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                  <text>PARA: LUCrA CALAMARO
DE: MARro LEVRERO

IRRUPCIONES

(10)/ Mario Levrero.

Hacía mucho tiempo que no veía una mirada de
amor intenso en los ojos de una muchacha. Hace poco
vi una, y lamentablemente no estaba dirigida a mí,
sino a la muchacha que caminaba a su lado por la
vereda.
Dije "lamentablemente",
y no es verdad. Me
alegró ver esa mirada de amor; me alegró por el
amor, y por las muchachas.
y también me alegró por mí, por el hecho de que
no me estuviera destinada. Me habría asustado. Para
soportar esa intensidad hay que tener catorce años.

*
Por momentos recupero la mirada salvaje de mis
años más jóvenes. Me pregunto dónde he estado en
todo este tiempo.
Vuelvo a descubrir los ojos de los demás, ojos
en su mayoría
abiertos al miedo, por el miedo.
Caras que parecen fijadas en un susto antiguo. Ojos
redondos y fijos (esa mujer achatada y gorda, como
si la hubieran aplastado con el taco de un inmenso
zapato) (los ojos miran hacia arriba con terror,
como esperando que la vuelvan a aplastar). Ojos con
la mirada revertida hacia adentro, sin brillo, ojos
de hombres delgados que podrían llegar a matar con
indiferencia. Sólo algunos niños pequeños muestran

�en los ojos alegría y curiosidad, asombro de vivir,
como si a partir de cierta edad la vida se aceptara
sin preguntarse, sin extrañarse, ya sea un don o un
castigo.
Casi llego a visualizar una máquina monstruosa,
de alguna manera real: una máquina de fijar
a la
gente en un gesto (incluso la mirada de picardía de
algunas mujeres es demasiado estable para creer en
su actualidad) .
Vamos pasando por la máquina y recibiendo el
sello, la impresión, la marca, y después todos los
años son falsos; sólo puede repetirse una actitud,
un gesto, realizar un trabajo mecánico.
Caras de haber sido asustados por un grito, o
por un objeto muy grande,. o por un movimiento por
detrás de la espalda, o por algo que viniera de
arriba, o por un susurro casi inaudible desde un
costado (y hacia ese costado vuelven continuamente
la mirada,
di simuladamente,
con el rabillo del
ojo); caras de haber perdido toda esperanza, o toda
condición humana. Caras, en fin, de gente madura.

*
La mirada de amor de una chica a otra chica me
trajo otro momento:
una tarde probablemente
de
domingo,
en una de esas horas perdidas
de las
tar&lt;ip.~ "'p. "'r\TY1Í "'I}",
"'''¡::¡ndo
no hay nadie por las
calles y todo rezuma aburrimiento, aun en París. La
entrada desierta del Metro, donde habitualmente hay
mul titudes; esta entrada era en forma de túnel,
bastante sombría, ya no recuerdo en qué zona.
Adelante van dos chicas, dos sólidas chicas
con
sólidos
cuerpos
bien
desarrollados.
Los
pantalones vaqueros ayudan a exhibir, o a producir,
las formas. En un recodo del túnel como embudo,
cuando todavía el túnel no es propiamente
túnel

1l-__

-l....-.....-------1----

�PARA: LUCrA CALAMARO
DE: MARro LEVRERO

IRRUPCIONES

~

I Mario Levrero

Vuelvo sobre el tema, y no creo que por última
vez.
Pienso que hay pequeños trozos de mundo que a
lo largo de nuestra vida y a fuerza de recorrerlos,
vamos incorporando como algo conocido, aunque en
realidad no lo es. Sólo he~os aprendido a movernos
por ciertos lugares con mayor facilidad que por
otros; somos como murciélagos que chillan en la
noche permanente de su ceguera y sólo reciben del
mundo el rebote de esos chillidos.
Los trozos inco~~orados de mundo pueden ser
contiguos o no. Y
cuando esos trozos no son
contiguos, lo son en nuestra aprehensión de ellos;
tenemos cierta consciencia de una distancia física
que separa unos trozos de otros, pero de todos
modos, en nuestro interior, se agrupan como piezas
contiguas del rompecabezas y configuran un todo
homogéneo -el todo que es el conjunto de nuestras
percepciones,
o
de
la
memoria
de
nuestras
percepciones.
Por mayor que sea la distancia entre dos de esos
fragmentos, esa distancia está representada en
nuestra percepción globalizante por una delgada
línea, como una resquebrajadura en el cuadro de un
paisaje, y no puede ser de otra manera, porque
ignoramos la forma exacta de lo que nos falta, y
que es aquello que ocupa esa distancia. Un trozo de
mundo situado entre dos puntos geográficamente

�distantes,
puede
ser
representado
en
nuestro
rompecabezas
percepti vo por la experiencia
de un
viaje en av~on: tantas horas, algunas imágenes, el
interior del avión, unas nubes que a veces se ven
por la ventanilla,
el cuerpo y el rostro de una
azafata o de una compañera de asiento.
Cuando
se
inserta
una
nueva
pieza,
cuya
existencia no parecía posible o no se sospechaba,
entre dos piezas contiguas de ese rompecabezas que
es nuestra
representación
del mundo, algo parece
ponerse a punto de estallar
la mente se resiste
a incorporar de buenas a primeras esa nueva pieza
imprevista, y por lo general no sabe cómo hacerlo;
para la mente, la aparición de esa nueva pieza es
como la irrupción de una nueva dimensión
en la
realidad, y no sabe cómo manejarla.
Después, la
persistencia
de esa pieza, la realidad mani fiesta
de
su
presencia,
hace
que
la
mente
vaya
comprendiendo que el dibujo anterior que se formaba
sobre la superficie del rompecabezas era un dibujo
de aspecto coherente pero falso, y que ese dibuj o
debe
ser cambiado
por el otro que propone
la
superficie de esa nueva pieza.
Pero no es algo tan sencillo como esta forma de
expresión que he imaginado, ya que pieza y dibujo y
superficie
son
una
misma
cosa
imposible
de
representar más acabadamente,
al menos imposible
para mí. No se trata simplemente
de cambiar una
pieza por otra, de hacer un espacio
entre las
piezas contiguas para inj ertar la nueva; es una
operación
que consta
de una mayor
cantidad
de
elementos, porque implica la remoción de antiguos
hábitos
de percepción
e incluso de vida, y la
instalación
de nuevos sentimientos,
o de viejos
sentimientos que reaparecen modifi~ados, y es todo
el aparato psíquico lo que resulta afectado, ya que
este
sentimiento,
nuevo
o renovado,
invade
la

�totalidad del ser, que es uno e indivisible: no se
sin que sea alterado
puede al terar un fragmento
todo el conjunto.

*
Una gripe me dej ó como secuela, entre otras
cosas, una completa sordera del oído derecho y una
semi sordera del izquierdo. Descubrí que la sordera
incide di rectamente sobre el humor; me he vuel to
irritable,
fácilmente
exasperable,
a
menudo
intolerante, incluso intolerante conmigo mismo.
Recordando ciertos sordos beatíficos que vi o
conocí, pienso
que debe
existir
dos clases de
sordos: los asumidos, beatíficos porque ya no les
importa oír, refugiados en un mundo propio que han
sabido construirse amorosamente;
y los sordos que
no se aceptan en su limitación, los que, como yo,
vi ven ladeando la cabeza, buscando la orientación
que les permita captar la mayor cantidad posible de
ondas sonoras,
en una fastidiada
espera de la
normalización,
ansiosos,
nerviosos,
incluso
furiosos.
Conclusión: no hay peor sordo que el que quiere
oír.

*
veces me sucede percibi r al mundo como un
gran gallinero. En cambio, cuando estoy deprimido,
lo percibo como un gallinero pequeño.
A

�PARA: LUCIA CALAMARO
DE: MARIO LEVRERO

@@@@@@@@@@@@@Q@@@@@@@@QQQ@Q@Q@@@Q@@@@
IRRUPCIONES

(13)/ Ma~io Lev~e~o

Hab.l.azdel tiempo no me p arece algo tan t rí.v í.a.L
como han que~ido hace~nos c~ee~. De una mane~a bastante
gene~alizada y más o menos aeczet a o explícitamente,
los se~es humanos nos sentimos víctimas de, ent~e ot~as
muchas cosas, una especie de eno~me injusticia básica,
no localizada. No es una actitud ~acional, pe~o quién
sabe si en ella no subyace una ve rdad oculta: ¿qué
podemos sabe~, en definitiva, de los ent~etelones de la
c~eación, si la hubo, o del su~gimiento espontáneo, si
lo hubo, de lo que llamamos Unive~so?
Pe~o estos son temas p~ohibidos, po~que si uno se
pone a pensa~ en lo que está más allá de la
expe~iencia, pie~de
el tiempo y
se dist~ae del
p~opósito
fundamental
de
la
vida,
que
es
el
enneg~ecimiento del cielo con el humo de las chimeneas.
Mient~as tanto, a pe sar de la p roh.í.b í.c í.ón de
pensa~, el sentimiento sigue allí, y lo exp~esamos como
podemos, hablando po~ ejemplo del tiempo. El tiempo es
algo que no podemos cont~ola~, que siemp~e so~p~ende y
ma~avilla po~ su cap~ichosa mane~a de compo~ta~se. Si
lo ~efe~imos al tiempo, a ese ente inmanejable que nos
empa~eja a todos bajo la a~bit~a~iedad de sus dictados,
el
sentimiento
tiene
pe~miso
pa~a
exp~esa~se
Lí.bz emerrt e . "Qué ca.Lo r, ¿eh?" "Qué tiempo, ¿eh?" "¿Qué
me dice del t empoz a.L de anoche?"
"Qué f ri o, ¿eh?", lo
que podz a t raduca rae más o menos así: "Periaa r que la
vida humana en pa~ticula~, y la vida en gene~al, puede
existi~
sólo
en
condiciones
muy
especiales
de
tempe~atu~a, en un segmento ~elativamente muy pequeño
de la escala que mide el te~mómet~o. A veces ~ecibimos
un buen susto, como anoche. Igno~o qué fue~za oacura
nos hab~á c~eado, pe~o pod~ía t~ata~nos un poco mejo~,
¿no c~ee?"
í

�*
Leyendo un pe:r:iódico (LUP), me empezó a molesta:r:
en cie:r:to momento
(CM) la p:r:olife:r:aciónde siglas
(PDS), que continuamente
remí,tía a o t roe luga:r:es (OL)
del a:r:tículo, en busca del significado
(BDS). Esta
fo:r:made lectu~a inte~~umpida
(LI) se vuelve a menudo
engo:r:~osa,y si uno sigue de la~go (SDL) sin t~ata~ de
~ef:r:esca~el significado de las siglas, te~mina po~ no
entende~ y abandona~ la lectu~a (ALL). T~até de pensa~
pa:r:aqué usa:r:íanese sistema de siglas (SDS), y llegué
a la conclusión de que lo hacen buscando a.Lí.ví.a r las
repe t í.c one s fatigosas p az a el Lect o r (RFPEL),. me di
cuenta de que, cie:r:tamente, en esos a:r:tículos a veces
se :r:epitenmuchas veces nomb:r:esde g~upos (G), pa~tidos
políticos
(PP) o instituciones
(I), y entonces
me
p requrrt p oz qué se repe r an tantas veces los mismos
g~upos de palab~as (MGDP) y po~ fin comp~endí: la fo~ma
~eite~ativa
(FR) de const:r:ui:r:
los a:r:tículos (CLA) está
di~igida a una aup rema c.l ar í.dad de exposición
(SCDE).
Mediante
la FR se Loq ra que los art í.cu Loe queden al
alcance
(QM)
de
todo
tipo
de
público
(TTDP) ,
incluyendo a los débiles mentales
(DM), con lo cual la
llamada "p:r:ensaesc rí,
t a" ("PE") se pone
en condiciones
de competi:r:con la televisión (T).
í

é

í

*
Decía el homb:r:een el ba:r::
-¿Po:r: qué voy a esa peluque:r:ía y no a o t ra? Le
explico: en p:r:ime:r:
luga:r:,el peluque:r:o es un ve:r:dade~o
ar t í.ata , En segundo luga:r:, la peluque:r:ía queda a la
vuelta de mi casa. En t e rce r luga:r:, y es ésta la
p:r:incipal :r:azón, po rque
la
conve raaca on
con
el
peluque:r:oes más o menos textualmente así:
"-¿La:r:go?-p:r:egunta.
"-Sí, pe:r:ono tanto -:r:espondo.

�"Él dice que sí con la cabeza. Corta el pelo. Me
muestra el resultado en un espejo que sostiene detrás
de mi cabeza.
"-Muy amable -dice, cuando le pago.
"-Gracias -le digo yo, y me quedo pensando: ¿por
qué le dije 'gracias'?
-Después me di cuenta -concluye
el hombre del
bar-. Le di las gracias por el silencio.

*
En Buenos Aires. Sube una chica espléndida al
colectivo 70. Yo voy en el primer asiento detrás del
chofer; tengo que torcer el pescuezo para verla cómo se
mueve con una infinita gracia y se sienta, pasillo de
por medio, un asiento detrás del mio.
A cada rato me acuerdo de la chica y me vuelvo
para mirarla; en una de esas veces, advierto que lleva
en las manos un librito de tapas rosadas, delgado, poco
más que un folleto. Ahora me doy vuelta para verla a
ella pero también para tratar de leer el título del
libro, y a medida que pasa el tiempo me va resultando
imperioso conocer ese título, como si el libro
contuviera las claves para acceder a la muchacha.
Cuando me levanto para bajarme, consigo por fin
leer el título: "Quebrántame, Señor".
Me muerdo los labios y elevo los ojos al cielo. Se
me ocurren mil cosas guarangas para decir, pero por
suerte no me atrevo.

©©©©©©©©©©©©©©©©©©©©©©©©©©©©©©©©©©©©©

�PARA: LUCIA CALAMARO/GABRIEL PEVERONI
DE: MARIO LEVRERO

IRRUPCIONES

/Mario Levrero

(14)

Entro a una
carnicería
como parte
de mi
engorrosa exploración del barrio, porque ya es
inútil
que
intente
una
vez
más
en
los
supermercados: llego hasta la puerta y allí mismo
la publicidad estúpida y machacona me pone una mano
en el pecho y me empuja hacia la calle. Como muchos
otros
comercios,
en
los
I timos
tiempos
los
supermercados se han transformado inexplicablemente
en una máquina de picar cerebros, y todo lo que en
mi vida se había simplificado ahora se complica:
comprar el queso en la panadería, la pasta de
dientes en la farmacia, el café en el almacén. y la
carne en la carnicería,
aunque
la carne del
supermercado era de gran calidad.
El local de esta carnicería es amplio, y en su
interior trabaja una cantidad de personas. Aunque,
mirando bien, no puede decirse que trabajen; están
allí, con sus delantales blancos, en alguna clase
de amable reunión.
Una señora se aproxima, por detrás del largo
mostrador, y me pregunta qué deseo. Yo señalo una
vitrina con carne.
-Pulpa
churrascos
-digo-o
Nalga
de
para
ternera.
ú

1

�Ella se azora y va en busca de uno de los
carniceros ociosos. No lo llama en voz alta, sino
que va hasta la rueda de carniceros y le habla. Lo
trae casi de la mano. El joven se acerca y me mira
inquisitivamente.
-Quiere pulpa de ternera -le dice la mujer,
solícita, mirándome a mí.
-No hay -responde
el joven, dirigiéndose a
ella; después me mira fugazmente-o Ternera no hay.
Yo señalo un trozo de pulpa que se ve en la
vitrina. No es gran cosa, pero parece que se puede
comer.
-Ah -dice el joven, dándolo vuelta con la punta
de una larga cuchilla-o Es pulpa de ternera. Nalga.
-Bueno -digo, y me quedo esperando.
El joven se queda esperando también. La mujer
mira a uno y a otro, un poco anhelante.
-¿La va a llevar? -pregunta al fin el joven,
con impaciencia.
-¿Cuánto? -pregunto.
Señala
un
cartelito
con
la punta
de
la
cuchilla.
-Ahí tiene el precio -dice.
El cartelito decía "24.90",
y yo ya lo había
visto. Me impaciento, a mi vez.
-¿Pero cuánto pesa? -pregunto.
Toma en las manos el trozo de carne y lo lleva
hasta una balanza. La balanza indica algo así como
un quilo y trescientos gramos. Me quedo esperando.
El carnicero se queda esperando. La mujer nos mira,
anhelante.
-¿La
va
a
llevar?
-pregunta
al
fin
el
carnicero.
-¿Pero cuánto es? -casi grito.
Señala el visor de la balanza electrónica.
-Ahí dice -dice-o Un kilo trescientos.
Ya me cuesta hablar. Siento la boca reseca.

2

�-¿Cuánto cuesta ese pedazo de carne? -pregunto,
subrayando cada palabra.
Escribe el precio en la balanza electrónica, y
aparece en el visor la cuenta hecha: "31.75".
-Treinta y dos pesos -dice.
-Está bien -digo yo, alerta, pensando que me va
a tirar la carne a las manos. Pero ni siquiera hace
fal ta pedi r que la envuel va; en un arranque de
inspiración va y consigue una bolsita. La mujer me
mira con una expresión
azorada, como el que fue
pescado en falta, o trata de ocultar algo.
-Si puede, pague justo -dice.
-Tengo que cambiar doscientos pesos -digo.
Ella hace una pausa; ha llegado el momento que
tanto temía. Después confiesa:
-La
cajera
no está.
Tiene
que
esperar
un
momento, que ahora viene.
Yo ya había notado que desde hacía rato, casi
desde un principio, echaba nerviosas miradas hacia
un
sector
del
local
ocupado
por
una
gran
estantería. Ahora mira francamente hacia allí; casi
señala con un dedo.
Pasa el tiempo.
Yo tengo
en mis manos
la
bolsita con la carne, y pienso más de una vez en
dej arla sobre el mostrador e irme; es lo que hago
habitualmente cuando me maltratan. Pero ahora estoy
paralizado, subyugado, porque el transcurrir de las
cosas
tiene
un
atractivo
casi
artístico,
una
extraña coloración,
una atmósfera irreal de la que
no me puedo sustraer.
La cajera no viene. Después veo que está ahí, a
do s .f- -_ :0 por teléfono, y la si tuación me
fascina todavía más. Veo trozos de cajera detrás de
la estantería.
Se balancea
nrientras habla
por
teléfono. No puede dejar de hablar por teléfono ni
de balancearse.
Me paseo por el local, mirando aquí y allá,
pero mis ojos siempre
vuelven
a los trozos de
»-Ór

~-~_..:..

3

�cajera. Se acerca otra mujer y me pregunta si
quiero comprar algo.
-Sólo quiero pagar -digo-. Pagar e ir.me.
Me acerco a la mujer anhelante, que se ve muy
perturbada por la situación. Siento una auténtica
curiosidad.
-¿Ustedes
suelen
atender
al
público?
-le
pregunto. Ella contesta serian~nte.
-sí -dice-. La cajera ya viene. Lo que pasa es
que ahora está hablando por teléfono.
-No lo decía sólo por la cajera -insisto-. Lo
decía también por el carnicero.
-Ah, sí -dice ella, siempre seria-. ¿Usted vio?
Echa miradas nerviosas hacia la estantería que
le impide ver a la cajera. Por algún motivo, esta
mujer es la única persona que parece preocuparse. Y
no parece que fuera la dueña.
La
cajera
no
vino;
siguió
hablando
por
teléfono.
El
que
vino
fue
otro
carnicero,
corpulento, de ojos protuberantes y gesto adusto, y
con un manotazo me sacó el billete de la mano.
Manipuló
la caja.
Siempre
en silencio y
con
ademanes bruscos, me entregó el vuelto, mientras la
mujer lo miraba preocupada, anhelante.
En el barrio
hay
otras
carnicerías.
Será
cuestión de seguir probando.

4

�PARA: LUCIA CA~RO
DE: MARIO LEVRERO

Mi amigo el biólogo llegó de Estados Unidos, y de paso
hacia o desde Buenos Aires vino a visitarnos con su familia
-cuando vivíamos en Colonia. A los pocos minutos de estar en
casa mi amigo el biólogo salió al jardín del fondo, le pidió
a su hijo que llevara la filmadora de video y cuando todo
estuvo pronto y el hijo ya había gatillado el disparador de
la máquina, como un prestidigitador que acciona una varita
mágica mi amigo el biólogo metió un palito en un agujero que
había en la pared de ladrillos, y de allí salió
inmediatamente una araña negra de considerable tamaño, y en
actitud de enfrentamiento.
-Todas las paredes de ladrillos del Uruguay están
llenas de estas arañas -comentó mi amigo el biólogo, con
aire satisfecho.
Yo nunca volví a ser el mismo.

*
Después repetí algunas veces la experiencia en la pared
de ladrillos, y era infalible. Había cientos de ladrillos, y
cientos de agujeros, y cientos de arañas. Pero hay otras
cosas más sutilmente inquietantes, como por ejemplo los
microbios. Muchos toman consciencia de que estamos llenos de
microbios, por dentro y por fuera, y se quedan fijados a la
idea y no pueden escapar. Se pasan el día lavándose. Por
alguna razón, los microorganismos de adentro no preocupan
tanto como los de afuera; será porque si están adentro y uno
está vivo, es porque los domesticó, o fue domesticado por
ellos. En canmio afuera puede haber cualquier cosa,
caminando y arrastrándose por la piel, buscando un agujerito
por donde colarse. Sí, es una idea preocupante, y por eso no
pensamos a menudo en ello.
A mí no llega a preocuparme, pero sí me produce una
impresión de infinito desasosiego, una especie de malestar
no localizado pero que puede volverse intolerable, la visión

�de los finísimos hilos de araña que tapizan la pinocha y que
pueden verse especialmente cuando el sol está bajo. Por
extrapolación, se llega rápidamente a la certeza de que toda
la superficie de la tierra está cubierta por hilos de araña;
kilómetros y kilómetros, y cientos y miles y millones de
kilómetros y kilómetros de finos hilos tejidos por millones
y millones de pequeñísimas arañas. No sé qué es lo que me
desanima de esto, si la calidad o la cantidad. Lo que
siento, a la caída del sol cuando estoy en un bosque, se
parece muchísimo a una tristeza insoportable.

*
En el jardín del fondo de la casa de Colonia, durante
un verano signado por la Lucha Contra la Hormiga, descubrí,
tirado de panza sobre las baldosas, que las hormigas
pequeñas no son las más pequeñas; hay otras mucho más
pequeñas, casi invisibles a simple vista. Yo las pude ver
más bien como un movimiento, con mi ojo miope, que me
permite acercarme mucho a los objetos pequeños; pero después
confirmé su existencia con una lupa. ¿Por qué nadie habla de
esas hormigas tan pequeñas? ¿Habrá hormigas microscópicas?

*
¿Y las partículas de polvo que flotan en el aire, con
ese suave movimiento browniano, y que se ven especialmente
cuando el sol entra a la pieza a través de las tablitas de
la persiana? Me pasaba de niño, pero aún ahora no puedo
respirar mientras las veo -como si al no verlas ni pensar en
ellas, las partículas de polvo desaparecieran.

©©©©©©©©©©©©©©©©©©©©©©©©©©©©©©©©©©©©©

�PARA: LUCIA CALAMARO
DE: ~mRIO LEVRERO

O SOFI O GABRIEL

QQQQQQQQQQQQQQQQQQQQQQQQQQQQQQQQQQQQQ

IRRUPCIONESI

*

Ma~io Lev~e~o

16

(~

A .Al..inda Núñez

Necesito
esc~ibi~
pa~a
deso~dena~
los
pensamientos, buscando una mayo r coincidencia con la
~ealidad. No es que la ~ealidad sea en sí decididamente
deso~denada (igno~o cómo es), pe~o sí es que el o~den
de los pensamientos le queda siemp~e est~echo, yeso
es
molesto pa~a quien vive y los padece.

*
Du~ante una g~ipe, me quedé en cama y decidí
esperar a v er cómo evolucionaban Lae C05a5 antes de
toma~
alguna
medida,
po~que
conside~o
que
la5
enfe~medades suelen se~ una fo~ma de exp~esión que no
conviene ~ep~imi~ de modo ~adical.
Por la rarde , la f í.eb re había subido mucho y me
llevó algunas hez as errcorrt zaz la fue~za de voluntad
necesa~ia pa~a levanta~me y da~ algunos pasos ha5ta el
botiquín
donde
gua~daba,
errt re
ot rae
coeas,
un
medicamento eprop edo , Mi cue rpo estaba apaciblemente
~elajado e in5en5ible; la mente, po~ su pa~te, después
de algunos en5ueños ~eite~ativos y bastante abst~actos,
en los que al pa~ece~ buscaba afe~~a~se de alguna
est~uctu~a
sólida,
o po~
lo menos
~ígida,
había
comenzado a da.epe rearae, como f raqrnerrt ada en pequeños
planetas que se aleja~an ve~tiginosamente de ese cent~o
que suele se~ el yo. En algunos embates de lucidez, el
í

�vo.l.ve r a o ro an z az s e , pero sólo le era
yo procuraba
permitido
el papel de espectador.
Pensaba:
"así es la
muerte".
El yo se fugaba,
se dispersaba,
y era muy fácil
con~render que esa construcción
era muy precaria,
muy
frágil,
y no demasiado real:
de un momento a otro podía
desbaratarse,
como ahora, y yo de s apar ece r , como casi
había desaparecido
en esos momentos.
Todos esos sentimientos
y percepciones
de mí mismo
no connotaban ningún drama. Lo que me sucedía era algo
que no tenía irrportancia.
"Esta es una clase de muerte
que puedo aceptar",
pensé
sin
angustia,
y después,
cuando todo hubo pasado,
pensé que mi estado
gripal
había
sido
como un curso
acelerado
de budismo Zen.
También después,
junto
con
el
yo
volviel::on
las
aprensiones
y las pl::eocupaciones por cosas ninuas.
í

*
La luz crepuscular
disuelve
la irrealidad
de los
viej os muros y atenúa el ridículo
desafío
de los más
nuevos.
Los árboles
r ecob r an su dignidad
vi tal
y se
recuerdan
a sí mismos como dueños de una sabiduría
decisiva.
Todo transcurl::ir,
en general,
se
vuelve
misterioso
y por lo tanto
cierto:
es todo el mundo,
desvelado de contrastes
agresivos,
quien se recuerda en
todas sus dimensiones.
La luz
roja
de un semáforo,
en una
esquina
cualquiera,
brota como por primera vez, como naciendo
maravillada,
y su mensaje es una explosión
de amor que
me toca y me de ap í.e r t a, también a mí, en esa esquina
donde no esperaba
ya absolutamente
nada de la vida.
Ent re esos edificios
insensatos
que lo invaden
todo
hay, todavía,
un lugar que hace elevar los ojos y mirar
algunas nubes rosadas,
heridas
pOl:: los rayos de un sol
que ya no podemos ver.
Alguien,
dentro
de mí,
se
expande y respira
--nace,
como la luz roja,
en una onda
explosiva
de amor, en la dimensión del espíritu
que
había quedado sepultada por alguna clase de locura.

�Hasta el estr:uendo de los automóviles y de las
n~quinarias que destruyen y construyen sin ninguna
raz ón valeder:a la ciudad, par:ece cesar:, o atenuar:se
hasta una casi amabilidad, y los hombres que manejan
toda esa maquinar:ia recobran sin saberlo una inocencia
primitiva. Es un minuto fugaz. La luz r:oja se borr:a y
estalla una luz verde; más tarde, brota con el mismo
ímpetu de recién nacida una amarilla; en seguida,
retorna la roja, pero ya pasó el misterio, ya está
cayendo, así, tan pronto, la noche; ya la gente
advierte que yo no trato de cruzar la calle, y comienzo
a sentir el ridículo y el frío.

Lle do por una determinación cuyo
nada claro
egún descubrí después, al r ensar todo el
asunto- levant la colcha de la cama
omándola por una
punta, y allí eet
.erep
re las arañas que
encuentro, como si
b í.e ra es do siempre allí, y en
ese preciso instante m hub.í era sido dado pe rcí.b rLa,
al caer una venda de mis
como si fuera necesario
e imprescindible, dent
gún plan cósmico, que la
araña estuviera allí precisame te allí, y fuera de ese
tamaño preciso.
Luego, al
splazarse
carácter y
le pude pegar con una esco
í

�PARA: LUCIA CALAMARO
DE: MARIO LEVRERO

O SOFI O GABRIEL

QQQQQQQQQQQQQQQQQQQQQQQQQQQQQQQQQQQQQ
IRRUPCIONES/ Mario Levrero
(17)

A Car~a Var~otta.
~~~~.
Llamaron a la puerta, y fJl'ia ver quién era; en
aquella época yo todavía hacía~@as cosas.
Se trataba de una muchacha,
de aspecto muy
agradable, que se anunClO como vendedora de libros.
-No quiero hacerte perder el tiempo -le dije-. Por
una cuestión de principios no compro nada a los
vendedores ambulantes. Tarrpoco compro libros nuevos. Me
gustan las librerías de viej o, el olor de los libros
que ...
No estaba escuchando, y dejé morir la frase.
-No importa -dijo-. Déjeme que se los muestre.
-Entonces errtr +respond
y me hice a un lado
para hacerla pasar. Tuvo una pequeña duda, pero el
empecinamiento de vendedora se impuso al miedo de
muchacha. Entró, pasó a mi escritorio, se sentó en un
sillón que le indiqué mientras yo me sentaba frente a
ella, poniendo
un escritorio de por medio para
ahuyentar sus temores.
+Pe ro vas a perder el tiempo, porque no compro
nada, y menos libros -insistí. Ella aonrao, abrió la
bolsa que llevaba a cuestas y empezó a sacar volúmenes.
De cada uno de ellos hizo un breve comentarlO. Yo
más o menos sabía de qué se trataban, porque en aquel
tiempo aquella ciudad había sido muy castigada por
vendedores de libros, y si bien yo no les compraba, ni
los atendía con la misma gentileza que a esta graciosa
niña, mucha gente amiga o conocida sí habían comprado y
me los habían mostrado o me los comentaban.
Finalmente, a la chica se le terrr~naron los libros
y quedó en suspenso.
á

í

,

1

�-¿No hay más? -p~egunté. Ella sacudió la cabeza-.
Bueno -ag~egué, después de una pausa la~ga-. No voy a
comp~a~ nada, como te había dicho.
Se le pintó en la ca~a algo que pa~ecía desaliento
pe~o que tal vez e~a algo más.
-No vendí nada en toda la mañana -dijo-. Y todavía
tengo que ~eco~~e~ como veinte cuad~as.
La mí r
con simpatía. Podía ae r mi hija. No: mi
nieta.
-¿Que~és un café? =o f rec
Sacudió la cabeza-.
¿Té?
No.
-¿Un ~ef~esco?
Tampoco, desde luego.
-¿Un sandwich? Puede aer de pan blanco o de pan
neg~o. Con jan~n y g~uesos t~ozos de queso.
No, no que~ía nada. Po~ algún oscu~o motivo, sólo
que rí.a hace r una venta. Tal vez el error había sido
haoe rl.a errrrar r eso le hab rí.a abí.e rt o todo un camino
iluso~io, falsas espe~anzas.
Segu~anlente más t arde iba a llo~a~: cuando nadie
la vie~a. Aho~a se la notaba conteniendo las lág~imas.
Yo deseaba toma~la en mis b~azos y acuna~la.
-¿Estás segu~a de que no que r s un s::;IJ~~~h?
~
~
Sacudió ot ra vez la cabezf' sin ~vvb~
de
~
me estaba diciendo que nojJ e~taba segu~a. Empezó a
mete~ los lib~os en la bolsa. Quién sabe cuántas veces
más iba a f racaear, en cuántas cosas más, antes de
da~se po~ vencida. Y cuando se die~a po~ vencida, ¿qué?
¿Casa~se, p~ostitui~se, emig~a~? Y después, ¿qué?
La acompañé hasta la pue rt a, y la mí.r
e.Le
j arse
como si la ca~ga que llevaba f'uera demasiado pesada
pa~a ella. Cuando se pe~dió de vista, el sentimiento de
piedad
comenzó
a
t rae l.ada rae
lentamente,
muy
Lerrt
amerrt
e, y hacia el fin de la t ar.de , cuando las
somb~as se ala~gaban anticipando la noche, encont~é que
se había depositado con~letan~nte en lTIÍ.
"¿Y yo?", pensé.
é

í

•

é

é

QQQQQQQQQQQQQQQQQQQQQQQQQQQQQQQQQQQQQ

2

�PARA: LUCIA CALAMARO
DE: MARIO LEVRERO

O SOFI O GABRIEL

IRRUPCIONES/ Mario Levrero

(18)

Mi vista se posó en un objeto peculiar, muy
llamativa. Yo estaba en la larga fila de espera
para pagar una cuota en la caja de un Banco, y en
esas
circunstancias
cualquier
hecho mínimo
se
vuelve una fiesta para la imaginación. En este caso
se
trataba
de
una
caja
pequeña,
de
tapa
rectangular, blanca, ubicada junto a la puerta, a
la altura de una llave de luz y más o menos de
similar
tamaño,
aunque sobresalía
dos
o tres
centímetros de la pared. Tenía un dibujo rojo.
Pensaba en el misterio de las filas de espera
en los Bancos. La población del país no se ha
incrementado de modo notorio, al menos que yo sepa,
y las instituciones bancarias se han multiplicado,
como antaño los bares; los trabajos engorrosos se
han automatizado y las computadoras realizan en
segundos las operaciones que antes podían insumir
semanas; hay cajeros automáticos por todas partes,
hay máquinas que cuentan el dinero, muchos pagos se
pueden hacer en cambios y agencias de quiniela e
incluso en superrnercados ---y sin errbargo las
demoras en los Bancos siguen siendo idénticas a
como eran hace quince o veinte años, o tal vez
peor.
Pensaba en eso y en la mala entraña que hay que
tener para ganar dinero como ganan los Bancos,
cuando mi vista cayó sobre ese objeto en la pared y
ya no pude olvida~~e de él, aunque en otra fila, a
pocos metros,
había una
señora
argentina muy
llamativa y elegante que no miraba con malos ojos a
los ejos masculinos que se posaban en ella. Pero la

�cajita tenía una fuerza de atracción de orden
superior. Cuando la fila me fue acercando un poco,
vi que el dibujo

rojo era la imagen de una fogata,

y que arriba, o abajo, decía INCENDIO con letras
rojas, y de inmediato me vinieron unas ganas muy
intensas
de
oprimir
ese
botón,
porque
por
influencia de tantos años de dibuj os animados lo
primero
que Lmaqí.né fue que al apretar
el botón
instantánearr~nte se prendía fuego todo el edificio,
y en dos o tres segundos quedaba reducido a una
masa negra de escombros humeantes.
Después pensé que más bien debía serv r para
apagar los incendios, y no para p rovocarLos, pero
me llamó la atención que el botón estuviera tan ~
alcance de la mano, que incluso un niño -o alguien
con las pulsiones de un niño- podría sentirse
tentado a apretarlo. El dibuj o de la fogata era
como una mano de dedos rojos, abierta, con un dedo
más grande que los otros y en forma de rulo
levantado, como el copete de Woody Woodpecker. Para
cualquiera que tuviese un mínimo de sensibilidad,
ese botón gritaba "oprímeme" .
Cuando estuve más cerca, pude ver que no se
trataba simplemente de apretar el botón; la cajita
blanca tenía una ranura en la parte inferior, como
una gruesa línea con un ensanche redondo en un
extremo, seguramente
algo donde colocar
alguna
llave especial. En caso de emergencia, la persona
encargada de la llave estaría en el baño, o habría
salido a hacer un mandado, como sucede siempre.
Después
imaginé que
esa llave había
sido
instalada por fuerzas equilibrantes del universo, y
al ser oprimida por un chico travieso, o en alguna
emergencia, su verdadero efecto consistía en que,
en alguna parte mundo, estuvieran donde estuviesen,
los ignotos dueños de ese banco
(necesariamente
feos y obesos, muy obesos) se hundieran en el piso,
desaparecieran
por una puerta-tran~a
y
cayeran
í

�después de algunos siglos en el fuego del Infierno,
como castigo por hacer esperar a la gente en colas
interminables para ahorrarse el sueldo de los diez
o doce empleados que hacían falta.
Después, como pasa siempre, estaba por llegar
mi turno y tuve que pararme nervioso frente a la
caja. esperando que me llamara el cajero, mientras
bu- _d _
___
' bolsillos el dinero y los papeles
que, siempre, en esos momentos finales tienden a
desaparecer o a entreverarse en los bolsillos con
otr",""
papeles cuya existencia se ignoraba, y toda
esa actividad deshizo los juegos de la imaginación,
así como un promisorio
romance con la sólida
turista
que,
en
la
otra
fila,
iba
también
avanzando, aunque más lentamente,
rumbo a ese
trivial destino de la caja de un Banco.
POSDATA. Bastante tiempo después de escrito lo
que antecede, debí volver al mismo Banco, donde se
generaron
nuevas
historias
que
algún
día
irruropirán, tal vez, en mi memoria.
Ese día,
mientras volvía a mirar la cajita blanca, llegó un
hombre al que no sería capaz de describir +s lo
recuerdo un traje marrón y unos bigotes, y una edad
que podría andar por los treinta y cinco años-,
miró a un lado y a otro como para ubicarse en la
cola que le correspondía, vio la cajita blanca con
la llamita roja y sin pensarlo mucho se acercó y la
apretó con el grueso pulgar de la mano izquierda.
De inmediato levantó la cabeza y miró hacia todos
lados, como para ver surgir las llamas, o el agua,
o los bomberos, y cuando después de unos segundos
vio que no sucedía nada tuvo un ligero encogir~ento
de hombros. Me miró, como buscando complicidad, o
consuelo, y yo hice un gesto ambiguo elevando las
cejas, que debía entenderse como: "qué le vamos a
hacer; así va el mundo", O M. ~ ~
l[
/Lv&gt; I-e
ó

~

e; 1v~~(1

r.-

I

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�</text>
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