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¿VDLlOSOILi VI^010J0HJLMV VI

HOd?

�Momento capital en la promoción contemporánea de la expresión
antropología filosófica —de la expresión, no de la materia que de
nomina— lo constituyó la obra de Scheler El puesto del hombre
en el cosmos, 1928, anticipo y anuncio de una obra mayor, a titularse
precisamente Antropología filosófica, ya expuesta en cursos, que no
alcanzó a publicar. Introducía al tema con su conocida distinción de
tres preexistentes antropologías, teológica, filosófica y científica. Nin
guna lo satisface, considerando quebrantados los tres círculos de ideas
tradicionales a que respectivamente corresponde cada una. Se propo
ne por ello elaborar una nueva. Pero desde el principio la vincula
a una de aquellas tres: "me he propuesto el ensayo de una nueva
antropología filosófica sobre la más amplia base". Su ensayo tendrá
de común con la antropología filosófica clásica, lo que a su juicio es
esencial de ésta: el reconocer y fundar para el hombre un singular
puesto metafísico en el cosmos, un puesto aparte. Por eso es también
antropología filosófica, sólo que erigida sobre bases más anchas.
Ese rasgo definidor para Scheler de la antropología filosófica,
la hermana por otro lado con la teológica. Tácita, aunque no expre
samente, lo tiene en cuenta desde que ordena en seguida su discurso
en función de dos conceptos de hombre, que llama el sistemático
natural y el esencial. El primero, referido a "un rincón muy peque
ño de la rama de los vertebrados", resultaba ser el propio de la
antropología que había llamado científica; el segundo, "que conce
de al hombre como tal un puesto singular incomparable con el que
ocupan las demás especies vivas", venía a ser el propio de las antro
pologías que había llamado filosófica y teológica. Atendiendo a esa
sola nota decisiva, y por tanto en el plano más general de la respec
tiva conceptuación, la antropología teológica queda implícitamente
subsumida en la filosófica. Todo el desarrollo de Scheler toma enton
ces el sentido de una polémica contra las explicaciones del hombre
que no se ajustan a lo que entiende ser el concepto esencial de éste,
llevada a cabo en nombre de la antropología filosófica. Aquí empie
za un gran malentendido que circula por su obra y se extiende des
pués profusamente en la filosofía contemporánea.
El término antropología, escasamente usado con distintos restrin
gidos alcances por filósofos clásicos, como Malebranche, Leibniz y
sobre todo Kant, se impuso hacia mediados del siglo XIX en el cam
po de la ciencia positiva, con un significado nuevo. Antropología, a
secas, vino a ser la ciencia del hombre, o si se quiere de la especie
humana, como rama de la zoología. Aun cuando desde el comienzo
pusiera a contribución disciplinas como la prehistoria, la arqueología,
el folklore, la lingüística, la etno^rafía, la sociología, su carácter de
ciencia natural era obvio, desde que dichas disciplinas del orden de
la cultura, caían también entonces bajo la conceptuación naturalista.
En nuestro siglo, al abrirse paso la distinción metodológica entre cien-

�cia natural y ciencia cultural, se ha sentido la necesidad —aunque
no siempre— de distinguir entre antropología natural o física, y an
tropología cultural o social, sin salir del plano científico positivo.
Prescindiendo de la rica problemática lógica y epistemológica que
de tal modo se plantea en ese mismo plano, así como del equívoco
que resulta cuando la antropología cultural es entendida como antro
pología filosófica, o a la inversa, queda en cualquier caso en pie
que toda esa antropología —antropología a secas, o antropología na
tural más antropología cultural positiva— es propiamente la antro
pología científica.
¿Era exactamente eso lo que Scheler entendía por antropología
científica, distinguida de las teológica y filosófica? Aparentemente
sí. Pero al no admitir en la antropología filosófica sino aquellas doc
trinas que se atienen al mencionado concepto del hombre que llama
ba "esencial", automáticamente quedan relegadas a la antropología
científica todas las doctrinas del hombre que interpretan a éste como
una pieza del reino animal y por tanto del mundo de la naturaleza,
"un producto final y muy tardío de la evolución del planeta Tierra".
Sólo tiene el carácter de antropología filosófica la que de un modo u
otro legitima el concepto de hombre que no sólo lo separa sino que
"lo opone del modo más riguroso al concepto del animal en gene
ral." Concluía Scheler al final de su obra: "La misión de una antro
pología filosófica es mostrar exactamente cómo la estructura funda
mental del ser humano, entendida en la forma en que la hemos descripto brevemente en las consideraciones anteriores, explica todos los
monopolios, todas las funciones y obras específicas del hombre." (1)
Las filosofías naturalistas, naturo-vitalistas o naturo-culturalistas del
hombre, por más que sobrepasen a la ciencia positiva, quedan exclui
das de la antropología filosófica así entendida.
No se trata de una eventual impropiedad de lenguaje. Se trata
de que en su origen la antropología filosófica surge adscripta a una
particular dirección o tendencia en la concepción filosófica del hom
bre, con la que aspira a identificarse. Se repitió así lo ocurrido en la
tradicional distinción en la teoría ética entre moral filosófica y moral
empírica, tan filosófica, al fin, ésta como aquélla. Cierto es que como
en el caso de la teoría de los valores, rápidamente se saneó ese vicio
de origen, volviéndose la antropología filosófica campo neutral. Pero
no del todo; el saneamiento ha sido más lógico que psicológico. Aque
lla malformación congénita de la expresión nubla a menudo su obje
tividad, asociándola consciente o inconscientemente a un punto de
vista: el del radical —metafísico— dualismo de lo natural y lo humano.
Que sea singular, con relación a la planta y al animal, el puesto

(1)

M. Scheler, El puesto del hombre en el cosmos, Introducción y cap. VI.

�del hombre en el cosmos, se revela a la menos comprometida, a la
más inocente descripción fenomenológica de la realidad. Es para la
conciencia ingenua un dato primario de su praxis tanto como de
su representación. Lo que quiere Scheler es proporcionar a esa sin
gularidad un fundamento metafísico, legitimar el singular puesto me
tafísico del hombre. Y entiende por tal, lo radicalmente irreductible
de su esencia a los otros seres naturales, por su participación en un
orden que trasciende al de la naturaleza. Era, desde luego, el punto
de vista de los espiritualismos tradicionales, anteriores a la revolu
ción de la moderna ciencia de la naturaleza que culmina con el
estallido del evolucionismo biológico. Tomando en cuenta esta revo
lución, busca un recinto que le sea inaccesible, protegido por el foso
de un insalvable biatus ontológico entre lo humano y el resto. Lo
desplaza todo lo que puede para hacerlo más profundo. No está en
el seno de lo biológico, escindido que éste fuera en vida animal y vida
humana; tampoco está entre lo biológico y lo psíquico, identificados
por él como las dos caras de una sola y misma vida; tampoco, en
el seno de lo psíquico, conforme a la caduca distinción clásica por
la ausencia o presencia de la razón. La antítesis decisiva, la gran
cesura ontológica, es la que separa a la vida —entendida como rea
lidad bio-psíquica— del espíritu. Lo esencial del hombre, lo especí
ficamente humano es el espíritu, en la consabida conceptuación scheleriana por la libertad, la objetividad y la conciencia de sí mismo.
^^t Lo inorgánico es espacial y temporal; lo bio-síquico es sólo tem
poral; el espíritu no es ni una ni otra cosa: "es no sólo supraespacial
sino también supratemporaF'. Lo propiamente humano, entonces, en
esta concepción, resulta ser supranatural. Y por tanto el dualismo de
lo natural y lo humano se resuelve en dualismo de lo natural y lo
supranatural. Es precisamente para fundamentar esta forma de tras
cendencia —lo humano, en su esencia, metafísicamente trascendente
al espacio y al tiempo, y por tanto a la naturaleza— que en su origen
quedó erigida la antropología filosófica.
Más allá de Scheler, ha sido, con toda lógica, a partir de posi
ciones también trascendentistas, explícitas o implícitas, que principal
mente se ha impulsado, más que la reflexión antropológica consi
derada en sí misma, la antropología filosófica como disciplina e in
dagación autónoma y hasta nuclear de la filosofía. En distintos escri
tos ha impugnado Heidegger el planteo antropológico con ese alcance.
"La idea de una antropología filosófica —llega a decir— no solamen
te carece de determinación suficiente, sino que su función en el con
junto de la filosofía queda oscura e indecisa." (2). Sin embargo, la
extrema trascendencia heideggeriana del hombre como existente, res-

(2)

M. Heidegger, Kant y el problema de la metafísica, parágrafo 37.

�pecto al propio ente en cuanto tal y en total, ha tenido el efecto de
exacerbar el antropologismo filosófico.
Semejante trascendenlismo contemporáneo de lo humano respec
to a la naturaleza, de lo supranatural respecto a lo natural, ha ve
nido a reemplazar, a partir de la existencia del hombre, la vieja tras
cendencia de lo sobrenatural respecto a lo natural, a partir de la
existencia de Dios. La antropología se pone así en camino de resultar
para la filosofía lo que fue en su hora la teología. Los dualismos
hombre y naturaleza, u hombre y mundo, en lugar de los dualismos
clásicos Dios y naturaleza, o Dios y mundo. El hombre —dirá Scheler— objetiva todas las cosas y entre ellas también a sí mismo, "par
tiendo de un centro situado, por decirlo así, allende el mundo tempo-espacial". (3).
Bajo el tradicional signo teológico, a los términos de lo natural
y lo sobrenatural correspondían el orden de la naturaleza y el orden
de la gracia. Bajo el contemporáneo signo antropológico, a los tér
minos de lo natural y lo humano han venido a corresponder el orden
de la naturaleza y el orden del espíritu o de la cultura. El ayunta
miento que todavía aparece en títulos de Malebranche y Leibniz, de
naturaleza y gracia, se venía dando desde desde muchos siglos atrás
con la misma espontaneidad filosófica con que hoy hablamos de
naturaleza y cultura. Decía Leibniz: "La naturaleza misma conduce
a la gracia, y la gracia perfecciona a la naturaleza sirviéndose de
ella." (4) Secularizada la frase, puede hoy sustituirse en ella, no sólo
sin inconveniente sino hasta con la ventaja de la certidumbre posi
tiva, la palabra gracia por la palabra cultura: "La naturaleza misma
conduce a la cultura, y la cultura perfecciona a la naturaleza sirvién
dose de ella". En sí misma, la frase así resulta justa. Pero si se en
tiende la cultura al modo scheleriano, como obra de un espíritu supraespacial y supratemporal, guiado por esencias axiológicas igual
mente ajenas al tiempo y al espacio, no se está muy lejos de confun
dirse lo supranatural con lo sobrenatural, y la cultura, imantada de
tal modo por la trascendencia, con una nueva forma de la gracia.
Espíritu, valores, persona —cifras de lo supranatural— son al fin
para Scheler la propia deitas luchando por su realización. Y siendo
ése para él, el desenlace de la antropología filosófica, vienen a ac
tualizarse con un sentido inesperado las palabras del mismo Leibniz:
"(Dios) se humaniza y tolera antropologías". (5).
Cuando la metafísica clásica moderna cristalizó en la sistemati
zación wolffiana de psicología racional, cosmología racional y teolo-

(3)M. Scheler, lug. cit., caps. II y V.
(4)Leibniz, Principios de la naturaleza y de la gracia ^undados en razón,
parágrafo 15.
(^) Leibniz, Discurso de metafísica, parágrafo 36.

�gía racional, el primero de esos términos pudo ser con más armonía
lexicográfica, "antropología racional" (el propio Kant llamó antro
pología teórica a la psicología empírica). El trilogismo de alma, mun
do y Dios, era en el fondo el de hombre, mundo y Dios —antropos,
cosmos, teos—, puente de pasaje histórico del tradicional dualismo
teológico de Dios y mundo, al contemporáneo dualismo antropológi
co de hombre y mundo. En este último dualismo, tal como aparece
en las tendencias trascendentistas, la noción de "espíritu" está desem
peñando un papel análogo a la de "alma" en aquella metafísica
clásica. Cierto es que no se recae en el sustancialismo. Pero con todo
rigor se separa al espíritu, es decir al hombre en lo que se considera
su esencia, de la naturaleza, es decir del mundo. El paralogismo de
la vieja psicología racional (o, digamos, antropología racional), en
juiciado por Kant, ha venido así a metamorfosearse en lo que se
puede llamar "el paralogismo de la antropología filosófica". De la
antropología filosófica, en cuanto la calificación misma de filosófica
cumple una función de soporte doctrinario análoga, por distintas que
sean las gnoseologías respectivas, a la de racional en la metafísica
clásica.
También como en la crítica kantiana el paralogismo genérico se
descompone en paralogismos particulares. Pero todos arrancan de la
radical falsedad de una premisa convertida en inconmovible axioma
hasta en el campo de los estudios positivos: la de la inespacialidad
de lo psíquico. Los fenómenos psíquicos, sector subjetivo de la ex
periencia, sólo participan, se dice, de uno de los marcos de ésta: el
tiempo. La inespacialidad de lo psíquico, la ensancha todavía Scheler
hacia abajo para abarcar a lo biológico. La vida, que reúne en una
identidad a lo orgánico y lo psíquico, se manifiesta en procesos sólo
temporales, y por tanto inespaciales. Relegada exclusivamente a lo
inorgánico una de las coordenadas del orden de la naturaleza, el es
pacio, se facilita el salto que relega también al tiempo: el espíritu,
montado sobre lo psíquico, ese espíritu al cual debemos la conciencia
moral, el mito, la religión y la ciencia, pero también según el mismo
Scheler, las herramientas y las armas, ya se vio que "es no sólo supraespacial sino también supratemporal".
Nada más ilustrativo, para no hacer aquí otra clase de confronta
ciones doctrinarias, que la inmediata reacción de Hartmann contra
la exageración scheleriana. Por un lado, hacia abajo, devuelve la espacialidad a lo orgánico o vital, no identificado como en Scheler con
lo psíquico; por otro, hacia arriba, devuelve la temporalidad a lo
espiritual, no obstante distinguirlo también, como Scheler, de lo psí
quico. De ese modo entiende recuperar su realidad: "el espíritu no
está fuera del mundo real sino que por entero le pertenece: tiene su
misma temporalidad". Esa reacción venía a serlo a la vez contra la
"antropología filosófica" como especulación autónoma. Mantiene Hart-

�mann el tema del hombre en los cuadros de la ontología, de donde
que su "nueva antropología" no sea más que un apartado de la "nue
va ontología". Si el espíritu se distingue de la mera psique, no es
como en Scheler lo metafísicamente esencial del hombre, desde que
"en la época temprana del género humano, la conciencia ha existido
durante períodos geológicos enteros, sin el lujo del espíritu." (6)
Pero, con todo lo enérgica que es, la reacción de Hartmann —y
aquí está lo especialmente ilustrativo de ella— se queda a mitad de
camino, por el aferramiento al dogma de la inespacialidad de la psi
que, y con mayor razón del espíritu, trasmitido bajo la forma de
dogmatismo ingenuo, de la conciencia natural a la conciencia filosó
fica. Capitalísima es, sin duda, su nivelación del hondo foso ontológico
scheleriano entre psique y espíritu, en cuanto hacía saltar a este últi
mo del gozne del tiempo. La distancia entre ambos términos se ha
allanado, desde que lejos de ser supratemporal el espíritu, no es
más que un novum introducido en el curso temporal del psiquismo,
sin afectar la temporalidad de éste. El advenimiento del espíritu, por
otra parte, no es lo que diferencia al hombre del animal; la psique
no espiritual, siendo, desde luego, propia de la animalidad, llega a
abarcar también una dilatada etapa primitiva de la existencia real de
la humanidad. Es a cierta altura del desarrollo del propio psiquismo
humano, que aquel novum se introduce. Pero Hartmann cava otro
foso en otro sitio, entre lo orgánico y lo psíquico. El foso resulta de
la brusca interrupción de la espacialidad a esta altura de la jerar
quía ontológica: lo físico y lo orgánico están en el espacio y en el
tiempo; lo psíquico y lo espiritual, sólo en el tiempo.
Radical escisión de la realidad en dos sectores superpuestos: el
tempo-espacial y el sólo temporal, cada uno incluyendo dos de los
que son para Hartmann cuatro fundamentales estratos ontológicos,
materia y vida, psique y espíritu. Devolviéndole con toda lógica la
espacialidad a lo orgánico, pero no pudiendo, por otra parte, rom
per con el inveterado dogma ingenuo de la inespacialidad de lo psí
quico, es llevado a escindir profundamente lo orgánico y lo psíquico,
donde Scheler, lejos de reconocer cualquier clase de hiatus, establecía
la más absoluta identidad ontológica. En este juego de desacuerdos se
centra y objetiva una dificultad en la que convergen la vieja y la
nueva filosofía del hombre, y también del ser. Esa dificultad, sosla
yada, es la que resulta de desdoblar el tiempo en dos sectores: uno
inmanente al espacio y otro que lo trasciende. En esto se restablece
entre aquéllos una concordancia (en el error) que es más decisiva que
todas sus discrepancias anteriores. Puesto aparte lo real supratemporal,
que Hartmann no admite, atendida sólo la temporalidad admitida por

(6) N. Hartmann, La nueva ontología, caps. III y IX.

�8
ambos, la desdobla uno haciendo el pliegue en la articulación de lo
inorgánico y lo vital, y el otro en la articulación de lo vital y lo
psíquico. La desdoblan ambos a diferentes niveles ontológicos, pero
ambos la desdoblan. Para ambos queda hacia abajo una temporalidad
solidaria de la espacialidad, y hacia arriba una temporalidad inespacial, una temporalidad que se aligera liberándose del lastre del es
pacio. Naturalmente que en esto no hacen más que mantenerse en
un punto de vista común a muy diversas filosofías.
En lo explícito, el tiempo no deja en ningún caso de ser uno.
Incluso se detiene Hartmann a refutar expresamente los pluralismos
de la temporalidad, defendiendo con energía la unidad del tiempo
real. (7) Es siempre el mismo tiempo el acompañado hasta un nivel
x por el espacio, y luego abandonado por éste. En ese nivel x el es
pacio queda rezagado y el tiempo prosigue su ascendente marcha ontológica. Con la sola diferencia de la localización de ese nivel en
que la espacialidad se suspende, concuerda con ello Scheler. Pero im
plícita, ya que no explícitamente, importa ello el establecimiento de
una dualidad que se superpone a la de espacio y tiempo y resulta más
decisiva. Es una dualidad interna al tiempo mismo: la de un sector
a y un sector b del tiempo, el primero no separado del espacio y el
segundo separado de él.
En cualquier caso semejante desdoblamiento tendría que reque
rir una previa teoría del tiempo en sus relaciones con el espacio. Tan
to más tendría que requerirla en el cuadro mental creado por la
ciencia contemporánea, que ha establecido la más estrecha interde
pendencia entre ambos términos, hasta reducirlos matemáticamente a
una sola noción; la de espacio-tiempo. En esta noción compuesta el
tiempo aparece como una dimensión más del espacio y por tanto co
mo accesorio a él. Para las doctrinas que desdoblan al tiempo, ten
dría que ser ése solo el tiempo del sector a. Por encima, el tiempo de
la temporalidad pura, inespacial o supraespacial. En suma, un tiem
po trascendente y superior al espacio-tiempo. Para Hartmann, de ese
tiempo participa gran parte de la animalidad, si bien no toda ella,
porque sólo le reconoce psique a las especies animales con cierto gra
do de desarrollo. Para Scheler, participa toda la animalidad y aun la
planta, porque ya desde ésta hay bio-psiquismo inespacial. Ni para
uno ni para otro, entonces, deja ese tiempo de comprender ya un
importante tramo de la naturaleza no humana. La línea por donde se
produce el pliegue que lo separa del espacio-tiempo, no serviría en
ningún caso para trazar la frontera que separa al hombre de lo que
no es él. Esto reduce enormemente la significación ontológica del
pliegue, considerado desde el punto de vista antropológico. Pero eso
mismo lo vuelve más enigmático y en definitiva más inadmisible.

(7) N. Hartmann, Ontologia, I, cap. 28, c) .

�Pocos prejuicios más pertinaces, y a la vez más graves, en la his
toria de la filosofía, que el que sustrae del espacio a los fenómenos
psíquicos. Los fenómenos y procesos psíquicos son tan espaciales co
mo temporales, en la misma forma en que los fenómenos y procesos
físicos son tan temporales como espaciales. No se trata de que, en
cuanto fenómenos, los físicos y los psíquicos sean idénticos, tesis tan
cara a los espiritualistas de la identidad como a los materialistas de
la identidad. Tampoco se trata de que los fenómenos psíquicos sean
espaciales porque del punto de vista de la intencionalidad, hagan re
ferencia al espacio, de afuera hacia adentro en la percepción y de
adentro hacia afuera en la acción. Se trata de que los fenómenos psí
quicos son intrínsecamente espaciales, tanto como temporales. Los
procesos del psiquismo, lejos de transcurrir sólo en el tiempo, trans
curren en el espacio tanto como en el tiempo. Y es un solo y mismo
transcurrir del psiquismo el que acontece a la vez en el espacio y
en el tiempo. Acontece a la vez en el espacio y en el tiempo, ya por
la sola razón de que espacio y tiempo no son, ellos mismos, entida
des separables. El espacio supone siempre al tiempo y el tiempo su
pone siempre al espacio. No se hablaría de fenómenos espaciales no
temporales; tampoco debe hablarse de fenómenos temporales no es
paciales.
Todo arranca de la consabida identidad tradicional de espacio y
extensión. De donde, el férreo silogismo: todo lo espacial es extenso;
los fenómenos psíquicos no son extensos; luego, los fenómenos psí
quicos no son espaciales. El error de la premisa mayor radica en
ser sólo parte de la verdad. Todo lo espacial es extenso, pero a la
vez intenso, del mismo modo que todo lo temporal es intenso, pero
a la vez extenso. Ex-tensión e in-tensión, o simplemente tensión, son
dos caras de una sola y misma realidad, de lo real. La temporalidad
del espacio en cuanto extensión genera el orden de la simultanei
dad, o sea del al-mismo-tiempo; la temporalidad del espacio en cuan
to tensión, genera el orden de la sucesión, o sea del antes-después. La
espacialidad temporal extensa, del orden de la simultaneidad, es ex
terioridad; la espacialidad temporal intensa, del orden de la sucesión,
es interioridad. No se trata de un dualismo de la espacialidad, de la
coexistencia de dos espacios, así como no se trata de un dualismo
de la temporalidad, de lo coexistencia de dos tiempos. Se trata de
un solo y mismo espacio, siempre temporal, que por un lado es
exterioridad y por otro interioridad.
La interioridad no es siempre subjetividad, en el sentido del
sujeto psíquico: en lo estrictamente físico hay ya una interioridad
intensa de la exterioridad extensa, por donde fluye la temporalidad.
Con mayor razón la hay en lo vital. Esta interioridad se convierte
al fin en subjetividad al nivel ontológico de lo psíquico, por la in
troducción de la conciencia; pero se convierte en subjetividad sin

�10
dejar de ser, en el espacio-tiempo, la interioridad intensa de una
exterioridad extensa. En este caso, lo es del organismo bío-psíquico,
irreductible diferenciación morfológica de lo real. Lo psíquico, sea
humano o infra-humano, es la interioridad subjetiva de una indivi
dual forma espacio-temporal; él mismo, entonces, tanto como tem
poral, espacial. La admisión de esta herejía de la espacialidad de lo
psíquico, reclama como condición previa, la de la herejía inversa de
la interioridad de lo espacial, aún en los niveles pre-psíquicos y previtales de lo estrictamente físico. Sin remontarnos ahora a Leibniz,
en este camino ha puesto la física nueva, a través de los pasos teóricos
del átomo, de la relatividad y sobre todo de los quanta. El clásico
lugar común de la temporalidad de todo lo espacial, recibe un nuevo
sentido, que exige, aunque sea también con un sentido nuevo, la es
pacialidad de todo lo temporal. Espacialidad, por tanto, inclusive de
lo psíquico, mientras no se quiera sustraerlo también al tiempo, como
en el caso del "espíritu" scheleriano.
Por ser espacial tanto como temporal, por ser siempre una pecu
liar manifestación in-tensa de lo ex-tenso, todo fenómeno psíquico tiene
un aquí tanto como un ahora. Hay un aquí de la percepción, que no
es el aquí del entorno físico percibido: es el aquí del lugar del espa
cio en que se desarrolla subjetivamente el proceso perceptivo, no dife
rente en esencia del aquí de la intelección, de la volición o de la emo
ción. El proceso afectivo, el volitivo y el intelectivo, acontecen, tanto
como el proceso perceptivo, sobre el soporte de un organismo que no
sólo está en el espacio sino que es espacial él mismo. De ahí deriva
imperiosamente el aquí de lo psíquico, que no consiste, sin embargo,
en el mero aquí de los procesos fisiológicos u orgánicos respectivos,
aunque éstos constituyan su inevitable supuesto. Lo psíquico, en
cuanto tal, posee siempre un aquí, porque es intrínsecamente espacio,
espacio vivido.
Para la incomprensión de la espacialidad de lo psíquico en la
filosofía contemporánea vino a ser tan influyente como la rigurosa
contraposición cartesiana de pensamiento y extensión, la no menos
rigurosa identificación bergsoniana de la psique con la duración, en
el sentido de tiempo real, concreto, vivido. Parte sólo de la ver
dad. Hay un tiempo interior que posee esas notas, en contras
te con el tiempo exteriorizado, físico-matemático. Pero tan "da
to inmediato de la conciencia" como ése, es el del espacio inte
rior, igualmente real, concreto y vivido, y con las mismas conse
cuencias. Si el tiempo interior es duración vivida que no se puede
medir, el espacio interior es extensión vivida que tampoco se puede
medir. Tenemos que salir de nosotros mismos para medir el espacio,
del mismo modo que tenemos que salir de nosotros mismos para me
dir el tiempo. No se confunde por esto el espacio vivido con el lla
mado espacio vital, en el sentido de ámbito exterior de la praxis, del

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odwan ja uoa opiata odiuan j^ apunjuoa as ou anb opora orastra

TI

�12
como datos integrantes de la localización de posición, si bien no, en
su caso, de configuración. Para la nueva física, en la micro-escala, la
localización espacial de posición es rigurosamente dependiente de la
temporal de instante. Del mismo modo, a la inversa, sin esas coorde
nadas de posición o situación, queda idealmente flotante, carente de
efectivo soporte real, y en definitiva de sentido, la sola determinación
temporal del momento del fenómeno psíquico. (Cualquiera sea el cri
terio de distinción entre lo meramente psíquico y lo psico-espiritual o
espiritual a secas, la tempo-espacialidad de éste o éstos, es inseparable
de la de aquél).
Una tópica psíquica, así entendida, se relaciona con la tópica física
antes que con la tópica lógica en el sentido aristotélico. El "lugar
psíquico", tiene que ver con el lugar físico, en cuanto ambos lo son
de objetos reales, antes que con el lugar lógico, que lo es de objetos
ideales. Y tanto, que aquellas coordenadas cartesianas de longitud,
latitud y altitud, tuvieron su antecedente en las aristotélicas de de
lante y detrás, derecha e izquierda, alto y bajo, verdaderas referencias
del espacio psíquico, más que del espacio físico, del espacio vivido,
más que del espacio matematizado. No es así extraño que si la tópica
física ha desembocado en la ciencia moderna en el discontinuo espa
cio-temporal de los quanta de acción, la tópica psíquica reproduzca
su modelo con el discontinuo psíquico en el espacio, a la vez que en
el tiempo, de las unidades dinámicas que son las conciencias como
tales. No se trata de fisicalismo de lo psíquico; se trata de que en el
indivisible espacio-tiempo, y por tanto en la naturaleza, a partir de
la multi-/orme materia en creciente y abierto proceso de concienci^don, se encierra el enigma del ser del hombre.
La antropología filosófica, en el carácter de disciplina diferen
ciada, surgió con Scheler para dar expresión a una determinada teo
ría del hombre que quiso ser la antropología filosófica. En esa teoría,
la autonomía de la reflexión sobre el hombre como reflexión sobre
su esencia ontológica, tiende a hacer de la antropología filosófica la
philosophia prima, subordinándose a ella el resto de la metafísica.
Para ello se funda en un a priori concepto del hombre. La tentativa
así tenía que fracasar. Exorcizada de esa intención, la antropología
filosófica, expresión en sí misma neutra, queda en pie, legítimamente,
como el sector de la ontología que toma a su cargo la auto-reflexión
sobre el hombre, sin excluir de antemano el punto de vista para el
cual éste no tiene modo de reconocerse trascendente al orden tempoespacial de los otros entes reales. Es decir, naturales.
Arturo Ardao.

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                <text>Repositorio de ensayos en las Humanidades publicados originalmente en el Uruguay</text>
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                <text>&lt;p&gt;&lt;span&gt;La Facultad de Humanidades y Ciencias de la Educación se ha propuesto contribuir a rescatar y poner a disposición de los lectores la escritura ensayística del Uruguay a lo largo de su historia. Esta Biblioteca Virtual de Humanidades en el Uruguay pretende reunir en un solo lugar más de dos siglos de textos de reflexión y pensamiento, dentro del amplio campo de las humanidades, producidos en conexión con la universidad. La mayor parte de esos textos han sido originalmente publicados en revistas universitarias o periódicos hoy difícilmente accesibles. A menudo nunca recogidos luego en libro—o recogidos con sustanciales modificaciones—, son textos que pueden contribuir a recuperar y mostrar las dinámicas de pensamiento y representación en el país, tal como se realizaron en tiempos de centralidad de la escritura.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;La a veces fina y sinuosa línea entre Humanidades y Ciencias Sociales hace que textos de historia económica, de estudios sociales, de ciencia aplicada a la antropología, puedan tener cabida en esta colección, aunque el foco está en el núcleo tradicional de las humanidades. El Derecho (con la excepción de Filosofía del Derecho) queda, por su especificidad técnica y profesional, por el momento fuera de este grupo. &lt;/p&gt;
&lt;p&gt;La colección será un trabajo acumulativo, con entregas bimensuales. En el tiempo, los textos se irán organizando de acuerdo a posibles lecturas de la historia de las ideas en la región y el continente. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Aldo Mazzucchelli&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;&lt;span&gt;15 de octubre de 2017&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;</text>
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Gonzalo Marín</text>
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¿Por qué la antropología filosófica? /Arturo Ardao..&#13;
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