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' ••• - •'*• • .'\n•^ • -.\n,•'.•.'\"•• ~'' ••'• • '• •• •\n\npolítica internacional e ideologías\nen el uruguay\n\n-(\n\n-' •• • / •: -. /\n\nUniversidad de la República ^\n- '307PQ^ Facultad de Humanidades y Ciencias\nOC!^\\J ^ODepartamento de Historia Americana;\n\n•/\n\n�33 •-/. Y'~/\n\nUNIVERSIDAD DE LA REPÚBLICA\nFacultad de Humanidades y Ciencias\nDepartamento de Historia Americana\n\nCarlos Real de Azúa\n\npolítica internacional e ideologías\nen el uruguay\n\ncA\n\nt\n\nI\n\n327.895 REA pol\nPolítica internacional e ideol\n\n•FHCE/1555^6*\n\nTomado de:\nMarcha, Montevideo, julio 17 de 1959.\n\n155546\n\n��Un examen de nuestra conducta internacional en los vein\nte años en c^ue MARCHA se ha publicado, no se puede reducir,\ncomo es obvio, a una escueta mención de las medidas concre\ntas que el país durante ese lapso, y por intermedio de sus\nórganos especializados adoptó. No debería reducirse tampoco\na un retrospecto de ese algo más vago que fueron sus acti\ntudes, sus proposiciones, su conducta, en fin. Una exposieción cabal de política exterior tiene que tomar en cuenta\ntambién las corrientes de ideas que la animaron, los hom\nbr^s qu^ ia cUi^pjuj.cj.-Oii, ios grupos de presión que la influ\n\nyeron, la coyuntura internacional en que se insertó, la si\ntuación propia nacional que, leal o dolosamente entendida,\nconstituyó de algún modo su punto de partida.\nTantos elementos desbordan, como es evidente, todas las\ndimensiones posibles de un panorama. Quede constancia, por\nlo menos, de la atención que debieron merecer los puntos de\nnunciados. Quede constancia, especialmente, de la necesi\ndad urgente de analizar en todos sus niveles, en todas sus\nvariedades,que no son pocas, esas dos posturas que se dis\nputan en la actualidad el pensamiento uruguayo sobre el\nmundo y sobre nuestra conducta en el. Son, como es obvio,\nel Tercerismo y esa corriente que cabe llamar el Neoliberalismo conservador panamericano, de creciente vigencia. Las\nconclusiones de una descripción de ellas tendría que condu\ncirnos a ese orbe normativo que no puede ser indiferente a\nningún uruguayo auténtico. Es el de las posibilidades de\nuna política internacional propia, afincada en la condición\npecuiarísima del país, en sus limitaciones, en sus necesi\ndades, conveniencias y deberes. Cuando MARCHA cumpla el me\ndio siglo, tal vez alguien, no nosotros, realizara esa ta\nrea.\n\nTomardo puntualmente el trecho de dos décadas, la historia\ncomienza con un \"fortissimo\".\n\nComo a todas las demás naciones latinoamericanas, la Gue\nrra Mundial II planteó a nuestra apacible existencia el de\nsafío más intenso que ella, por mucho tiempo, había sopor\nt^ *. s .\n\n.„ ^..\n\n;^w l^.w ^^í.Ío su ^i-outáo y sus consecuencias\n\nejercieron un impacto tan profundo que todavía puede decirse^\nentre sus oleadas nos movemos.\n\nSujeta, así, a la suerte y peripecia de nuestras vecinas\nde hemisferio, el Uruguay hizo (lo consideramos indiscuti\nble) con un rasgo específico, una \"nota diferencial\". Y ése\nrasgo específico lo constituyó el hecho de que el país se\n\nconviertiera en la pieza más diligente de la acción políti\nca y estratégica de los Aliados en el continente.\nTodo, en realidad, nos preparaba a ello; todo nos entre\nnaba para esa \"militancia\". La muy relativa entidad de las\n\n�colonias de los países fascistas era evidente. Muy dispersa\nestaba la alemana, que recién ganaba posiciones en el campo\ncomercial al compás de muy cortos años de auge. Bastante\nnumerosa y vocinglera la italiana en los tiempos de las vicv\ntorias pírricas de Abisinia, se mostró remisa cuando tuvo\nque jugarse en una coyuntura a la que su connatural tradi—\nción ideológica liberal, garibaldina o masónica, repugnaba.\nCuantiosa la española, habíase alineado la mayoría,desde años antes, del lado republicano. Entre los sectores urugua\nyos, el\"\"nacionalismo histórico y político encontró su posi\nción mayoritaria en torno a una actitud que en otra parte\nde este artículo se analiza. La falta de núcleos naciona\nlistas doctrinarios de tipo filofascistas, como tan numero\nsos los había en la Argentina, dio con escasez la postura\nde los que apostaron resueltamente, ya por devoción, ya por\ncálculo, a la carta del Eje. Menos pudo darse, dentro de\nellos la duplicidad de los que adherían al Eje por creer\nque portaba algún modo de organización positivo y la de aquellos que lo hacían por pensar que su triunfo importaba\nla franquía a la liquidación de esos imperialismos occiden\ntales en cuya área nos desenvolvíanos.\nNo deben eludirse tampoco de este registro, las constan\ntes más profundas que representaban el decidido filoyankismo del ba'tllismo y la acentuada anglofilia de diversas va\nriedades del sector blanco. Menos puede eludirse esa cons\ntante más honda qae significa la sucesiva impreganación uru\ng^aya de ideologías de tipo moderno y \"progresivo51: iluminisino liberal de la independencia -0 individualismo liberalromántico de la segunda mitad del siglo pasado^ ideología\nradical-democrática de masas del período batllista^ mesianismo social de la primera postguerra y pronunciado ejerci\ncio de los temas de la \"década rosada\".\nNo debe omitirse, por fin, la poderosa acción compulsiva\nde las propagandas aliadas, concentradas y reiteradas has\nta un extremo que el país todavía no había conocido. Vistas\nen perspectiva, resulta evidente que significaron la prime\nra 'instancia del presente proceso mundial de masificación\nde la opinión pública con sus secuelas de intimidación, es\ntribillos y dualismos tajantes (y a menudo puramente verba\nles).\nLas medidas concretas tomadas fueron al principio modes\ntas. El 5 de setiembre de 1939 el Presidente Baldonar y el\ncanciller Guani dictaron el decreto de neutralidad del país.\nEn 19 40 hubo medidas de adhesión respecto a la administra\nción estadounidense de colonias americanas de los países\neuropeos invadidos. Cuando el acorazado \"Graf Spec\" vino a\nterminar su carrera frente a nuestras costas en diciembre\nde 193 9 (sus marinos fueron internados en febrero de 1940)\nla neutralidad uruguaya no fue óbice para que ocho años\ndespués (apareció en los diarios el 11 de agosto de 1947)\nel embajador inglés Gordon Vereker agradeciera a Guani las J\n\n�r medidas tomadas por el .Gobierno de la.República en una car\nta efusiva y consagratoria. Pero el dramático episodio del\n\"Spee\" sirvió sobre todo de espolazo a una convicción tan\nauténtica como inusitada. Era la convicción de que la gue-•\nrra, tangible, física, podía llegar \"hasta aquí\". Esta con\nvicción, nacida de un incidente bélico accidental no era ne\ncesaria para que en ciertos medios decisivos se hubiera pla\nneado, desde el principie de la guerra, la radiación uru\nguaya de ciertos proyectos de defensa hemisférica. Pero es\nevidente que los estimuló, que los facilitó.\n-? En 1940, la entrevista de los cancilleres del Plata, Ro-r^\nca y Guani,fue un intercambio^de^anhelos:\" los sectores mi\nlitares neutralistas dominaban en Buenos Aires la máquina\npolítica y solo quedaba el Uruguay como carta manejable.\nEs en ese momento que empieza a rondar el aire la obliga\nión uruguaya de poseer bases aeronavales que hicieran po\nsible la mejor custodia\"estratégica de esta porción, creientemente importante, del Atlántico Sur. El Senado uru-;^\nguayo dio un voto de repudio a las tratativas de Guani y\na la idea de las bases aeronavales el 2 2 de noviembre de'\n1940 y fue en esa coyuntura que Haedo vivió (es probable)\nel momento más intenso y eleocuente de su carrera. El voto\ndel Senado no detuvo los planes que prosiguieron en 1942\ny reaparecienron en 1944 bajo la fórmula de púdicas cláysul/as de construcción de obras públicas en un empréstito ^\nque Guani terminaba de negociar con Washington. La forma- ,\ncióVjie bases y aeropuertos en Carrasco y Laguna de Sauce i\n(más la carretera de acceso a ellos) aspiraba a ser el pri\nmer paso de un proyecto que nos convertiría en \"el Gibral-^\ntar del Río de la Plata\". Honroso destino imperial. Tam- J\nbien una alianza con Brasil \"contra toda agresión\" apreta\nría más aún los lazos de nuestra seguridad.\nEn 1942 se habían adquirida armamentos, pero también el\nentrenamiento militar-nacional debía completar el nuevo equipo defensivo. En^L943 un proyecto de Servicio Militar\nObligatorio corrió úh*'largo calvario de restas que lo dejó\na la larga convertido en la/institución voluntaria del Cen-/\ntro de Oficiales de Reserva.\" ¿Jero tamhién, desde ese enton\nces, una creciente proporción del personal militar comple- .'\ntara en los Estados Unidos su mejorable formación uruguaya.\n\nEl 18 de junio de 1940 se promulgó la ley (9.936) de \"Aso.eiaciones Ilícitas\". Ho comienza con ella una cavilosa vigi\nlancia interior que juega a las escondidas con eppías y cons\npiraciones. Una compleja confabulación alemana fue descu\nbierta: tenía por fin convertir a la República en una colo\nnia campesina alemana^ su instrumento de movilidad había dé\"\nser el ciclistico, su factor más notorio resultp ser utlJEq^\ntográfo paranoico y ocupó durante varios años a nuestra jus-'\nticia. Una realidad mucho más seria: \"las listas negras\"\nobtuvo una indiscutida vigencia nacional. No faltó algüh\ninternacionalista ventripotente para fundar sesudamente una\n\n�4\ndiscriminación (y poco menos que para convertirla en ley de\nla República) que podía decretar, de un día para otro,la rui_\nna o la prosperidad de extensos sectroEes del trabajo nacio\nnal. Una discriminación regulada de acuerdo, a un procedi\nmiento expeditivo de justicia secreta^ una discriminación\ndiligenciada por anónimas, e inapelables, oficinas extran\njeras. Estos úkases congregaron cuantiosos intereses en su\ntorno y no podía ser de otra manera. Al terminar la guerra,\nentre los fenómenos nuevos que el país ofrecía, se daba el\nde un séquito rápidamente enriquecido de representantes,\ngrandes aDogados, despachantes y varíadisimos agentes. Él\nsector típico de \"la burguesía compradora^ de que los marxistas hablan, había duplicado su fuerza y pesaría hasta\nhoy, en la economía del país con un impacto que antes esta\nba lejos de poseer.\nLos uruguayos, mientras tanto, fueron divididos en \"nazis\"\ny \"antinazis1', \"demócratas\" y \"totalitarios\" y esto no so\nlo al tenor de sus convicciones reales respecto al conflic\nto mundial sino también al otro, (y a veces no asimilable)\nde su reacción ante tantas cosas que en el entorno aconte\ncían.\n\nDijo Quijano alguna vez • i!Mazi\"y\"fascista 'fueron vocablos\nutilizados en las peleas de campanario para abatir al ene\nmigo. Una opinión que incomodaba era nazi para los gobernan\ntes quisquillosos. Un adversario temible era nazi para sus\ncontendores ...\" Todo el pasado inmediato fue olvidado y en\nlargos^ ciclos orales o escritos (hubo uno, de \"Itinerario y\nDimensión de la Democracia\" que resultó extensísimo) fue\nron ungidos de redefinidores del Régimen los ex-dictatoriales y algún \"gaucho\" embajador vecino. La intervención en\ntodos los aspectos de la vida nacional de los representan\n\ntes diplomáticos de los países beligerantes siguió un esti\nlo variable según fuera el temperamento de los investidos.\nFue así discreta o desembozada, reservada o ubicua; entre\n1939 y 1942, por caso, algún ministro británico de pintores\nca traza y afable recuerdo pudo darle a esta intervención,\nentre el aplauso y aún la beatitud de la mayoría, contornos\ncasi virreinales.\n\nPero todo qsto es ya anécdota y lo importante ocurre reaLmente en 1941. En julio de ese año, la cancillería uruguaya:\nconsulta a sus similares del continente para una acción co\nlectiva de ayuda a cualquier nación americana que fuera agredida por una potencia extrahemisferica. El eufemismo etransparente y la eventualidad estaba cercana. Al_día si\nguiente de Pearl Harbor, el 8 de diciembre de 1941,r los Ed^\ntados Unidos fueron declarados potencia no-beligerante. El\ndecreto invocaba la resolución de Lima de diciembre de 19 38\nestableciendo la asistencia recíproca entre los estados a-\n\n�mericanos en caso de ataque a uno de ellos. También invoca- .\n\nbalas disposiciones análogas de la segunda Reunión Consul\ntiva de .Cancilleres ^mericanos de La habana en 19^0.\nEstas \"reuniones de consulta\", de las cuales la primera\nse realizó en Panamá en 1939, a raíz del estallido de la\nguerra y la tercera lo haría en Río de Janeiro poco después\nde este documento (en enero de 1942), se revelaron un efi\nciente instrumento de coordinación política y propagandís\ntica y el progresivo endurecimiento de la línea aliada y\npanamericana, que el Uruguay siguió desde entonces con cre\nciente disciplina, tuvo en ellas su voz de orden.\nn\nPor de pronto, la República rompe sus relaciones diplo- 1\nmáticas y financieras con el Eje el 25 de enero de 1942.\n!\nPresente y anuente en todo, declara el 14 de febrero de ese V\naño la no-beligerancia de Inglaterra, Polonia y Holanda>\nf\nParticipa en la Junta Ihteramericana de Defensa, creada en\nRío y se plega, a través de ella a la coordinación paname- j\nricana de armamentos.y\n\nEn 1943 interrumpimos nuestras relaciones con Vichy y\nlas anudamos con el Comité de Argel, de Darían. Caído Mussolini, reiniciáronse en 1944, nuestras relaciones con I-;\ntalia. El 12 de febrero de 1945 y para facilitar nuestra \\r\nconcurrencia a la Conferencia de San Fransisco, fundadora I\nde las Naciones Unidas, declaramos el ^estado de guerra\"\nj\ncon las naciones del Eje y si tardos fuimos nos desquita- \\\nmos bien, pues éste no cesa para el Uruguay hasta el 8 de j\nsetiembre de 19 53.\nAsune mayor significación que estas medidas puramente for\nmales, el hecho de que tenga su sede en Montevideo el Comi\nté Consultivo para la Defensa Política del Continen^e crea\ndo a raíz de la reunión de La Habana de 1940. Bajo las ansias\nprotagónicas de Guani y con la eficiente colaboración de\nCharles Spaeth este Comité se convirtió en un activo ins\ntrumento intervencionista y en una punta de lanza, sobre\ntodo, contra la ambigua condición boliviana y la abierta\ndisidencia de Argentina y Chile. Con esta arma comienza la\ntenaz tentativa uruguaya por quebrar los principios de nointcrvencic^. y r^cc^r ?.:~.Lonto automático. En otra parte de\n\neste artículo se señala algún antecedente de la doctrina Ro\ndríguez barreta que es la culminación de esta línea. Es dig\nno de señalarse, sin embargo, que adelantándose ya dos añes\na ella, en 1944, el núcleo dirigente uruguayo inicia el ataque a la doctrina Estrada, proponiendo consultas entre\nlas cancillerías americanas con el fin de aunar opiniones\nen torno al reconocimiento del régimen \"nazi\" del bolivi\nno Villaroel.\nHoy sabemos que una gran potencia y su voluntad de pode\npuede usar tanto el principio de intervención como el de\nno-intervención y aún prescindir de los dos. Hoy sabemos\n\n�6\n\nque una voluntad de poder no tiene más límite que otra equivalente o la sanción político-motal que prepara los cami\nnos de esa otra voluntad de poder antagónica en un futuro\nlejano o cercano.\n\nEntretanto, y sin instrumentos jurídicos, el Uruguay mis\nmo sintió los efectos marginales de una lucha a muerte. En\nnoviembre de 1941 se elimina a los nacionalistas de la Co\nmisión Investigadora de Actividades Antinacionales y cuan\ndo la exigencia de bases aeronavales se hace más urgente,\nun puntual golpe de Estado los desalojará de la copartici\npación del poder en febrero de 19^2. El Dr. Juan Andrés\nRamírez descubriría entonces la diferencia entre los ^gol\npes malosíf y los 'golpes buenos',' pero no importa ahora si\nel golpe de Estado de Baldomir que tuvo por ejecutor a un\nocasional político salteño abrió el camino a^'la democracia*^\npor lo menos tal como el Dr. Ramírez la entiende. En el\ncontexto de los sucesos, el golpe de Estado del 21 de fe\nbrero de 1942, casi inmediato a la resolución .recomendando\nla ruptura de las relaciones con el Eje, es una operación\nde limpieza en una lejana retaguardia.\nríi el principio de intervención, ni el de no-intervención\nfueron necesarios para que la situación quedara claramente\ndespejada ante eventualidades que, por lejanas, no dejaban\nde ser posibles.\nLlegados aquí, es inevitable subrayar la significación\nde Alberto Guani en toda esta política. Canciller de Baldo\n\nmir de 1938 a 1942, vicepresidente de la República de 1942\na 1946, orientador del Comité Consultivo, el melancólico\ntenor de sus últimos años, su muerte relativamente recien\nte, no puede obviar que razones de elegancia eludan el jui\ncio de esta personalidad admirada y vilipendiada. Alma de\naguas frías en continente que bien pudiera compararse al\nde algún cardenal sibarita del Renacimiento, la imaginación\nde las gentes y una leyenda difusa le supuso una sonriente\ny madurada sabiduría vital que no estamos en condiciones\nde desmentir ni confirmar, pero, pero con la que desentona\nclamorosamente la espesa, la capitosa vulgaridad de los po\ncos escritos no oficiales que de él se conservan. Era posi\nblemente un escéptico de todo y entre ese todo de las gran\ndes palabr.as a las que parecía servir. Pero era especialmen\nte un escéptico de nuestras posibilidades nacionales (no\nestaba, sin duda solo y no le faltaban razones) ; un escép\ntico de cualquier posible destino uruguayo que no fuera for\nmar en la comparsa de los poderosos. Pero ese escepticismo\ntenía una fisura: era la creencia en el papel estelar que\na Alberto Guani, canciller de hierro de una desvaída y co\nmarcal nación del Suratlántico le cabría en la historia de\nla guerra Mundial II. Penosa excepción.\n\n�Presencia de dos corrientes\n\nSi, como al principio se afirmaba solo examinamos a lo lar\ngo de la Guerra Mundial II las actitudes de la política ex\nterior uruguaya, el panorama que con ellas se construya^e-.\n\nsultaráde una ilevantable parquedad. Porque esas actitudes\ntuvieron actores humanos, hombres o grupos que las impulsa\nron o resistieron, y esos actores se movieron a su vez,, mo\n\ntanto por intereses o dictados más o menos fortuitos como\nal compás de ciertas corrientes de ideas, de acción, de opiniones. Fueron esas corrientes las que más allá de una\nideología definida, dictaron u objetaron esas actitudes^\nson esas corrientes las que las hacen inteligibles, signi\nficativas, materia histórica en fin.\nDos, creemos, fueron las fundamentales. La realidad es\nsiempre dualista y en períodos de lucha enconada lo es has\nta con furia.\n\nLa primera, que dominó por aquellos años y domina aún,\ndio primero la pauta de nuestra aliadofilia pero marcócdespues también los pasos de la conducta exterior de la Repú\nblica hasta hoy. Para comenzar con su configuración, podría\ndecirse de ella que responde al diagnóstico de íflo colora\ndo^ (también de lo \"batllista\") en su acepción de \"moderno\",\nsegún ciertos diagnósticos histórico-culturales recientes.\nPara ella la hechura de lo histórico es la racionalidad\nuniversal y la forma eminente de actuación de esa raciona\nlidad es la \"ideolog^ia\". Todo lo que viene del pasado, to\ndo lo que sobrenada el presente en términos de contrastes,\nafinidades o intereses no investidos de su imaginaria uni\nversalidad es simplemente la materia blanda que el mordien\nte ideológico debe eliminar. Es indiferente que esa mate\nria sea la de afinidades históricas, geográficas o económi\ncas, contrastes del mismo orden, apego a la propia entidad,\nintereses contrapuestos, simpatías o adversidad de oríge\nnes, lazos de vecindad.\nOcurrió que esta ideología .fue la democrático-liberal con\nalgunas vetas socializantes. Lo explicaba la dialéctica po\nlítica de los años precedentes y la implícita filiación\ndoctrinaria del país. Inscripta en creencia en las ideas de\ntipo iluminista, la democracia lo fue todo para esta posi\nción y no hubo teórico ad-hoc del sistema que no lo iden\ntificase con todas las dimensiones posibles. Un pc^^o más\nque un instrumento de control político, un poco más que una\nforma de organizar el Estado, un poco más que un estilo de\nconvivencia social, la democracia fue convertida en una fi\nlosofía de la vida capaz de integrar religiones y culturas\nen los moldes de una síntesis definitiva. La nacionalidad\nabandonó como incómodo su lastre concreto de tierras, y\ntiempo y destinos de seres vives y concretos y se identifi-\n\n�8\n\ncó con \"la idea\", con la Democracia, sin más ni más.\nLa propaganda de la Defensa Nacional no argumento, como\nes regular, la necesidad de defender el país sino la Demo\ncracia contra \"el totalitarismo nazi^ primero y el \"totali\ntarismo comunista-1 ahora. (Todavía el año pasado andaban\npor las paredes carteles de ese tenor). Como la ideología ^\napostólica vive desde el presente hasta su encarnación en ¡\nel futuro, todo lo que surgía del pasado o de situaciones\nya estabilizadas fue pasado por alto. La solidaridad rio- i\nplatense, por jemplo. Los orígenes hispano-latinos. La co- \\\nmunidad social con la República Argentina, esa identidad\nque en tantos extremos nos hace dos Estados de una sola na\nción. La peripecia común de naciones hispanoamericanas y\nsu condición de objetos seculares de un proceso de expan\nsión imperialista protagonizado por las mismas naciones cu\nyo triunfo se identificaba con el auge de la ideología. •\nLa corriente resistente\n\nSegún los planteos a que aludíamos, la otra corriente podría\nser identificada con el mddo temperamental y es indudable\nque, si bien mientras los grupos doctorales \"'antipersona\nlistas \" de ese color se inclinaron en masa hacia la ver\ntiente anterior, el sector del Partido Nacional dirigido\npor Herrera la representó más efectivamente que cualquier\notro.- Tampoco, sin embargo, esa corriente dejó de señalar\nsu influencia en grupos bastante diversos y creo difícil\nnegar, por ejemplo, que marca buena parte (ya veremos con\nque complementos) de la posición internacional que por años\nha sido expuesta en este semanario.\nPodría . decirse de esta actitud que también es otra \"ideo\nlogía^ y esa afirmación sería verdadera dentro del margen,\ninevitable en nuestro tiempo, en que todo conjunto de po\nsiciones tiende a organizarse en un sistema coherente en\nun orden racional. Con todo, si una ideología fuera, tam\nbién su tinte \"antideologista\" fue inequívoco.\nPorque es el caso que, enfrentada con la homogeneización\ndoctrinal que ^.^o anos ue ^a Guerra aparejaron, la primera\n\nreacción de esa posición fue un instintivo descreer en las\nideologías o, por lo menos, afirmar su relativismo. Podrá\nalegarse aquí que también actuaban en esa posición hombres\ny ^rupos que creían en los argumentos totalitarios, y los\nsostenían. Pensamos, con todo, que hoy a dos décadas de dis\ntancia, resulta indiscutible que esos núcleos y esos hom\nbres constituyeron algo episódico^ pensamos que las razones\nconcretas del enfrentamiento y la resistencia estaban más\nallá de su alcance, por lo que no fueron, en lo sustancial\ndeterminados por ellos.\n\n�Cuando se descree en las ideologías y en este caso en\nla ideología, demoliberal con todas sus contingencias, es\nporque se descree en las ideas como instrumento racional de\ndeciüir de los sucesos y de ordenar el rumbo de la histo\nria. Pero es también . porque^se ve en las ideologías,cuales_\n\nquiera ellas sean simples máscaras de a voluntad de poder,\nsimples portavoces de intereses, ya sean estos nacionales\no de clase. Tal actitud puede tener un lejano aunque cier\nto abolengo maquiavéico; puede nutrirse también de las afir\nmaciones de Marx y de su descendencia. El sustrato de la ~~\npostura uruguaya resistente parece haberse sustentado en\n•\n\n/\nv\n\nla primera vertiente y aquí np^ r^rp^-m'mos a las_^agudas ob-\n\nseryaciones clft ^rturo Sanpay sobre la influencia de naqi\nvelo en Herrera. Se vio pues en la ideología democrática\nincondicionada la máscara de la voluntad de poder, la deco\nrada cohonestación de intereses nacionales empeñados en una\nlucha a muerte por su supervivencia. En la larga polémica\nde esos arios, no careció, sin embargo, de excepciones, esa\nimputación monolítica a los^intereses nacionales\" y la po\nsición de MARCHA, agreguemos todavía, fue mucho más capaz\nde discriminar entre una colectividad y JLos sectores pri\n^ilegiados Que la conduceru\nComo no podemos ser minuciosos, pasemos entonces a que\ncompensando esta descreencia en las ideologías, la posición\nresistente proclamó la primacia de lo tangible, de lo pro\npio, de lo probado, de lo próximo •••'De la historia, de la\nGeografía, de la Economía y hasta de la Biología. Sostuvo\n\"el egoísmo sagrado\" de la propia entidad nacional, la\nprimacía de los concretos intereses uruguayos. Afirmó el ^.\nvalor de las afinidades de raza, de origen, de situación\ngeográfica, de vecinaad, de estilo de vida. Creyó que las\nsituaciones de preeminencia y de subordinación que vienen\ndé la entraña histórica no se borran con las palabras ni\nlas promesas, que las contriccionés de una conciencia na\ncional inquieta, los apremios del peligro y los artifugios\nde la propaganda pueden suscitar.•——\n\n/ Este conjunto de üeterminacines—eorrfiguró para esa posi;ción lo que puede llamarse ,f1o permanente'1} ¡ las líneas fir\n-,'mes de un contorno naciona^^na^a^fácii de cambiar.\n\nCada actitud uruguaya debía sopesar para ella las exi\ngencias de ese contorno y contrastarlas con aquello que pu\ndiera no pasar de ser pura alienación, novelería.\n/\" En términos nuestros, defendió entondes la solidaridad re/ gional del Río de la Plata, de lejano abolengo artiguista,\n/ la identidad del destino sudamericano, los vínculos raciales\n[\ne históricos de lo hispánico y lo continental, la persisy tencia de los impulsos hegemónicos de los imperialismos\n\\ y muy especialmente del estadounidense.\n\n\\\n\nSu descreencia en las ideologías le hizo hostil a todo\nel maniqueísmo reinante, a toda discriminación mundial,\n\n�10\ncontinental o regional en buenos y malos, justos y repro\nbos, absueltos y condenados. Se negó entonces a una divi\nsión de pueblos y gobiernos de acuerdo a tales categorías,\nresistiendo con todas sus fuerzas las tentativas de inter\nvención que ya por vía directa, ya por la del ''no-recono\ncimiento1' fueron lanzadas. Si veía en cada pueblo, (con\nun respeto de raíz romántico-historicista) un desarrollo\ninterno incondicionado, que no podía ser objeto de juicio;\nsi veía lo precario de toda clasificación ideológica, es\nlógico que sostuviera los que pueden ser considerados los\ndos corolarios de esa actitud, esto es :1a amistad indis\ncriminada con todos los pueblos, naciones y regímenes co\nmo norma única;el derecho de cada pueblo, en cualquier\ninstancia, a darse el gobierno que desea. Y si a esto se\natiende tampoco deja de ser lógico que considerara una li\nmitación de ese derecho todo juicio exterior de si es real\nmente cada \"pueblo\" el que está dando a través de su efec\ntivo deseo o si se le está, simplemente, imponiendo. Pen\nsaba en esto, no sin lógica, que tal intervencionista, el\nprincipio inexorable de la imposición que se quería conde.nar.\n\nA quince o veinte años de distancia puede, tal vez juz\ngarse con relativa equidad el conjunto de actitudes que\nhemos tratado de dibujar. Con pasajeras disidencias, el\nsector nacional del herrerismo lo sostuvo con tenacidad\nejemplar y contra todas las presiones hasta el punto de\ncostarle su defenestración del gobierno de 19^2 y cinco\naños de propaganda comunista de \"Herrera a la cárcel\".\nPueda decir alguien que no pertenece a ese grupo político,\nque tal actitud resguardó valios^s posibilidades urugua\nyas y que defendió de una homogenización masiva, rasgos\ndiferenciales y sustanciales corduras. Que tuvo también\nsus limitacjones, sus manquedades parecen evidentes. La\nmisma preeminencia que lo cercano y lo experimentado tu\nvo para ella, debió pagarse en peligrosas desatenciones.\nLa que tuvo hacia la creciente interdependencia de todos\nlos acontecimientos universales, hacia la ilimitada repercusici\":\nmos\n\nde v^..,\\.t u.;c d^ ellos sobre el orbe entero es, cree\n\nla más grave. Estos nuevos fenómenos, siempre acele-\n\nrados por el desarrollo técnico que empequeñece el mundo,\nhicieron \"pari passu\", más inexcusable una actitud moral\nque no nace con ellos pero a la que ellos insuflaron urgen\ncia. Es la responsabilidad (se sea o no sartriano, se con\nciba diluida o brutal) por todo lo que sobre la tierra ocurre. Es el deber del juicio en el que, por lo menos, es\nta responsabilidad tiene que expedirse. Un juicio ineludi\nble, aunque no sea estentóreo, ni seatajante (como es el\nuso nacional y por el contrario conozca la prudemci^, las\ncautelas de una buena información despreju^'^iada, la com-\n\n�11\nplejidad peligrosa de todo hecho humano. La frase de Herre\nra, \"allá lejos, los amarillos y los rubios del ^orte\" en\nocasión de Pearl Harbor podría valer por expresión máxima\nde esta postura. Le hizo mucho mal a Herrera y fue una fra\nse infortunada. Pero formaba parte de una posición. De una\nposición más coherente de lo que se veía por entonces y\nque no era sostenida, era el caso del emisor, por alguien^\nque fuera un antiestadounidense apostólico y menos muchísi^\nmo menos un antibritanico del mismo cariz.\nEn la neta diferenciación entre lo que es permanente y lo\nque es accidental en la política internacional de un país,\npodría rastrearse hasta su más hondo calado ese tipo de\ncompromiso entre historicismo y \"naturaleza\" que es rasgo\nde muchos estilos de pensamiento. Pero también cabe pen\nsar de esa distinción que no toma bastante en cuenta la\nmovilidad esencial de lo histoÜxo la capacidad de invención\nde creación, de libertad en suma, que la historia posee.\nSi se descartan esta movilidad y esta libertad es falta\nque las ^relaciones entre naciones y cada nación misma cua\njen en una inamovible significación que las identifica(por\ndebajo de la historia de sus clases, sus intereses y sus\nideales) con tal o cual valor, sean ellos la Rapiña, la\nLibertad, la Cultura, la Democracia o la Fe. Si se prescin\nde de esa capacidad de invención de la historia, las mis\nmas variantes torrenciales que la técnica impone pueden\npasar a nuestro lado sin que seamos capaces de verlas. La\n\nsolidaridad del Plata, por ejemplo, un argumento rector\nde aquella postura, p3^nteada en los términos relativamen\nte inmutables de la estrategia terrestre y naval que corre\ndesde la vuelta de Obligado hasta la batalla de Punta del\nEste puede ser totalmente pasible de revisión en una es\ntrategia mundial de armas teledirigidas.\nUn estilo internacional\n\nA la distancia de estos tres lustros, a^arece con espe\ncial relieve que si la inclinación del pais,sus convenien\ncias y su misma subsistencia le llevaban a embanderarse del\nlado de las Naciones Aliadas, el lujo de gestos y medios\ncompulsivos que para ello se empleó no obedecía a razones\nde contralor interno de la opinión pública sino a muy otras\nrazones. Porque si los núcleos resistentes a tal regimentación se hallaban dispersos y ninguno coincidía con las\nllamadas \"fuerzas armadas\" (única •> área medianamente pe\nligrosa) no puede dejarse de pensar que el blanco a que se\napuntaba estaba más allá de las fronteras del país. No nos\nparece dudoso que haber querido (y sin duda conseguido)\ncargar al Uruguay con un suplemento, aparentemente innece-\n\n�13\ncontundentes e irreplicables cuanto hubiera sido incapaz\nde enfrentar, a cuerpo limpio el país, mano a mano, las\nconsecuencias de muchos de sus gestos.\nEl ir^nico 1 pera t i/o del \"animemos nos y vayan\"pudiera\naplicarse también a muchas de aquellas denuncias, a mu\nchos dé aquellos proyectos. Con un puritanismo democrá\ntico bronco y peleador, enjuiciamos gobiernos vecinos de\nnaciones amigas y si no decimos gobiernos amigos de na\nciones vecinas resulta claro que la prudencia elemental\nde una nación pequeña y débil obligaba a la sinonimia.\nCon el mismo puritanismo rotulamos con etiqueta ilevantable gobiernos, personas y procesos. Y también aquí es\ntábamos seguros de tales actitudes y sabíamos que un po\nder sin contrapeso nos tutelaba. Ante una de estas cir\ncunstancias dijo Quijano alguna vez i \"Si bien nuestra\npequenez puede evitarnos que la imprudencia frivola ten\nga respuesta, ninguna condición nos exime del ridículo\".\nHace casi un siglo, en su clase inaugural del curso de\nDerecho de Gentes, Alejandro Magariños Cervantes había\nenunciado una de las normas que rigieron más tarde nues\ntra conducta internacional. \"Débiles como somos, no nos\nqueda otro baluarte que el larecho Internacional\". Pe^o el\nDerecho\nInternacional en que Magariños pensaba era en\ntonces un conjunto estable de normas detras de las cuales\nnuestra discreción podría permitirnos vivir. Ahora ocu\nrría otra cosa muy distinta y es que en los tiempos re\nvolucionarios en que entrábamos queríamos esgrimir un De\nrecho Internacional que se estaba inventando como instru\nmento de nuestra proyección en el mundo, como trampolín •\nde nuestras ansias ilimitadas de figuaración.\nConfiamos que ese Derecho y la instauración democráti\nca que la guerra traería cubriría con su eficacia y com\npensaría ampliamente nuestro desdén de las solidaridades\nhistóricas, nuestra indiferencia a las afinidades geográ\nficas., nuestras infracciones a esas razones de estilo que\nimponen conducta mesurada a una nación corporalmente en\ndeble y a esas razones de elegancia que exigen que las\ngrandes potencias saquen las castañas con su mano y no\ncon ^as ajenas, y al parecer oficiosas, de las que forman\nen s>u séquito.\nCuando vinieron tiempos más apacibles, algunas proclivi\ndades se borraron.\n\n:\n\nEl puritanismo intervencionista se desvaneció pero no\nfaltó, en su reemplazo, la beligerancia decidida en proble\nmas complejos y lejanos. El advenimiento del Estado de Is\nrael, en 19^8, despertó una sistemática adhesión a los pos\ntulados sionistas y una hostilidad, apenas disimulada, al\ndespertar de los pueblos árabes. Nuestro oneroso delegado\npermanente en la O.N.U. encarnó esta posición y la sigue\nencarnando. Y aunque es indudable que tal postura contaba\n\n�con las extensas simpatías que la tenacidad y la fe de Is\nrael son capaces de sucitar por sí solas, es indudable tam\nbién que un factor nuevo, el electoral-interno, pesaba de^cisivamente en tal conducta. Las elecciones de 19 50 marca\nron el ápice de la maniobra que, felizmente, se fue embo\ntando más tarde cuando la colectividad hebrea demostró,\ncon mejor sentido que sus aduladores, que su complejidad\nideológica la hacía reacia a ser arrebañada en una sola\ndirección.\nTambién quedó nuestro incontenible deseo aldeano de lla\nmar la atención en las capitales. Cuando en 1946, pese a\nser país que había visto la guerra de lejos, objetamos la\naplicación de la pena de muerte para los juicios de Nurember y distrajimos a las ^aciones Unidas repitiendo la carv\ntilla archisabida y pedantesca de los argumentos contra ;\nella: cuando en 19 57 el Sr. Tejera conmovió al mismo orga\nnismo repitiendo esos argumentos con motivo de la simpáti\nca Laika, era ese \"ego\" uruguayo, madurado a través de una\ndécada de represiones el que encontraba a través de esos\nepisodios, tan inocuos como grotescos, su des'anogo. Pues\neran, en realidad, desahogos.\nPorque, cuando terminó la Guerra, creíamos que nuestra\nviolenta aunque incruenta beligerancia nos haría acreedo- .\nres al reconocimiento emocionado de los vencedores. Pensa\nmos que seríamos algo así como una Varsovia o una LÍcide\nvivitas, manuable y recompensable. Supimos que Churchill\ny Attlee, Truman o Eisenhower mirarían enternecidos hacia\nel Sur y pensarían que allí tenían un país democrático, un\npaís de confianza, un país a mimar.\nBastante abismal fue la desilusión cuando vimos que >>a-\n\nquella beligerancia [no se traducuíat[de emisión localy en\notras admiraciones que aquellas, que trascienden del len\nguaje prefabricado de visitiantes o embajadores. Grande\nfue también la desilusión cuando vimos que las naciones cu\nya cuarentena habíamos buscado, ocupaban mucho antes que\nnosotros los puestos más visibles de los nuevos organis\nmos internacionales• Tuvimos un juez en la Corte Interna\ncional de Justicia y le dimos un Secretario a la burocra\ncia ambigua y onerosa de la Ü.E.A. Poco mas.\nY cuando, durante el año pasado, el cacique nativo que\nnos desgobernara por casi una década quiso empinar su esta\ntura, irremisiblemente suburbana, a la Presidencia de la\nAsamblea de las Naciones Unidas, su candidatura no llegó\nni a las conversaciones previas y menos a las votaciones.\nSe dice que una negativa cortés no carente de ironía,puso,\nvarias estaciones antes, en su justo lugar, la descabella\nda pretensión.\n\n�15\nLa doctrina Larreta\n\nEl conjunto de proposiciones que la cancillería del Uru\nguay presento a fines de 1945 a las demás naciones america^\nñas ha sido comentado a menudo en estas páginas desde su\nplanteo inicial hasta posteriores y muy cercanos intentos\nde revitalización. Es tradición del derecho internacinal\nen América que toda oferta de normas reciba el título, se\nguramente excesivo, de \"doctrina' y esa suerte fue que me\nreció la del Ministro de Relaciones Exteriores de Amézaga.\nUn panorama de nuestra política internacional uruguaya\nno puede eludirla, porque si es en su contexto que la doc\ntrina Larreta se ilumina en su verdadera luz y sentido,\ntambién es cierto que la nota uruguaya de 194 5 culmina ese\nsostenido estilo internacional que tuvo su origen en los\naños iniciales de la Guerra Mundial II y que hemos tratado\nde caracterizar.\n\nComo no nos toca prejuzgar sobre las intenciones humanas,\nsupondremos que el estadista uruguayo que la lanzó creía\nbuenamente 'suplir con ella una deficiencia del sistema\ninteramericano y poner éste a la altura de nuevos y amena\nzadores fenómenos político-sociales. Pero el largo trayec\nto que va de las intenciones a los resultados es tema de\nalgún adagio muy conocido y lo que corresponde entonces\njuzgar son los posibles resultados de una iniciativa que\nesporádicamente cobra vida y gana defensores.\nLa doctrina Larreta se basa, como es notoria, en la in\nnegable relatividad de las soberanías nacionales (usemos\nla f^rmula pretensiosa; en \"la caducidad creciente de la\nforma nacional\") y en indisputables derechos que la Socie\ndad internacional posee. Derechos ante situaciones que pue\nden comprometer la comunidad de naciones enteras; derechos\nante lo que dentro de una frontera pueda violentar escan\ndalosamente los presupuestos morales o políticos mínimos\nsobre las que todas viven o dicen vivir. La doctrina Larre\nta olfateó habilidosamente cierto aire de \"política misio\nnal ' q^v^ el mu^.u^ rco^xi'ü uesde hace un cuarto de siglo,\n\nde esa conciencia de una \"misión\" que, según Eugenio DfOrs,\nsignifica \"meternos donde no nos llaman\". La práctica el\ncomunismo desembozadamente, pese a sus postulados teóricos\ny también es pasible de recuerdo que para un sector del mun\ndo tan vasto como el católico el principio de la \"no inter\nvención\" está condenado por su trasfondo filosófico autono\nmista en una encíclica tan solemne y terrible como el \"Syllabus\".\n\nPero la doctrina Larreta, como todo planteo jurídico pre\nsuntamente abstracto e incondicionado, pasó por alto muchas\ncosas.\n\n155546\n\n�16\nPasó por alto, para empezar, que la comunidad de nacio\nnes americanas no es la constelación de naciones iguales\nque la misma idea de comunidad implica sino una desnivela„.^ da congregación continental (desnivelada hasta un extremo\n\\ inimaginable en cualquier otro continentalismo) entre una\n\"superpotencia\", algunas naciones medianas, y un cortejo\nmendicante de infrapotencias.\nDurante los años de la guerra, la fuerte perspicacia\nrealista del al^m^n y--???. S^hmitt advirtió, con.^alcances\n\nuniversales este fenómeno. Poco tiempo después replanteó\ntambién el tema, sin falsos pudores, el norteamericano\nFox. No se trataba de una simple constatación ni se que\ndaba en valer por tal; aspiraba a penetrar en las mallas,\ntan tenues, por otra parte, del Derecho Internacional, re\nclamaba una reclasificación de sus sujetos. Y, aunque se\nguramente no fueron sus consecuencias en que Schmitt pen\nsaba, la constitución de las Naciones Unidas, en 1945, con\nsu Consejo de Seguridad, sus miembros permanentes y su de-^\nrecho al veto, consagró los nuevos y clamorosos desnive\nles en un documento internacional de vigencia principalí\nsima.\n\nPero en ningún área mundial, sin embargo, reiteramos, se\n. da este desnivel con mayor nitidez que en el hemisferio\noccidental y esa tan irremisible situación de hecho, la\ndoctrina Larreta la olvida o elude. ;iLa intervención co\nlectiva\", uno de sus tres puntos fundamentales, hubiera\nsido la intervención real de la superpotencia del Norte,\na la que se daba, con la hipocresía de corifeos siempre\ndispuestos, un instrumento di^nificado de intervención.\nTodo esto ya lo advertía Quijano, en esta MARCHA el 30\nde noviembre de 1945 y la observación no fue le^antada nun\nca.\n\nCosa de un año antes, el Dr.Guani, no sin sugestiones\nj ajenas ciertamente había intentado emplear el instrumento\nde las Reuniones de Consulta de Ministros de Relaciones\n; Exteriores para condenar la actitud de Argentina y lograr\nsu expulsión de la Unión Panamericana. Con la doctrina La¡ rreta, sin embargo, culminaba por mano del Uruguay la renun\ncia a un esfuerzo da medio siglo que había pugnado por arrancar de los Estados Unidos la renuncia total al derecho\n\\ de intervención. Entre la VII Conferencia Panamericana de\n\nMontevideo de 1933 y la VIII de Lima en 1933 se había logra\ndo tal fin y a veinte años de distancia no podemos dejar\nde pensar en ese triunfo con cierta melancolía y cierto or\ngullo. Porque si hoy sabemos (y supimos siempre) que evitar\nla intromisión de una gran potencia es como ponerle puer\ntas al campo (y que la intervención de gobierno a gobier\nno es en cierta forma la más combatible y benigna) había\nen aquellos esfuerzos, de cualquier manera, la intención\n\n�17\nde guardar un patrimonio, la voluntad de vigilarlo.\nEl 'paralelismo de la democracia y de la paz\" y \"la pro\ntección internacional de los derchos del hombre\" eran los ...^\nrestantes principios de la doctrina y traducen una inspi\nración homogénea, no obétante ser el primero declarativo\ny normativo el segundo. También puede decirse de ellos que\nforman parte de ese repertorio de convicciones y propósitos\nque todos los seres medianamente civilizados, con la excep\nción de malvados y excéntricos portamos. Pero tampoco se\nnecesita el hilado fino de los semánticos, apasionados in\nvestigadores de la fundamental ambi^üedad del lenguaje po\nlítico, para saber que cuanto mayor y más ancha es la de\nliciosa unanimidad que un principio sucita, mayores son las\nvías por donde lo contingente y lo ambiguo de toda la rea\nlidad que lo maltrata, lesiona, falsifica. El \"hombre co\nmún\" quiere seguridad y libertad y paz bajo todos los cie\nlos, pero ¿en qué nación occidental u oriental gobierna\n\"el hombre común\" y en cual no está manejado, y estrujado,\npor equipos, oligarquías o castas -como quiera llamárselaseconómicas, políticas o militares? Y, si a pesar de sonar\na pedantería, También es inevitable recordar que hay tan\ntas concepciones de la democracia y de la paz y de los de\nrechos humanos como ideologías se mueven y pugnan en el\nmundo (y tantas también corno ellas las diferentes sensibi\nlidades para sus eventuales quiebras) una sola conclusión,\nno por demasiado repetida, se impone. Es la del contraste\nentre la rigidez y la explosividad de cualquier medida de\n\"intervención multilateral\" o \"colectiva\" (que en la prác\ntica se sabe sería otra cosa) y la desesperante imprecisión\nde las situaciones que podrían ponerla en movimiento, ha\ncerla efectiva.\nLas ideas de la\"derecha liberal panamericana\" tiene su ?\ncuadro particular de infracciones y tiene, especialmente,'^\nsus derechos y libertades predilectas. En algunos casos,\nes cierto, prácticamente todas las posiciones latinoameri\ncanas pueden coincidir con ella. Las dictaduras patrimo\nniales del área del Caribe son ejemplo intergiversable de\nlo que todos repudiamos pero si se analizan otras actitu\ndes de ese \"neoliberalismo\" que es el propulsor de la doc\ntrina Larreta y que ha dominado los últimos veinte años de\nnuestra política internacional, se advierten posturas mu\ncho menos unánimemente compartibles. Sin entrar a análisis\nde detalle digamos que, y por distintas razones, son las\nasumidas ante Bolivia, Colombia, Paraguay, Argentina y más .\nrecientemente Cuba.\nUn estudio de cada una de ellas nos llevaría a la conclu\nsión que en otra parte debíamos desarrollar y es la de que\nj\nesa derecha neoliberal profesa una concepción de la democra- \\\ncia, los derechos humanos y la paz que no difiere sustan!\ncialmente de aquella que las clases dirigentes europeas y\n\n�18\nlas clases medias coloniales, progresistas tenían hacia el\nprincipio dé siglo. Una concepción en suma \"particular\"\nuna \"perspectiva\" de ciertas realidades que solo una gene\nración ilegítima3 ingenua o dolosa, puede identificar con\ntoda concepción o perspectiva posibles.\nYocurre entonces que este instrumento intervencionista\nque la doctrina Larreta hubo de crear, y aun no sería im\nprobable que fuera creado, pudiera servir para barrer dema\nsiadas cosas. Para barrer, por ejemplo, esas repulsivas\ndictaduras patrimoniales cuya caída sucesiva el continente\nentero festeja. Pero pudiera servir también para herir otros\nN régimenes, otras corrientes, otras tendencias.\nLos adjetivos \"nacional\" y \"popular\" han sido demasiado\nvilipendiados a través de dos años de la triste Argentina\nactual para que pueda usárseles por mucho tiempo. Pero es\nindudable que desde lS^b hasta hoy, están apareciendo en\nLatinoamérica movimientos nacionales que, con toda las im.'** precisiones, infidelidades, heterogeneidad y cautelas pre\nvisibles, merecen esos adjetivos. Tuvieron por precursora\nla Revolución mexicana de 1910 o por lo menos sus mejores\nsus más frágiles aspectos. La actual revolución cubana pue\nde ser ejemplo excelente de ese ritmo, de aquellos impul\nsos, de aquellos peligros.\nYaquí cabe afirmar, sin hipocresías pero con necesidad,\npues no hemos encontrado el argumento en ninguna de las\ncríticas que la doctrina Larreta ha merecido, que es ante\nestas realidades nuevas que su peligrosidad fundamental se\npone en descubierto. Porque lo cierto, lo intergiversable\nes que vistas desae afuera y p^ca la mirada gruesa las re> voluciones nacionales y las dictaduras patrimoniales pue\nden parecerse demasiado. Y la causa de esto no es esotéri\nca. Una ideología como la del neoliberalismo panamericano\nproclama con fácil, generosidad derechos y libertades ab\nstractas y universales. Pero lo efectivo es que sólo asegu\nra ^quellas que más le importan a los sectores que por de\nterminada situación económico-social están en condiciones\nde ejercerlas. Tal el caso, por ejempcho, de la libertad de\nprensa, del derecho a la organización de partidos.\nSe está viendo todos los días como se entienden en Lati\nnoamérica y en los Estados Unidos algunas de estas liberta\ndes .\n\nComo entendieron los derechos de propiedad, por caso, de\nla \"United Fruit\", violados en Guatemala, los grupos domi\nnantes del hemisferio. Como están en vías de entenderla, o\nlo desearían, sin el control político, en la coyuntura de\nla reforma agraria cubana.\nPero si algún ejemplo es ilustrativo entre todos es el\nde la \"libertad de prensa\"^ Es el como entiende esta li\nbertad el poderoso y turbio grupo de la \"Sociedad Interamericana de prensaV Como identifica esa libertad y la con-\n\n�19\nvierte en piedra de toque de un régimen;idemocrático\"(ei\nresto de la sociedad sin expresión, los diarios pobres no\nimportan) con la irrestricta existencia de los grandes leviatanes periodísticos. Como defiende, en fin, el núcleo\nde privilegios que hacen de esa docena de diarios america\nnos un fenómeno impar de retribución económica y espiritual\n(la buena fama y los millones casi nunca andan del urazo).\n0 un estuario, dijéramos, en el que se encuentran el nego\ncio sabrosísimo con el instrumento de influencia de honor,\nde prestigio.\nToda esta situación, su precariedad y su radical injusti\ncia no la ignoran los beneficiados en caso de amenaza y no\nes un tiro al aire el que lanzara hace pocos días el argen\ntino Gainza Paz cuando, desde lo alto de su presunción multimillonaria miraba hacia La Habana y advertía a ''los as\npirantes a dictadores\".\nY si ello es así, es también posible que por eso mismo,\nsi se prescinde del sentido y dirección de los actos polí\nticos concretos, esa identificación de que hablábamos pue\nda convertir a cualquier forma de intervencionismo en un\ninstrumento demasiado indiscriminado.\nPorque el caso es este: la intervención unilateral o mul\ntilateral podría ser eficaz instrumento de sanción contra\nesas aborrecibles tiranías superstites que todo el continen\nte desprecia. Pero también podría ser arma dirigida contra\ntodos los movimientos que, al sesgo de las convicciones del\nequipo neoliberal, busquen a su modo, inexorable modo, la\npromoción de los pueblos de Iberoamérica. Para la mirada\nque ve largo y hondo en el continente no resulta discuti\nble que, si no hemos de ser como el gato de Shakespeare\nque quiere v_ . la sardina pero no mojarse los pies, sacri\nficios muy largos y duros nos esperan. Si^ al modo argen\ntino, no optamos por abrir el país al dominio de los con\nsorcios internacionales, el prospecto unánime de ascenso\nde nuestros niveles de vida y su único instrumento posible\nde capitalización masiva tiene que implicar constricciones,\nrestricciones de los grupos dominantes, dureza, fe,inflexibilidad. Muchas experiencias universales nos lo están\nseñalando y la misma actitud de los núcleos filo-interven\ncionistas ante ellas, nos dice donde está el peligro.\nEn busca de una conducta\n\nCuando estalló en 1939 la Guerra Mundial II, hacia más\nde medio siglo que el Uruguay vivía abrigadamente en la\ngran cavidad materna del orden mundial británico. Los vien\ntos del mundo llegaban hasta ella, pero tamizados. Los pro\nblemas del destino americano sólo eran tema de especulación\no de retórica: nuestra lejanía de la zona del Caribe nos\n\n�20\nresguardaba de las más crudas experiencias que nuestro con\ntinente conocía. El reemplazo de Londres por New -York como\nmetrópoli prestamista, las restricciones comerciales y cam\nbiarías a partir de la crisis de 1929, el avance comercial\nalemán desde 19 34 fueron apenas las oías que rizan la super\nficie de una masa honda e imperturbada. Pese al asalto de\nlas nuevas fuerzas (aunque muy abatido y precario) sobre\nvivía un sistema internacional relativamente estable y en\nla Sociedad de Naciones, entre otros estados fieles, el\nUruguay le había prestado un apoyo sin pausas. Situados\nen condición periférica a las más gruesas, gravosas y dra\nmáticas determinaciones de lo americano, al tiempo que ha\nbíamos cumplido sin tropiezos nuestra misión de \"estadotapónÍT, pudimos secundar en los organismos colectivos hemis\nféricos ese período de relativa estabil^zación que fue la\n\"good-neighborhood\" y que se confirmaba en el otro equili\nbrio mundial de las esferas de dominio de las dos poten\ncias anglosajonas.\nAl salir de la Guerra, en 194 5, no creemos aventurado\nsostener que la convicción de que ese equilibrio estaba\ndespedazado, caló hasta extremas honduras del subconscien\nte nacional. Cuando, en marzo de 1944, se elevó a Embajada\nnuestra legación en Gran Bretaña hubo discursos en el Se\nnado. El folleto que los recogió es sumamente ilustrativo\nporque no falta en ninguno de ellos ese tremolo de angus\ntia, de incertidumbre por lo menos, de aquel que contempla\nun cabo salvador escurrírsele de entre las manos.\nY más tarde todavía, cuando tras el envío de la misión\nGallinal a Londres en 1948, se nacionalizaron en 1949 los\ngravosos ferrocarriles que Inglaterra nos dejó, tampoco\nsería excesivo ver en este episodio algo así como la rup\ntura de un cordón umbilical, algo así como el envión que\nnos dejaba desnudos y berreantes, en la intemperie del mun\ndo.\n\n.\n\nEl advenimiento del peronismo, casi simultáneo a la ya\nexaminada doctrina Larreta fue para el Uruguay el primer\ngran presente inmediato de esa postguerra tan idealizada\nhasta poco tiempo antes, tan hosca cuando vino. El peronis\nmo planteó a la línea nacinal uruguaya un desafío estruen\ndoso por su calidad irrecusable de vecino y por todas las\nimplicaciones que esta calidad aparejaba. Ese desafío a\nveces hizo bajar nuestros fuegos; otras los avivó, dándole\nal país el delicioso ;<grisson nouveau'1 de estar enfrentan\ndo riesgos reales. Nada pasó, sin embargo, de las protes\ntas de Buenos Aires, en 1952, ante el empíeo de un mapa de\nlas Malvinas en un tratado de rutina con Inglaterra, de\nlas tentativas de 19 55 por ¿edefinir los derechos del exi\nlado y la figura de la excitación a delinquir, de las difi\ncultades aduaneras de 19 53-55, de un Punta deí Este semi-\n\n�21\nvacío, de los clásicos\n\nde Enero y de las peleas de Dogomar\n\nMartínez..\n\nEl intervencionismo de Guani, concebido en la forma de\nConsultas previas de Cancilleres para el reconocimiento de\nciertos regímenes, había estado dirigido contra situaciones\nque ponían en peligro, o así se suponía, la tan cuidada so\nlidaridad americana. Toda vía en junio de 1948 y por inter\nmedio de su embajada en Buenos Aires, el Uruguay lanzo de\nnuevo la idea de esas consultas respecto al reconocimiento\nde gobiernos nacidos de cuartelazos (Perú, Venezuela).La\npropuesta no tuvo andamiento y era difícil que pudiera ha\nberlo tenido ante fenómenos que si importaban un asalto al\npoder en su forma más desembozada no comprometían esa \"so\nlidaridad americana\" que los asaltantes eran los primeros\nen proclamar\nAsí, aunque a regañadientes, tuvo el país\nque reconocer en 19 52 la vergonzosa situación de Venezue\nla, apelando a los argumentos clásicos de la \"efectiva au\ntoridad\" y \"la capacidad y la voluntad de cumplir las obligaciones internacionales\".\nEntre 194 5 y los años que corren, si hemos de atender a\nlos trazos más gruesos, y como un móvil que se mueve a\nun impulso ya dado, la política externa del Uruguay conti\nnuó resgistrando los rasgos que adquiriera en el período\nanterior. Qáiere esto decir que continuó asumiendo, aunque \"\"^\ncon creciente menor convicción el papel de cruzado de las\nformas democráticas en Hispanoamérica ^ quiere también de\ncir que siguió marcando el paso de la coordinación inter\namericana ^ significa, por fin, que hubo de alinearse, y lo •;'\nhizo, en la decalización mundial de la \"guerra fría\".\nPor una parte, concurre en 1945, a Chapultepec, donde se \"\"\nechan las bases de la O.E.A. En 1947 asiste a la Reunión\n-^'\nde Janeiro que prepara el Tratado Interamericano de Asis\ntencia recíproca que aprueba el año siguiente. En 1947 envía ;\nuna brillante delegación a la memorable IX Conferencia Pa\nnamericana que conoció el tremendo \"bogotazo\" de la muerte\nde Gaitán y participa allí eñ la aprobación de algunos do\ncumentos más aparatosos y vanos de la historia del paname\nricanismo: la Cai'ca Americana de los Derechos y Deberes del\nHombre, la Carta ínteramericana de Garantías Sociales, el\nTratado americano de Soluciones Pacíficas, la Carta de la\nOrganización de los Estados Americanos, en fin. (Recien aprueba alguno de estos documentos en 1955).Asiste también\na Washington, en 19 51 (Cuarta Reunión Consultiva de Canci\nlleres) .\nMientras tanto y al ritmo de la división del mundo, el\npaís asumió, solidariamente con otras naciones latinoameri\ncanas, las posturas occidentales.•\n\n.\n\nEn 1943 el Uruguay había reanudado con la Unión Sovióti- i\nca las relaciones que estaban rotas desde 1938. En 1945 en- \\\n\n�22\nvio allí a Emilio Frugoni. En 1946 reconocimos Bulgaria,^\nsolo diez años después lo haríamos con Hungría. En 1946,\nsecundamos la cuarentena diplomática decretada por la O.N.U.\ncontra Franco. Fuimos una de las últimas naciones latinoa\nmericanas en acreditar Embajador en Madrid. En 1947 adhe\nrimos a U.N.E.S.C.O., creada meses antes y el mismo año\n\naprobamos los convenios financieros y monetarios de Bretton\nWoods que implicaban la creación del F.M.I. y la del Ban\nco Interancional de Reconstrucción y Fomento. En 1948 re\nconocimos con júbilo una nueva nación: el Estado de Isfael^\napoyamos desde entonces, con. fervor latino, el ingreso, lo\ngrado más tarde, de Italia en la O.N.U. y desempolvamos el\nmismo fervor (lo hace periódicamente el Embajador Saénz)\npara expresar nuestras simpatías a las aspiraciones fran\ncesas a \"la grandeur\".\n\nTambién seguimos la línea dura occidental y, paulatina\ny silenciosamente despoblamos nuestra representación en\nla Unión Soviética (aunque esto no pareciera más que multi\nplicar el entusiasmo soviético por acrecentar la suya entre nosostros). En 1952 la llegada de un nuevo Ministro\nde la U.R.S.S* provocó una interpelación en el Senado, en\n19 56, secundamos el repudio del mundo ¿inte la masacre hún\ngara, con un empuje de unanimidad y una seriedad que sólo\nmaculó el gesto -\"tartarinesco1\"' saliendo de nosotros- de\npedir \"sanciones contra la U.R.S.S. \"••\n\nEn el plano mundial, entonces, los acontecimeintos (sal\nvo una excepción que marcamos) parecier^n lo bastante un^\nvocos como para que ningún fundamento tuviera que ser re\nvisado. Fue, en cambio, en el orden americano, en el que\nel trueque de impostación, desde la beligerancia a la incertidumbre rompe, desde entonces, los oídos.\nEn 19 53 el Poder Legislativo aprobó el Convenio de Asistencia Militar entre el Uruguay y los Estados Unidos, firmado en julio del año anterior por Martínez Trueba y Dupetit Ibarra. La aprobación estuvo sin embargo precedida por\nun laborioso proceso durante el cual, por primera vez, se\nplanteó una disidencia nacional en política exterior que\ncaló hasta estratos más hondos que los habituales. El debate parec^ó un diálogo de sordos y ya en esto fue expre\nsivo. Mientras los objetores partían de postular la desea\nble conducta del país en el juego de las tensiones mundia-' les y, no sólo efectividad posible de nuestro ^ntrenamiento\nmilitar sino también la deseabilidad de su uso, los defen\nsores poco pasaron de invocar, con cierto ademán fatalista,\nlos instrumentos ya firmados y su condición de premisas que\nnos empujaban el corolario del nuevo compromiso. El Trata\ndo Interamericano de asistencia recíproca, el mismo conve\nnio de 19 51 sobre instalación de una misión aérea en nues\ntro territorio, habría sido los pequeños pasos que nos em\npujaban a ese otro, mucho más grande. . -,_\n\n�23\nCierto visible malestar que no estaba limitado a los sec\ntores del país que eran tradicional y aun profesionalmente\nantiyankis, aumentó al año siguiente 195^ fue el año de la\nX Co^ferencia Panamericana de Caracas y su famosa declara\nción anticomunista, condena implícita de Guatemala, que el\ndelegado uruguayo Justino •' Jiménez de Arechaga dijo haber\n\"votado con pesar\". La reacción popular latinoamericana, rí\nante la liquidación del régimen guatemalteco está demasia\ndo fresca ^mo para que se? preciso evocarla. Desde los es\ntremecidos días de la guerra española, en 1936, desde el trá\ngico 1940, ningún acontecimiento movía tan revulsivamente\nla entrena de los sectores no-oficiales de Latinoamérica.\nHaya sido o no alentado por el comunismo (que no carecía,\npor cierto, de contactos con el núcleo gubernativo dasaloja\ndo) la amplitud de la reacción desbordó, con mucho,, todo\nlo que la agitación soviética pudiera lograr.\nEra, literalmente, el poniente melancólico de las \"cuatro\nlibertades\" de 1942 y la primera vez que nuestros países\nrechazaron con gesto decidido la primacía, tan circunstan\ncial como absoluta, de los argumentos de la defensa estraté\ngica mundial contra el comunismo sobre las necesidades de\ncrecimiento, promoción y justicia, para muchas de nuestras\nnaciones tiranizadas y mediatizadas.\nYa es otro el estilo uruguayo, cuando en setiembre de\n19 56 la nueva Argentina pro-británica propone al Uruguay\ny al Brasil el Pacto del Atlántico Sur. Todo se diluyó, co\nmo se sabe en vagas declaraciones militares y habiendo blo\nqueado Brasil la tentativa de Buenos Aires, tal vez por pri\nmera vez en muchos años nuestro país se sintió en la posi\nción incómoda de haber perdido su respaldo y estar sin sa\nber cual elegir, (las dos eran \"democráticas\" ahora) entre\nsus hermanas mayores.\n\nEstos hechos (Pacto Militar, Guatemala, gestiones en el\nAtlántico Sur) marcan, es nuestra convicción, el punto ce\nnital de la perplejidad internacional del país. Una perple\njidad de la que no era imposible salir pero que tampoco en\ntonces (y aún ahora) se confina al área concreta de lo ame\nricano,\n\nEs notorio, por ejemplo que el Uruguay (oficialmente) no\nsabe qué pensar de la rebelión de las colonias, ni sabe qué\nactitud tomar ante ésta asunción del nivel histórico con que\nvastos sectores del mundo llegan a su mayoría de edad. No\nsabe, en suma, cómo juzgar esta insurgencia, en la que el\nmismo país, naturalmente a su modo, también está comprome\ntido. En la misma Asamblea de las Naciones Unidas de 1958\nen la que Mario Amadeo expresó la simpatía de las naciones\namericanas por la lucha argelina, nuestro delegado Carbajal\nVictorica no perdió la ocasión, para ofrecer, en un largo ,\ny difuso discurso, la consabida cartilla uruguaya -a fran\nceses y argelinos- sobre lo que es democracia.\n\n�Hasta entonces, y es una causa evidente de la nueva per\nplejidad, el Uruguay había contado con la acción mundial\nsolidaria de los Estados Unidos e Inglaterra y aunque los\núltimos ocho años no han terminado de abrirles los ojos a\nlas clases directoras del país, la enconada lucha angloame\nricana en torno a la Argentina y al Medio Oriente, con el\nepisodio de Suez en 1956, ya es algo que entra, aunque bo\nrrosamente, en su percepción. Siendo, como es, el proceso\nde emancipación colonial un campo predilecto de esa lucha,\nen complicación triangular con la URSS, es explicable el\ntono incierto de la posición uruguaya, que tanto nos trae\nel recuerdo de las tajantes actitudes del ayer.\nLas dos Conferencias Económicas de Buenos Aires (la últi\nma en mayo del corriente año), la reunión informal de can\ncilleres en Washington de 1958, señalan a nuestro ^arecer,\ny culminamos con ellas este desarrollo, el advenimiento de\nun nuevo planteo internacional.\nHace dos meses apenas, tuvo que crearse un Banco Interamericano de Fomento y aunque su capital sea exiguo para las\nnecesidades que debe cubrir y su radicación norteamericana\nmantenga los rasgos de esa centralización que remonta a\n1889, el síntoma no es irrelevante. Todo el mundo sabe que\nsi el Banco fue creado ello se debió, pura y exclusivamente,\na que su postergación hubiera significado una catástrofe en\nlas relaciones interamericanas. La situación paradójica que\naquí comienza a dibujarse es la que, justamente cuando pue\nden considerarse completos los instrumentos jurídicos del\nsistema panamericano el trato entre los paísses que lo in\ntegran haya asumido, inesperadamente, una tonalidad de insurgencia, de interpelación, de amarga protesta.\nLos reclamos y los reproches comienzan a aparecer en las\nentrelineas de los discursos confraternales; otros saltan\na las líneas mismas y las ironías de pasillo se enriquecen\ncon la frase de que \"no somos bastante comunistas para que\nnos ayuden\". Y tan similares son esos reclamos, esos re\nproches que puede decirse que aquel postulado anti-imperialista de que todas las naciones iberoamericanas solidarias\n'dialog^ra^ bil^ter^l:::.:::-.te, como un todo, con los Estados\n\nUnidos, tiene en ese estilo su primer vía de realización.\nSabemos cuales son esos reclamos. Una generosa política\nde desarrollo económico. Una contribución sustancial al as\ncenso de nuestros niveles de vida, a nuestra industrialiaación. Un \"nuevo trato\" equitativo a nuestras materias primas,\nuna estabilización de sus precios, una relación no siempre\ndesventajosa entre esos precios y los de los productos in\ndustrializados. Cesar, en fin, con el apoyo indiscriminado\na todos los gobiernos obsecuentes de Washington y enemigos\nde sus pueblos. Cortar la corriente de armamentos, inútiles\nen una estrategia mundial de \"tocar botones\" y sólo mane\njables para la represión interior. No sostener, por los\n\n�25\nmil medios en que esto puede hacerse sin escandalizar a los\ninternacionalistas, a los dictadores de paz y palo y mucha\n\"libre empresa\".:\n\nConocemos también cuales son las réplicas posibles; respe-;\nto por los Estados Unidos al principio de no-intervención:\nexigencias de los productos internos^ omisión hispanoameri\ncana en poner orden en las respectivas casas; inclinación\nincoercible por nuestra parte a remendar con inflación los\nbajos índices de trabajo, la indisciplina social, el buro\ncratismo inepto, el despilfarro legalizado, el cinismo de\nlos equipos gobernantes.\nNo se trata aquí de examinar unas y otras ni de ver en\nqué diferentes niveles unas y otras pueden ser juzgadas •\ndesde un ángulo liberal, uno marxista, uno nacionalista.Só\nlo importa aventurar que en este tocar tierra con los pro\nblemas concretos de Iberoamérica se encuentra, tal vez, el\n\nfin de la perplejidad que señalábamos, el inicio de un diá\nlogo franco (sin mieles, sin acibar) con.los Estados Unidos;\nlos comienzos, sin duda modestos, de una política menos me\ndiatizada.\n\n-^\n\n�26\nLa posición de Marcha\n\nAlgunos párrafos más arriba, emparentamos la posición de\nMarcha y su dirección con la que acabamos de reseñar. En\ndos ocasiones: junio de 1941 (Proposiciones para fundar una\npolítica internacional) y 1944 (\"Direcvas fundamentales de\nuna política internacional\") Quijano planteó en grande los\nproblemas capitales ae nuestra conducta exterior. Si los\nreleemos, y es una experiencia interesante, nos encontra\nmos con casi todas las posturas anteriores. Pero daremos\ntambién con otras nuevas. La primacia de lo real y de lo\npróximo, la de lo permanente sobre lo accidental, no pertur\n\nbó en la línea de MARCHA la convicción reiterada de que el\nprimer enemigo a combatir era el nazismo en todas sus for\nmas . Pero agregaba MARCHA y creo que la frase es literal\n\"sin desoír nuestros intereses permanentes\" creemos que es\nta reserva, a la que corre unida por cuerda de lo experi\nmentado e inmediato es la que explica también la posición\nantiestadounidense de ayer y de hoy. Y como juzgar esta\nconclusión desde el ángulo de las observaciones recién he\nchas no es lo que nos corresponde, alinearemos dos rasgos\n\nmás de la posición de MARCHA que han ejercido profundo im\npacto uruguayo.\nLa descreencia en las ideologías, tan connatural con el\nestrado más hondo de la personalidad de Herrera asumió en\neste semanario una variante mucho más exitosa y practicada\n,' inagotablemente^ Podría, señalársele, más bien, como la\nf descreencia en los \"ideólogos\" que la sostenían. Es la deí nuncia de la hipocresía sustancial de las definiciones de\nmocráticas de muchos gobiernos. De las que hacen, por ejem\nplo, los dictadores hispano-americanos, bienquistos en Wash\nington o en busca de bienquistarse. De las que hacen esas\nnaciones imperiales que practican su democracia metrópoli\nadentro. Y, si como se decía, es más la de los \"demócratas\"\nque la del régimen mismo, no es menos cierta que esa denun\ncia arrastraba la de la progresiva vacuidad de un rótulo\nque bóxu coura va.geiiCa.ci\n\nn una alineación mundial de poder.\n\nPero ese estar de MARCHA en el sector más apasionado de\nla lucha antinazi y al mismo tiempo velar por c^^tas rera^^a\nnencias de nuestra condición hispanoamericana, promovió el\nfenómeno de una \"conciencia dividida\" que se nos antoja de\ncisivo. Porque la. .conciencia dividida que importaba esa ac\ntitud es para nosotros la asunción plena, ya no en la con\nducta pero sí en los móviles de una conducta posible, de\nnuestra condición de\"pueblos marginales\". Es un tocar tie\nrra con nuestro efectivo destino. Y los pueblos marginales,\nlas naciones marginales, los continentes marginales, por\nserlo, no pueden, sin traición, abrazar las mismas causas,\n\n�27\n\no, con más precisión, abrazarlas de la misma manera, que los\npueblos centrales, los pueblos protagonistas de la historia.\nEn esta ^conciencia dividida\", en esta reacción contra un\npuro aceptar la dialéctica de los \"medios suelos\" que sin\nella se hubieran hecho incontrastables, podría hallarse -y\nes buena reflexión para estos veinte años- una de las con\ntribuciones capitales de MARCHA a nuestra precaria pero no\nimposible madurez como pueblos.\nEsta \"conciencia dividida\", sin caracteres de exclusivi\ndad, pasará al sector actualmente llamado \"tercerista\".(0,\npor lo menos, a los segmentos de él que no son filocomunistas,que no se atreven a decir su nombre). Con ella pasaron\ntambién casi todas las posiciones de esta que hemos llama\ndo \"corriente resistente\" aún recibiendo, claro está, nue\nvas modalidades.\n\nU do la R/^^C/íIía(650) 1603-1636/87\n\n�•m^\n\n:\" if\n\n*\n\n*\n\n�"]]]]]]]]],["collection",{"collectionId":"2"},["elementSetContainer",["elementSet",{"elementSetId":"1"},["name","Dublin Core"],["description","The Dublin Core metadata element set is common to all Omeka records, including items, files, and collections. 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