A Leo Maslíah”</text>
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              <text>Original de tres folios mecanografiados sin fecha ni menciones de ningún tipo/ Original de dos folios mecanografiados, con anotaciones ológrafas/ Original de dos folios mecanografiados, con anotaciones ológrafas/ Original de tres folios mecanografiados, con anotaciones ológrafas/ Original de tres folios mecanografiados, sin fecha ni menciones de ningún tipo/ Original de dos folios mecanografiados, con anotaciones “Número 100 a Posdata. Especial año 2000”/ Original de tres folios mecanografiados, sin fecha ni menciones de ningún tipo/ Original de tres folios mecanografiados, sin fecha ni menciones de ningún tipo</text>
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