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                  <text>4/02/96
Apa:rece
apuntes;
la
indudablemente
dicho,
son dos
pa:ra coteja:rlas.
habe:r e e c r í.t o
allí
ese
bloc
significado
de

B

e ob r e mi e s c r t o r í.o un pequeno
bloc
de
p r í.me r a
hoj a
visible
está
esc:ri ta,
po:r mi mano.
Es una
lista,
o mej o r
listas,
puestas
una f:rente
a o t r a como,
Me imp:resiona
el hecho de no :reco:rda:r
esas
listas,
no entiendo
cómo apa:reció
y,
lo
p e o r de
todo,
no entiendo
el
los elementos
de las listas:
í,

B

HBl -HBl
ADA 1 - ADA 1
e. LP
,)
?
')

OF
ADA .:."

es
DTG
,JP

HB2
HB3
OF
ADA o")"'"

es

DTG
,JP

FG
FG
AFB-AFB

I

Le di vueltas
du:rante
todo un día
al p:roblema.
No encont:ré
asociación
lógica
de ningún
tipo
ent:re los
con~onentes;
si uno podía
co:r:responde:r
a las
iniciales
de una pe r aoria conocida,
ot r oe (como HBl,
2 Y 3) me
desba:rataban
la solución;
si
uno sonaba
a a:rchivo
de
p:rog:rama de computación,
los ot:ros no. Y lo más molesto
e r a el
hecho
de deduci:r
que yo había
cotejado
las
listas
y había
encont:rado
dife:rencias
ent:re una y ot:ra:
en la p:rime:ra columna faltaban
HB2 y~,
Y en la segunda
nada menos ~
c. LP; y justament
I~\..se punt~
c. LP ezEi~á~:r~t~t_
(despues,
hacia
la medianoche,
cuando
súbi tamente
se me develó
el enigma,
de s cub r
que hacía
bien
en
senti:rme
i:r:ritado
po:r
ese
punto:
no
coz r e sponcí.i.a con la f o rma de notación
elegida
p ar a las
í,

listas;

estaba

de

X

~j.

e ~p
d'

�A veces encuentr:o papeles viejos con anotaciones
rruas de hechos que había olvidado, o que había olvidado
que
los había
anotado,
y me
ataca
una
sensaClon
par:ecida, cer:cana al desconocimiento
de mí mismo, per:o
suele dur:ar:apenas unos instantes, hasta que se abr:en
los canales de la memor:ia y el apunte cobr:a cier:ta
vigencia: r:ec~~r:do~o cr:eo r:ecor:dar:,
haber:lo escr:ito, o
por: lo menos ~ó's wsucesos
que descr:ibe. Per:o ahor:a
pienso que ese abr:ir:se de los canales de la memor:ia
puede ser: un tr:uco de la mente, una falsedad par:a salir:
del paso. Al ir: leyendo el papel viej o, la mente va
cr:eando
la
irnpr:eslon de
que
r:ecuer:da, me
va
tr:anquilizando con una color:ación antigua que irr~r:imea
las imágenes
sucesivamente
evocadas
por: la lectur:a.
~~uando
se encuentr:a con esas
claves
que no puede
descifr:ar:, a las que no les puede adjudicar: ninguna
c61or:ación Me&amp;1::rta po r que no hay imágenes
ev ocadas ,
fr:acasa en el intento de engañar:me y no tiene mas
r:emedio que dejar:me abandonado
a la confusión,
al
sentimiento de ajenidad y a{LP~ te~s.
~J-JJ
.

�Una esfera vacía asciende desde el fondo del m3I. Nadie sabe cómo se
originó; es una esfera de apariencia metálica, perfecta, que dificiltnente podría
ser un producto natural aparecido en los abismos oceánicos. Es 10
suficientemente resistente corno para haber soportado sin deformarse las
enormes presiones de los abismos, y sin embargo, cuando se intenta analizaría,
cede fácilmente al instrumento de investigación. Como se ha dicho, la esfera es
hueca y está vacía; se busca ent.onces examinar a fondo la delgada materia que
forma la esfera. Se encuentra que no es metálica, corno parecía a primera vista;
tiene una consistencia porosa, como el corcho, pero son poros más apretados,
que no dejan pasar ningún elemento. La materia porosa es laminada, y con
vetas, como la madera, pero más que madera parecería tratarse de una especie

;t~

de plástico.
Se piensa que la función de la esfera es as ender a la superficie, ya que
está vacía y no hay en la materia que la compone que permita pensar en alguna
clase de función, ni siquiera en ninguna clase de actividad, una vez que la
esfera ha llegado a la superficie. Sólo ascender, y tal vez flotar. Pero se
preguntan para qué, ascender y flotar, y la respuesta es una sola: se trata de un
mensaje. El mensaje
que hay algo allí en los abismos oceánicos capaz de
crear una esfera t.al¡
. mensaje
e.

7

�IRRUPCIONES

(9)

La mejor forma de ontemp1ar a la gente que trabaja es desde cierta
distancia y con ambas man s en los bolsillos
aunque no me atrevería a
discutir con quienes ~
que hay otra forma mejor, que es desde cierta
distancia y comiendo un sandwich, especialmente si el sandwich se sostiene y
se lleva ala boca con ambas manos.

�e rlrJúhQ&lt;J
--05,-I02-!9b------~--

f~

A Q

V~~(

b I¿ 6

-El Lobo, ¿viene?
La niña desconocida irrumpió con esa pregunta en mi vida
y en la serenidad de la noche. Yo quise estar a la altura de
las circunstancias y respondí con tranquilidad y aplomo:
-No, no viene.
y en seguida fui más allá de lo que se esperaba de mí:
+No hay lobos -añadí.
Eso la hizo desconfiar,
porque
ella no había hablado de \\lobos.'.'
en general, sino de un lobo
concreto y específiCO: el Lobo. Mi respuesta chocaba con sus
expectativas,
con lo que le habían enseñado, y casi diría
con su experiencia de vida. La pregunta era si el Lobo iba a
venir o no iba a venir esa noche; su existencia no era algo
que estuviera en cuestión. En seguida me di cuenta de mi
error, pero no tuve tiempo de corregirlo.
-¿No existe, el Lobo? -ireguntó.
Yo no podía permitir que sú mundo tambaleara. Alguien de
su confianza,
tal vez su abuela, le había incorporado
la
figura necesaria del Lobo, y la niña ya probablemente
ponía
en tela de juicio la existencia de los Reyes Magos -puesto]
que permitía a un extraño introducir de ese modo grosero una
duda en su fe. Traté de componer las cosas, de conciliar, de
frenar el caos que comenzaba a desatarse.
-Antes -dij e, subrayando
la palabra-,
antes exist-ía.
Ahora no está más. Se murió.
La felicidad de haber encontrado esta elegante solución
me duró poco. La niña abrió muy grandes los ojos, gritó algo
que no entendí, y se tapó los oídos con las manos y empezó a
dar alaridos, y se alejó corriendo.
Mi mujer había contemplado la escena. t1e explicó:
-Antes
de empe za r con los g rí, tos, lo que dijo fue:
"¡Vlene 19ual!//
La niña tenía razón. El Lobo, claro, es un arquetipo, y
no puede morir. Si lo matan, viene igual, como en ciertas
películas de terror; viene un Lobo mucho más espantoso, más
terrible,
un Lobo muerto.
Un Lobo al que no se puede
detener, porque no se puede matar, porque está muerto. Y
viene igual.

�Cuando se llega a determinado punt-o de la vida, pienso
que
toda persona
se
encuentra, desde
luego que
31n
imaginár3elo, con una evidencia de que el mundo se ha
terminado. Hay algo que aparece y que dice, más o menos:
"Todo está pe rdido. Ya nada ser igual. Has vivido en vano";
todo lo
cual,
bien
mirado,
es
cierto
-aunque
no
necesariamente dramático. Todo depende de la idea de la
propia importancia que haya tenido hasta ese momento la
persona. Pero siempre es una experiencia dura.
Hay qU1enes sintieron eso que trato de decir, cuando se
enteraron de la caída del muro de Berlín. La experiencia de
mi abuelo fue menos espectacular, aunque no por ello menos
atroz. Era en tiempos de la segunda guerra mundial. Las cajas
de fósforos eran cuadradas y chatas, con una vistosa
envoltura rígida de cartón, y en su interior tenían la caja
propiamente dicha, que contenía fósforos de cabeza roja con
un cabito de papel encerado de col?r marrón, una especie de
rollito que resultaba muy placentero desenrollar. Ahora bien:
esa caja propiamente dicha estaba ligada a la envoltura
vistosa mediante una gomita, o banda elástica, de color rojo.
La gomita permitía tirar de la caja interior, haciendo uso de
una saliente en forma de uña, sin riesgo de que uno tirara
demasiado fuerte y la caja se soltara de la envoltura: se
podía hacer, pero había que hacerlo con intención. Esa gornta
permitía además que la caja se metiera sola en la envoltura
una vez que uno había retirado el fósforo.
Una mañana,
mi abuelo inauguró una caja de fósforos
nueva, y descubrió que no traía la gomita roja. Se dio cuenta
de que no era un defecto de fábrica: muchas cosas habían
bajado de caLi.dad , según se decía por causa de la guerra,
como por ejemplo los suplementos de historietas de los
diarios,
que
dejaron
de
venir
en
colores.
Quedó
desconcertado, estupefacto, desconsolado.
-¿Y ahora? -dijo, mirándose las manos, cada una con una
parte de la caja de fósforos, la envoltura en la izquierda,
la caja propiamente dicha en la derecha.- ¿Cómo vamos a
hacer?
V1V1Ó unos cuantos años más: pero ya no fue el mismo.
Aquel deaárumo , aquella perplejidad, son de esa clase de
cosas que no tienen retorno.
á

�IRRUPCIONES

(lO)

Parece que el futuro, al menos el futuro inmediato, y cierta zona del
suceder que está próxima a ciertos afectos nuestros --parece
que el futuro,
decía, nos resulta accesible anticipadamente, tal vez no como experiencia
directa pero sí, y esto sin la menor duda, a través de los pensamientos, o más
exactamente de los proyectos, de otras personas. Por ejemplo: yo ha~l~
tarde con X y me dice que va a venir a mi casa dentro de dos días y me~ traer
ciertos papeles, cuyo contenido específico yo desconozco; sé que son papeles
escritos por otra pft:sona, un familiar de X
pero no tiene sentido
est.erelato. No quiero dar los nombres exactos ni las circunstancias exactas, y
sin embargo sólo las circunstancias exactas ejemplifícan 10 que yo quiero decir;
hay un juego onírico entre el apellido de una persona y un lugar geográfico, y
hay toda una historia tras este y otros personajes que intervienen en la trama;
son historias penosas, o pasajes penosos de ésas historias, que me sabría mal
revelar en detalle.
De cualquier manera, ya hace tiempo que no intento convencer a nadie de
la existencia de los fenómenos parapsicológicos, pues por ahora es un terna al
que la humanidad ha cerrado los oídos, aunque los abra C01no pantallas
gigantescas para temas menos verdaderos, menos trascendentes o más
claramente inverosímiles.

�'Up

»&gt;

d)0}tl

vf41ffr\ll~

IRRUPCIONES

(3)/ Mario Levrero

Conocí
a
una
mujer
que
me dejó
con
la
desagradable
impresión de haber tomado contacto
con
una forma de vida completamente ajena,
como de otro
planeta
o de otra galaxia.
A su físico
no le cabían
r-proches,
aunque no puede decirse
que fuera bonita.
En realidad
no había
en ella
nada que llamara
particularmente
la atención,
salvo unas caravanas de
forma circular,
pl.at.e adae , demasiado grandes
para
sus orejas.
En cambio, desde
el punto de vista
psíquico,
me sentí
todo el tiempo como en presencia
de un monstruo, o en el serpentario
del zoológico,
observando
a un ejemplar
e~traño
detrás
de un
vidrio.
Había, en realidad,
un vidrio:
su extrema
frialdad,
su lej anía de lo humano. Hablaba con una
determinación
que no llegaba
a la vehemencia, pero
que llevaba
el tono de su voz, no exactamente
en
al tura de sonido...
(no sé deci rlo:
había algo así
como la
producción
de una frecuencia
de sonido
especial).
No era vehemente pero sí tremendamente
segura
de sí
misma, del
producto
que intentaba
venderme y sobre todo del resultado
favorable,
para
ella,
de su intento.
En ningún momento tuvo presente
mis necesidades;
yo le tracé
en pocas palabras
un
cuadro muy preciso
de lo que quería
saber y de lo
que creía
necesi tar pero ella,
por su parte,
sólo
deseaba
vender su mercadería
y en ningún momento
apartó
esa
idea
de su mente para
calibrar
mis
palabras
y tratar
de ajustarse,
o por lo menos de
hacerme creer que se estaba ajustando,
a lo que yo
le había señalado.
Simplemente desarrolló
su plan de
ventas como si yo no hubiera dicho nada y, por el
contenido
emocional de su mirada,
como si yo no
estuviera
allí.
Era una, máquina de vender.
El mal
efecto
que me produjo no se diluyó
cuando se fue;

�durante ho ras quedé disgustado,
con la clara
impresión de haber vivido una mala experiencia.

***
Uno va armándose el mundo en que quiere, puede o
acepta vivir, a partir de datos que va recibiendo
de~de que nace. Va armando un rompecabezas infinito,
al que siempre se le puede agregar, y de hecho se le
agrega, nuevas piezas, incluso entre dos piezas que
parecían perfectamente ajustadas: parecía que allí,
justo allí, la imagen, o trozo de imagen, estaba
completa; pero viene otra pieza y calza entre esas
otras dos
tan
ajustadas,
calza y
cambia
la
significación de ese trozo de mundo, tal vez del
mundo entero -de ese mundo que nos hemos creado o
nos vamos creando mientras vivimos.
Fuera de ese mundo creado, está todo lo demás. Lo
que no conocemos, lo que no soportamos, lo que nos
disgusta más allá del disgusto que podemos tolerar.
Fuera de ese mundo que nos hemos creado para poder
vivir, se halla el mundo real, incognoscible; el
mundo que no era para nosotros.
La mujer que vino el otro día a casa a tratar de
vender ~u mercadería había foomado parte, hasta
entonces, de ese mundo ajeno. Algo se alteró en mi
mundo para que ella pudiera entrar. No es que nunca
hubiera podido cruzarme con ella en la calle, o
estar ambos sentados en sillas de un mismo bar
(aunque en mesas distintas); hablo de una entrada en
mi mundo como pieza de mi rompecabezas, forzando un
dibujo.
No me gusta vivir en un mundo que cobija también
a esa mujer, pero de algún modo se coló, y tengo que
aceptarlo.

***

�En la cocina hay una hormiga, negra, de buen
tamaño, que va cargando con un pétalo muy rojo,
posiblemente de malvón, que tiene gran parecido con
una uña de mujer pintada con esmalte rojo. Me parece
que la hormiga lleva una carga demasiado pesada para
ella, y al mismo tiempo me llama la atención su
recorrido por lugares insólitos para una hormiga: va
por encima de la mesa, en parte del recorrido por
una pared, y también por la mesada. Lleva buena
velocidad y se mueve más como un cuadrúpedo que como
un insecto. Ella me ve, o me oye; nota que he
reparado en ella, y corre a esconderse, ahora como
una cucaracha. Yo le digo a Alicia que mire, pero
ella está ocupada en algo de la cocina y no me
atiende; cuando mira, la hormiga ya ha desaparecido.
Antes de de~aparecer, la hormiga tuvo tiempo de
cargar, además del pétalo, con una enorme esponja
amarilla,
una
de
esas
esponjas
sintéticas,
cuadradas, muy delgadas y absorbentes.
Me desperté y pensé que era sólo un sueño.
Después pensé: "Todo el mundo dice 'sólo un sueño';
deberíamos decir: 'nada menos que un sueño'''.

..... . . . . .. . ...... . . . .. ... .. . ............... . ... .

------

�PARA: LUCIA CALAMARO
DE: MARIO LEVRERO

IRRUPCIONES (4)/ Matio Levteto

-¿Cómo se esctibe un libto? -El hombte volvía
sienpte a la mí sma ptegunta. Yo no podía contescarLe,
no como él quetía.
-No sé -digo, confundido-. Es algo que no se puede
explicat.
Me mitaba con rencoz, y con lástima de sí mismo.
Cteo que la palabta exacta ea: \\tesentimiento".Y en el
fondo, él tenía tazón: yo no había aabido conptendetlo.
Peto en esa época yo no pensaba mucho en la esctituta;
el esctibit venía solo, desde lo ptofundo, y yo no me
pteguntaba mayotmente cómo se hacían las cosas. De modo
que yo también tenía tazón. Ahota que no esctibo, POt
lo menos no como antes, sigo sin podet explicat cómo se
esctibe, peto podtía explicat fácilmente cómo esctibit
un libto.
Yo no había sabido conptendet la difetencia enrre
esctibit, y esctibit un libto; esctibía lo que sutgía,
yeso
podía set un telato, o una novela cotta, o una
novela un poco más latga; o un attículo humotístico, o
un poema que jamás habtía de mosttat a nadie. Y ottas
cosas, que salían sin otta finalidad que la de nacet,
como pot ejenplo dibujitos. Con el tienpo se juntaban
unos cuantos reLacoa, y cada tanto (genetalmente cada
tantos años), cuando venía alguien a pteguntatme si
tenía algo pata publicat, podía oftecetle un libto con
esos telatos que 3e habían ido acumulando, o alguna de
esas novelas que quedaban inéditas durante años. Peto
hoy sé muy bien que hay gente que necesita publicat un
libto, aunque no lo tenga esctito; de hecho, la mayotía
de la gente que quiete publicat un libto, no lo tiene

1

�esc:rito; algunos no lo esc:ribi:rán jamás. Unos cuantos
sí, lo han esc:rito, con sudo:r y láq:rimas y quizás hasta
con sang:re, y han publicado su lib:ro, y ha:rán esfue:rzos
pa:ra esc:ribi:r ot ro que les coe t az á, todavía, un poco
más.
Aquel homb:re necesitaba
impe:riosamente eac:ribi:run
~~.
Tenia mucho da.ne ro , Vivía
en Eu:ropa, y allá
~
un gz:upo de amigo~ intelectuales
que lo uzq í.an,
po:rque e:ra inteligente, po:rque e:ra sensible, y po:rque
esos amigos estaban en situaci6n de pode:r ayuda:rlo en
el medio
edito:rial y en los medios
pe:riodísticos;
p:rácticamente,
las
cz ticas
elogiosas
ya
estaban
eacz tas. Y segu:ramente el lib:ro hab:ría me:recido esas
c:ríticas elogiosas, po:rque el homb:re e:ra b:rillante. Lo
t rat é unas pocas
hoz ae , llegué a aerrt rLo como a un
amigo, a que:re:rlocasi, y ~in duda a adnd:ra:rl0.
C:reo que el p:roblema p:rincipal pa:ra que yo pudie:ra
comp:rende:rlo su:rgía del hecho de que él e:ra muy :rico y
yo e:ra muy pob:re. Supo adnd:ra:rmi pob:reza comofUna ob:ra
de az t e t cuando llegó a la cocina de casa y vio el
p:rimus apoyado sob:re un caj6n vacío, ent:re muchas ot:ras
cosas que llamaban la atención po:r su p:resencia o po:r
su ausencia, se puso muy ae r o, y con una especie de
envidia que no llegué a entende:r hasta más ta:rde, dijo:
-Esto es la ob:ra de una vida.
Hoy soy un viejo cínico. Hoy p:robablemente le di:ría
que sí, que puedo enseña:rle a esc:ribi:run lib:ro, po:rque
realmente. hoy .sé cómo s~ pu~~~ibi:r
un" l-ih:rQ.,,q
c¡¡mnque s~go aa.n aabe r como ;:se eaet:±be- y se que Ya
ambición
de publica:r un Lí.bz o es una ambición
tan
válida como muchas or ras que a mí no me van ni me
vienen (no es que no tenga ambiciones;
es que soy un
excént:rico,
y
mis
ambiciones
no
siempre
son
compa:rtibles) •
Después conocí, en los talleres lite:rarios, a mucha
gente que quie:re esc:ribi:r.Cu:rioaamente, la mayo:rla no
piensa en esc:ribi:rlib:ros; más bien hay que empuja:rlos
un poco pez a que lo intenten.
Incluso hay quien, o
quienes,
tienen
lib:ros esc:ritos y no se animan
a
publ~ca:rlos. Pe:ro en aquella época, hace más de veinte
í,

í,

í

í

2

�años, yo no tenía toda esta expe~iencia. Y el homb~e se
volvió a Eu~opa sin que yo le dije~a lo que él cze a
que e~a un sec~eto ~o, la clave del a~te de esc~ibi~,
pensando sin duda que yo e~a muy egoísta y, si no me
equivoco, pensando al mismo tienpo que yo tenía zaaón l _
en ae r egoísta, pozque él también lo e r a, y él sabía ~
cuánto habla luchado pa~a ocupa~ el luga~ que ocupaba.
Yo, sin duda, quedé pensando que un poco del dine~o de
aquel hombne no me hab~ía venido mal, y que algunos
tienen mucho y ot~os no tienen nada.
Pocos meses después, me errt
e r de que ese homoze
había mue~to. Estoy segu~o de que mu~ió de eso, de un
lib~o no esc~ito. También estoy segu~o de que si yo le
hubie~a dicho cómo esc~ibi~ su lib~o, no hab~ía mue~to,
al menos no hab~ía mue~to tan p~onto, tan joven.
í

é

En una ~eunión, apa~ece el tema de los lentes que
usamos. Un amigo
aga~~a los ~os
y examina los
c~istales; comenta con aeombzo la q~an dife~encia que
hay ent~e uno y ot~o (soy miope de un ojo, hipe~mét~ope
del ot~o). Al devolve~ los lentes, comenta:
-Aho~a se explica todo.
No tuve valo~ pa~a p~egunta~le qué quiso deci~.

"EL PENTHOUSE", talle~ lite~a~io a ca~go de
Helena Co~bellini y Ma~io Levzero, comenaacá el cur so
de 1996 el p~óximo 15 de ma~zo. Más info~mación en los
teléfonos 908492 y 425655.

3

�IRRUPCIONES

(5)/ Mario

Levrero

Me desperté y pensé que era sólo un sueño.
Después pensé: "Todo el mundo dioe 'sólo un sueño';
deberíamos deoir: 'nada más que un sueño'".
Esta críptica reflexión apareció en la revista
POSDATA al final de un texto mío. Tal vez algún
lector,
si es que tengo algún lector,
se haya
quedado pensando
en la diferencia
entre "sólo un
sueño" y "nada más que un sueño" , para concl ui r
seguramente
que si hay alguna diferencia,
no es
demasiado perceptible, y.que el autor de semejante
reflexión debe ser un imbécil.
En realidad, yo había escri to algo diferente,
que quería decir todo lo contrario de lo que al fin
apareció diciendo:
Me desperté y pensé que era sólo un sueño.
Después pensé: "Todo el mundo dice 'sólo un sueño';
deberíamos decir: 'nada menos que un sueño'".
Nada menos que un sueño; nada menos.

*
Pero la errata viene bien. Nada de atribuirla al
azar o aquel viej o "duende de las imprentas", ni
siquiera a la distracción de un tipógrafo. Salta a
la vista que el responsable es el mismo Diablo, el
eterno acusador de los seres humanos, que cuando
hace algo no lo hace por azar sino que sabe bien lo
que está haciendo.
Los sueños son la única prueba que tenemos los
humanos de que somos algo más de lo que somos; sin
los sueños, pareceríamos
ser exclusivamente
una
1

�raza maldi ta de ladrones, estafadores,
asesinos y
predadores,
nacida para arrasar
al planeta.
Los
sueños muestran una acti vidad superior, una forma
de pensar
y de sentir
a la que
difícilmente
tendríamos acceso en estado vigilo Los sueños que
soñamos están fabricados por algo o alguien que no
es
exactamente
nosotros,
porque
despiertos
no
podemos fabricarlos --a veces imitarlos, y pocas de
esas veces bien.
Los sueños son la materia prima del arte y de la
ciencia y están en la raíz del instinto religioso.
Los sueños
invitan
y muchas
veces
conmdnan
al
hombre a mirarse a sí mismo desde una altura moral
que no siempre es la del yo de las vigilias y a
preguntarse si está bien lo que hace con su vida y
con la vida de los otros. Dormi r sin soñar se
parece a estar muerto.
Cuando uno piensa "es nada más que un sueño", no
es uno que piensa, sino el Diablo que se lo ~usurra
a uno en el oido, para que siga desentendiéndose de
sus sueños, es deci r, de su alma, y condenándose
sin apelación.

*
A menudo el sueño me reprende con cierta dosis
de humor. Había soñado con un mono que dormía en mi
cuarto, sobre un colchón en el suelo, entre unas
frazadas.
De
inmediato
la
mente
precisó
el
recuerdo: no era un mono, sino una mona. En el
sueño soñaba que yo estaba durmiendo,
y que al
despertar y encontrarme
con ese animal me sentía
muy extrañado. Al despertar del sueño, me sentí muy
extrañado nuevamente.
¿Qué estaría representando esa mona? Descarté a
mi mujer, que suele aparecer en mis sueños bajo
múltiples
apariencias;
la de
esa
mona
no
le
sentaba.
Me olvidé
del asunto hasta
horas má~

2

�tarde,
cuando
decidí
afeitarme.
(Los
varones
tenemos permiso
para
mirarnos
al
espejo
casi
exclusivamente
cuando nos afeitamos,
y a veces este
reencuentro
con la propia imagen trae insospechados
beneficios,
por
lo general
en forma de ideas,
recuerdos o descubrimientos
-como si el mirarse al
espej o distraídamente
lo despertara
a uno por un
momento de ese 01vido de sí,
de ese sueño tan
profundo que es la vigilia).
Mientras me afeitaba,
reapareció
el recuerdo de la mona del sueño, ahora
con una interpretación
que buscaba
salir
a la
superficie.
"Qué extraño,
eso de la mona", pensé.
"¿Por qué en mi cuarto habría una mona durmiendo?"
Las úl timas palabras
de la frase
fueron las
palabras
mágicas que me abrieron
a la comprensión.
La noche anterior
me había acostado muy tarde,
ya
de madrugada, hipnotizado
por la pantalla
de la
computadora
en
una
serie
de
operaciones
innecesarias.
Me había ido a acostar
sintiéndome
culpable,
y el sueño graficaba
ese autorreproche:
yo me había emborrachado con la pantalla,
y ahora
la mona estaba
durmiendo,
es decir,
ahora,
yo,
estaba "durmiendo la mona".

*
Pensé que era sólo un sueño.
Después pensé:
"Todo el mundo dice
'sólo
un sueño';
deberíamos
decir:
'nada menos que un sueño'''.
NADA MENOS QUE UN sUEÑo, Diablo. NADA
MENOS QUE
UN SUEÑO.

3

�PARA: LUCrA CALAMARO
DE: MARro LEVRERO

IRRUPCIONES

(6)/ Mario

Levrero.

Unas piernas
muy
atractivas,
en fundadas
en
medias de nailon color carne. La falda, muy corta.
La muchacha, joven y bonita, con cara despabilada.
Junto a ella, el novio -también
joven, pero no
boni to ni despabilado.
Los dos en un banco largo
con respaldo. Yo, en otr~ banco largo con respaldo,
sentado exactamente frente a la muchacha.
Yo tenía el estado de ánimo que puede tener un
tipo cuya madre en ese momento están a punto de
operar, o ya estarán operando,
a pocos pasos de
allí, en el sanatorio de la mutualista.
En ese
preciso estado de ánimo -detallemos,
hasta donde
es posible:
depresión,
impotencia,
dolor, miedo,
angustia,
aburrimiento,
impaciencia,
odiola
percepción
que yo podía tener de la muchacha la
hacía asemej ab Le. a un insecto. Con todo; ese foco
perverso que uno lleva adentro nunca se apaga del
todo, y sé que había una zona de alerta, una
especie de distraída inspección de lo que podría
considerarse una zona prohibida. La zona prohibida
era una masa de sombras sugestivas baj o la falda,
una penumbra que no dej aba ver pero que tampoco
decididamente
ocul taba. Sugería. Creaba un campo
apropiado para la ensoñación.
Después, la muchacha
empezó el juego de las
piernas.
Comenzó
lentamente,
mientras
el novio
todavía estaba despierto; cruza y descruza, junta y
traslada, abre y cierra; muestra la zona prohibida
un poco más, la sugestión es casi exhibición, pero
1

I----------------------~--------------~~------------------- --

�siempre se detiene en un límite impreciso -como
imprecisa era también la impresión de un olor a
medias de nailon calentadas por piernas bronceadas
al sol, de la que no puedo decir que haya habido
una base real.
Pero ya no tiene sentido describir la escena,
porque un tiempo después de estos hechos se film6
"Bajos instintos", aquella película donde Sharon
Stone practica un idéntico juego de piernas para un
grupo de policías. Si la película hubiera existido
en ese entonces, yo habría pensado con maldad que
la chica estaba imitando a Sharon Stone, y me
habría reído mentalmente de su estúpida osadía.
Pero como la chica fue primero, aun reconociendo
que Sharon Stone realizó. el juego de piernas con un
arte magistral, me queda la idea de que la chica
aquella lo hacía mejor. Sin duda, lo hacía mejor.
Mantuve todo el tiempo una expresión distante y
digna, especialmente en beneficio del novio. Mi
vista vagaba por todos los rincones del pasillo
pintado de colores burdos y se entretenía con
cualquier trocito de pintura descascarada o con
algún terrible diseño de baldosa. De vez en cuando,
como al azar, inspeccionaba el terreno prohibido, y
debo decir que la chica con su perseverancia y su
arte fue logrando que me distrajera bastante de mis
ideas lúgubres. El azar me fue llevando cada vez
con mayor frecuencia por los dominios de la zona
prohibida,
y
la sugestión
del
olor
a nailon
calentado por pierna se hizo todavía más íntima y
sutil.
Después
el novio
se quedó
dormido,
y de
inmediato la chica se desinhibió por completo;
siempre
fingiendo
movimiento~
casuales
y
distraídos, como si el asiento le resultara muy
incómodo, iba abriendo y cerrando las piernas en
distintas posiciones, como para que yo eligiera;
fue extremando el juego a tal punto que veces
2

�parecia que me quisiera mostrar el alma. Ahora yo
podia mirarla a los ojos para tratar de ver qué me
decian, pero ella no entró en ese otro juego que,
aunque no se crea, es más peligroso. Nunca me miró
directamente,
aunque sé que controlaba
segundo a
segundo
el grado de mi atención
con su visión
periférica.
Mantenia
la cara impávida,
con ese
gesto medio humoristico
que saben tener algunas
mujeres cuando quieren aparecer distraidas pero al
mismo
tiempo
quieren
que
uno
advierta
que la
distracción es fingida. Su mirada pasaba por encima
y a derecha o izquierda de mi cabeza, y se perdia
en un romántico
infinito
escondido
en la pared
descascarada a mis espaldas.
Más tarde, el novi~ se despertó, se levantó y
se fue. Ella se quedó, pero terminó el juego en e~e
preciso instante. Permaneció sentada quietita, con
las piernas
bien juntas,
la falda lo más baja
posible y la mirada clavada en el piso, como una
buena monja.
Entendi que yo habia recibido todo lo que me
era dado recibir, agradeci mentalmente a la chica y
a Di03 y, ya con otro estado de ánimo, me fui para
la cantina del sanatorio en busca de un sandwich.

3

�PARA: LUCrA CALAMARO
DE: MARro LEVRERO

IRRUPCIONES

(7)/ Mario

Levrero.

Hay una novela de Waldo Frank que no leí, cuyo
título en español es "Nunca acabará el verano", una
de las frases más desalentadoras
que conozco --y
que recuerdo año tras año cuando llega febrero y
después
viene
marzo
y
el
calor
sigue
allí,
empecinado, empeñado en disolverme las neuronas.
En uno de esos días empecé a leer una novela
de Carson McCullers donde se habla de este tiempo
de canícula y se hace una referencia a los días "de
perros". Me llamó la atención el juego de palabras
y me pregunté si el traductor no habría metido la
cuchara,
porque
sonaba
extraño
que
también
en
inglés se estableciera una relación entre el tiempo
caluroso y los perros. La curiosidad me llevó a
investigar en el diccionario y averigüé que no era
casualidad
ni falsía
del traductor:
lo que en
español es "canícula", y que efecti vamente deri va
de
"can",
en
inglés
se
dice
"Dog-star",
literalmente "estrella del perro".
En el origen está la estrella Sirio, de la
constelación
del
Can
Mayor,
que
antiguamente,
cuando la configuración celeste era distinta de la
actual, nacía y se ponía con el sol durante la
parte más calurosa del año, y esa notoriedad
la
hacía aparecer responsable del fenómeno. Es curioso
que entre nosotros se use la expresión "tiempo de
perros" cuando hay lluvia, viento y sobre todo,
frío, no sé si porque
nos encontramos
en otro
hemisferio. De cualquier manera, la expresión, que
siempre me pareció injusta para con los perros, no
se originó en ellos sino en una estrella.

1

�La autora del libro se refiere además a una
superstición relacionada con la canícula: lo que
empieza
durante
ese
tiempo,
no
se
terminará
mientras ese tiempo no se termine. Cuando uno está
sufriendo, la expresión "Nunca acabará el verano"
adquiere,
asociada
con
esa
superstición,
una
dimensión de un infierno: este sufrimiento será
eterno.

*
Lo más
irritante
del
mosquito
no
es
la
picadura, sino verlo, cuando pica, cómo lo hace con
un aire profesional, de. fría eficiencia. Lo mismo
sucede con algunas rosas, ese tipo de rosa que
abunda
en
las
florerías;
irrita
su
belleza
eficiente, seria, autoconsciente --en definitiva,
profesional.
A veces se preferiría una cierta falta de
prolij idad.

*
Me llevó casi cincuenta años descubrir que las
siglas
de
la Compañía
Uruguaya
de
Transporte
Colecti vo, Sociedad Anónima, o sea CUTCSA, siglas
que vemos y padecemos diariamente 103 montevideanos
desde que el mundo es mundo,
son un anagrama
perfecto de CACTUS. No lo descubrí por mérito de un
razonamiento, sino por una súbita revelación; y es
en casos como éste cuando me da por pensar cosas
extrañas. ¿Dónde estaba ese parte mía que se ocupa
de
anagramar
palabras,
en
todos
los
viajes
anteriores? ¿Qué significa exactamente la expresión

2

�"darse cuenta"? ¿Por qué nos gusta
algo sencillo y fácil de explicar?

creer que somos

*
Suena el teléfono. Atiendo. Oigo la voz de un
señor que me pregunta si tal es el número, y en
efecto, es mi número. Le digo, amablemente, que sí.
Él, entonces, dice:
-¡Ah! Buenas tardes -también amablemente y con
cierta alegría. Hace una breve pausa, como el tipo
de pausa que suele hacerse para situarse, apoyarse,
presentarse
y dar el mene e j e. Y en ese momento
corta la comunicación. Corta, o se corta; pero lo
cierto es que el señor no volvió a llamar.
Me quedé con la idea de que era un hombre muy
amable,
que
se
pasaba
llamando
a
todos
los
teléfonos nada más que por las ganas de saludar.

*
Encuentro la frase más inquietante
que puede
encontrar un esc r tor, y más inquietante
aún por
provenir de quien proviene:
í,

\\Se encomienda. a. la. pa.1abra. a.que110 que
puede logra.rse por medios honra.dos."
(Carl Gustav

no

Jung, "Paracélsica").

3

�1

n~~~Tn~~s

~--~.,...o

Ia

(8)/~ario Levrer~

hoja

de

papel

sobre

la

que

estoy

y la Buperficie del eBcritorio¡ he
puesto una revista para que la acción del bolígrafo
no estropee la madera, o la imitación de madera. He
colocado la revista con la tapa hacia abajo, y la
hoja de papel se apoya en la contratapa. Como este
procedimiento
lo vengo repitiendo diariamente desde
hace un tiempo, y siempre con la misma revista, he
terminado por advertir que en la contratapa hay un
aviso.
El aviso contiene una foto en colores de tres
seres humanos, o al menos de sus cabezas y, en un
caso, parte del cuerpo. Son tres caras sonrientes
que intentan parecer una familia feliz, y el aviso
insinúa
que
esa
familia
es
feliz
gracias
al
producto que publicita. La mujer, a la izquierda,
es más bien feúcha, poco atracti va; es un acierto
del aviso, porque nuestras esposas por lo general
no se parecen a actrices de cine; parece un aviso
destinado más bien a los hombres porque el hombre,
sí,
tiene
algo
de
actor
de
cine,
rasgos
proporcionados
y
agradables
y
unos
dientes
perfectos, aunque como actor no es muy bueno porque
se nota que la sonrisa es forzada. La sonrisa de
ella
es
más
auténtica,
como
si
la
hubieran
fotografiado por sorpresa en medio de una broma, y
este rasgo la hace simpática y más atractiva que si
estuviera seria. Pero al parecer
sus dientes no
eran perfectos como los del hombre, porque los dos
delanteros del maxilar superior han sido retocados,
o cambiados por otros en la fotografía,
ya que
aparecen más grandes y más blancos que el resto. Y

escribiendo

�los dientes
del maxilar
inferior
son bastante
desparejos.
Entre la cabeza de la muj er y la del hombre,
está la cabeza de una niña de cuatro o cinco años.
Tiene el cabello mucho más claro que los otros dos
actores, de modo que no impresiona como la hija, si
es que ésa era la intención del aviso. La sonrisa
de la niña es decididamente falsa, con algo de
desdeñoso hacia toda esa representación; eso la
salva: una sonrisa falsa que no intenta parecer
verdadera.

*

Desde un automóvil en marcha veo, allá adelante,
a casi cien metros, una extraña escena. Ya es de
noche y la calle no está demasiado bien iluminada;
con todo, se ve lo suficiente. El auto anda sin
apuro, alargando el suspenso.
La escena es así: dos hombres, que luego serán
tres, están parados en la calle, próximos al cordón
de
la
vereda,
entre
un
camión
y
un
coche
estacionados; no están exactamente quietos, sino
que realizan pequeños movimientos,
especialmente
con los brazos pero también con los pies. Guardan
entre sí una distancia rigurosa, y los movimientos,
muy
lentos
y
breves,
parecen
cuidadosamente
calculados. Lo más extraño es la posición de los
brazos: cada uno de ellos tiene un brazo en la
posición de pedir limosna, y el otro levantado,
rígido, más en una posic~on de hacer adiós con la
mano que de un saludo nazi. Pero también resulta
alucinante
esa
especie
de
simetría
en
los
movimientos, como si --primero los dos, luego los
tres hombrestuvieran
entre
sí una
fatídica
dependencia.

�Mi hipótesis inmediata: son unos individuos un
tanto
especiales,
ensayando
una
coreografía.
Objeción: no allí, en un lugar tan incómodo.
Segunda hipótesis: se trata de un rito religioso.
La misma objeción.
Lo extraño, lo que da a la escena su carácter
onírico, más que ese tipo de movimientos mínimos,
rebuscados y tan bien medidos, es el lugar; en un
teatro o una iglesia no me habrían llamado la
atención.
El auto en el que viajo se acerca lo suficiente
y, no sin temor, me pego al parabrisas para no
perderme un solo detalle. No hacía falta; ya desde
unos diez o quince metros pude ver perfectamente
--aunque esos vidrios no se ven directamente, sino
que se ven sus reflejos y las distorsiones que
imprimen al paisaje- pude ver, decía, el enorme
vidrio que los operarios trataban de disponer para
cargarlo en el camión estacionado.

*
Encontré
en
el
procesador
de
textos un oo.-tón que, al oprimirl-e-,
permite ir tachando t-e€lolo que se
escribe.
Lo
interesante
de
este
procedimiento
es
que
permite
ir
tachando
al masmo
tiempo que se
escribe. Me siento ten~o
de seguir
escribiendo así, siempre.

�IRRUPCIONES

(9)/ Mario

Levrero.

Sobre el fin del verano, todavía hace un calor
excesivo;
el tiempo
es tormentoso,
y salgo al
balcón buscando un poco de aire. Ya cayó la noche,
pero
el cielo
aún está claro. Unas nubes muy
cargadas pasan a toda velocidad allá arriba, rumbo
al oeste, o a lo que yo creo que es el oeste. Allá
arriba parece haber mucho viento, y aquí abajo hay
una leve brisa que a medida que pasan los minutos
se va haciendo más fresca.
Es
un
balcón
ubicado
a
los
fondos
del
apartamento, y no hay construcciones inmediatas que
me obstruyan la visión; a lo lejos, recién como a
una cuadra, se ve el frente de un edificio de
apartamentos.
Casi
todas
las
ventanas
están
iluminadas;
algunas tienen balcón. Muchas
tienen
cortinas
corridas,
o cortinas de tipo veneciano
bajas;
algunas de éstas tienen las tablitas en
posición
horizontal,
de modo que se puede
ver
perfectamente hacia adentro (una escena cortada en
rodaj as). Lo de "perfectamente"
es una forma de
decir;
estoy
sin lentes,
y aunque
los tuviera
puestos sería poca cosa lo que podría ver a esta
distancia.
Me llama la atención la actividad de una mujer
que está en una gran habitación, a la altura de mis
oj os. Está de pie, haciendo algo, con la cabeza
inclinada, bastante inclinada hacia abajo, y mueve
los brazos y las manos de una forma tal que me hace
pensar que le está cortando el pelo a alguien, al
parecer sentado en una silla. Este alguien sentado
no está completo; asoma sobre la izquierda de la
escena, a medias cubierto por una cortina y aun por
la pared donde se abre la ventana. Está quieto; en
realidad, está demasiado quieto, pero es razonable

�que esté quieta una persona
a la que cortan el
pelo.
Luego irrumpe en el balcón -un balcón amplio y
con algunas plantas al tas en grandes macetas- una
figurita de dos o de cuatro patas; si tiene cuatro
patas es un perro, porque para gato es demasiado
grande. Luego resul ta ser un n i no , un niño muy
pequeño. La distancia lo hace pequeño, y la manera
de caminar muestra
que todavía
no sabe caminar
bien, de modo que debe ser muy pequeño. Después da
unos gritos y vuelve a meterse en la casa.
Sobre ese balcón hay otro balcón, exactamente
un piso más arriba;
se ve, en contraluz,
a un
hombre fumando,
cómodamente
instalado
en uno de
esos sillones de lona donde uno queda embutido; o
al menos
así lo imagino, por la comodidad
que
expresan sus voluptuosos movimientos
al acercar y
alejar el cigarrillo a los labios. Después de unos
minutos,
llego
a
la
conclusión
de
que
los
movimientos
no son del brazo, sino de una escena
pintada en un cuadro muy grande que está contra la
pared en el interior de la habitación; no es que la
escena se mueva, sino que en el ventanal se mueve
una cortina de tul, apenas mecida por la brisa, y
hace ondular la escena del cuadro, o lo que yo creo
que es un cuadro. Reparo entonces en que la cabeza
del
fumador
es
demasiado
redonda,
demasiado
perfectamente
redonda. Es posible que tampoco esté
en el balcón, sino dentro de la pieza, y que no sea
una cabeza humana sino algo que está sobre la mesa,
como por ejemplo una gran bola de cristal, de las
que usan las adi vinas, cubierta con una tela, lo
que la vuelve opaca a contraluz. También podría ser
otra cosa esférica, aunque no imagino qué.
La peluquera pasó ahora detrás de su cliente, y
no la veo;
realmente
ya no creo que sea una
peluquera, ni siquiera que esté cortándole el pelo
a alguien. El cliente sigue muy quieto, tanto como

�podría estarlo un jarrón con flores, unas flores
que no alcanzo a ver. Los movimientos de la mujer
podrían haber sido los de ordenar algunas flores
sobre un florero. Tampoco sé si está allí, detrás
del
supuesto
cliente;
por
momentos
me
da la
impresión de que en esa pieza ya no hay nadie.
Bastante a la derecha hay una ventana con una
de esas persianas que dejan ver hacia adentro; es
una ventana pequeña, como la ventana de un baño, y
es posible ver la figura de una muj er duchándose,
frotándose sensualmente los pechos. La escena tiene
algo monstruoso, hay algo en las proporciones que
no me convence; hago unos rápidos cálculos en base
a comparaciones y deducciones, y concluyo que para
verse realmente lo que yo estaba creyendo ver, la
mujer debería tener el tamaño aproximado de una
ballena.
Después
la ilusión
se desvanece
con
algunos movimientos en la pieza; no era un baño
sino un comedor, porque se ve al fondo un gran
aparador con puertas corredizas de vidrio, y hay un
hombre sumamente obeso, o una muj er, con ropas
claras que podían haberme dado la impresión de
carne. Pero esa obesidad está lejos de ser la de
una ballena. Todo en la vida parece ser juegos de
luz y sombras.
Las nubes siguen pasando allá arriba a toda
velocidad; ahora son más escasas, no cubren todo el
cielo, y están formadas por jirones que se van
deshilachando. Ha refrescado bastante, aunque eso
no me compensa del calor que paso durante el día,
durante todos los días de este largo y penoso
verano. Se me tapa la nariz. Me estoy resfriando.
Cierro la ventana. Bajo la persiana. Ya no me
podrán ver.

�</text>
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              <text>Mario Levrero</text>
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          <name>Source</name>
          <description>A related resource from which the described resource is derived</description>
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              <text>Originales de Mario Levrero</text>
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          <name>Publisher</name>
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          <name>Date</name>
          <description>A point or period of time associated with an event in the lifecycle of the resource</description>
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              <text>1940 - 2004</text>
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          <name>Rights</name>
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          <name>Language</name>
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              <text>Español</text>
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          <description>The nature or genre of the resource</description>
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              <text>Original mecanografiado con anotaciones ológrafas. Fecha: 4/2/96/ Original mecanografiado con anotaciones ológrafas. Fecha: 5/2/96/ Original mecanografiado. Según consta en nota ológrafa el texto fue enviado a Posdata el 19/feb./96/ Original mecanografiado sin fecha ni menciones de ningún tipo/ Original mecanografiado con correcciones. Fecha ológrafa: 26/2/98/ Original mecanografiado sin fecha ni menciones de ningún tipo/ Original mecanografiado sin fecha ni menciones de ningún tipo/ Original mecanografiado sin fecha ni menciones de ningún tipo/ Original mecanografiado sin fecha ni menciones de ningún tipo</text>
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