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política internacional e ideologías
en el uruguay

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Universidad de la República ^
- '307PQ^ Facultad de Humanidades y Ciencias
OC!^\J ^ODepartamento de Historia Americana;

•/

�33 •-/. Y'~/

UNIVERSIDAD DE LA REPÚBLICA
Facultad de Humanidades y Ciencias
Departamento de Historia Americana

Carlos Real de Azúa

política internacional e ideologías
en el uruguay

cA

t

I

327.895 REA pol
Política internacional e ideol

•FHCE/1555^6*

Tomado de:
Marcha, Montevideo, julio 17 de 1959.

155546

��Un examen de nuestra conducta internacional en los vein
te años en c^ue MARCHA se ha publicado, no se puede reducir,
como es obvio, a una escueta mención de las medidas concre
tas que el país durante ese lapso, y por intermedio de sus
órganos especializados adoptó. No debería reducirse tampoco
a un retrospecto de ese algo más vago que fueron sus acti
tudes, sus proposiciones, su conducta, en fin. Una exposieción cabal de política exterior tiene que tomar en cuenta
también las corrientes de ideas que la animaron, los hom
br^s qu^ ia cUi^pjuj.cj.-Oii, ios grupos de presión que la influ

yeron, la coyuntura internacional en que se insertó, la si
tuación propia nacional que, leal o dolosamente entendida,
constituyó de algún modo su punto de partida.
Tantos elementos desbordan, como es evidente, todas las
dimensiones posibles de un panorama. Quede constancia, por
lo menos, de la atención que debieron merecer los puntos de
nunciados. Quede constancia, especialmente, de la necesi
dad urgente de analizar en todos sus niveles, en todas sus
variedades,que no son pocas, esas dos posturas que se dis
putan en la actualidad el pensamiento uruguayo sobre el
mundo y sobre nuestra conducta en el. Son, como es obvio,
el Tercerismo y esa corriente que cabe llamar el Neoliberalismo conservador panamericano, de creciente vigencia. Las
conclusiones de una descripción de ellas tendría que condu
cirnos a ese orbe normativo que no puede ser indiferente a
ningún uruguayo auténtico. Es el de las posibilidades de
una política internacional propia, afincada en la condición
pecuiarísima del país, en sus limitaciones, en sus necesi
dades, conveniencias y deberes. Cuando MARCHA cumpla el me
dio siglo, tal vez alguien, no nosotros, realizara esa ta
rea.

Tomardo puntualmente el trecho de dos décadas, la historia
comienza con un "fortissimo".

Como a todas las demás naciones latinoamericanas, la Gue
rra Mundial II planteó a nuestra apacible existencia el de
safío más intenso que ella, por mucho tiempo, había sopor
t^ *. s .

.„ ^..

;^w l^.w ^^í.Ío su ^i-outáo y sus consecuencias

ejercieron un impacto tan profundo que todavía puede decirse^
entre sus oleadas nos movemos.

Sujeta, así, a la suerte y peripecia de nuestras vecinas
de hemisferio, el Uruguay hizo (lo consideramos indiscuti
ble) con un rasgo específico, una "nota diferencial". Y ése
rasgo específico lo constituyó el hecho de que el país se

conviertiera en la pieza más diligente de la acción políti
ca y estratégica de los Aliados en el continente.
Todo, en realidad, nos preparaba a ello; todo nos entre
naba para esa "militancia". La muy relativa entidad de las

�colonias de los países fascistas era evidente. Muy dispersa
estaba la alemana, que recién ganaba posiciones en el campo
comercial al compás de muy cortos años de auge. Bastante
numerosa y vocinglera la italiana en los tiempos de las vicv
torias pírricas de Abisinia, se mostró remisa cuando tuvo
que jugarse en una coyuntura a la que su connatural tradi—
ción ideológica liberal, garibaldina o masónica, repugnaba.
Cuantiosa la española, habíase alineado la mayoría,desde años antes, del lado republicano. Entre los sectores urugua
yos, el""nacionalismo histórico y político encontró su posi
ción mayoritaria en torno a una actitud que en otra parte
de este artículo se analiza. La falta de núcleos naciona
listas doctrinarios de tipo filofascistas, como tan numero
sos los había en la Argentina, dio con escasez la postura
de los que apostaron resueltamente, ya por devoción, ya por
cálculo, a la carta del Eje. Menos pudo darse, dentro de
ellos la duplicidad de los que adherían al Eje por creer
que portaba algún modo de organización positivo y la de aquellos que lo hacían por pensar que su triunfo importaba
la franquía a la liquidación de esos imperialismos occiden
tales en cuya área nos desenvolvíanos.
No deben eludirse tampoco de este registro, las constan
tes más profundas que representaban el decidido filoyankismo del ba'tllismo y la acentuada anglofilia de diversas va
riedades del sector blanco. Menos puede eludirse esa cons
tante más honda qae significa la sucesiva impreganación uru
g^aya de ideologías de tipo moderno y "progresivo51: iluminisino liberal de la independencia -0 individualismo liberalromántico de la segunda mitad del siglo pasado^ ideología
radical-democrática de masas del período batllista^ mesianismo social de la primera postguerra y pronunciado ejerci
cio de los temas de la "década rosada".
No debe omitirse, por fin, la poderosa acción compulsiva
de las propagandas aliadas, concentradas y reiteradas has
ta un extremo que el país todavía no había conocido. Vistas
en perspectiva, resulta evidente que significaron la prime
ra 'instancia del presente proceso mundial de masificación
de la opinión pública con sus secuelas de intimidación, es
tribillos y dualismos tajantes (y a menudo puramente verba
les).
Las medidas concretas tomadas fueron al principio modes
tas. El 5 de setiembre de 1939 el Presidente Baldonar y el
canciller Guani dictaron el decreto de neutralidad del país.
En 19 40 hubo medidas de adhesión respecto a la administra
ción estadounidense de colonias americanas de los países
europeos invadidos. Cuando el acorazado "Graf Spec" vino a
terminar su carrera frente a nuestras costas en diciembre
de 193 9 (sus marinos fueron internados en febrero de 1940)
la neutralidad uruguaya no fue óbice para que ocho años
después (apareció en los diarios el 11 de agosto de 1947)
el embajador inglés Gordon Vereker agradeciera a Guani las J

�r medidas tomadas por el .Gobierno de la.República en una car
ta efusiva y consagratoria. Pero el dramático episodio del
"Spee" sirvió sobre todo de espolazo a una convicción tan
auténtica como inusitada. Era la convicción de que la gue-•
rra, tangible, física, podía llegar "hasta aquí". Esta con
vicción, nacida de un incidente bélico accidental no era ne
cesaria para que en ciertos medios decisivos se hubiera pla
neado, desde el principie de la guerra, la radiación uru
guaya de ciertos proyectos de defensa hemisférica. Pero es
evidente que los estimuló, que los facilitó.
-? En 1940, la entrevista de los cancilleres del Plata, Ro-r^
ca y Guani,fue un intercambio^de^anhelos:" los sectores mi
litares neutralistas dominaban en Buenos Aires la máquina
política y solo quedaba el Uruguay como carta manejable.
Es en ese momento que empieza a rondar el aire la obliga
ión uruguaya de poseer bases aeronavales que hicieran po
sible la mejor custodia"estratégica de esta porción, creientemente importante, del Atlántico Sur. El Senado uru-;^
guayo dio un voto de repudio a las tratativas de Guani y
a la idea de las bases aeronavales el 2 2 de noviembre de'
1940 y fue en esa coyuntura que Haedo vivió (es probable)
el momento más intenso y eleocuente de su carrera. El voto
del Senado no detuvo los planes que prosiguieron en 1942
y reaparecienron en 1944 bajo la fórmula de púdicas cláysul/as de construcción de obras públicas en un empréstito ^
que Guani terminaba de negociar con Washington. La forma- ,
cióVjie bases y aeropuertos en Carrasco y Laguna de Sauce i
(más la carretera de acceso a ellos) aspiraba a ser el pri
mer paso de un proyecto que nos convertiría en "el Gibral-^
tar del Río de la Plata". Honroso destino imperial. Tam- J
bien una alianza con Brasil "contra toda agresión" apreta
ría más aún los lazos de nuestra seguridad.
En 1942 se habían adquirida armamentos, pero también el
entrenamiento militar-nacional debía completar el nuevo equipo defensivo. En^L943 un proyecto de Servicio Militar
Obligatorio corrió úh*'largo calvario de restas que lo dejó
a la larga convertido en la/institución voluntaria del Cen-/
tro de Oficiales de Reserva." ¿Jero tamhién, desde ese enton
ces, una creciente proporción del personal militar comple- .'
tara en los Estados Unidos su mejorable formación uruguaya.

El 18 de junio de 1940 se promulgó la ley (9.936) de "Aso.eiaciones Ilícitas". Ho comienza con ella una cavilosa vigi
lancia interior que juega a las escondidas con eppías y cons
piraciones. Una compleja confabulación alemana fue descu
bierta: tenía por fin convertir a la República en una colo
nia campesina alemana^ su instrumento de movilidad había dé"
ser el ciclistico, su factor más notorio resultp ser utlJEq^
tográfo paranoico y ocupó durante varios años a nuestra jus-'
ticia. Una realidad mucho más seria: "las listas negras"
obtuvo una indiscutida vigencia nacional. No faltó algüh
internacionalista ventripotente para fundar sesudamente una

�4
discriminación (y poco menos que para convertirla en ley de
la República) que podía decretar, de un día para otro,la rui_
na o la prosperidad de extensos sectroEes del trabajo nacio
nal. Una discriminación regulada de acuerdo, a un procedi
miento expeditivo de justicia secreta^ una discriminación
diligenciada por anónimas, e inapelables, oficinas extran
jeras. Estos úkases congregaron cuantiosos intereses en su
torno y no podía ser de otra manera. Al terminar la guerra,
entre los fenómenos nuevos que el país ofrecía, se daba el
de un séquito rápidamente enriquecido de representantes,
grandes aDogados, despachantes y varíadisimos agentes. Él
sector típico de "la burguesía compradora^ de que los marxistas hablan, había duplicado su fuerza y pesaría hasta
hoy, en la economía del país con un impacto que antes esta
ba lejos de poseer.
Los uruguayos, mientras tanto, fueron divididos en "nazis"
y "antinazis1', "demócratas" y "totalitarios" y esto no so
lo al tenor de sus convicciones reales respecto al conflic
to mundial sino también al otro, (y a veces no asimilable)
de su reacción ante tantas cosas que en el entorno aconte
cían.

Dijo Quijano alguna vez • i!Mazi"y"fascista 'fueron vocablos
utilizados en las peleas de campanario para abatir al ene
migo. Una opinión que incomodaba era nazi para los gobernan
tes quisquillosos. Un adversario temible era nazi para sus
contendores ..." Todo el pasado inmediato fue olvidado y en
largos^ ciclos orales o escritos (hubo uno, de "Itinerario y
Dimensión de la Democracia" que resultó extensísimo) fue
ron ungidos de redefinidores del Régimen los ex-dictatoriales y algún "gaucho" embajador vecino. La intervención en
todos los aspectos de la vida nacional de los representan

tes diplomáticos de los países beligerantes siguió un esti
lo variable según fuera el temperamento de los investidos.
Fue así discreta o desembozada, reservada o ubicua; entre
1939 y 1942, por caso, algún ministro británico de pintores
ca traza y afable recuerdo pudo darle a esta intervención,
entre el aplauso y aún la beatitud de la mayoría, contornos
casi virreinales.

Pero todo qsto es ya anécdota y lo importante ocurre reaLmente en 1941. En julio de ese año, la cancillería uruguaya:
consulta a sus similares del continente para una acción co
lectiva de ayuda a cualquier nación americana que fuera agredida por una potencia extrahemisferica. El eufemismo etransparente y la eventualidad estaba cercana. Al_día si
guiente de Pearl Harbor, el 8 de diciembre de 1941,r los Ed^
tados Unidos fueron declarados potencia no-beligerante. El
decreto invocaba la resolución de Lima de diciembre de 19 38
estableciendo la asistencia recíproca entre los estados a-

�mericanos en caso de ataque a uno de ellos. También invoca- .

balas disposiciones análogas de la segunda Reunión Consul
tiva de .Cancilleres ^mericanos de La habana en 19^0.
Estas "reuniones de consulta", de las cuales la primera
se realizó en Panamá en 1939, a raíz del estallido de la
guerra y la tercera lo haría en Río de Janeiro poco después
de este documento (en enero de 1942), se revelaron un efi
ciente instrumento de coordinación política y propagandís
tica y el progresivo endurecimiento de la línea aliada y
panamericana, que el Uruguay siguió desde entonces con cre
ciente disciplina, tuvo en ellas su voz de orden.
n
Por de pronto, la República rompe sus relaciones diplo- 1
máticas y financieras con el Eje el 25 de enero de 1942.
!
Presente y anuente en todo, declara el 14 de febrero de ese V
año la no-beligerancia de Inglaterra, Polonia y Holanda&gt;
f
Participa en la Junta Ihteramericana de Defensa, creada en
Río y se plega, a través de ella a la coordinación paname- j
ricana de armamentos.y

En 1943 interrumpimos nuestras relaciones con Vichy y
las anudamos con el Comité de Argel, de Darían. Caído Mussolini, reiniciáronse en 1944, nuestras relaciones con I-;
talia. El 12 de febrero de 1945 y para facilitar nuestra \r
concurrencia a la Conferencia de San Fransisco, fundadora I
de las Naciones Unidas, declaramos el ^estado de guerra"
j
con las naciones del Eje y si tardos fuimos nos desquita- \
mos bien, pues éste no cesa para el Uruguay hasta el 8 de j
setiembre de 19 53.
Asune mayor significación que estas medidas puramente for
males, el hecho de que tenga su sede en Montevideo el Comi
té Consultivo para la Defensa Política del Continen^e crea
do a raíz de la reunión de La Habana de 1940. Bajo las ansias
protagónicas de Guani y con la eficiente colaboración de
Charles Spaeth este Comité se convirtió en un activo ins
trumento intervencionista y en una punta de lanza, sobre
todo, contra la ambigua condición boliviana y la abierta
disidencia de Argentina y Chile. Con esta arma comienza la
tenaz tentativa uruguaya por quebrar los principios de nointcrvencic^. y r^cc^r ?.:~.Lonto automático. En otra parte de

este artículo se señala algún antecedente de la doctrina Ro
dríguez barreta que es la culminación de esta línea. Es dig
no de señalarse, sin embargo, que adelantándose ya dos añes
a ella, en 1944, el núcleo dirigente uruguayo inicia el ataque a la doctrina Estrada, proponiendo consultas entre
las cancillerías americanas con el fin de aunar opiniones
en torno al reconocimiento del régimen "nazi" del bolivi
no Villaroel.
Hoy sabemos que una gran potencia y su voluntad de pode
puede usar tanto el principio de intervención como el de
no-intervención y aún prescindir de los dos. Hoy sabemos

�6

que una voluntad de poder no tiene más límite que otra equivalente o la sanción político-motal que prepara los cami
nos de esa otra voluntad de poder antagónica en un futuro
lejano o cercano.

Entretanto, y sin instrumentos jurídicos, el Uruguay mis
mo sintió los efectos marginales de una lucha a muerte. En
noviembre de 1941 se elimina a los nacionalistas de la Co
misión Investigadora de Actividades Antinacionales y cuan
do la exigencia de bases aeronavales se hace más urgente,
un puntual golpe de Estado los desalojará de la copartici
pación del poder en febrero de 19^2. El Dr. Juan Andrés
Ramírez descubriría entonces la diferencia entre los ^gol
pes malosíf y los 'golpes buenos',' pero no importa ahora si
el golpe de Estado de Baldomir que tuvo por ejecutor a un
ocasional político salteño abrió el camino a^'la democracia*^
por lo menos tal como el Dr. Ramírez la entiende. En el
contexto de los sucesos, el golpe de Estado del 21 de fe
brero de 1942, casi inmediato a la resolución .recomendando
la ruptura de las relaciones con el Eje, es una operación
de limpieza en una lejana retaguardia.
ríi el principio de intervención, ni el de no-intervención
fueron necesarios para que la situación quedara claramente
despejada ante eventualidades que, por lejanas, no dejaban
de ser posibles.
Llegados aquí, es inevitable subrayar la significación
de Alberto Guani en toda esta política. Canciller de Baldo

mir de 1938 a 1942, vicepresidente de la República de 1942
a 1946, orientador del Comité Consultivo, el melancólico
tenor de sus últimos años, su muerte relativamente recien
te, no puede obviar que razones de elegancia eludan el jui
cio de esta personalidad admirada y vilipendiada. Alma de
aguas frías en continente que bien pudiera compararse al
de algún cardenal sibarita del Renacimiento, la imaginación
de las gentes y una leyenda difusa le supuso una sonriente
y madurada sabiduría vital que no estamos en condiciones
de desmentir ni confirmar, pero, pero con la que desentona
clamorosamente la espesa, la capitosa vulgaridad de los po
cos escritos no oficiales que de él se conservan. Era posi
blemente un escéptico de todo y entre ese todo de las gran
des palabr.as a las que parecía servir. Pero era especialmen
te un escéptico de nuestras posibilidades nacionales (no
estaba, sin duda solo y no le faltaban razones) ; un escép
tico de cualquier posible destino uruguayo que no fuera for
mar en la comparsa de los poderosos. Pero ese escepticismo
tenía una fisura: era la creencia en el papel estelar que
a Alberto Guani, canciller de hierro de una desvaída y co
marcal nación del Suratlántico le cabría en la historia de
la guerra Mundial II. Penosa excepción.

�Presencia de dos corrientes

Si, como al principio se afirmaba solo examinamos a lo lar
go de la Guerra Mundial II las actitudes de la política ex
terior uruguaya, el panorama que con ellas se construya^e-.

sultaráde una ilevantable parquedad. Porque esas actitudes
tuvieron actores humanos, hombres o grupos que las impulsa
ron o resistieron, y esos actores se movieron a su vez,, mo

tanto por intereses o dictados más o menos fortuitos como
al compás de ciertas corrientes de ideas, de acción, de opiniones. Fueron esas corrientes las que más allá de una
ideología definida, dictaron u objetaron esas actitudes^
son esas corrientes las que las hacen inteligibles, signi
ficativas, materia histórica en fin.
Dos, creemos, fueron las fundamentales. La realidad es
siempre dualista y en períodos de lucha enconada lo es has
ta con furia.

La primera, que dominó por aquellos años y domina aún,
dio primero la pauta de nuestra aliadofilia pero marcócdespues también los pasos de la conducta exterior de la Repú
blica hasta hoy. Para comenzar con su configuración, podría
decirse de ella que responde al diagnóstico de íflo colora
do^ (también de lo "batllista") en su acepción de "moderno",
según ciertos diagnósticos histórico-culturales recientes.
Para ella la hechura de lo histórico es la racionalidad
universal y la forma eminente de actuación de esa raciona
lidad es la "ideolog^ia". Todo lo que viene del pasado, to
do lo que sobrenada el presente en términos de contrastes,
afinidades o intereses no investidos de su imaginaria uni
versalidad es simplemente la materia blanda que el mordien
te ideológico debe eliminar. Es indiferente que esa mate
ria sea la de afinidades históricas, geográficas o económi
cas, contrastes del mismo orden, apego a la propia entidad,
intereses contrapuestos, simpatías o adversidad de oríge
nes, lazos de vecindad.
Ocurrió que esta ideología .fue la democrático-liberal con
algunas vetas socializantes. Lo explicaba la dialéctica po
lítica de los años precedentes y la implícita filiación
doctrinaria del país. Inscripta en creencia en las ideas de
tipo iluminista, la democracia lo fue todo para esta posi
ción y no hubo teórico ad-hoc del sistema que no lo iden
tificase con todas las dimensiones posibles. Un pc^^o más
que un instrumento de control político, un poco más que una
forma de organizar el Estado, un poco más que un estilo de
convivencia social, la democracia fue convertida en una fi
losofía de la vida capaz de integrar religiones y culturas
en los moldes de una síntesis definitiva. La nacionalidad
abandonó como incómodo su lastre concreto de tierras, y
tiempo y destinos de seres vives y concretos y se identifi-

�8

có con "la idea", con la Democracia, sin más ni más.
La propaganda de la Defensa Nacional no argumento, como
es regular, la necesidad de defender el país sino la Demo
cracia contra "el totalitarismo nazi^ primero y el "totali
tarismo comunista-1 ahora. (Todavía el año pasado andaban
por las paredes carteles de ese tenor). Como la ideología ^
apostólica vive desde el presente hasta su encarnación en ¡
el futuro, todo lo que surgía del pasado o de situaciones
ya estabilizadas fue pasado por alto. La solidaridad rio- i
platense, por jemplo. Los orígenes hispano-latinos. La co- \
munidad social con la República Argentina, esa identidad
que en tantos extremos nos hace dos Estados de una sola na
ción. La peripecia común de naciones hispanoamericanas y
su condición de objetos seculares de un proceso de expan
sión imperialista protagonizado por las mismas naciones cu
yo triunfo se identificaba con el auge de la ideología. •
La corriente resistente

Según los planteos a que aludíamos, la otra corriente podría
ser identificada con el mddo temperamental y es indudable
que, si bien mientras los grupos doctorales "'antipersona
listas " de ese color se inclinaron en masa hacia la ver
tiente anterior, el sector del Partido Nacional dirigido
por Herrera la representó más efectivamente que cualquier
otro.- Tampoco, sin embargo, esa corriente dejó de señalar
su influencia en grupos bastante diversos y creo difícil
negar, por ejemplo, que marca buena parte (ya veremos con
que complementos) de la posición internacional que por años
ha sido expuesta en este semanario.
Podría . decirse de esta actitud que también es otra "ideo
logía^ y esa afirmación sería verdadera dentro del margen,
inevitable en nuestro tiempo, en que todo conjunto de po
siciones tiende a organizarse en un sistema coherente en
un orden racional. Con todo, si una ideología fuera, tam
bién su tinte "antideologista" fue inequívoco.
Porque es el caso que, enfrentada con la homogeneización
doctrinal que ^.^o anos ue ^a Guerra aparejaron, la primera

reacción de esa posición fue un instintivo descreer en las
ideologías o, por lo menos, afirmar su relativismo. Podrá
alegarse aquí que también actuaban en esa posición hombres
y ^rupos que creían en los argumentos totalitarios, y los
sostenían. Pensamos, con todo, que hoy a dos décadas de dis
tancia, resulta indiscutible que esos núcleos y esos hom
bres constituyeron algo episódico^ pensamos que las razones
concretas del enfrentamiento y la resistencia estaban más
allá de su alcance, por lo que no fueron, en lo sustancial
determinados por ellos.

�Cuando se descree en las ideologías y en este caso en
la ideología, demoliberal con todas sus contingencias, es
porque se descree en las ideas como instrumento racional de
deciüir de los sucesos y de ordenar el rumbo de la histo
ria. Pero es también . porque^se ve en las ideologías,cuales_

quiera ellas sean simples máscaras de a voluntad de poder,
simples portavoces de intereses, ya sean estos nacionales
o de clase. Tal actitud puede tener un lejano aunque cier
to abolengo maquiavéico; puede nutrirse también de las afir
maciones de Marx y de su descendencia. El sustrato de la ~~
postura uruguaya resistente parece haberse sustentado en
•

/
v

la primera vertiente y aquí np^ r^rp^-m'mos a las_^agudas ob-

seryaciones clft ^rturo Sanpay sobre la influencia de naqi
velo en Herrera. Se vio pues en la ideología democrática
incondicionada la máscara de la voluntad de poder, la deco
rada cohonestación de intereses nacionales empeñados en una
lucha a muerte por su supervivencia. En la larga polémica
de esos arios, no careció, sin embargo, de excepciones, esa
imputación monolítica a los^intereses nacionales" y la po
sición de MARCHA, agreguemos todavía, fue mucho más capaz
de discriminar entre una colectividad y JLos sectores pri
^ilegiados Que la conduceru
Como no podemos ser minuciosos, pasemos entonces a que
compensando esta descreencia en las ideologías, la posición
resistente proclamó la primacia de lo tangible, de lo pro
pio, de lo probado, de lo próximo •••'De la historia, de la
Geografía, de la Economía y hasta de la Biología. Sostuvo
"el egoísmo sagrado" de la propia entidad nacional, la
primacía de los concretos intereses uruguayos. Afirmó el ^.
valor de las afinidades de raza, de origen, de situación
geográfica, de vecinaad, de estilo de vida. Creyó que las
situaciones de preeminencia y de subordinación que vienen
dé la entraña histórica no se borran con las palabras ni
las promesas, que las contriccionés de una conciencia na
cional inquieta, los apremios del peligro y los artifugios
de la propaganda pueden suscitar.•——

/ Este conjunto de üeterminacines—eorrfiguró para esa posi;ción lo que puede llamarse ,f1o permanente'1} ¡ las líneas fir
-,'mes de un contorno naciona^^na^a^fácii de cambiar.

Cada actitud uruguaya debía sopesar para ella las exi
gencias de ese contorno y contrastarlas con aquello que pu
diera no pasar de ser pura alienación, novelería.
/" En términos nuestros, defendió entondes la solidaridad re/ gional del Río de la Plata, de lejano abolengo artiguista,
/ la identidad del destino sudamericano, los vínculos raciales
[
e históricos de lo hispánico y lo continental, la persisy tencia de los impulsos hegemónicos de los imperialismos
\ y muy especialmente del estadounidense.

\

Su descreencia en las ideologías le hizo hostil a todo
el maniqueísmo reinante, a toda discriminación mundial,

�10
continental o regional en buenos y malos, justos y repro
bos, absueltos y condenados. Se negó entonces a una divi
sión de pueblos y gobiernos de acuerdo a tales categorías,
resistiendo con todas sus fuerzas las tentativas de inter
vención que ya por vía directa, ya por la del ''no-recono
cimiento1' fueron lanzadas. Si veía en cada pueblo, (con
un respeto de raíz romántico-historicista) un desarrollo
interno incondicionado, que no podía ser objeto de juicio;
si veía lo precario de toda clasificación ideológica, es
lógico que sostuviera los que pueden ser considerados los
dos corolarios de esa actitud, esto es :1a amistad indis
criminada con todos los pueblos, naciones y regímenes co
mo norma única;el derecho de cada pueblo, en cualquier
instancia, a darse el gobierno que desea. Y si a esto se
atiende tampoco deja de ser lógico que considerara una li
mitación de ese derecho todo juicio exterior de si es real
mente cada "pueblo" el que está dando a través de su efec
tivo deseo o si se le está, simplemente, imponiendo. Pen
saba en esto, no sin lógica, que tal intervencionista, el
principio inexorable de la imposición que se quería conde.nar.

A quince o veinte años de distancia puede, tal vez juz
garse con relativa equidad el conjunto de actitudes que
hemos tratado de dibujar. Con pasajeras disidencias, el
sector nacional del herrerismo lo sostuvo con tenacidad
ejemplar y contra todas las presiones hasta el punto de
costarle su defenestración del gobierno de 19^2 y cinco
años de propaganda comunista de "Herrera a la cárcel".
Pueda decir alguien que no pertenece a ese grupo político,
que tal actitud resguardó valios^s posibilidades urugua
yas y que defendió de una homogenización masiva, rasgos
diferenciales y sustanciales corduras. Que tuvo también
sus limitacjones, sus manquedades parecen evidentes. La
misma preeminencia que lo cercano y lo experimentado tu
vo para ella, debió pagarse en peligrosas desatenciones.
La que tuvo hacia la creciente interdependencia de todos
los acontecimientos universales, hacia la ilimitada repercusici":
mos

de v^..,\.t u.;c d^ ellos sobre el orbe entero es, cree

la más grave. Estos nuevos fenómenos, siempre acele-

rados por el desarrollo técnico que empequeñece el mundo,
hicieron "pari passu", más inexcusable una actitud moral
que no nace con ellos pero a la que ellos insuflaron urgen
cia. Es la responsabilidad (se sea o no sartriano, se con
ciba diluida o brutal) por todo lo que sobre la tierra ocurre. Es el deber del juicio en el que, por lo menos, es
ta responsabilidad tiene que expedirse. Un juicio ineludi
ble, aunque no sea estentóreo, ni seatajante (como es el
uso nacional y por el contrario conozca la prudemci^, las
cautelas de una buena información despreju^'^iada, la com-

�11
plejidad peligrosa de todo hecho humano. La frase de Herre
ra, "allá lejos, los amarillos y los rubios del ^orte" en
ocasión de Pearl Harbor podría valer por expresión máxima
de esta postura. Le hizo mucho mal a Herrera y fue una fra
se infortunada. Pero formaba parte de una posición. De una
posición más coherente de lo que se veía por entonces y
que no era sostenida, era el caso del emisor, por alguien^
que fuera un antiestadounidense apostólico y menos muchísi^
mo menos un antibritanico del mismo cariz.
En la neta diferenciación entre lo que es permanente y lo
que es accidental en la política internacional de un país,
podría rastrearse hasta su más hondo calado ese tipo de
compromiso entre historicismo y "naturaleza" que es rasgo
de muchos estilos de pensamiento. Pero también cabe pen
sar de esa distinción que no toma bastante en cuenta la
movilidad esencial de lo histoÜxo la capacidad de invención
de creación, de libertad en suma, que la historia posee.
Si se descartan esta movilidad y esta libertad es falta
que las ^relaciones entre naciones y cada nación misma cua
jen en una inamovible significación que las identifica(por
debajo de la historia de sus clases, sus intereses y sus
ideales) con tal o cual valor, sean ellos la Rapiña, la
Libertad, la Cultura, la Democracia o la Fe. Si se prescin
de de esa capacidad de invención de la historia, las mis
mas variantes torrenciales que la técnica impone pueden
pasar a nuestro lado sin que seamos capaces de verlas. La

solidaridad del Plata, por ejemplo, un argumento rector
de aquella postura, p3^nteada en los términos relativamen
te inmutables de la estrategia terrestre y naval que corre
desde la vuelta de Obligado hasta la batalla de Punta del
Este puede ser totalmente pasible de revisión en una es
trategia mundial de armas teledirigidas.
Un estilo internacional

A la distancia de estos tres lustros, a^arece con espe
cial relieve que si la inclinación del pais,sus convenien
cias y su misma subsistencia le llevaban a embanderarse del
lado de las Naciones Aliadas, el lujo de gestos y medios
compulsivos que para ello se empleó no obedecía a razones
de contralor interno de la opinión pública sino a muy otras
razones. Porque si los núcleos resistentes a tal regimentación se hallaban dispersos y ninguno coincidía con las
llamadas "fuerzas armadas" (única •&gt; área medianamente pe
ligrosa) no puede dejarse de pensar que el blanco a que se
apuntaba estaba más allá de las fronteras del país. No nos
parece dudoso que haber querido (y sin duda conseguido)
cargar al Uruguay con un suplemento, aparentemente innece-

�13
contundentes e irreplicables cuanto hubiera sido incapaz
de enfrentar, a cuerpo limpio el país, mano a mano, las
consecuencias de muchos de sus gestos.
El ir^nico 1 pera t i/o del "animemos nos y vayan"pudiera
aplicarse también a muchas de aquellas denuncias, a mu
chos dé aquellos proyectos. Con un puritanismo democrá
tico bronco y peleador, enjuiciamos gobiernos vecinos de
naciones amigas y si no decimos gobiernos amigos de na
ciones vecinas resulta claro que la prudencia elemental
de una nación pequeña y débil obligaba a la sinonimia.
Con el mismo puritanismo rotulamos con etiqueta ilevantable gobiernos, personas y procesos. Y también aquí es
tábamos seguros de tales actitudes y sabíamos que un po
der sin contrapeso nos tutelaba. Ante una de estas cir
cunstancias dijo Quijano alguna vez i "Si bien nuestra
pequenez puede evitarnos que la imprudencia frivola ten
ga respuesta, ninguna condición nos exime del ridículo".
Hace casi un siglo, en su clase inaugural del curso de
Derecho de Gentes, Alejandro Magariños Cervantes había
enunciado una de las normas que rigieron más tarde nues
tra conducta internacional. "Débiles como somos, no nos
queda otro baluarte que el larecho Internacional". Pe^o el
Derecho
Internacional en que Magariños pensaba era en
tonces un conjunto estable de normas detras de las cuales
nuestra discreción podría permitirnos vivir. Ahora ocu
rría otra cosa muy distinta y es que en los tiempos re
volucionarios en que entrábamos queríamos esgrimir un De
recho Internacional que se estaba inventando como instru
mento de nuestra proyección en el mundo, como trampolín •
de nuestras ansias ilimitadas de figuaración.
Confiamos que ese Derecho y la instauración democráti
ca que la guerra traería cubriría con su eficacia y com
pensaría ampliamente nuestro desdén de las solidaridades
históricas, nuestra indiferencia a las afinidades geográ
ficas., nuestras infracciones a esas razones de estilo que
imponen conducta mesurada a una nación corporalmente en
deble y a esas razones de elegancia que exigen que las
grandes potencias saquen las castañas con su mano y no
con ^as ajenas, y al parecer oficiosas, de las que forman
en s&gt;u séquito.
Cuando vinieron tiempos más apacibles, algunas proclivi
dades se borraron.

:

El puritanismo intervencionista se desvaneció pero no
faltó, en su reemplazo, la beligerancia decidida en proble
mas complejos y lejanos. El advenimiento del Estado de Is
rael, en 19^8, despertó una sistemática adhesión a los pos
tulados sionistas y una hostilidad, apenas disimulada, al
despertar de los pueblos árabes. Nuestro oneroso delegado
permanente en la O.N.U. encarnó esta posición y la sigue
encarnando. Y aunque es indudable que tal postura contaba

�con las extensas simpatías que la tenacidad y la fe de Is
rael son capaces de sucitar por sí solas, es indudable tam
bién que un factor nuevo, el electoral-interno, pesaba de^cisivamente en tal conducta. Las elecciones de 19 50 marca
ron el ápice de la maniobra que, felizmente, se fue embo
tando más tarde cuando la colectividad hebrea demostró,
con mejor sentido que sus aduladores, que su complejidad
ideológica la hacía reacia a ser arrebañada en una sola
dirección.
También quedó nuestro incontenible deseo aldeano de lla
mar la atención en las capitales. Cuando en 1946, pese a
ser país que había visto la guerra de lejos, objetamos la
aplicación de la pena de muerte para los juicios de Nurember y distrajimos a las ^aciones Unidas repitiendo la carv
tilla archisabida y pedantesca de los argumentos contra ;
ella: cuando en 19 57 el Sr. Tejera conmovió al mismo orga
nismo repitiendo esos argumentos con motivo de la simpáti
ca Laika, era ese "ego" uruguayo, madurado a través de una
década de represiones el que encontraba a través de esos
episodios, tan inocuos como grotescos, su des'anogo. Pues
eran, en realidad, desahogos.
Porque, cuando terminó la Guerra, creíamos que nuestra
violenta aunque incruenta beligerancia nos haría acreedo- .
res al reconocimiento emocionado de los vencedores. Pensa
mos que seríamos algo así como una Varsovia o una LÍcide
vivitas, manuable y recompensable. Supimos que Churchill
y Attlee, Truman o Eisenhower mirarían enternecidos hacia
el Sur y pensarían que allí tenían un país democrático, un
país de confianza, un país a mimar.
Bastante abismal fue la desilusión cuando vimos que &gt;&gt;a-

quella beligerancia [no se traducuíat[de emisión localy en
otras admiraciones que aquellas, que trascienden del len
guaje prefabricado de visitiantes o embajadores. Grande
fue también la desilusión cuando vimos que las naciones cu
ya cuarentena habíamos buscado, ocupaban mucho antes que
nosotros los puestos más visibles de los nuevos organis
mos internacionales• Tuvimos un juez en la Corte Interna
cional de Justicia y le dimos un Secretario a la burocra
cia ambigua y onerosa de la Ü.E.A. Poco mas.
Y cuando, durante el año pasado, el cacique nativo que
nos desgobernara por casi una década quiso empinar su esta
tura, irremisiblemente suburbana, a la Presidencia de la
Asamblea de las Naciones Unidas, su candidatura no llegó
ni a las conversaciones previas y menos a las votaciones.
Se dice que una negativa cortés no carente de ironía,puso,
varias estaciones antes, en su justo lugar, la descabella
da pretensión.

�15
La doctrina Larreta

El conjunto de proposiciones que la cancillería del Uru
guay presento a fines de 1945 a las demás naciones america^
ñas ha sido comentado a menudo en estas páginas desde su
planteo inicial hasta posteriores y muy cercanos intentos
de revitalización. Es tradición del derecho internacinal
en América que toda oferta de normas reciba el título, se
guramente excesivo, de "doctrina' y esa suerte fue que me
reció la del Ministro de Relaciones Exteriores de Amézaga.
Un panorama de nuestra política internacional uruguaya
no puede eludirla, porque si es en su contexto que la doc
trina Larreta se ilumina en su verdadera luz y sentido,
también es cierto que la nota uruguaya de 194 5 culmina ese
sostenido estilo internacional que tuvo su origen en los
años iniciales de la Guerra Mundial II y que hemos tratado
de caracterizar.

Como no nos toca prejuzgar sobre las intenciones humanas,
supondremos que el estadista uruguayo que la lanzó creía
buenamente 'suplir con ella una deficiencia del sistema
interamericano y poner éste a la altura de nuevos y amena
zadores fenómenos político-sociales. Pero el largo trayec
to que va de las intenciones a los resultados es tema de
algún adagio muy conocido y lo que corresponde entonces
juzgar son los posibles resultados de una iniciativa que
esporádicamente cobra vida y gana defensores.
La doctrina Larreta se basa, como es notoria, en la in
negable relatividad de las soberanías nacionales (usemos
la f^rmula pretensiosa; en "la caducidad creciente de la
forma nacional") y en indisputables derechos que la Socie
dad internacional posee. Derechos ante situaciones que pue
den comprometer la comunidad de naciones enteras; derechos
ante lo que dentro de una frontera pueda violentar escan
dalosamente los presupuestos morales o políticos mínimos
sobre las que todas viven o dicen vivir. La doctrina Larre
ta olfateó habilidosamente cierto aire de "política misio
nal ' q^v^ el mu^.u^ rco^xi'ü uesde hace un cuarto de siglo,

de esa conciencia de una "misión" que, según Eugenio DfOrs,
significa "meternos donde no nos llaman". La práctica el
comunismo desembozadamente, pese a sus postulados teóricos
y también es pasible de recuerdo que para un sector del mun
do tan vasto como el católico el principio de la "no inter
vención" está condenado por su trasfondo filosófico autono
mista en una encíclica tan solemne y terrible como el "Syllabus".

Pero la doctrina Larreta, como todo planteo jurídico pre
suntamente abstracto e incondicionado, pasó por alto muchas
cosas.

155546

�16
Pasó por alto, para empezar, que la comunidad de nacio
nes americanas no es la constelación de naciones iguales
que la misma idea de comunidad implica sino una desnivela„.^ da congregación continental (desnivelada hasta un extremo
\ inimaginable en cualquier otro continentalismo) entre una
"superpotencia", algunas naciones medianas, y un cortejo
mendicante de infrapotencias.
Durante los años de la guerra, la fuerte perspicacia
realista del al^m^n y--???. S^hmitt advirtió, con.^alcances

universales este fenómeno. Poco tiempo después replanteó
también el tema, sin falsos pudores, el norteamericano
Fox. No se trataba de una simple constatación ni se que
daba en valer por tal; aspiraba a penetrar en las mallas,
tan tenues, por otra parte, del Derecho Internacional, re
clamaba una reclasificación de sus sujetos. Y, aunque se
guramente no fueron sus consecuencias en que Schmitt pen
saba, la constitución de las Naciones Unidas, en 1945, con
su Consejo de Seguridad, sus miembros permanentes y su de-^
recho al veto, consagró los nuevos y clamorosos desnive
les en un documento internacional de vigencia principalí
sima.

Pero en ningún área mundial, sin embargo, reiteramos, se
. da este desnivel con mayor nitidez que en el hemisferio
occidental y esa tan irremisible situación de hecho, la
doctrina Larreta la olvida o elude. ;iLa intervención co
lectiva", uno de sus tres puntos fundamentales, hubiera
sido la intervención real de la superpotencia del Norte,
a la que se daba, con la hipocresía de corifeos siempre
dispuestos, un instrumento di^nificado de intervención.
Todo esto ya lo advertía Quijano, en esta MARCHA el 30
de noviembre de 1945 y la observación no fue le^antada nun
ca.

Cosa de un año antes, el Dr.Guani, no sin sugestiones
j ajenas ciertamente había intentado emplear el instrumento
de las Reuniones de Consulta de Ministros de Relaciones
; Exteriores para condenar la actitud de Argentina y lograr
su expulsión de la Unión Panamericana. Con la doctrina La¡ rreta, sin embargo, culminaba por mano del Uruguay la renun
cia a un esfuerzo da medio siglo que había pugnado por arrancar de los Estados Unidos la renuncia total al derecho
\ de intervención. Entre la VII Conferencia Panamericana de

Montevideo de 1933 y la VIII de Lima en 1933 se había logra
do tal fin y a veinte años de distancia no podemos dejar
de pensar en ese triunfo con cierta melancolía y cierto or
gullo. Porque si hoy sabemos (y supimos siempre) que evitar
la intromisión de una gran potencia es como ponerle puer
tas al campo (y que la intervención de gobierno a gobier
no es en cierta forma la más combatible y benigna) había
en aquellos esfuerzos, de cualquier manera, la intención

�17
de guardar un patrimonio, la voluntad de vigilarlo.
El 'paralelismo de la democracia y de la paz" y "la pro
tección internacional de los derchos del hombre" eran los ...^
restantes principios de la doctrina y traducen una inspi
ración homogénea, no obétante ser el primero declarativo
y normativo el segundo. También puede decirse de ellos que
forman parte de ese repertorio de convicciones y propósitos
que todos los seres medianamente civilizados, con la excep
ción de malvados y excéntricos portamos. Pero tampoco se
necesita el hilado fino de los semánticos, apasionados in
vestigadores de la fundamental ambi^üedad del lenguaje po
lítico, para saber que cuanto mayor y más ancha es la de
liciosa unanimidad que un principio sucita, mayores son las
vías por donde lo contingente y lo ambiguo de toda la rea
lidad que lo maltrata, lesiona, falsifica. El "hombre co
mún" quiere seguridad y libertad y paz bajo todos los cie
los, pero ¿en qué nación occidental u oriental gobierna
"el hombre común" y en cual no está manejado, y estrujado,
por equipos, oligarquías o castas -como quiera llamárselaseconómicas, políticas o militares? Y, si a pesar de sonar
a pedantería, También es inevitable recordar que hay tan
tas concepciones de la democracia y de la paz y de los de
rechos humanos como ideologías se mueven y pugnan en el
mundo (y tantas también corno ellas las diferentes sensibi
lidades para sus eventuales quiebras) una sola conclusión,
no por demasiado repetida, se impone. Es la del contraste
entre la rigidez y la explosividad de cualquier medida de
"intervención multilateral" o "colectiva" (que en la prác
tica se sabe sería otra cosa) y la desesperante imprecisión
de las situaciones que podrían ponerla en movimiento, ha
cerla efectiva.
Las ideas de la"derecha liberal panamericana" tiene su ?
cuadro particular de infracciones y tiene, especialmente,'^
sus derechos y libertades predilectas. En algunos casos,
es cierto, prácticamente todas las posiciones latinoameri
canas pueden coincidir con ella. Las dictaduras patrimo
niales del área del Caribe son ejemplo intergiversable de
lo que todos repudiamos pero si se analizan otras actitu
des de ese "neoliberalismo" que es el propulsor de la doc
trina Larreta y que ha dominado los últimos veinte años de
nuestra política internacional, se advierten posturas mu
cho menos unánimemente compartibles. Sin entrar a análisis
de detalle digamos que, y por distintas razones, son las
asumidas ante Bolivia, Colombia, Paraguay, Argentina y más .
recientemente Cuba.
Un estudio de cada una de ellas nos llevaría a la conclu
sión que en otra parte debíamos desarrollar y es la de que
j
esa derecha neoliberal profesa una concepción de la democra- \
cia, los derechos humanos y la paz que no difiere sustan!
cialmente de aquella que las clases dirigentes europeas y

�18
las clases medias coloniales, progresistas tenían hacia el
principio dé siglo. Una concepción en suma "particular"
una "perspectiva" de ciertas realidades que solo una gene
ración ilegítima3 ingenua o dolosa, puede identificar con
toda concepción o perspectiva posibles.
Yocurre entonces que este instrumento intervencionista
que la doctrina Larreta hubo de crear, y aun no sería im
probable que fuera creado, pudiera servir para barrer dema
siadas cosas. Para barrer, por ejemplo, esas repulsivas
dictaduras patrimoniales cuya caída sucesiva el continente
entero festeja. Pero pudiera servir también para herir otros
N régimenes, otras corrientes, otras tendencias.
Los adjetivos "nacional" y "popular" han sido demasiado
vilipendiados a través de dos años de la triste Argentina
actual para que pueda usárseles por mucho tiempo. Pero es
indudable que desde lS^b hasta hoy, están apareciendo en
Latinoamérica movimientos nacionales que, con toda las im.'** precisiones, infidelidades, heterogeneidad y cautelas pre
visibles, merecen esos adjetivos. Tuvieron por precursora
la Revolución mexicana de 1910 o por lo menos sus mejores
sus más frágiles aspectos. La actual revolución cubana pue
de ser ejemplo excelente de ese ritmo, de aquellos impul
sos, de aquellos peligros.
Yaquí cabe afirmar, sin hipocresías pero con necesidad,
pues no hemos encontrado el argumento en ninguna de las
críticas que la doctrina Larreta ha merecido, que es ante
estas realidades nuevas que su peligrosidad fundamental se
pone en descubierto. Porque lo cierto, lo intergiversable
es que vistas desae afuera y p^ca la mirada gruesa las re&gt; voluciones nacionales y las dictaduras patrimoniales pue
den parecerse demasiado. Y la causa de esto no es esotéri
ca. Una ideología como la del neoliberalismo panamericano
proclama con fácil, generosidad derechos y libertades ab
stractas y universales. Pero lo efectivo es que sólo asegu
ra ^quellas que más le importan a los sectores que por de
terminada situación económico-social están en condiciones
de ejercerlas. Tal el caso, por ejempcho, de la libertad de
prensa, del derecho a la organización de partidos.
Se está viendo todos los días como se entienden en Lati
noamérica y en los Estados Unidos algunas de estas liberta
des .

Como entendieron los derechos de propiedad, por caso, de
la "United Fruit", violados en Guatemala, los grupos domi
nantes del hemisferio. Como están en vías de entenderla, o
lo desearían, sin el control político, en la coyuntura de
la reforma agraria cubana.
Pero si algún ejemplo es ilustrativo entre todos es el
de la "libertad de prensa"^ Es el como entiende esta li
bertad el poderoso y turbio grupo de la "Sociedad Interamericana de prensaV Como identifica esa libertad y la con-

�19
vierte en piedra de toque de un régimen;idemocrático"(ei
resto de la sociedad sin expresión, los diarios pobres no
importan) con la irrestricta existencia de los grandes leviatanes periodísticos. Como defiende, en fin, el núcleo
de privilegios que hacen de esa docena de diarios america
nos un fenómeno impar de retribución económica y espiritual
(la buena fama y los millones casi nunca andan del urazo).
0 un estuario, dijéramos, en el que se encuentran el nego
cio sabrosísimo con el instrumento de influencia de honor,
de prestigio.
Toda esta situación, su precariedad y su radical injusti
cia no la ignoran los beneficiados en caso de amenaza y no
es un tiro al aire el que lanzara hace pocos días el argen
tino Gainza Paz cuando, desde lo alto de su presunción multimillonaria miraba hacia La Habana y advertía a ''los as
pirantes a dictadores".
Y si ello es así, es también posible que por eso mismo,
si se prescinde del sentido y dirección de los actos polí
ticos concretos, esa identificación de que hablábamos pue
da convertir a cualquier forma de intervencionismo en un
instrumento demasiado indiscriminado.
Porque el caso es este: la intervención unilateral o mul
tilateral podría ser eficaz instrumento de sanción contra
esas aborrecibles tiranías superstites que todo el continen
te desprecia. Pero también podría ser arma dirigida contra
todos los movimientos que, al sesgo de las convicciones del
equipo neoliberal, busquen a su modo, inexorable modo, la
promoción de los pueblos de Iberoamérica. Para la mirada
que ve largo y hondo en el continente no resulta discuti
ble que, si no hemos de ser como el gato de Shakespeare
que quiere v_ . la sardina pero no mojarse los pies, sacri
ficios muy largos y duros nos esperan. Si^ al modo argen
tino, no optamos por abrir el país al dominio de los con
sorcios internacionales, el prospecto unánime de ascenso
de nuestros niveles de vida y su único instrumento posible
de capitalización masiva tiene que implicar constricciones,
restricciones de los grupos dominantes, dureza, fe,inflexibilidad. Muchas experiencias universales nos lo están
señalando y la misma actitud de los núcleos filo-interven
cionistas ante ellas, nos dice donde está el peligro.
En busca de una conducta

Cuando estalló en 1939 la Guerra Mundial II, hacia más
de medio siglo que el Uruguay vivía abrigadamente en la
gran cavidad materna del orden mundial británico. Los vien
tos del mundo llegaban hasta ella, pero tamizados. Los pro
blemas del destino americano sólo eran tema de especulación
o de retórica: nuestra lejanía de la zona del Caribe nos

�20
resguardaba de las más crudas experiencias que nuestro con
tinente conocía. El reemplazo de Londres por New -York como
metrópoli prestamista, las restricciones comerciales y cam
biarías a partir de la crisis de 1929, el avance comercial
alemán desde 19 34 fueron apenas las oías que rizan la super
ficie de una masa honda e imperturbada. Pese al asalto de
las nuevas fuerzas (aunque muy abatido y precario) sobre
vivía un sistema internacional relativamente estable y en
la Sociedad de Naciones, entre otros estados fieles, el
Uruguay le había prestado un apoyo sin pausas. Situados
en condición periférica a las más gruesas, gravosas y dra
máticas determinaciones de lo americano, al tiempo que ha
bíamos cumplido sin tropiezos nuestra misión de "estadotapónÍT, pudimos secundar en los organismos colectivos hemis
féricos ese período de relativa estabil^zación que fue la
"good-neighborhood" y que se confirmaba en el otro equili
brio mundial de las esferas de dominio de las dos poten
cias anglosajonas.
Al salir de la Guerra, en 194 5, no creemos aventurado
sostener que la convicción de que ese equilibrio estaba
despedazado, caló hasta extremas honduras del subconscien
te nacional. Cuando, en marzo de 1944, se elevó a Embajada
nuestra legación en Gran Bretaña hubo discursos en el Se
nado. El folleto que los recogió es sumamente ilustrativo
porque no falta en ninguno de ellos ese tremolo de angus
tia, de incertidumbre por lo menos, de aquel que contempla
un cabo salvador escurrírsele de entre las manos.
Y más tarde todavía, cuando tras el envío de la misión
Gallinal a Londres en 1948, se nacionalizaron en 1949 los
gravosos ferrocarriles que Inglaterra nos dejó, tampoco
sería excesivo ver en este episodio algo así como la rup
tura de un cordón umbilical, algo así como el envión que
nos dejaba desnudos y berreantes, en la intemperie del mun
do.

.

El advenimiento del peronismo, casi simultáneo a la ya
examinada doctrina Larreta fue para el Uruguay el primer
gran presente inmediato de esa postguerra tan idealizada
hasta poco tiempo antes, tan hosca cuando vino. El peronis
mo planteó a la línea nacinal uruguaya un desafío estruen
doso por su calidad irrecusable de vecino y por todas las
implicaciones que esta calidad aparejaba. Ese desafío a
veces hizo bajar nuestros fuegos; otras los avivó, dándole
al país el delicioso ;&lt;grisson nouveau'1 de estar enfrentan
do riesgos reales. Nada pasó, sin embargo, de las protes
tas de Buenos Aires, en 1952, ante el empíeo de un mapa de
las Malvinas en un tratado de rutina con Inglaterra, de
las tentativas de 19 55 por ¿edefinir los derechos del exi
lado y la figura de la excitación a delinquir, de las difi
cultades aduaneras de 19 53-55, de un Punta deí Este semi-

�21
vacío, de los clásicos

de Enero y de las peleas de Dogomar

Martínez..

El intervencionismo de Guani, concebido en la forma de
Consultas previas de Cancilleres para el reconocimiento de
ciertos regímenes, había estado dirigido contra situaciones
que ponían en peligro, o así se suponía, la tan cuidada so
lidaridad americana. Toda vía en junio de 1948 y por inter
medio de su embajada en Buenos Aires, el Uruguay lanzo de
nuevo la idea de esas consultas respecto al reconocimiento
de gobiernos nacidos de cuartelazos (Perú, Venezuela).La
propuesta no tuvo andamiento y era difícil que pudiera ha
berlo tenido ante fenómenos que si importaban un asalto al
poder en su forma más desembozada no comprometían esa "so
lidaridad americana" que los asaltantes eran los primeros
en proclamar
Así, aunque a regañadientes, tuvo el país
que reconocer en 19 52 la vergonzosa situación de Venezue
la, apelando a los argumentos clásicos de la "efectiva au
toridad" y "la capacidad y la voluntad de cumplir las obligaciones internacionales".
Entre 194 5 y los años que corren, si hemos de atender a
los trazos más gruesos, y como un móvil que se mueve a
un impulso ya dado, la política externa del Uruguay conti
nuó resgistrando los rasgos que adquiriera en el período
anterior. Qáiere esto decir que continuó asumiendo, aunque ""^
con creciente menor convicción el papel de cruzado de las
formas democráticas en Hispanoamérica ^ quiere también de
cir que siguió marcando el paso de la coordinación inter
americana ^ significa, por fin, que hubo de alinearse, y lo •;'
hizo, en la decalización mundial de la "guerra fría".
Por una parte, concurre en 1945, a Chapultepec, donde se ""
echan las bases de la O.E.A. En 1947 asiste a la Reunión
-^'
de Janeiro que prepara el Tratado Interamericano de Asis
tencia recíproca que aprueba el año siguiente. En 1947 envía ;
una brillante delegación a la memorable IX Conferencia Pa
namericana que conoció el tremendo "bogotazo" de la muerte
de Gaitán y participa allí eñ la aprobación de algunos do
cumentos más aparatosos y vanos de la historia del paname
ricanismo: la Cai'ca Americana de los Derechos y Deberes del
Hombre, la Carta ínteramericana de Garantías Sociales, el
Tratado americano de Soluciones Pacíficas, la Carta de la
Organización de los Estados Americanos, en fin. (Recien aprueba alguno de estos documentos en 1955).Asiste también
a Washington, en 19 51 (Cuarta Reunión Consultiva de Canci
lleres) .
Mientras tanto y al ritmo de la división del mundo, el
país asumió, solidariamente con otras naciones latinoameri
canas, las posturas occidentales.•

.

En 1943 el Uruguay había reanudado con la Unión Sovióti- i
ca las relaciones que estaban rotas desde 1938. En 1945 en- \

�22
vio allí a Emilio Frugoni. En 1946 reconocimos Bulgaria,^
solo diez años después lo haríamos con Hungría. En 1946,
secundamos la cuarentena diplomática decretada por la O.N.U.
contra Franco. Fuimos una de las últimas naciones latinoa
mericanas en acreditar Embajador en Madrid. En 1947 adhe
rimos a U.N.E.S.C.O., creada meses antes y el mismo año

aprobamos los convenios financieros y monetarios de Bretton
Woods que implicaban la creación del F.M.I. y la del Ban
co Interancional de Reconstrucción y Fomento. En 1948 re
conocimos con júbilo una nueva nación: el Estado de Isfael^
apoyamos desde entonces, con. fervor latino, el ingreso, lo
grado más tarde, de Italia en la O.N.U. y desempolvamos el
mismo fervor (lo hace periódicamente el Embajador Saénz)
para expresar nuestras simpatías a las aspiraciones fran
cesas a "la grandeur".

También seguimos la línea dura occidental y, paulatina
y silenciosamente despoblamos nuestra representación en
la Unión Soviética (aunque esto no pareciera más que multi
plicar el entusiasmo soviético por acrecentar la suya entre nosostros). En 1952 la llegada de un nuevo Ministro
de la U.R.S.S* provocó una interpelación en el Senado, en
19 56, secundamos el repudio del mundo ¿inte la masacre hún
gara, con un empuje de unanimidad y una seriedad que sólo
maculó el gesto -"tartarinesco1"' saliendo de nosotros- de
pedir "sanciones contra la U.R.S.S. "••

En el plano mundial, entonces, los acontecimeintos (sal
vo una excepción que marcamos) parecier^n lo bastante un^
vocos como para que ningún fundamento tuviera que ser re
visado. Fue, en cambio, en el orden americano, en el que
el trueque de impostación, desde la beligerancia a la incertidumbre rompe, desde entonces, los oídos.
En 19 53 el Poder Legislativo aprobó el Convenio de Asistencia Militar entre el Uruguay y los Estados Unidos, firmado en julio del año anterior por Martínez Trueba y Dupetit Ibarra. La aprobación estuvo sin embargo precedida por
un laborioso proceso durante el cual, por primera vez, se
planteó una disidencia nacional en política exterior que
caló hasta estratos más hondos que los habituales. El debate parec^ó un diálogo de sordos y ya en esto fue expre
sivo. Mientras los objetores partían de postular la desea
ble conducta del país en el juego de las tensiones mundia-' les y, no sólo efectividad posible de nuestro ^ntrenamiento
militar sino también la deseabilidad de su uso, los defen
sores poco pasaron de invocar, con cierto ademán fatalista,
los instrumentos ya firmados y su condición de premisas que
nos empujaban el corolario del nuevo compromiso. El Trata
do Interamericano de asistencia recíproca, el mismo conve
nio de 19 51 sobre instalación de una misión aérea en nues
tro territorio, habría sido los pequeños pasos que nos em
pujaban a ese otro, mucho más grande. . -,_

�23
Cierto visible malestar que no estaba limitado a los sec
tores del país que eran tradicional y aun profesionalmente
antiyankis, aumentó al año siguiente 195^ fue el año de la
X Co^ferencia Panamericana de Caracas y su famosa declara
ción anticomunista, condena implícita de Guatemala, que el
delegado uruguayo Justino •' Jiménez de Arechaga dijo haber
"votado con pesar". La reacción popular latinoamericana, rí
ante la liquidación del régimen guatemalteco está demasia
do fresca ^mo para que se? preciso evocarla. Desde los es
tremecidos días de la guerra española, en 1936, desde el trá
gico 1940, ningún acontecimiento movía tan revulsivamente
la entrena de los sectores no-oficiales de Latinoamérica.
Haya sido o no alentado por el comunismo (que no carecía,
por cierto, de contactos con el núcleo gubernativo dasaloja
do) la amplitud de la reacción desbordó, con mucho,, todo
lo que la agitación soviética pudiera lograr.
Era, literalmente, el poniente melancólico de las "cuatro
libertades" de 1942 y la primera vez que nuestros países
rechazaron con gesto decidido la primacía, tan circunstan
cial como absoluta, de los argumentos de la defensa estraté
gica mundial contra el comunismo sobre las necesidades de
crecimiento, promoción y justicia, para muchas de nuestras
naciones tiranizadas y mediatizadas.
Ya es otro el estilo uruguayo, cuando en setiembre de
19 56 la nueva Argentina pro-británica propone al Uruguay
y al Brasil el Pacto del Atlántico Sur. Todo se diluyó, co
mo se sabe en vagas declaraciones militares y habiendo blo
queado Brasil la tentativa de Buenos Aires, tal vez por pri
mera vez en muchos años nuestro país se sintió en la posi
ción incómoda de haber perdido su respaldo y estar sin sa
ber cual elegir, (las dos eran "democráticas" ahora) entre
sus hermanas mayores.

Estos hechos (Pacto Militar, Guatemala, gestiones en el
Atlántico Sur) marcan, es nuestra convicción, el punto ce
nital de la perplejidad internacional del país. Una perple
jidad de la que no era imposible salir pero que tampoco en
tonces (y aún ahora) se confina al área concreta de lo ame
ricano,

Es notorio, por ejemplo que el Uruguay (oficialmente) no
sabe qué pensar de la rebelión de las colonias, ni sabe qué
actitud tomar ante ésta asunción del nivel histórico con que
vastos sectores del mundo llegan a su mayoría de edad. No
sabe, en suma, cómo juzgar esta insurgencia, en la que el
mismo país, naturalmente a su modo, también está comprome
tido. En la misma Asamblea de las Naciones Unidas de 1958
en la que Mario Amadeo expresó la simpatía de las naciones
americanas por la lucha argelina, nuestro delegado Carbajal
Victorica no perdió la ocasión, para ofrecer, en un largo ,
y difuso discurso, la consabida cartilla uruguaya -a fran
ceses y argelinos- sobre lo que es democracia.

�Hasta entonces, y es una causa evidente de la nueva per
plejidad, el Uruguay había contado con la acción mundial
solidaria de los Estados Unidos e Inglaterra y aunque los
últimos ocho años no han terminado de abrirles los ojos a
las clases directoras del país, la enconada lucha angloame
ricana en torno a la Argentina y al Medio Oriente, con el
episodio de Suez en 1956, ya es algo que entra, aunque bo
rrosamente, en su percepción. Siendo, como es, el proceso
de emancipación colonial un campo predilecto de esa lucha,
en complicación triangular con la URSS, es explicable el
tono incierto de la posición uruguaya, que tanto nos trae
el recuerdo de las tajantes actitudes del ayer.
Las dos Conferencias Económicas de Buenos Aires (la últi
ma en mayo del corriente año), la reunión informal de can
cilleres en Washington de 1958, señalan a nuestro ^arecer,
y culminamos con ellas este desarrollo, el advenimiento de
un nuevo planteo internacional.
Hace dos meses apenas, tuvo que crearse un Banco Interamericano de Fomento y aunque su capital sea exiguo para las
necesidades que debe cubrir y su radicación norteamericana
mantenga los rasgos de esa centralización que remonta a
1889, el síntoma no es irrelevante. Todo el mundo sabe que
si el Banco fue creado ello se debió, pura y exclusivamente,
a que su postergación hubiera significado una catástrofe en
las relaciones interamericanas. La situación paradójica que
aquí comienza a dibujarse es la que, justamente cuando pue
den considerarse completos los instrumentos jurídicos del
sistema panamericano el trato entre los paísses que lo in
tegran haya asumido, inesperadamente, una tonalidad de insurgencia, de interpelación, de amarga protesta.
Los reclamos y los reproches comienzan a aparecer en las
entrelineas de los discursos confraternales; otros saltan
a las líneas mismas y las ironías de pasillo se enriquecen
con la frase de que "no somos bastante comunistas para que
nos ayuden". Y tan similares son esos reclamos, esos re
proches que puede decirse que aquel postulado anti-imperialista de que todas las naciones iberoamericanas solidarias
'dialog^ra^ bil^ter^l:::.:::-.te, como un todo, con los Estados

Unidos, tiene en ese estilo su primer vía de realización.
Sabemos cuales son esos reclamos. Una generosa política
de desarrollo económico. Una contribución sustancial al as
censo de nuestros niveles de vida, a nuestra industrialiaación. Un "nuevo trato" equitativo a nuestras materias primas,
una estabilización de sus precios, una relación no siempre
desventajosa entre esos precios y los de los productos in
dustrializados. Cesar, en fin, con el apoyo indiscriminado
a todos los gobiernos obsecuentes de Washington y enemigos
de sus pueblos. Cortar la corriente de armamentos, inútiles
en una estrategia mundial de "tocar botones" y sólo mane
jables para la represión interior. No sostener, por los

�25
mil medios en que esto puede hacerse sin escandalizar a los
internacionalistas, a los dictadores de paz y palo y mucha
"libre empresa".:

Conocemos también cuales son las réplicas posibles; respe-;
to por los Estados Unidos al principio de no-intervención:
exigencias de los productos internos^ omisión hispanoameri
cana en poner orden en las respectivas casas; inclinación
incoercible por nuestra parte a remendar con inflación los
bajos índices de trabajo, la indisciplina social, el buro
cratismo inepto, el despilfarro legalizado, el cinismo de
los equipos gobernantes.
No se trata aquí de examinar unas y otras ni de ver en
qué diferentes niveles unas y otras pueden ser juzgadas •
desde un ángulo liberal, uno marxista, uno nacionalista.Só
lo importa aventurar que en este tocar tierra con los pro
blemas concretos de Iberoamérica se encuentra, tal vez, el

fin de la perplejidad que señalábamos, el inicio de un diá
logo franco (sin mieles, sin acibar) con.los Estados Unidos;
los comienzos, sin duda modestos, de una política menos me
diatizada.

-^

�26
La posición de Marcha

Algunos párrafos más arriba, emparentamos la posición de
Marcha y su dirección con la que acabamos de reseñar. En
dos ocasiones: junio de 1941 (Proposiciones para fundar una
política internacional) y 1944 ("Direcvas fundamentales de
una política internacional") Quijano planteó en grande los
problemas capitales ae nuestra conducta exterior. Si los
releemos, y es una experiencia interesante, nos encontra
mos con casi todas las posturas anteriores. Pero daremos
también con otras nuevas. La primacia de lo real y de lo
próximo, la de lo permanente sobre lo accidental, no pertur

bó en la línea de MARCHA la convicción reiterada de que el
primer enemigo a combatir era el nazismo en todas sus for
mas . Pero agregaba MARCHA y creo que la frase es literal
"sin desoír nuestros intereses permanentes" creemos que es
ta reserva, a la que corre unida por cuerda de lo experi
mentado e inmediato es la que explica también la posición
antiestadounidense de ayer y de hoy. Y como juzgar esta
conclusión desde el ángulo de las observaciones recién he
chas no es lo que nos corresponde, alinearemos dos rasgos

más de la posición de MARCHA que han ejercido profundo im
pacto uruguayo.
La descreencia en las ideologías, tan connatural con el
estrado más hondo de la personalidad de Herrera asumió en
este semanario una variante mucho más exitosa y practicada
,' inagotablemente^ Podría, señalársele, más bien, como la
f descreencia en los "ideólogos" que la sostenían. Es la deí nuncia de la hipocresía sustancial de las definiciones de
mocráticas de muchos gobiernos. De las que hacen, por ejem
plo, los dictadores hispano-americanos, bienquistos en Wash
ington o en busca de bienquistarse. De las que hacen esas
naciones imperiales que practican su democracia metrópoli
adentro. Y, si como se decía, es más la de los "demócratas"
que la del régimen mismo, no es menos cierta que esa denun
cia arrastraba la de la progresiva vacuidad de un rótulo
que bóxu coura va.geiiCa.ci

n una alineación mundial de poder.

Pero ese estar de MARCHA en el sector más apasionado de
la lucha antinazi y al mismo tiempo velar por c^^tas rera^^a
nencias de nuestra condición hispanoamericana, promovió el
fenómeno de una "conciencia dividida" que se nos antoja de
cisivo. Porque la. .conciencia dividida que importaba esa ac
titud es para nosotros la asunción plena, ya no en la con
ducta pero sí en los móviles de una conducta posible, de
nuestra condición de"pueblos marginales". Es un tocar tie
rra con nuestro efectivo destino. Y los pueblos marginales,
las naciones marginales, los continentes marginales, por
serlo, no pueden, sin traición, abrazar las mismas causas,

�27

o, con más precisión, abrazarlas de la misma manera, que los
pueblos centrales, los pueblos protagonistas de la historia.
En esta ^conciencia dividida", en esta reacción contra un
puro aceptar la dialéctica de los "medios suelos" que sin
ella se hubieran hecho incontrastables, podría hallarse -y
es buena reflexión para estos veinte años- una de las con
tribuciones capitales de MARCHA a nuestra precaria pero no
imposible madurez como pueblos.
Esta "conciencia dividida", sin caracteres de exclusivi
dad, pasará al sector actualmente llamado "tercerista".(0,
por lo menos, a los segmentos de él que no son filocomunistas,que no se atreven a decir su nombre). Con ella pasaron
también casi todas las posiciones de esta que hemos llama
do "corriente resistente" aún recibiendo, claro está, nue
vas modalidades.

U do la R/^^C/íIía(650) 1603-1636/87

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                <text>&lt;p&gt;&lt;span&gt;La Facultad de Humanidades y Ciencias de la Educación se ha propuesto contribuir a rescatar y poner a disposición de los lectores la escritura ensayística del Uruguay a lo largo de su historia. Esta Biblioteca Virtual de Humanidades en el Uruguay pretende reunir en un solo lugar más de dos siglos de textos de reflexión y pensamiento, dentro del amplio campo de las humanidades, producidos en conexión con la universidad. La mayor parte de esos textos han sido originalmente publicados en revistas universitarias o periódicos hoy difícilmente accesibles. A menudo nunca recogidos luego en libro—o recogidos con sustanciales modificaciones—, son textos que pueden contribuir a recuperar y mostrar las dinámicas de pensamiento y representación en el país, tal como se realizaron en tiempos de centralidad de la escritura.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;La a veces fina y sinuosa línea entre Humanidades y Ciencias Sociales hace que textos de historia económica, de estudios sociales, de ciencia aplicada a la antropología, puedan tener cabida en esta colección, aunque el foco está en el núcleo tradicional de las humanidades. El Derecho (con la excepción de Filosofía del Derecho) queda, por su especificidad técnica y profesional, por el momento fuera de este grupo. &lt;/p&gt;
&lt;p&gt;La colección será un trabajo acumulativo, con entregas bimensuales. En el tiempo, los textos se irán organizando de acuerdo a posibles lecturas de la historia de las ideas en la región y el continente. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Aldo Mazzucchelli&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;&lt;span&gt;15 de octubre de 2017&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;</text>
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Política internacional e ideologías en el Uruguay /Carlos Real de Azúa..    Montevideo : Universidad de la República. FHC, s.f..&#13;
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