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                  <text>CLAUDIO SÁNCHEZ-ALBORNOZ

LA JORNADA DEL FOSO DE ZAMORA
Durante medio siglo había resistido Alfonso II el Gasto las más
feroces acometidas de los ejércitos musulmanes en las abruptas mon
tañas de Asturias, Álava, Castilla y Galicia. Vencido a veces y a veces
vencedor, había al cabo conseguido salvar la independencia de su
reino, que se extendía a la sazón a lo largo de la costa cantábrica,
apoyado en el mar y con la cordillera cántabro-pirenaica a guisa de
muralla. Poco después de su muerte (842) Ramiro y Ordoño fortifi
caron algunas plazas al sur de los montes, para proteger los posibles
caminos de acceso al embrión de España, todavía serrano. Hasta el año
883 fueron las nuevas fronteras del reino de Asturias repetidamente
atacadas por las huestes sarracenas. Pero la anarquía que estalló en
el Al-Andalus en los últimos decenios del siglo IX permitió a
Alfonso III defender la raya del Mondego, del Duero y del Arlanza
y ocupar y colonizar las tierras situadas al norte de esa línea fron
teriza (1).
Con el nuevo siglo sobrevinieron momentos de peligro a la obra
de restauración del Rey Magno. Mas por fortuna para los futuros des
tinos de España la fiera acometida, que pudo retrasar o frustrar aquel
brioso renacer de la España europea, aunque subió veloz e impetuosa
desde el Guadiana hasta el reino de Alfonso, acabó estrellándose im
potente ante las peñas y los muros de Zamora. No obstante la furia de
su empuje, faltaban a la formidable máquina guerrera, cuyo trágico
fin presenció el ancho Duero, las recias manos de un conductor ex
perto. Porque un hombre vano y fatuo puede, audaz, convertirse en
caudillo de un movimiento engañosamente arrollador, si acierta por
acaso a excitar las estultas pasiones o los impulsos conservadores de
las masas medrosas y miopes, pero jamás conseguirá por su propia
ceguera dar cima a empresa alguna que no pueda fraguarse en los
obscuros sótanos del instinto vital.
El ataque contra el reino cristiano no fue obra de la iniciativa
oficial del gobierno de Córdoba. Abd Allah se hallaba a la sazón com
prometido en ruda lucha con los rebeldes que se habían alzado en
toda España contra la soberanía del Imán (2). La empresa fue ideada
(1)En mis "Orígenes de la nación española" estudiaré el reinado de Alfonso III. De
las páginas que le consagraré en tal obra proceden lns que siguen.
(2)Sobre Abd Allah véanse Dozy: Histoire des musulmán d'Espagne, 2.a ed. II,
págs. 21-93 y la magnífica y novísima Histoire de l'Espagne musulmane de Lévi-Provencal, I, págs. 230-279.

�por un guarnicionero, activo propulsor de la guerra civil, y llevada a
la práctica por un príncipe ambicioso y astrólogo (3). Era éste Ahmad
Ben Muawiya, hijo de un tal Muhammad, llamado el Gato y nieto a
su vez de Hixam I. Hermoso de rostro, dotado de un espíritu despierto
y vivaz, un poco astrónomo, dado a la astrología, audaz e ingenuo,
embaucador y crédulo, Ibn Abí Ayub dijo de él: "Una gacela tiene
por padre un gato" y "Oh, señor, te han ceñido la espada, pero te
caerían mejor un mirt y unos pendientes". Puso el arma en sus manos
para atacar a Alfonso, el guarnicionero Abú Ali Al-Sarrach que es-

(3) Se han ocupado de esta campaña con mayor o menor brevedad: Dozy: Histoire des
musulmans d'Espagne, ed. Lévi-Provencal, II, págs. 132-134; Barrau-Dihico: Recherches sur Vhistoire politique du royaume asturien (718-910), Revue Hispanique
LII, 1921, págs. 208-209; Cotarelo Valledor: Historia crítica y documentada de la
vida y acciones de Alfonso III el Magno, último rey de Asturias, 1933, págs. 447-450
y Lévi-Provenqal : Histoire de l'Espagne musulmane. I, 1944, págs. 269-271. Todos
ellos han dispuesto de laB mismas fuentes: 1 Muqtabis de Ibn Hayyan (988-1075);
la Crónica de Sampiro, obispo de Astorga hacia el 1035; Al-Hullatu al-Siyara de Ibn
Al-Abbar (1198-1260) y el Bayan al-Mugrib de Ibn Idari, muerto en 1306. Es porme
norizado el relato de Ibn Hayyan; había sido extractada por Cayangos: The History
of the Mohammedan Dynasties in Spain, II, pág. 463; ha sido publicado por Melcho^
M. Antuña: Chronique du régne du calife umaiyade 'Abd Allah á Cordone, Textes
relatijs a Vhistoire de VOccident musulmán III, págs. 133-139, y yo he dado a la
estampa nna parte de la versión inédita del mismo, debida al P. Antuña, en La
España musulmana según los autores islamitas y cristianos medievales, I, págs. 248-253.
Las indicaciones de las demás fuentes son brevísimas; pueden verse en la ed. de
Flórez: España Sagrada, XIV, pág. 460; en la trad. de Cas mi: Bibliotheca arábicohispana escurialensis, II, pág. 35, y en la trad. de Facnan: Histoire de l'Ajrique et
de VEspagne intitulée Al-Bayano' l-Mogrib, II, pág. 231.
Ninguno de los historiadores modernos mencionados ha explotado intensivamente
el pasaje de Ibn Hayyan. Dozy le siguió con puntualidad pero sólo en sns líneas
generales. El carácter ceñidamente erudito de la obra de Barrau-Dihigo se avenía
mal con toda detención pormenorizada, y además en sns días Be hallaba todavía iné
dito y sin traducir el Muqtabis. Cuando Cotarelo redactó su obra ocurría otro tanto
y aunque al publicarla muchos años después dispuso de la versión inédita de Antuña,
no supo sacar partido de ella y trazó un relato confnso y erróneo, bajo el peso de la
desacreditadas noticias de Conde y de los extractos de Cayancos. Y Lévi-Provencal
ha huido de propósito en su magnífica obra de toda narración detenida y literaria,
para evitar repetir las páginas de Dozy.
Quizá todos estos estudiosos han desconfiado, además, tal vez, de los pormenores de
Ibn Hayyan. Me ha decidido a otorgarles plena fe la que me inspiran las fuentes uti
lizadas por el gran historiador cordobés autor del relato. Sigue de ordinario a 'Isa
ben Ahmad al-Razi, tercero de la gran familia de cronistas andaluces, los "Rasis",
muerto, según lo más probable en 989 y muy escrupulosamente informado (SánchezAlbornoz: En torno a los orígenes del feudalismo II. Fuentes de la historia hispano'
musulmana del siglo VIII, págs. 230 y ss.). Para trazar la historia de la jornada de
Zamora 'Isa al-Razi dispuso, de otra parte: a) De un escrito de puño y letra del
califa Al-Hakam II (912-976) en que recogia noticias del juez de Córdoba Al-Mnndir
ben Sa'íd que murió en 966 a los 82 años (Facnan: Al-Bayano, II, pág. 259, nota 4) y
que era pues un mozo cuanto el supuesto Mahdí atacó a Alfonso el Magno, b) De
algunas páginas de un antor contemporáneo del suceso, de Muawiya ben Hixam, apo
dado el Sapientia, muerto el año 913, poco más de una década después de la empresa
que va a ocuparnos, y emparentado con el caudillo que la llevó a término — los dos
eran Omeyas y descendían de Hixam I (Sánchez-Albornoz: Fuentes... págs. 132
y 88.). c) Y del poeta Muñan ben Sa'id, apodado el Comensal, que vivió durante
el reinado de Muhammad (882-886), según resulta de dos pasajes de Ibn al-Qutiya.
(Trad. Ribera, págs. 57 y 70), y que conoció por tanto a los actores qne intervinieron
en la campaña del año 901.
En el relato de la empresa de Zamora que trazo arriba sigo las páginas de Ibn
Hayyan ahora comentadas. Me permito BÓlo localizar los suceBos en torno a Zamora
conforme a mi conocimiento de los alrededores de la ciudad, e hilvanar, la narración
de la campaña, conforme a mi costumbre. El lector puede comprobar la puntualidad
de mi composición acudiendo a las fuentes citadas en esta nota y al final del pasaje
del Muqtabis, todavía inédito, que reproduzco como apéndice.
— 26 —

�eondía bajo su capa de ascetismo su natural rebelde. Era su placer el
guerrear, se le llamaba el Murawid por sus repetidos ataques a las
fronteras de los politeístas; pero si no tenía ocasión de combatir con
los infieles, en su deseo ardiente de luchar, Abú Ali prefería a la paz
el pelear con sus hermanos musulmanes. Tiempos propicios a hombres
de su temple y de su audacia corrían en España. Sus crueldades, pero
sobre todo su impotencia para mantener la paz dentro de la comu
nidad de los creyentes y para hacer sentir su fuerza a los cristianos,
privaban a Abd Allah de la estimación y del respeto de sus subditos.
Cualquier aventurero podía encontrar amigos y soldados para levan
tarse con un trozo de tierra del emir. Muchos audaces codiciosos ha
bían ya seguido este camino. Y los grandes rebeldes españoles, alzados
hacía tiempo contra Córdoba en los valles del Ebro y del Guadiana
o en las serranías andaluzas, se habían tallado verdaderos reinos in
dependientes que el soberano no podía someter. Los ascetas y místicos
musulmanes de Al-Andalus se hallaban siempre prontos a combatir
contra las autoridades ortodoxas y Abú Ali Al-Sarrach odiaba como
todos al emir. Había llevado en secreto las negaciones entre Umar
ben Hafsun, caudillo de los renegados del Sur, y los Banu Qasi de
Aragón. Vestido de tosco sayal de lana, calzado con abarcas de esparto
y montado en humilde pollino, cruzaba en todas direcciones el país
predicando sañudo la guerra contra Abd Allah y aunando las volunta
des de los jefes del partido español (4). Pero fracasaron sus intentos y
entonces ideó un nuevo y más osado plan: proyectó reemplazar al
príncipe cobarde y asesino, que levantaba odios o provocaba a mofa,
por un emir capaz, estimado del pueblo, lo bastante bravo para atraer
a su partido y mover a entusiasmo a las masas islamitas, y lo bastante
dúctil para gobernar a su dictado y ser instrumento de su juego. Abú
Ali creyó encontrar el monigote seductor que precisaba en el príncipe
Ahmad, el Quraixí, un omeya nieto de los emires cordobeses. En se
creto fue seduciendo a la gacela de que hablara el poeta. Nada más
fácil que arrojar de su trono al déspota cobarde que lo ocupaba en
tonces. Bastaba con ganar fama y partidarios en una gran campaña
contra el reino de los politeístas, para después, entrar triunfante en
Córdoba. Y la embestida a los estados de Alfonso ben Ordoño no era
empresa imposible. Las tierras de muslimes, fronteras de las ciudades
de cristianos, se hallaban pobladas de ardientes berberiscos, castiga
dos por las aceifas de las tropas astures y gallegas anhelaban luchar
para vengarse pronto de sus debeladores, acogerían como un libertador
a quien las predicara la guerra a los infieles y le seguirían con fervor
hasta después del triunfo. Con ellos podía organizarse un formidable
ejército y, azuzando su fiera exaltación, vencer y arrollar a los cris
tianos. Después de la victoria, España toda se levantaría para sustituir
al príncipe cobarde por el bravo, al vencido de todos por el de debelador de los idólatras gallegos; y ante las cabezas de Alfonso y de sus
(4) Da noticia de tal negociación Ibn Hayyan en el Muqtabis. Recogió tal noticia y des
cribió las actividades de Abú Ali Al*Sarrach Asín en su estudio "Ibn Masarra y su
escuela: Orígenes de la filosofía hispano-musulmana", Obras escogidas I. Madrid,
1946, pág. 43.
— 27 —

�condes, clavadas en las lanzas de las vanguardias' del caudillo, ee
abrirían las puertas de Córdoba, al omeya que venía a continuar la tra
dición de sus mayores.
La raposa engañó a la gacela. El hijo del Gato se decidió a em
pezar su carrera triunfal y un día salió Ahmad de Córdoba, caballero
en un potro, al mismo tiempo que los habitantes de Muneza veían
marchar hacia los alrededores de la ciudad de los emires, a un hombre
vestido de lana, jinete en un pollino y calzado de esparto, que decía
llamarse Abú Ali Al-Sarrach. El nuevo pretendiente se alojó fuera de
Córdoba en casa de otro omeya, primo suyo y reservando sus propó
sitos, se dirigió a Fahs al-Ballut (5), en tierra berberisca.
No había errado en su elección el guarnicionero Abú Ali. Durante
las primeras jornadas del drama imaginado Ahmad Ben Muawiya es
tudió su papel de salvador de la comunidad de los creyentes musul
manes y lo representó con maestría. Desde el monte Al-Baranis excitó
a las cábilas de los alrededores a defender el islamismo agonizante,
se hizo tener por adivino, fue largo en el prometer de la victoria, cegó
sus ojos con engaños y al mismo tiempo que difamaba al emir
Abd Allah, invitaba a todos a la guerra santa con los politeístas (7).
La semilla no cayó entre espinas y abrojos sino en campos abonados
por fanatismos y odios; los fieros berberiscos (8) interrumpieron sus
trabajos, se juntaron fervorosos a su libertador y asegurado éste de la
firmeza de sus resoluciones, marchó con ellos desde Fahs al-Ballut hasta
Trujillo. En la zona situada al mediodía de Trujillo, Ahmad se esta
bleció primero con los Banu Al-Raxid, en las orillas del Guadiana,
y peregrinó después por las aldeas de los Nefza. Se presentó ante ellos
como el Mahdí, como el profeta, como el salvador de los miáslimes
y consiguió también que aquellos bereberes se le unieran. Era ya jefe
de una hueste fanática, la empresa maduraba, necesitaba sólo perfi
larla, señalarla un fin concreto y próximo. Frente a aquella zona occi
dental de la España islamita, se alzaba arrogante la ciudad de Zamora,
junto al Duero. Durante los tiempos de los antepasados del supuesto
Mahdí había permanecido abandonada y despoblada. Nadie impidió
que la ocupara el tirano Alfonso ben Ordoño —"maldígalo Alá", decían
los sarracenos al nombrarlo—, los creyentes le permitieron luego po
blarla con sus gentes y con traidores muladíes de Toledo y, después,
nadie estorbó al cristiano la construcción de una tartísima muralla
guarnecida de fosos y de torres (9). Este abandono indiferente, acarreó
(5)Los musulmanes españoles llamaron Fahs al-Ballnt o "Llanura de las encinas" a la
región de Pedroche, sitnada entre Hinojosa del Duque y la Sierra de Almadén. Asi
resulta de varios pasajes del Kitab Al-Rawd Al-Mi'tar Fi Jabar Al-Aqtar de Ibn
'Abd Al-Mun'in Al-Himyari aprovechados por Lévi-Pboven^al en La Péninsule
Ibérique au Moyen-Age, Leiden, 1938, pág. 188, n. la.
(6)Los musulmanes españoles llamaban asi a la Sierra de Almadén: Lévi-Pbovení al : L'Espagne musulmane au Xéme. siecle, pág. 176.
(7)Asi llamaban los musulmanes adoradores del dios único • los cristianos adoradore^
del dios trino.
(8)Sobre la colonización berberisca en España véase Lévi-Pboveníal : Histoire de l'Espagne musulmane, I, págs. 60 y ss.
(9)Ibn Hayyan describe asi en sn Muqlabis la repoblación de Zamora por Alfonso III:
Dice 'isa ben Ahmadi Este año (280) ee dirigió Alfomo hijo de Ordoño rey de Ga— 28 —

�a los mahometanos graves daños. Desde León, dos jornadas al Norte de
Zamora, hacían ya los politeístas correrías en tierras de muslimes, y
causaban estragos en sus campos. Desde Zamora las aceifas se hicieron
más frecuentes y las tropas de Alfonso se adentraron cada día más y
más en las comarcas habitadas por bereberes musulmanes. Con cuerpos
de jinetes intentaron poner remedio al mal los defensores de las re
giones fronterizas islamitas, enviando una expedición contra Zamora.
Mas la caballería sarracena halló en ésta una obstinada y dura re
sistencia y nada consiguió frente a sus fuertes muros. Solicitaron
entonces la ayuda del Imán de los creyentes, mas ocupado el emir
Abd Allah en combatir con los rebeldes, desoyó su demanda y hubieron
ellos solos de proveer a su defensa. Pronto ni esto les fue posible. Al
contagiarse las fronteras del virus de discordia que, corrompía el emirato,
las luchas y las enemistades que se encendieron entre los que habitaban
en la vecindad de los infieles, les impidieron acudir a la guerra contra
éstos, les obligaron a renunciar a combatirlos, les forzaron a acogerse
a su benevolencia y aun quizá les movieron a someterse al pago de
parias humillantes.
Pero a pesar de sus contiendas intestinas, los bereberes de las
fronteras del centro y del occidente de Al-Andalus deseaban con fervor
la guerra santa, entrar por tierras enemigas y vengar sus afrentas. A
ellos envió mensajeros Ahmad el Quraixí, para excitarles a combatir
a los habitantes de la maldita Chaliqiya —"confúndalos Alá", diría el
príncipe en su carta —y para requerirles a que se unieran a sus
tropas, a fin de castigar a los idólatras cristianos y apoderarse de la
odiada Zamora. La voz de Ahmad Ibn Al-Qitt sonó como un anuncio
de redención en Mérida, Badajoz y Toledo. Cuando en esta y en las
otras ciudades fronterizas se leyó su misiva, como en Fahs al-Ballut
y como en Nefza, las gentes corrieron presurosas junto al Mahdí que
Alá les enviaba. Si los más impulsivos y entusiastas disputaban por
marchar los primeros a su encuentro, los menos fervorosos e impa
cientes avanzaban también, arrastrados por el temor o por la fuerza.
La tímida gacela de que hablara el poeta, se había trocado en
el caudillo de un tortísimo ejército que integraban casi sesenta mil
infantes y jinetes. Con él salió el Nefza, camino de Zamora, y con él
cruzó el Tajo, por donde lo cruzaba la vía romana que subía de Mérida
hasta Astorga. Marchaban los rudos e ingenuos bereberes alrededor
de Ahmad Ibn Al-Qitt y se le aproximaban a porfía para escuchar
de sus labios los felices augurios del ya cercano triunfo. Por la es
tulticia de sus sueños y la debilidad de sus inteligencias, sus fanáticas
huestes le juzgaban profeta y creían, sin átomo de duda, las predic
ciones y patrañas del tímido príncipe sacado a escena por la ambiciosa
audacia del guarnicionero Abú Ali.

licia a la ciudad que estaba despoblada y la reedificó, pobló y fortificó, se la dio
a habitar a los cristianos y colonizó sus alrededores. La reconstrucción se hizo por
los habitantes de Toledo y bajo los auspicios de ano de sus cristianos se comenzó
la edificación de sus murallas. Desde este tiempo quedó poblada, aumentaron sus
habitantes, continuó su colonización y se hicieron fuertes en ella los habitantes
de la frontera". Véase además Leívi-Provenqal: Encyclopédie de VIslam IV, pág. 1281.
— 29 —

�El hijo de el Gato, aguzaba el ingenio para mantener y aumentar
el fanatismo de sus tropas. Ora explicaba como maravilloso el copioso
sudor de su caballo, ora, comprimiendo en secreto ciertas ramas, apa
rentaba él mismo la misteriosa emanación de un jugo prodigioso; y ya
se ocultaba largos días a la curiosidad devota de sus gentes, ya se pre
sentaba fastuoso y deslumbrador a revistarles. En el camino se le
juntaron nuevos y numerosos contingentes de Toledo, Talavera, Guadalajara y Santovenia y en el acto procuró excitar con artificios su
entusiasmo. Primero se sustrajo a sus miradas varios días, y después,
cuando su deseo de verle y de escucharle se habían superado, se pre
sentó ante ellos montado en un caballo blanco, cubierto de blancas
vestiduras, tocado con un turbante blanco y ceñida la espada por un
blanco tahalí que hacía juego con el trotón, el turbante y el vestido.
De esta manera revistó el Mahdí todo su ejército, espoleó luego a su
caballo, emprendió con él veloz carrera y de improviso, en un alarde
vano, frenó el corcel y le detuvo en seco.•/
Tanta estulticia alarmó a algunos jefes de la tribu de Nefza. Prin
cipalmente desplació el Mahdí a Zual ben Yaix. Temeroso de que tal
vez su ligereza le llevara después de la victoria a arrebatarle el mando
de sus gentes, comunicó en secreto sus recelos a sus íntimos y se pre
paró, con sus amigos, a aprovechar la primera ocasión para perder
al pretendiente. Pero a pesar de la decisión de esta insignificante mi
noría, jamás había avanzado contra Alfonso un ejército más exaltado,
fanático y temible. Con sus fingidas predicciones, sus gestos teatrales
y sus falsos prodigios, Ahmad Ibn Al-Qitt había logrado un ascen
diente sin par sobre las rudas mentes de los bereberes, sus satélites.
Sin replicar, ejecutaban éstos todas las órdenes del supuesto Mahdí,
anhelaban con frenesí acometer a los infieles y no dudaban un mo
mento de que conseguirían la victoria. Fanatizados así tantos miles de
hombres, más que había conseguido jamás reunir caudillo alguno
contra el reino de Alfonso, su ataque a las fuerzas cristianas podía
augurarse irresistible.
El fingido profeta que avanzaba con su ejército por la llamada
"Vía de la Plata", cruzó el Tormes junto a las ruinas de Salmantica,
atravesó por el solar de la vieja Sarabis (10), prosiguió su camino
por la feraz llanada que habían convertido en desierto las aceifas de
Alfonso y acampó al cabo con sus huestes frente a los muros de Za
mora. Sólo le separaba de ellos la corriente del Duero, que allí se
remansaba y se remansa para ofrecer un ancho y hondo foso a la
ciudad cristiana. Tras el Duero y sobre las rocas tajadas que bajan
verticales hasta el río se elevaban las murallas recién renovadas de
la plaza. Como hoy la cúpula y la torre catedralicias, alguna torre
cilla, construida quizás conforme al nuevo gusto que los mozárabes de
Toledo habían importado, rompería, tal vez, la chata silueta del
recinto murado.
(10) Sobre la vía romana de Emérita Augusta a Asturica Augusta que atravesaba el Duero
por Zamora véanse: Saavedra: Discursos, Real Academia de la Historia, Madrid, 1914,
y Blázquez: Vías romanas del Valle del Duero y Castilla la Nueva, Madrid, 1917,
págs. 15 y ss. y Vías Romanas de Botoa a Mérida • Mérida a Salamanca, Madrid, págs. 7-8.
— 30 —

�Desde su campamento, establecido donde se alzan hoy los arraba
les de Cabañales, de Pinilla y de San Frontis (11), el supuesto Mahdí,
tuvo el penúltimo de sus gestos solemnes. Ahmad escribió a Alfonso
una arrogante carta, que llegó a ser famosa y que se recitaba luego
en las fronteras musulmanas. El hijo de el Cato invitaba al rey cris
tiano y a sus gentes a convertirse al islamismo y les amenazaba con
la muerte, si rehusaban aceptar su propuesta. ¡Inútil pero magnífico
ademán! La gacela andaluza trataba de intimidar al oso astur. Un
mensajero fue el encargado de entregar la nueva al tirano Adefonso,
de exigir de él pronta respuesta y de regresar presuroso junto al nuevo
profeta. El mensajero de Ibn Al-Qitt atravesó el Duero sin tropiezo,
ante él se abrieron las puertas de Zamora y, con las precauciones de
costumbre, fue llevado a presencia de Alfonso. Se había éste preparado
a la lucha, había congregado un gran ejército y le rodeaban algunos
de sus hijos, los infantes, y los condes y potestades de su reino. Oyeron
todos el enviado del Mahdí leer la carta insolente y audaz de eu señor
y el príncipe y sus gentes permanecieron impasibles. Pese a la reciente
introducción por los mozárabes del arte y del lujo musulmanes (12),
Alfonso y sus nobles ignoraban el árabe. Un truchimán les tradujo
en seguida las amenazas del jefe sarraceno y un rugido de cólera fue
la única respuesta que obtuvo el mensajero. Menguado de seso había
de ser aquel malvado que osaba dirigirse en tales términos a Alfonso,
el gran caudillo y el gran rey, que había vencido muchas veces a los
generales islamitas, que había conquistado muchedumbre de plazas
y castillos, que había pactado de poder a poder con los imanes an
daluces y que había llevado la raya de su reino hasta más allá del
Mondego, del Duero y del Pisuerga. El rey astur y sus magnates se
lanzaron furiosos hacia las puertas de Zamora dispuestos a castigar
la afrentosa insolencia. Alfonso, colocó sus jinetes en vanguardia, el
Mahdí colocó los suyos en la primera línea y, de este modo, más que
nunca hasta allí en la historia de España, se hallaron frente a frente
Europa y África. De una parte se ordenaban los nietos de los cántabros,
astures y gallegos, mezclados con los hijos de suevos y de godos, y
de la otra, no los hispanos cultos, los nuevos árabes o los viejos sirios
sino solos, abandonados a sus fuerzas, los bereberes de africana estirpe.
Desde Zamora avanzaban los herederos de la última civilización medi
terránea que los siglos habían conocido, los hijos de la iglesia cris
tiana que había venido a predicar el amor y la igualdad entre los
hombres y los viejos invasores germanos que estaban elaborando un
mundo nuevo; contra Zamora arremetían no los representantes de la
nueva cultura musulmana, los futuros maestros de los pueblos latinos
de occidente, sino una muchedumbre de toscos, fanáticos y rudos be
reberes, hostiles a toda cultura del espíritu, bárbaros detentadores del
suelo, fértil en ideas, de Hispania. Sobre la cinta de plata que los mus
limes llamaban "Río Grande" sólo un viejo y caduco puente, testigo
(11)Repito que he segnido sobre el terreno el desarrollo de la empresa relatada por
Ibn Hayyak.
(12)Véanse: Gómez-Moreno: Las Iglesias Mozárabes, Madrid 1919, y Sáhchez-Albobnoz: Es
tampas de la vida en León hace mil años. 4.a ed., Buenos Aires, 1947.
— 31 —

�pétreo de la gloria romana, se alzaba como un símbolo entre la Europa
progresiva y el África salvaje.
En el viejo puente hubo de empezar el combate. Pero estrecho
escenario para tamaña lucha, pronto las caballerías cristiana y sarra
cena se buscaron en el lecho del Duero y el río grande vio pelear
con frenesí, durante un día, a las tropas de Alfonso ben Ordoño, con
las huestes de Ahmad ben Muawiya Ibn Al-Qitt (13). En la fiera
contienda nadie consiguió aquella jornada la victoria. El ímpetu bra
vio de los soldados del Mahdí se estrelló horas y horas contra la resis
tencia rocosa de los me^ntañeses del príncipe asturiano. A unos y a
otros sorprendió peleando la lenta llegada de la noche^ tal vez uno
de esos crepúsculos de fuego de los estíos castellanos, en los que el
sol poniente se despide de nuestro puro cielo con un maravilloso juego
de luz y de color, que siembra los espíritus de adivinaciones de tra
gedia.
Con el nuevo día se reanudó la lucha. Los cristianos llevaron al
principio la peor parte en el combate. Los sarracenos consiguieron
atravesar el "Río Grande" y empezó a pelearse en la orilla derecha
donde se alza Zamora. Se elevan sobre rocas tajadas los muros de la
parte más estrecha y fuerte en que acaba la plaza, mirando al suroeste,
pero mientras frente al arrabal de Cabañales descienden verticales
hasta el Duero, a los pies de los que coronan la iglesia y el castillo
se extiende una lengua de tierra donde hoy se desparraman los barrios
de Santiago y de Olivares. Tras ella desemboca en el cauce del Duero
el arroyo que viene del bosque de Valorio. Puebla éste la entrada de un
vallecillo angosto. En medio de la llanada que rodea a Zamora forma
aquél una a modo de serpeante garganta abierta entre colinas, que
sólo en parangón con las suaves ondulaciones de la inmensa planicie
amarillenta pudieron parecer a los muslimes ásperas y difíciles (14).
Atravesado por el Mahdí el "Río Grande", la pelea se agudizó segura
mente al pie de la cerca del castillo, en la hondonada que presiden
desde el siglo XI las iglesias de San Claudio y de Santiago. Después los
islamitas empujaron de modo irresistible a las tropas de Alfonso hacia
el estrecho valle de Valorio, al otro lado de la loma y barrio de San
Lázaro. Combatidos rigurosamente por los vencedores jinetes y peones
del supuesto Mahdí, los cristianos retrocedieron a lo largo del valle.
Algunos, dando por perdida la batalla y desviándose del camino que
lleva hacia Zamora, huyeron veloces varias millas hacia el Norte; mu
chos murieron peleando en la angostura y otros cayeron prisioneros
en ella; pero los más siguieron probablemente resistiendo junto a
Alfonso hasta que cambió la suerte de las armas.
Zual ben Yaix había combatido bajo los estandartes de la hueste
de Ahmad y con sus tropas se hallaba en la vanguardia de las tropas
bereberes. El triunfo del supuesto profeta renovó sus recelos, platicó
con sus íntimos sobre los peligros que de la victoria podían deducirse
(13)Las fotografías que acompañan a estas páginas acreditan la posibilidad de que se com
batiera en el lecho del río.
(14)No encuentro otra plausible reducción geográfica del abrupto valle de que da no
ticia hiperbólica el relato musulmán.
— 32 —

�����para ellos, y juntos decidieron abandonar el campo con sus tropas para
atenuar el éxito o trocarle en derrota. Zual ben Yaix y sus amigos
cumplieron sus acuerdos sin demora, volvieron grupas a sus bestias
y, acompañados en su fuga de parte de sus hombres, procuraron
arrastrar tras ellos el mayor número posible de soldados. Algunos les
siguieron en efecto hasta el campamento donde había comenzado la
batalla, recogieron en él sus tiendas y bagajes y continuaron su mar
cha hacia el Guadiana. La inmensa mayoría del ejército prosiguió,
sin embargo, peleando con los politeístas; mas éstos pronto se dieron
cuenta de la maniobra de Zual y los suyos y al punto comenzaron una
enérgica reacción ofensiva. Aprovechando el desconcierto que la huida
del grupo de traidores hubo de producir en un sector al menos de la
hueste islamita, los peones y jinetes cristianos la acometieron con
mayor esperanza y con mayores bríos, y.fué tal el empuje de la contra
ofensiva que comenzó a ceder el frente, sarraceno. Alfonso y sus sol
dados arreciaron entonces en su ataque y al cabo consiguieron obligar
al Mahdí á retirarse hacia el angosto valle de Valorio y a repasarle,
luego. Perseguidos de cerca por quienes tenían por idólatras, huyeron
los islamitas hasta el Duero, le cruzaron y, al alcanzar sus tiendas, reac
cionaron, creyéndose salvados, pues no esperaban que los cristianos
osaran pasar el "Río Grande" después de un combate tan largo y tan
sangriento. Pero Alfonso y sus tropas no cejaron en su ataque, y se
lanzaron tras la retaguardia sarracena, para no dar sosiego al enemigo.
Los musulmanes intentaron al punto impedirles que cruzaran el Duero
pero fueron vencidos, y los cristianos les siguieron hasta sus campa
mentos y en ellos les combatieron con denuedo, mientras la obscuridad
no acudió en su socorro y no forzó a los politeístas a retirarse hacia
Zamora.
Durante aquella noche muchos muslimes abandonaron al fingido
Mahdí y, convencidos del fracaso de la empresa, se pusieron en salvo.
Pero Ahmad ben Muawiya llamado Ibn Al-Qitt, conservaba aun su
prestigio profético para la mayoría y, con las últimas ficcifones y los
postreros augurios de victoria, consiguió todavía retener a su lado a
muchedumbre de ellos. Con la aurora llegaron los cristianos otra vez
a acometer a los mahometanos y aún sopló a su favor el huracán
de la victoria. Mientras el sol alumbró a los ejércitos prosiguió la
refriega, mas al caer la tarde flaquearon las fuerzas sarracenas
y Alfonso, viendo ya ganada la contienda, quiso rematar, de modo
señalado, el triunfo con tanto esfuerzo conseguido. Cuando llegó
la noche, no se acogió como las precedentes al refugio seguro de
Zamora. Durante las tinieblas podían huir los enemigos y escapar de
esta forma a la venganza de su espada. Para evitarlo, seguro de su
fuerza y sin temor a sorpresas y emboscadas, pernoctó con su ejército
bajo el cielo estrellado y puso cerco al campamento sarraceno. En
vigilia constante transcurrieron las horas, cuantos muslimes intentaron
huir aquella noche cayeron en poder de los cristianos y, al alumbrar
el alba, Alfonso renovó su acometida a las huestes del pretendiente
astrólogo y profeta. Comprendió este que no había ya salvación posible
para él, que le aguardaba el cautiverio sino sucumbía en el combate
— 33 —

�y tuvo el último y más bello de sus gestos solemnes. El hijo de "El
Gato" supo morir con heroísmo. Montó en su potro, le espoleó con
fuerza, se lanzó a rienda suelta contra las filas de los politeístas y se
batió con bríos hasta perder la vida. Junto a él, y como él, cayeron
peleando, acerados y heroicos, sus más fieles devotos. La matanza de
muslimes fue entonces espantosa, el rey astur conquistó y entró a saco
el campamento sarraceno y la cabeza del supuesto Mahdí, clavada
sobre la puerta de Zamora, pregonó muda su victoria.
Con mueca trágica y sangrienta, los despojos de Ahmad Ibn AlQitt anunciaron también el engaño de Abú Ali Al-Sarrach. Un necio
propicio a ser juguete suyo podía exaltar con falsos prodigios a las
masas y hasta saber morir con heroísmo, pero no podía vencer al
monarca gallego. Con solo fan^tismo no puede derrotarse a tropas
regulares y menos si son también fanáticas; y el falso asceta, el guar
nicionero Abú Ali había olvidado que, si los bereberes eran creyentes
fervorosos, y guerreros fortísimos, los soldados de Alfonso se hallaban
igualmente encendidos de devoción por sus creencias, eran no menos
bravos, y disponían de un caudillo diestro y decidido, audaz e inteli
gente, gran general y gran lector, que luchaba no por afán de medro
sino consciente de la grandeza de su obra de restauración de la España
cristiana y rodeado en ella del entusiasmo de su pueblo. La difícil
victoria conseguida aseguró en el Duero por medio siglo la frontera
y permitió que al norte de su mansa corriente prosiguiera el rápido
fraguar de la sociedad y del reino de León y con ellos el fraguar de
la porción más vital de la España europea.
El más temible ejército que había acometido al reino de Asturias
en sus dos siglos de existencia había sido vencido, deshecho, aniquila
do. El día de Zamora, como llamaron los musulmanes durante muchos
años al desastre, fue el más grandioso triunfo logrado por Alfonso en
su largo reinado. No se ocultaron las proporciones del fracaso a los
muslimes. Sus crónicas le confesaron en sus páginas, sus historiadores
intentaron explicarlo como resultado de la traición de Zual ben Yaix,
el mundo oriental le superpuso en una turbia imagen al día de
Simancas (15), en los finos pliegues de la memoria sarracena perduró
erguida la viva silueta de Zamora, a su alrededor surgió muy pronto
la leyenda y a las generaciones musulmanas se trasmitió el recuerdo
de la ciudad cercada por siete fosos y por siete murallas, ante las que
en efecto, se había roto el fiero ímpetu de los bereberes del Tajo
y del Guadiana el 12 de julio del año 901 de la era cristiana, 288 de
la Héjira.

(15) El Mas'udi en sus Praderas de Oro (Trad. Barbier de Meynard, I, pág. 363), supone
a Abd al-Rahman III atacando Zamora en su campaña de Simancas del 939 y perdiendo
en los fosos de la ciudad hasta cincuenta mil hombres.
— 34 —

�APÉNDICE
Fin del relato de Ibn Hayyán sobre la empresa de Zamora (*)
Traducción de MELCHOR M. ANTVÑA t
Dice 'Isa ben Ahmad: He encontrado en un autógrafo del califa
Al-Hakam Al-Mustansir Billah con referencia a este Ibn Al-Qitt que
se rebeló contra el padre de su abuelo, el emir 'Abd Allah, lo siguiente.
Refirióme el cadi^Mundir IJen Sa'id que abandonó Córdoba este Ibn
Al-Qitt movido por una doctrina en virtud de la que aspiraba al trono
y se alojó con nosotros, y su potro, en casa de un primo mío, pero sin
dársele a conocer ni mentarle nada. Salió después y se estableció en
Nefza con los Banu Raxid a orillas del Guadiana. Entre ellos perma
neció durante algunos meses. Les manifestó el asunto que traía entre
manos y escribió a las gentes de los alrededores invitándolos a sumár
sele, haciéndoles brillantes promesas y excitando su codicia, hasta el
punto de que aceptaron su propuesta los habitantes de aquella región
y fueron a unirse a él una multitud de ellos. Se creció así hasta enviar
misivas a los moradores de Mérida, Badajoz y Toledo y a los de esta
frontera, los que acudieron con prontitud, llegando a ser tan crecido
el número de sus partidarios que no se sabe de ninguno a quien se
haya unido tan considerable contigente. Se internó en la ciudad de
Zamora que es de las primeras de la Chaliqiya y habiendo atacado
al enemigo lo derrotó en el primer encuentro. Pero después le hizo
traición la gente de esta frontera; mientras él atacaba al enemigo le
abandonaron los soldados y habiéndose concentrado las fuerzas ene
migas contra él, cayeron sobre los que le quedaban y fueron muertos
él y hasta el último de los suyos. Había ocupado este personaje en
el ánimo de sus partidarios un puesto de gran distinción. Me ha refe
rido mi tío, testigo presencial de la expedición, que cuando ordenaba
sus huestes en orden de batalla les hacía observaciones y si veía que
había algún hueco en alguna de sus filas indicaba que lo llenaran y
se volvía a su sitio. Sus órdenes eran ejecutadas sin replicar, dice, y
me contó uno de los habitantes de Muneza: A raíz de la partida del
pretendiente Ibn Al-Qitt se nos presentó un hombre vestido de lana,
caballero en un pollino y calzado de esparto; le preguntamos: "Quién
eres tú? Séate Alá misericordioso", y contestó: "Soy Abú Ali AlSarrach", hirió luego el lomo de su jumento y se encaminó hacia la
parte de Córdoba. Su mismo deseo le perjudicó. Dice 'Isa: Muhámmad ben Hixam, apodado el Gato, era abuelo
de este rebelde Ahmad, hermoso de rostro. De él dijo Ibn Abi Ayub:
"Cosa la más peregrina que jamás se oyó: dicen que una gacela tiene
por padre a un gato. Oh, Señor mío, te han ceñido la espada, pero
te caerían mejor unos pendientes y un mirt". De Muman el poeta
(*) Signe en el Muqtabis a los pasajes coya versión inédita del mismo Melchor Antitña
he reproducido en La España musulmana según los autores islamitas y cristianos
medievales, I, págs. 248-253.
— 35 —

�es la siguiente composición en la que halaga a Ibn Al-Qitt, dirigiendo
la palabra a Mansur el Maganí: "Decid a Mansur Abú Nasir: por el
plectro y por la cuerda, ¿es que no has juzgado hoy al hijo del apo
dado Gato superior* a la luna llena? Ninguna criatura mejor que él
ha creado el Dios clemente. ¡Oh Abú Nasir! ¿No es por él por quien
la tribu de Quraix ha dado las diez vueltas en torno a la Caaba en
su tiempo? Como si en sus ojos tuviera (fuego) produce encanta
miento cuando mira.
Hace mención Mu'awiya ben Hixam, el Sapientia, de este Ibn AlQitt en su "Libro que trata de las Genealogías" y dice: Este Abu-1Qasim Ahínad ben Mu'awiya ben Hixam ben Mu'awiya, hijo del emir
Hixam hijo de Abd Al-Rahman ben Mu'awiya era del número de los
que se aplicaban a la ciencia, al estudio de la astrología y al conoci
miento de la astronomía. Estaba dotado, además, de un espíritu
pronto y dispuesto. Se levantó en tiempos del emir 'Abd Allah ben
Muhammad cuando reapareció la guerra civil, reclamando el trono y
manifestando el pensamiento y deseo ardiente de hacer la guerra santa.
Marchó por tierras del centro, recorrió los distritos habitados por
bereberes, mostrándoles la austeridad e invitándolos a la guerra santa
contra los infieles. Gran multitud de bereberes del centro y del occi
dente, de Toledo y Talavera, acudieron a agruparse en torno de él.
Con ellos penetró en Chaliqiya dirigiéndose a la ciudad de Zamora,
a ella perteneciente. Sucedía esto el año 88 y ocupaba el solio de la
Chaliqiya a la sazón Adefonso, hijo de Ordoño. A este monarca y a
los cristianos que se le habían unido puso sitio en Zamora durante
tres días, pero luego desertaron los jefes bereberes y le abandonaron.
No obstante él persistió firme en el ataque al tirano acompañado de
los valientes que le quedaron, hasta que fue muerto al cuarto día y sus
soldados fueron exterminados, excepto unos pocos que le sobrevivie
ron. Dice que era este Ahmad un hombre superior en mérito entre la
gente de bien y de bello aspecto.

— 36 —

�ESTUDIOS EN TORNO AL ORIGEN DEL ESTADO ORIENTAL
(Trabajos del curso de investigación que sobre el tema desarrolló el profesor
Edmundo M. ISarancio en la F. de Humanidades y Ciencias durante el año 1946).

ADVERTENCIA
Cuando en 1945, desempeñamos por iniciativa del Dr. Eduardo
Acevedo —que nos otorgó entonces, como todavía hoy lo hace, su más
decidido apoyo por nuestros trabajos históricos— una misión en los
archivos de Buenos Aires, para la fijación de fuentes de interés para
la historia de Artigas, pudimos compulsar en el Archivo General de
la Nación de esa ciudad una serie de probanzas que autorizaban
pensar la posibilidad de que el armisticio de octubre de 1811 fir
mado entre Buenos Aires y -Montevideo, al dejar al pueblo oriental
librado a sí mismo y determinar las primeras reuniones de orientales,
había dado origen al estado oriental. Con esta idea corroborada por
algunas fuentes editas, abordamos en el año 1946, en un curso de la
Facultad de Humanidades y Ciencias, el estudio del tema, con el firme
propósito de realizar los trabajos sin que pesara en nuestro criterio,
ninguna idea a priori a la cual tuviéramos luego que acomodar los
datos procedentes de la investigación. Este género de procedimientos
no arraiga con nuestra particulares convicciones sobre la historia como
disciplina científica. .
Las indagaciones se proyectaron pues, con el ánimo dirigido a
estar con todo rigor a lo que de ellos resultara, — exponiendo las
fuentes, procediendo a su análisis y sacando las conclusiones a que ra
zonablemente pudiera llegarse. — Con ello se pretendió también, dar
a los alumnos del curso, una enseñanza sobre métodos. En base a
estas directivas se iniciaron, por los estudiantes del curso, varios tra
bajos, algunos de ellos se terminaron, otros quedaron inconclusos, no
por falta de capacidad o voluntad de los autores, sino por otras ra
zones, que no son del caso consignar pero a la que no es ajena la
carencia de espíritu de colaboración que se halló en los encargados
de custodiar materUdes cuya consulta era necesaria.
Por ello se publican por ahora, luego de pacientes investigaciones
en repositorios nacionales y extranjeros, bajo el título de "Estudios
en torno al origen del Estado oriental", tres trabajos que componen
una serie orgánica.
El primero se refiere a las relaciones entre Montevideo y Buenos
— 37 —

�Aires durante el último virreinato que culminaron con el armisticio
de octubre.
El segundo es un breve capítulo sobre las primeras asambleas de
orientales del que, por su jerarquía se ha omitido, el examen de la
doctrina que más adelante explicó y justificó la formación del estado
oriental en la última de ellas, lo cual se hace en el tercer trabajo.
Se constituye éste por la versión de las clases dictadas durante el
curso de 1946, modificadas solamente con el fruto de investigaciones
realizadas^ en su parte final y provista del aparato erudito pertinente.
Al darla a la imprenta no se ha querido variar fundamentalmente
el estilo para no quitar a la exposición su carácter docente, aspecto de
ella que nos interesa evidenciar.
Deseamos por último, que quede constancia de nuestro agradeci
miento por las facilidades que se nos dieron en el Archivo General
de la Nación Argentina de Buenos Aires, y en el de Montevideo.

E. M. N.

— 38 —

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              <text>Durante medio siglo había resistido Alfonso II el Casto las más feroces acometidas de los ejércitos musulmanes en las abruptas montañas de Asturias, Alava, Castilla y Galicia. Vencido a veces y a veces vencedor,  había  al cabo  conseguido  salvar  la  independencia  de  su reino, que se extendía  a la sazón  a lo largo  de la costa cantábrica,  apoyado en el mar y con la cordillera cántabro-pirenaica  a guisa de muralla. Poco después de su  muerte  (842)  Ramiro y Ordoño fortificaron algunas plazas al sur de los montes, para proteger los posibles caminos de acceso al embrión de España, todavía serrano. Hasta el año 883 fueron las nuevas fronteras del reino  de Asturias repetidamente atacadas por  las huestes  sarracenas. Pero la anarquía  que estalló en el  Al-Andalus  en  los  últimos  decenios  del  siglo  IX  permitió   a Alfonso III defender la raya  del Mondego,  del Duero y del Arlanza y ocupar  y colonizar  las tierras situadas al norte  de esa línea fronteriza.</text>
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