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                  <text>JUAN ANTONIO ODPONE

LA HISTORIOGRAFÍA URUGUAYA
EN EL SIGLO XIX, APUNTES
PARA SU ESTUDIO

Apartado de la
?

Revista.Histórica de la Universidad
(Segunda época)

�JUAN ANTONIO ODDONE

LA HISTORIOGRAFÍA URUGUAYA EN EL SIGLO XIX.
APUNTES PARA SU ESTUDIO.*

Se ha dicho con razón que la historiografía en América Latina ha
participado de modo muy activo en la consolidación histórica de las na
cionalidades del Continente a lo largo del pasado siglo. Manifestación de
militancia intelectual más que sereno ejercicio científico, la reflexión his
tórica sobre el pasado y las creaciones historiográficas constituyen, por lo
común, la expresión de un compromiso ante la realidad, ya bajo su inme
diata faz política o bien como empresa constructiva de una conciencia na
cional en vías de sustentación.
Es cierto que semejante formulación incluiría muchos aportes, quizá
objetables desde una estricta delimitación del dominio historiográfico, pero
no cabe olvidar —y ello hace ineludible su consignación—, que la historia
fue, en buena parte del XIX, un arsenal ideológico donde las épocas, las
creencias y las doctrinas fueron movilizadas bajo los ideales del siglo. Im
pregnada por la cosmovisión romántica, que incluso propone una imagen
de continuidad para la vida histórica, la actitud del historiador se define
en un empeño actuante que aflora en el discurso parlamentario o la arenga
patriótica, asi como en la crónica, el ensayo o la biografía. Ejemplifican
esa actitud José Manuel Restrepo en Colombia; Mariano Paz Soldán en
Perú; Juan Vicente González y Felipe Larrazábal en Venezuela; Lucas
Alamán y Lorenzo de Zavala en Méjico; Barros Arana y Vicuña Mackenna
en Chile; Mitre y Lamas en el Rio de la Plata.
En el caso concreto de nuestro país, la vigencia de esa actitud mental
engendró una conciencia alertada que buceó en los orígenes de la naciona
lidad, y también señaló variadas respuestas a los problemas políticos, re
ligiosos o filosóficos que accedieron a la historiografía por la vía activa del
liberalismo. Si cabe hablar de desarrollo del pensamiento hisioriográfico
en este apretado y modesto dominio de nuestra historia intelectual, puede

Este artículo reúne algunas notas de un trabajo en preparación, sobre Historia y
pensamiento historiográfico en el Uruguay en el siglo XIX. El autor desea expresar
su reconocimiento a los profesores Jesús Bentancourt Díaz y Edmundo M. Narancio,
así como al señor Antonio T. Praderio por su asesoramiento bibliográfico.

BIBLIOTECA CE1L^ q

FONDO ODDONE1^b¿Z8

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�La Historiografía uruguaya en el siglo xix
del Sitio de Montevideo. 2 Si bien carece de plan, la obra no está escrita
al acaso; refleja la observación prolija de quien sigue a diario las inciden
cias del sitio, llevando cuentas de los movimientos militares (aunque las
cifras incurran a veces en exageración), los muertos en la acción y las ba
jas por las epidemias que diezmaron a los montevideanos; las salidas de
ios defensores y el bloqueo fluvial; consignando, de paso, las negociaciones
de los bandos en lucha, ya las noticias de Buenos Aires o bien los sucesos
políticos del campo sitiador.
La intención de hacer historia —que no fue ajena al autor— se revela
en el carácter narrativo de la obra y en el propósito deliberado de escribir
la crónica de los sucesos. En 1846, el propio Acuña de Figueroa valoraba
su Diario con estas palabras: "...producción acreedora a la indulgencia
pública, por ser la única crónica escrita de aquella época memorable y por
la imparcialidad y verdad de sus relatos". 8 Sucesivas veces anotado con
datos complementarios, de aclaración, rectificación o adición de testimo
nios, aparece evidente la intención de añadir cierto rigor documental al
trabajo. Las notas ilustran y jerarquizan el relato rimado, agregando apre
ciaciones personales, citas de fuentes, datos de la Gazeta, proclamas mili
tares, y aún las enmiendas críticas que atemperan los juicios del cronista
ocular.
Tipifica pues, Acuña de Figueroa, una expresión temprana de la cró
nica en nuestros anales históricos. Si —como lo advertía Bauza— su tempe
ramento y su educación le situaban más cerca de los cuadros de la socie
dad colonial que de la estructura de la joven República,4 el apego a la
comarca donde nació, el respeto a sus tradiciones y a su historia, permitie
ron una transacción con las nuevas formas institucionales que el país asi
milaba, cediendo sus convicciones monárquicas e hispánicas mediante un
acatamiento apacible. El artífice del epigrama no desdijo entonces su for
mación literaria: clásico recalcitrante, su pluma amable, burlona y a ratos
punzante, lo identifica con la clásica literatura virreinal. Bauza le concede
una significación ejemplar en la función integradora que cumple la litera
tura como concurrente espiritual de la nacionalidad. En su opinión, es
Acuña de Figueroa quien incorpora definitivamente el tono heroico de las
luchas emancipadoras a la conciencia colectiva de lo nacional, mediante su

2.Su propio autor en la portada del Diario, explica la naturaleza de la obra: "Escrito
en versos de varios metros en la época misma, en el teatro y presencia de los
sucesos. Y posteriormente corregido y aumentado con notas curiosas y documentos
relativos a los mismos sucesos. Copiado y corregido en el año 1841 por el autor."
Cfr.: Francisco Acuña de Ficueroa, Diario Histórico del Sitio de Montevideo, cit.
La crónica rimada referida a temas históricos, tiene ya algunos antecedentes
en el Rio de la Plata. Amén de Barco Centenera, pueden considerarse precedentes
inmediatos entre otros— los Romances de Pantaleón Rivarola, cantando las hazañas
de los defensores de Buenos Aires durante las invasiones inglesas, y el poema ende
casílabo de Juan Ventura de Portegueda, liuenos-Ayres Reconquistada, Méxi
co, 1808.
3.Cfr.: Francisco Acuña de Figueroa, Diario Histórico del Sitio de Montevideo, cit.,
Prólogo y Advertencia en Obras Completas, v. I, t. I, Montevideo, 1890, pp. 7 y 8.
4.Francisco Bauza, Estudios Literarios, en Biblioteca Artigas, Colección de Clásicos
Uruguayos, v. 9, Montevideo, 1953, pp. 5-11.

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�La Historiografía uruguaya en el siglo xix
En época posterior, el tema nacional que el romanticismo vistió de
tono épico cobró su auge definitivo con Juan Zorrilla de San Martín (18551931) -T Su poema épico por excelencia, Tabaré, es la expresión más feliz
del romanticismo que remite los orígenes nacionales a una legendaria tra
dición indígena.
Zorrilla, como poeta, ha llegado incluso a definir una actitud reflexiva
ante la historia. Desde su punto de vista literario ha formulado ideas muy
precisas sobre el alcance de la historia, que traducen influencias ilustrati
vas de una época. La historia, para Zorrilla de San Martín, se convierte
en un elemento comunicativo y sensible que concurre a la apreciación es
tética de la obra o del personaje. 8 La intención moralizante y el enalteci
miento del pasado, poblado de héroes y gestas, prefigura ya en 1879, cuan
do La Leyenda Patria, sus ideas maduras explicitadas a comienzos de este
siglo. Concibe ahora la historia como una ciencia de observación y razo
namiento, pero, esencialmente, como una obra de arte donde priman ima
ginación y sentimiento. El sujeto de la historia es, para Zorrilla, el héroe
o el hombre superior que imprime una dirección al destino de los pueblos,
idea medular en la tradición historiográfica romántica del Río de la Plata.
Con una concepción lírico-subjetiva de la realidad histórica, Zorrilla
de San Martín rotula y culmina el ciclo poético de nuestra historiografía,
si se permite el giro, —poesía histórica unas veces, historia en verso otras—
donde el epos patriótico exalta valores del pasado impulsando una toma de
conciencia nacional.
La crónica y sus modalidades
Primo anuales fuere, post Historiae factae sunt, decía la sentencia que
Croce cuestionaba sosteniendo que la historia, dado su intrínseco carácter
de "contemporaneidad", antecede en el orden genético a la crónica, des
carnado residuo de lo ya no viviente. Fuera de esa distinción formal, ca
bría iniciar, sin embargo, en este caso, una visión panorámica del queha
cer histórico considerando las aportaciones de la crónica dado que cons
tituyeron —en general— sus más tempranas y modestas manifestaciones,
desde la narración cronológica de Larrañaga y Guerra hasta los anales de
Isidoro De-María.
Sin conceder a la distinción otro alcance que el de un criterio posible
de sistematización, la crónica, como género historiografía), puede agru
parse según ciertas modalidades características: crónica memorialista, na
rrativa, erudita.

Juan Zorrilla de San Martín, La leyenda Patria, Montevideo, 1879; Tabaré, Mon
tevideo, 1888; Descubrimiento y Conquista del Rio de la Plata (conferencia), Ma
drid, 1892; La Epopeya de Artigas, Montevideo, 1910; Detalles de la Historia rioplatense, Montevideo, 1917.
Cfr.: Juan Zorrilla de San Martín, La realidad de Artigas, prólogo a Héctor Mi
randa, Las instrucciones del Año XIII, Montevideo, 1935, p. XVIII y ss.

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aNoaao oiMOXMy Mvnf

�La Historiografía uruguaya en el siglo xix
período, por el Capitán José Raimundo Guerra (1784-1867) — describen su
cesos militares, fundaciones de pueblos, y dan noticias políticas de la re
volución; con objetivo criterio se hacen apreciaciones sobre las ideas fede
rales de Artigas de quien surge un afable retrato. Dada su ecuánime
apreciación de los hechos posteriores a la insurrección de 1811, constituye
uno de los primeros testimonios —como lo señala Pivel Devoto— que des
mienten la "leyenda negra" artiguista.

Con Juan Manuel de la Sota ( f 1858) 1X se amplían las posibilida
des de la crónica narrativa enriquecida con el aporte documental. Si bien
carece de un depurado método crítico, dado que se maneja con el simple
procedimiento de acopiar datos y documentación, señala una marcada su
peración en el género, en cuanto incorpora nuevos elementos para la cons
trucción histórica del pasado. Argentino de origen, se estableció en nues
tro país hacia 1830, donde despliega múltiples actividades, vinculado por
su carrera pública a la enseñanza y la administración. Su obra, por lo ge
neral, está al servicio de la organización nacional, en un período en que
las disensiones internas, la guerra contra la Confederación argentina y la
penetrante diplomacia brasileña amenazaban la estabilidad institucional
del Estado Oriental. Esa intención pragmática está en el ánimo del autor
cuando publica, en 1841, la Historia del territorio oriental del Uruguay;
dice en la introducción: ".. .mis deseos y mis esperanzas serán bien satisfe
chos si el esfuerzo de mis trabajos correspondiese a la necesidad con que
el país reclama ventilar sus deudas con los limítrofes, e hiciese ver el modo
como gradualmente se preparaba su Nación libre e independiente".12 Se
propone exponer con imparcialidad los hechos históricos de la Banda
Oriental entre su descubrimiento y el año 1817, aunque su criterio de ob
jetividad se resiente marcadamente en la apreciación de los años finales
del trabajo. Sus fuentes —dentro de las que no establece jerarquización
crítica— comprenden la Historia del Padre Lozano, las Décadas de He
rrera, el Ensayo del deán Funes, los viajes de Navarrete, la colección de
De Angelis, las Cartas Anuas y documentación de archivos de Montevideo.
Sin trascender la mera noticia, abunda en referencias geográficas, etnográ
ficas, datos sobre fauna y flora, hechos políticos, movimientos económicos
y administrativos, tratados y batallas. Ese mismo año de 1841 escribe una
ligera reseña titulada Noticias Históricas; narración onomástica con aspec
to de cronicón medieval, en la que subraya los hechos del descubri
miento, la conquista y la población de estas regiones hasta la gober
nación de Vértiz.
11.Juan Manuel de la Sota, Historia del territorio oriental del Uruguay, Montevideo,
1S41; Noticias Históricas [1841], en Revista Histórica, Montevideo, 1913, t. IV, pp.
145-60; Cuadros Históricos, [1848-49], [inéditos]; Catecismo Geogrdfico-Político e
Histórico de la República Oriental del Uruguay, Montevideo, 1850; Errores que
contiene la Memoria sobre la decadencia de las Misiones Jesuíticas que ha pu
blicado en la ciudad de Paraná el Dr. D. Martín de Moussy, etc., Montevideo, 1857.
12.Juan Manuel de la Sota, Historia del Territorio Oriental del Uruguay, etc., cit.,
Introducción.
—7—

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�La Historiografía uruguaya en el siglo xix
dad que le otorga cierto aire de empaque y erudición; ello, sin disimular
sus tesis a priori: es, en nuestra historiografía política, el abanderado de
la causa imperial de Brasil. En su análisis de la revolución y las luchas
civiles, así como en su visión de otros problemas de la realidad —esclavitud,
monarquía y república, anexionismo— se revela como el defensor conse
cuente de su majestad imperial, lo que, para la época en que investiga y
escribe, no implica contradecir su hispanismo.
Su visión de Artigas, sumada a la discutida calidad general del traba
jo, vinieron a sellar su desprestigio en la época de revisión de las tesis porteñas. Bauza, Melián Lafinur, Acevedo y Estrada le reservan un juicio la
pidario.
No podría omitirse —entre las manifestaciones de la crónica erudita—
el nombre de Antonio Díaz (1831-1911), 17 gracias a la relevante contri
bución que señala su Historia política y militar de las Repúblicas del Plata
desde el año de 1828 hasta el de 1866. En la reflexión de Antonio Díaz
prevalecen, al menos como propósitos, algunos principios teóricos sobre los
fines de la historia y los medios que utiliza. Es su intención, afirma, man
tenerse ajeno a las luchas políticas. Siguiendo el modelo clásico que para
la época encarnaba, una vez más, Cicerón —grato también a de la Sota—,
desea no formular juicios sobre los hombres sino limitarse a trazar el cua
dro de los acontecimientos. "El historiador ante todo —dice Díaz— no es
juez".18 "No debe crear, trastornar ni producir acontecimientos ni opinio
nes apasionadas... su verdadero elemento es la vida de los pueblos".19
Fuera de estas prevenciones liminares, la Historia del coronel Díaz ins
cribe, bajo el lincamiento formal de una crónica descriptiva, un cuadro
irregular, por momentos desvaído, de los sucesos nacionales comprendidos
entre la guerra del Brasil y la Triple Alianza. El relato aparece revestido
con un profuso aporte documental que se diversifica en declaratorias, tra
tados, alianzas militares, testimonios familiares y manuscritos de época,
aducidos, por lo común, con dudosa fidelidad. Pese a su notable extensión
—sus doce volúmenes constituyen un alarde para su época— esta singular
enciclopedia analística se resiente ya por una presentación desordenada, y
a veces incoherente, de los hechos, tanto como por el cuestionable criterio
con que utiliza las fuentes (procedentes, en su mayor parte, del archivo
paterno) a lo que se agrega frecuentes contradicciones o inexactitudes en
muchos de los juicios sobre acontecimientos y personajes notorios.
Si bien careció de una visión objetiva y comprensiva del período en
carado, y si tampoco su método y su orientación acertaron a resolver cues
tiones elementales de criterio historiográfico, la crónica de Díaz, conju
gando diversas circunstancias, alcanzó a gozar de cierto crédito, que Carbia,
por ejemplo, todavía le concede en 1940; prestigio de relumbrón ganado

17.Antonio Díaz, Historia política y militar de las Repúblicas del Plata desde el año
de 1828 hasta el de 1866. Montevideo, 1877-78.
18.lbid., t. I, p. 37.
19.Antonio Díaz, lbid., pp. 37-39.

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�La Historiografía uruguaya en el siglo xix
de sus calles, la pintura de sus personajes populares y el cuadro ameno
de aquella sociedad colonial que le vio nacer.
En cuanto a pensamiento historiográfico, su obra toda —pese a las
distintas expresiones que abarcó y a las corrientes de palpitante y su
cesiva boga que marginaron su dilatado período de creación— no trascien
de los alcances de la crónica, ni supera sus limitaciones conceptuales. Ob
servador penetrante de la realidad, atento testigo de las querellas políticas
y de las fluctuaciones sociales, sublimó en la prensa, como periodista mili
tante y hombre de partido, su frustrada vocación de historiador. Las cir
cunstancias de su vida y las peripecias de la época de organización en que
actuó, consumieron en la acción diaria de la hoja editorial o el suelto
intencionado, sus mejores energías intelectuales. Su formación, en fin, tam
bién concurrió para privarle de una conceptuación histórica que es en
vano procurar en su bibliografía. Pero si careció de método y si la propia
modalidad narrativa resulta historiográficamente anacrónica, cuando en
tonces se agitaban verdaderas pasiones en torno a los criterios, los fines, las
posibilidades y la concepción de la ciencia histórica; si fue indiferente o
impermeable a los avances de la erudición, a las pragmáticas de la corrien
te filosofante, a las revoluciones ideológicas de Michelet o a las innovacio
nes naturalistas de Taine, cabe no obstante señalar la identificación de su
obra con un pasado que aún carecía de conciencia de sí mismo y no se
decidía a integrarse al espíritu colectivo de la nación. Fue un cronista del
Montevideo colonial, de la patria vieja y de la joven república, aplicado
con laborioso amor a perpetuar el recuerdo de sus gestas, sus hombres y
sus hechos mayúsculos y menudos. Del balance de su obra queda algo más
que el apego impasible al relato analístico y la versión edificante del pa
sado; tuvo otras proyecciones rigurosamente historiográficas en cuan
to alumbró posibilidades monográficas para la pesquisa erudita, o facilitó
una labor de revisión de los pródromos revolucionarios a la que se aplicó
con fructífero resultado científico la investigación histórica rioplatense.
Su replanteo simpático de la figura de Artigas, y su discrepancia con algu
nas tesis tenidas por verdades tradicionales, son antecedentes tempranos
de una reparación esclarecedora, realizada sobre bases críticas y objetivas.

DOS LÍNEAS VERTEBRALES DEL PROCESO HISTORIOGRÁFICO
Más allá de la crónica, con respecto a las orientaciones que
prevalecieron en nuestra historiografía del siglo XIX, podría enca
rarse su desarrollo histórico —con alguna salvedad— en torno a dos
grandes vertientes: la tendencia filosofante, propicia al ensayo inter
pretativo y a la fundamentación causal; y la corriente erudita, que ten
dió a la construcción historiográfica integrada con el aporte documen
tal y la depuración crítica. Las vinculaciones y contactos entre dichas
corrientes, que desmentirían un estricto deslinde, se ejemplifican en Mi
tre y López, Lamas y Bauza, cuyos trabajos obedecen a solicitaciones tan
to eruditas como filosóficas. Mitre es quizá un arquetipo de historiador
que se maneja sobre bases documentales objetivas, lo que no quiere
— 11 —

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�La Historiografía uruguaya en el siglo xix
historia como lucha de principios opuestos y como reflexión sobre los
cambios en el Estado y la sociedad en su relación siempre actualizada con
el presente. Esta modalidad pragmática, asociada diversamente al libefalismo en política y al romanticismo en literatura, penetró en el pensamien
to sudamericano, y tuvo sonora repercusión historiográfica.
Las intemperadas luchas que sucedieron a la independencia política
invitaron a la reflexión constructiva y a la búsqueda de las causas pertur
badoras en el pasado, así como propiciaron los planteos sociológicos, las
profecías fatalistas y los juicios moralizantes. En el sur del ^ontinente,
desde el Pacífico al Plata, Bilbao, Lastarria y Amunátegui en Chile; Alberdi, Echeverría y Sarmiento, en Argentina; Lamas, Várela y Carlos Ma.
Ramírez en el Uruguay se proponen una fundamentación de la realidad
nacional a partir del análisis social encarado sobre bases históricas.
Dentro de nuestro proceso historiográfico, puede decirse que su curva
ideológica fue sensible a las mutaciones conceptuales y metodológicas que
ilustraron el pensamiento del XIX. Ceñida al patrón volteriano de Gutzot
con Alejandro Magariños Cervantes y sus seguidores, reflejó un temprano
intento de "razonar" los orígenes coloniales y extraer de su historia los prin
cipios de una regeneración social y política. Sometida, en una segunda eta
pa, al embate positivista recurrió, marcadamente con Francisco Berra, al
enjuiciamiento crítico de hombres y sucesos convirtiéndose en explicación
causal de la vida histórica con propensión monitoria. Infiltrada en nuestros
centros superiores de enseñanza, (en la Universidad, en el Ateneo y la So
ciedad Universitaria), la concepción filosófica de la historia se vistió con el
rigor determinista de las ciencias naturales, puesto entonces de moda por
Taine y Bagehot a partir de la verbosa filosofía de Buckle y Macaulay,
Flint y Laurent. En la docencia fueron sus portavoces Luis Desteffanis, y,
en plano menor, Isidro Revert, Marcelino Izcúa Barbat y Ramón López
Lomba; en el ensayo sociológico dieron la nota de su menguada expresión,
Ángel Floro Costa —en quien culmina el énfasis cientificista—, y Enrique
Kubly, con sus profecías ampulosas. Alojó contenidos contradictorios si se
piensa que el positivismo le incorporó a su ortodoxia; desde que positivis
mo —en teoría— implicaba una negación de toda filosofía (metafísica) de
la historia. Mas en realidad, el positivismo, obsedido por el concepto de
causalidad científica, propicia, a su vez, otras filosofías (o sociologías)
cuando encara los desarrollos, los fines o la problemática general de la
historia.
Como se señalara, sus delimitaciones de escuela no fueron muy rígi
das desde que, pese a sus disidencias teóricas y metodológicas con la orien
tación erudita, las vinculaciones y confluencias de ambas corrientes, fruc
tificaron ese contacto en obras perdurables.
Variadas tareas intelectuales cumplió Magariños Cervantes (18251893) 22 en sus años de peregrinaje por Europa, cuando pasea por París y
22- Alejandro Magariños Cervantes, Estudios históricos, políticos y sociales sobre el
Rio de la Plata, París, 1854.
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�La Historiografía uruguaya en el siglo xix
1770) y son frecuentes las citas del abate de Pradt, de Azara, de Funes, o
del reciente libro de Prescott sobre la conquista del Perú (1847).
Sin embargo, Magariños Cervantes, bien que precursor de la historio
grafía filosofante en el Río de la Plata —como lo destaca Carbia—, no
alcanzó a formar por sí mismo una escuela o una tendencia historiográfica.
Su afición o su interés —nunca su vocación— le llevaron a la historia, una
más entre las diversas actividades —periodista, editor, literato, abogado,
juez, catedrático, rector— que su vida le marcó. Del periodismo de comba
te y la acción política derivó incidentalmente a la historia con las preven
ciones y deformaciones características por lo demás de la generación de
proscriptos que —imagen de la historiografía liberal de su tiempo— aloja
ron en la historia sus querellas de partido para extraer luego de ella las
probanzas de sus principios e ideas. La exigüidad de su obra y de su in
fluencia contrastan en cambio con la dilatada proyección que —den
tro de la orientación filosófica— correspondió a Vicente Fidel López,
emigrado de la primera hora, que ejemplificó en su extensa y desigual
producción las mayores posibilidades de la corriente fatalista, como
gustaba llamarla, y las cambiantes modalidades que fue asumiendo, su
jeta a la variante del pensamiento europeo, desde los cuadros de Robertson y Guizot hasta sus postreras concomitancias metodológicas con las cien
cias naturales, en la línea de Buckle y Taine.

Vicente Fidel López, más perdurable que Estrada, es el modelo que
en el Uruguay inspiró a Francisco Berra (1844-1906), 26 cuyo discutido
Bosquejo Histórico de la República Oriental del Uruguay, aparte de su
gravitación pedagógica durante casi tres décadas, presencia en ese lapso
una etapa historiográfica de definición conceptual, al señalar el enfrentamiento de dos corrientes antagónicas.
Las cuatro ediciones del Bosquejo compendian toda una época de
nuestra docencia histórica. Las modificaciones sucesivas —sensiblemente las
introducidas en la última edición— impuestas más por preceptos pedagógi
cos que por orientaciones conceptuales, dejan en pie su dogma esencial:
la historia, disciplina normativa, debe ser encarada con criterio filosófico
y finalidad moral. "El fin práctico de la historia —decía Berra en 1895—
no es satisfacer la curiosidad ni aun exaltar el sentimiento patriótico, como
muchos creen incurriendo en gravísimo error; es servir de guía a la con
ducta futura de los hombres, mostrando cuáles son los efectos que fatal-

26. Francisco A. Berra, Bosquejo Histórico de la República Oriental del Uruguay,
Montevideo, 1866 (primera edición); Montevideo, 1874 (2a. edición); Montevideo,
1881 (3a. edición); Montevideo, 1895 (4a. edición); Estudios Históricos acerca de
la República Oriental del Uruguay. Defensa documentada del Bosquejo Histórico
contra el juicio que le ha dedicado el Dr. Carlos Ma. Ramírez, Montevideo, 1882;
Noticia Histórica. — Aspecto físico. — Instrucción, en Álbum de la República Orien
tal del Uruguay, compuesto para la Exposición Continental de Buenos Aires, bajo
la dirección de los Sres. Francisco A. Berra, Agustín de Vedia y Carlos Ma. de
Pena, Montevideo, 1882.
— 15 —

HBUOTECACEIL
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�La Historiografía uruguaya en el siglo xix
así como en sus derivaciones, el objeto de la discusión. Las diversas ins
tancias de lo que cabalmente fue revisión del pasado y definición de una
conciencia historiográfica, tuvo antecedentes, resonancias y protagonistas
en las dos orillas del Plata. Sus episodios más notorios, los artículos de Juan
Carlos Gómez, las réplicas montevideanas en la prensa, el Ateneo, la
tercera edición del Bosquejo y el Juicio Crítico de Ramírez del 82, la con
trarréplica de Berra y los debates del 84 en torno a Artigas implican la
reconsideración de una imagen histórica tradicional. El vuelo doctrinario
que cobran las réplicas a la edición del Bosquejo de 1881, acusa, con la
superación de los juicios que entonces encarnaba López, una objetivación
crítica del pasado que está anunciando la aptitud madura para encarar la
conceptuación histórica del curso de la vida nacional. El Bosquejo —por
contraste negativo— fue el espaldarazo de una nueva conciencia histórica
que por vez primera sugiere una visión orgánica del pasado, sobre bases
eruditas y críticas, con los trabajos de Fregeiro y Bauza. Es cierto que la
gestación de esa conciencia adulta responde a un proceso de larga data,
cuyos actores desde Montevideo o Buenos Aires protagonizaron en la cá
tedra, en la pesquisa del archivo o en las polémicas histórico-políticas. Pero
no es menos cierto que la definición de dicha conciencia vino a manifes
tarse a propósito del libro de Berra para luego sellarse definitivamente, en
1884, con la crítica de López por Fregeiro (no por simple coincidencia coe
tánea de la polémica Mitre - López), en el conocido debate periodístico a
propósito de Artigas. Desde entonces, las ideas históricas de Berra y su cri
terio histórico parecen ser cosa juzgada y como letra muerta se confinan
en el desván de la historiografía. Apagados los ecos de las retóricas leccio
nes del Bosquejo, silenciadas las voces críticas que se alzaron en su contra,
el saldo de su obra, la "lección", perdurable de su libro es negativa. Si
algo enseñó desde el punto de vista historiográfico, lo hizo con la ejemplificación de una forma errónea de concebir la historia. Y su paradójica
lección, arrojó resultados saludables en cuanto superación de las excentri
cidades de una escuela y de un modo de pensar que Croce sin miramien
tos desterraba al limbo de la "pseudo-historia".

Si fue prolongado el magisterio del manual de Berra en la enseñanza
media, la tendencia fatalista también se hizo sentir variadamente en
la docencia universitaria. Si en historia nacional pervivió durante tantos
años el influjo de Berra, durante esas mismas décadas, Desteffanis alentó
la tradición filosofante desde la cátedra de historia universal de la Uni
versidad.
En el Río de la Plata, 1866 es un año significativo para la historia de
orientación trascendente: en Buenos Aires señala el advenimiento a la cáte
dra de José Manuel Estrada, el portavoz de Guizot; en Montevideo, la
edición inicial del manual de Berra, como se vio, y el nombramiento, por
el gobierno de Flores, de Luis Desteffanis como catedrático de historia
en la Universidad Mayor, señalan hechos ilustrativos del auge de una
modalidad que se explayó en la creación historiográfica y en la docencia.
— 17 —

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�La Historiografía uruguaya en el siglo xix
mismas revoluciones políticas". 34 Su apego a la escuela le lleva a aceptar
con calor tan delirante determinismo que, al fin de cuentas, no era más
que un ejemplo de la confusión que reinaba en la época acerca de las
fronteras de las ciencias del conocimiento. Por su libro circulan todos
los sistematizadores, mentores y profetas del progreso humano. De cualquier
modo, más por las ideas que supo transmitir que por su obra original de
que careció, merece un sitio en nuestra historiografía. Su producción es
meramente accidental y extrínseca a su vocación de docente, polígrafo y
bibliófilo, traductor y coleccionista erudito.
Paralelamente al magisterio universitario de Desteffanis, otros cen
tros de enseñanza montevideanos fueron sensibles a la influencia filosófica
del positivismo en su proyección sobre las ciencias históricas. Mencione
mos, al pasar, algunos núcleos de difusión de los estudios históricos. El
Club Universitario, fundado en 1868, donde Eduardo Acevedo Díaz, con
Guizot por modelo, traza una imagen del pasado del Continente en una
serie de disertaciones titulada: La civilización americana;S5 la Sociedad
Filo-Histórica donde se pronuncian conferencias sobre La mitología griega
bajo el prisma de la moral por Prudencio Vázquez y Vega,36 donde Gre
gorio Pérez lee su tesis acerca de El origen de la civilización americana 37 y
José G. del Busto habla de una división científico-filosófica de la historia
de la humanidad. 38 El Ateneo después, con sus veladas literarias, en las que,
en 1881, Palomeque diserta sobre la enseñanza de la historia como ejemplo
de generaciones presentes; 39 la Sección y la cátedra de historia del Ateneo
donde sus lectores José G. del Busto, Isidro Revert y Marcelino Izcúa Barbat
rezuman el tono cientificista que impone la furiosa boga de Taine; Isidro
Revert —también profesor de historia universal de la Sociedad Universita
ria— escribe en los Anales del Ateneo sobre La química y la física históricas^
La mecánica en la historia, Morfología y fuerzas de la historia; 40 Marcelino
Izcúa Barbat, por su parte, hace profesión de fe filosófica en un discurso
inaugural del aula de historia antigua del Ateneo en 1882, refiriéndose a

34.Luis D. Desteffanis, De los criterios históricos, etc., cit., p. 10.
35.Eduardo Acevedo Díaz, La civilización americana, en El Club Universitario, año III,
nn. 101, 102, 103, 104, Montevideo, mayo 25, junio 5, junio 12, junio 22 de 1873.
36.Prudencio Vázquez y Vega, La mitología griega considerada bajo el prisma de la
moral, en Actas de la Sociedad Filo Histórica, Montevideo ,22 de julio de 1874, en
Archivo del Ateneo de Montevideo.
37.Gregorio Pérez, El origen de la civilización americana, en Actas de la Sociedad FiloHistórica, Montevideo, 19 de agosto de 1874, en Archivo del Ateneo de Montevideo.
38.José G. del Busto, Disertación sobre la división más científica de la historia de ia
humanidad, en Actas de la Sección Historia del Ateneo del Uruguay, Montevideo,
15 de setiembre de 1879, en Archivo del Ateneo de Montevideo.
39.Alberto Palomeque, Discurso de apertura al inaugurar las veladas literarias en el
Ateneo del Uruguay, en Anales del Ateneo, año I, t. I, n. 2, Montevideo, 5 de
octubre de 1881^ p. 159.
40.Isidro Revert, La química y la física histórica, en Anales del Ateneo, año I, t. I,
n. 5, Montevideo, 5 de enero de 1882, p. 374 y ss.; La mecánica en la historia, en
Anales del Ateneo, año I, t. I, n. 6, Montevideo, 5 de febrero de 18S2, p. 468;
Morfología y fuerzas de la historia, en Anales del Ateneo, año I, t. I, n. 10, Mon
tevideo, 5 de junio de 1882.
— 19 —

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�La Historiografía uruguaya en el siglo xix
ción, unitarismo y federalismo". Es una verdadera pesadilla científica que
da sin embargo idea de la desenfrenada vigencia que alcanzó el positivismo.
Sostiene que la "catóptrica social está tan avanzada hoy como la catóptrica
lumínica. Las razas que se mezclan y confunden, proyectan y combinan sus
enerjías físicas y sus cualidades morales, como las superficies tersas los
rayos de luz o de calor radiante. Los teoremas son los mismos. Siempre el
ángulo de incidencia es igual al ángulo de reflexión. De lo que se sigue
que las temperaturas sociales tienden a equilibrarse como las físicas...".46
Mención accidental corresponde a Enrique Kubly y Arteaga (18551904) por sus dos ensayos más significativos: Las grandes revoluciones
(1887) un grueso volumen que con aire de viejo alegato liberal reedita
las protestas de Bilbao ante la acción clerical, con mucho de Spencer y
Carlyle; un tanto anacrónico, conservador para 1887 y para el prólogo de
Pi y Margall que le precede.
Libertad, ciudadanía, soberanía popular, leyes políticas, analizadas
históricamente, en su faz sociológica, desde la antigüedad hasta los
últimos conflictos con la Iglesia, pasando por la Revolución Francesa,
seguidas por conclusiones de filósofo de la historia, al tono grandilocuen
te de estilo. En El espíritu de rebelión (1896), con énfasis erudito radica
las bases de la democracia en su evolución histórica, para concluir en el
dogma del progreso como idea central y condición de perfeccionamiento.
Tiene un acentuado tono profético, al plantearse la cuestión social del
momento con la macrocefalia industrial y su incidencia sobre la clase
obrera. Su diagnóstico desahucia al socialismo de Estado y a las "extrañas
utopías" de Marx y Lassalle, así como al anarquismo, que desprecia como
buen liberal de fin de siglo. Cree que el mundo está asentado —dadas las
inclinaciones natas del hombre por su interés individual— sobre la no
ción de propiedad. Proclama la libre iniciativa como panacea de los
males sociales y tiende, dentro de fuertes marcos reaccionarios, a una re
pública federal de acento conservador y jerárquico. El espíritu de rebe
lión, para Kubly, es la palanca del progreso constante e irresistible, a
cuyo conjuro se operarán las transformaciones sociales. 4r
b)

algunas manifestaciones de la corriente erudita.

En tiempos de Rivadavia, cuando a comienzos de 1827 llegaba a Bue
nos Aires, proscripto de Italia, el publicista Pedro De Angelis (1784-1859),
los primeros frutos del método filológico crítico y el auge de la corriente
neoviquiana auguraban una fecunda revolución en los dominios del saber
histórico europeo. No tanto por haber sido un temprano portavoz de aque
llas ideas históricas, sino por la influencia que irradió con su obra de acopio
y creación, se le debe preferencia en todos los estudios sobre los orígenes
de la erudición en el Río de la Plata. En su patria natal, procedía De An
gelis de aquella escuela de publicistas y estudiosos napolitanos que tras
las huellas de Vincenzo Cuocco postulaba una reivindicación del pensa
miento de Vico apuntando hacia una conceptuación científica del saber
46.Ibid., p. 375.
47.Enrique Kubly y Arteaga, El espíritu de rebelión, Madrid, 1896.
— 21 —

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�La Historiografía uruguaya en el siglo xix
En el plano de las expresiones individuales, la labor heurística ha
perpetuado el nombre de Andrés Lamas (1817-1891), 49 que con su va
riado aporte historiografía), señala una vocación ceñida por una activa
militancia intelectual y política. Mentor de nuestra emancipación lite
raria en el 38, perdura por su aporte ensayístico, monográfico y docu
mental como un símil característico de la erudición en el Uruguay. Más
allá del tradicional esquema político de los hechos, su visión del pasado
se enriqueció con aportes de la geografía y la economía, la estadística y
la filología, la literatura y la reflexión sociológica. Su obra puede desglo
sarse en dos aspectos: metodológico y monográfico.
La fundación del Instituto Histórico y Geográfico en 1843, empresa
a la que estuvo estrechamente vinculado Lamas, recoge sus ideas juveni
les de 1838 al abogar en El Iniciador por la independencia científica y li
teraria de la Nación.
Poco después de publicar en forma de libro sus Apuntes históricos
sobre las agresiones del dictador argentino Juan Manuel de Rosas
(1848), mientras cooperaba con la empresa heurística de los emigra
dos unitarios en El Comercio del Plata^ Lamas encara la idea de pu
blicar las fuentes necesarias para la ulterior elaboración historiográfica.
En 1849 inicia la Colección de documentos para la historia y geografía
de los pueblos del Plata. En 1872, junto a Juan Ma. Gutiérrez im
pulsa la fundación de la Revista del Río de la Plata (1872-1877);
asimismo por esos años emprende la edición de la Biblioteca del Río
de la Plata donde aparecen bajo su cuidado las crónicas de Lozano
(1874) y Guevara (1882). En 1873, concreta su ambicioso plan de inves
tigación en repositorios europeos con las Instrucciones para la adquisición
en los archivos europeos de documentos inéditos que pueden ilustrar la
historia colonial del Rio de la Plata. Su aporte en el aspecto heurístico
señala una sostenida pasión de trabajo, sustentada desde sus realizaciones
del 40 hasta los últimos días de su vida, en cuyo lapso se mantuvo estre
chamente vinculado a los problemas de la realidad del país que lo vio
nacer.
Pensamiento y acción, erudición y militancia, se conjugaron en su
espíritu si no siempre con equilibrio, al menos con la definida vocación
del historiador preocupado y alerta. Como los historiadores de la escuela
romántica —Michelet, Thierry, Carlyle— Lamas ejemplifica la disquisición
sobre el pasado como pretexto para una actitud política; así surgen sus
Apuntes históricos sobre las agresiones del dictador argentino Juan Ma
nuel de Rosas, respuesta que la realidad inmediata propone a un espíritu
necesitado de explicarse, en términos históricos, la situación presente. El
ensayo aparece, en sus virtudes y sus flaquezas, como un analítico cuadro
político que va desde la guerra contra el Brasil hasta la renuncia de Oribe
de 1838, donde enjuicia la facción y la dictadura de Rosas en un bosquejo
cargado de pasión partidaria.
Pero su actitud posterior, a partir del resurgimiento de los estudios
49. Cfr.: Guillermo Furlong Cardiff, Bibliografía de Andrés Lamas, Buenos Aires, 1944.
— 23 —

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Nvnf

�La Historiografía uruguaya en el siglo xix
fueron todas circunstancias que requirieron el extremo rigor de la crítica
aplicado a los elementos de primera mano.
En Buenos Aires, la corriente erudita de Domínguez, ya jerarquizada
por Mitre en cuanto al método, emite su profesión de fe científica, como
escuela histórica, en ocasión de la polémica de 1881 entre Mitre y López.
Es justamente a partir de entonces, en el lapso que cubren las dos
últimas décadas del siglo, donde se sitúan algunas expresiones singulares,
características de aquella tendencia que, a partir de la compulsa docu
mental y la erudición, postula una rigurosa exégesis de fuentes, por el mé
todo de depuración hermenéutica. El ochenta y el noventa recogen una bi
bliografía histórica que compendia, a los fines sistemáticos de este pano
rama, los frutos de la corriente erudita en el Uruguay del XIX.
Tras los festejos de inauguración del monumento de la Florida
(1879), la polémica desatada desde Buenos Aires por Juan Carlos Gó
mez, al negar significación independentista a la efemérides de 1825,
promovió una conmoción que trascendió del plano inicial. Y, al cabo de la
consideración de los antecedentes históricos del acontecimiento, vino a im
pulsar una disquisición sobre los orígenes de la propia nacionalidad orien
tal, ventilada en la tribuna del Ateneo y en sus Anales, en polémicas deriva
das de la prensa al folleto, en los periódicos de ambas orillas del Plata.
Todo este proceso espiritual que cubre los años 1879 a 1885; arroja un
saldo edificante para la conciencia histórica. Este período sin duda mere
cería, por su resonancia intelectual, por su repercusión historiográfica y
por su contenido afirmativo de la conciencia nacional, una consideración
muy atenta, que desborda por fuerza estos apuntes. Pedro Bustamante,
Juan Carlos Gómez, Berra, Lucio V. López, Fregeiro, Mitre, Carlos Ma
ría y José Pedro Ramírez, Alejandro Magariños Cervantes, Carlos Ma. de
Pena, Bauza, Melián Lafinur, Ángel Floro Costa fueron sus protagonistas
con ostensible o indirecta actuación. El clima que crea la creciente discu
sión propicia eco y respuestas, algunas de cuyas voces han recogido los
Anales del Ateneo.
En una segunda instancia, centrado el debate en torno a Artigas, Car
los María Ramírez (1848-1898) 50 impugna a Berra con su Juicio Crítico.
Periodista, hombre público, universitario, Ramírez estaba vinculado a
Berra por amistad y comunes aspiraciones. Sin embargo, no pudiendo
sustraerse al movimiento de reafirmación de la nacionalidad que se ven
tilaba con urgencia polémica, plantea algunas discrepancias con el libro
del educador que entonces (1881) aparecía en su tercera edición. El Juicio
Crítico revela la necesidad de objetivar en la historia la figura del caudi
llo y de la revolución oriental. Su vinculación con Fregeiro, sin duda in
cidió en la gestación de este opúsculo. Ramírez avanza una crítica de las

50. Carlos Ma. Ramírez, La guerra civil y los partidos en la República Oriental del
Uruguay, Montevideo, 1871; Juicio critico del Bosquejo Histórico de la República
Oriental del Uruguay por el Dr. D. Francisco Berra, Buenos Aires, 1882; Artigas,
Debate entre El Sud América de Buenos Aires y La Razón de Montevideo, Monte
video, 1884.
— 25 —

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�La Historiografía uruguaya en el siglo xix
La monografía de Maeso (1830-1886), 67 no obstante su premiosa
elaboración, sirvió de base a un posterior estudio documental y crítico con
fines alegatorios. La documentación es exhibida con intención reivindica
toría, acudiendo a testimonios hasta entonces desconocidos.
Es, con sus limitaciones, una síntesis comprensiva que se propone
aportar las probanzas documentales para demostrar la espontaneidad de
la revolución de 1811. Encarado bajo la forma de un alegato, se remi
te al testimonio de los actores del proceso "como la única e ineludi
ble ley". Al asignar al movimiento emancipador una señalada proyección
nacional, avanza una interpretación moralizante de ese pasado donde aso
man "las virtudes o los crímenes de los hombres notables y de las gene
raciones pasadas presentándolas de relieve ante la admiración de los con
temporáneos". 58 Aun en su significación menor, Maeso representa una
valiosa contribución al acervo monográfico, así en la compulsa de testi
monios poco conocidos como en la erudición general que revela su tra
bajo, un exponente más del revisionismo histórico que asoma con pujan
za en la década del ochenta, impulsado por los debates acerca de la na
cionalidad, pero sustentado además por una bonificación de método e ins
trumental erudito.

La consideración de la figura de Clemente Fregeiro (1853-1923),59
implica reconocer, para los estudios históricos, una notoria ampliación de

57.Justo Maeso, La insurrección emancipadora de la Provincia Oriental en 1811, Sus
antecedentes y su espontaneidad, en Anales del Ateneo, año IV, t. IX, n. 50, Mon
tevideo, 15 de octubre de 1885, p. 310; El general Artigas y su época, apuntes do
cumentados para la historia oriental, Montevideo, 1885; Los primeros patriotas
orientales de 1811. Expontaneidad de la insurrección oriental contra la España en
la guerra de la independencia americana, Montevideo, 1888.
58.La insurrección emancipadora de la Provincia Oriental en 1811. Sus antecedentes y
. su espontaneidad, en Anales del Ateneo, año IV, t. IX, n. 50, Montevideo, 15 de
octubre de 1885.
59.Clemente L. Fregeiro, Compendio de la Historia Argentina, desde el descubri
miento del Nuevo Mundo hasta el presente, Buenos Aires, 1876, 3a. ed., 1881; Los
colores de la bandera argentina, Buenos Aires, 1878; Juan Díaz de Solís y el des
cubrimiento del Río de la Plata, Buenos Aires, 1879; Don Bernardo Monteagudo,
Buenos Aires, 1880; San Martín, Guido y la expedición libertadora del Perú, Bue
nos Aires, 1884; Vida de argentinos ilustres, Buenos Aires, 1885; Artigas, El Éxodo
del Pueblo Oriental, 1811, en Anales del Ateneo, Montevideo, 18S5; Artigas, Estu
dio Histórico, Documentos Justificativos, Montevideo, 1886; Lecciones de Historia
Argentina, Buenos Aires, 1886; Don Vicente Fidel López y un texto de historia ar
gentina, Buenos Aires, 1889; Un informe y un decreto. Fundación de pueblos en la
Banda Oriental, Buenos Aires, 1891; Noticias sobre la vida de don Hipólito Vieytes,
Buenos Aires, 1893; La Historia documental y critica, Buenos Aires, 1893; Síntesis
histórica del desarrollo histórico de la República Argentina, en El Censo Nacional,
Buenos Aires, 1895; Antecedentes de las invasiones inglesas en el Rio de la Plata,
en Revista de Derecho, Historia y Letras, Buenos Aires, 1897; La Defensa de Mon
tevideo y el Gral. Urquiza, en Revista de la Universidad de Buenos Aires, Buenos
Aires, 1917; La vida de un revolucionario, en La Nación, Buenos Aires, febrero de
1918; La Batalla de Ituzaingó, Buenos Aires, 1919; Estudios Históricos sobre la Re
volución de Mayo, en Biblioteca de Historia Argentina y Americana, tt. VI-VII,
Buenos Aires, [1930] s. d.
— 27 —

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�La Historiografía uruguaya en el siglo xix
ro—, concibe la historia a imagen de Taine, en su doble calidad de cien
cia y arte. Una fuerte impregnación filológica trasunta su formación eru
dita donde alientan, junto a la vieja savia de Tillemont, las recientes in
fluencias de Mommsen y de Droysen, los giros de Sainte Beuve y de Fustel.
"El trabajo del historiador —dirá Fregeiro— consiste, ante todo, en revi
vir por el espíritu estados que fueron de la sociedad (la fórmula —repe
tida más tarde por Groussac— no está muy lejos del pensamiento de Tai
ne) , coordinando al efecto inmenso y complejo material, fragmentario casi
siempre, por intermedio de la erudición que acopia y de la crítica que
depura y ordena". Y la raíz típicamente germánica y filológica surge de
su inmediata aclaración sobre la misión de la crítica: "...no basta
estraer un papel de un archivo oficial o privado, es indispensable estu
diarlo en sí, en su procedencia, en su concordancia ó contradicción, con
otros documentos igualmente auténticos é igualmente autorizados". Y con
cluye: ".. .el material científico es indispensable, pero la crítica lo es tan
to como éste". 62 Su refutación a Madero abunda en disquisiciones de mé
todo, muy ilustrativas, por lo demás, acerca de la diferenciación de enton
ces entre ciencias "racionales" y ciencias históricas. Para él, los textos y do
cumentos son para la historia lo que son para las ciencias naturales los
experimentos y las observaciones. Sus discrepancias con Madero tienden
a dejar establecido: que no es posible hacer historia con documentos iné
ditos si éstos no se depuran con reservas críticas; que más alia de todo aco
pio de material inédito, la verdadera erudición se maneja con la crítica
paciente y sagaz que reúne y ordena, clasifica y juzga. 63 Tal como ya lo
había dejado establecido en su contribución inicial sobre la batalla de
Ituzaingó (1888), ensayo de crítica histórica y militar; o en su perfil de
Monteagudo (1880), cuyas convicciones se ven robustecidas en sus postu
mos Estudios históricos sobre la Revolución de Mayo. 64

62.Clemente L. Fregeiro, La historia documental y critica cit., pp. 4 y 5 .
63.Ibid.
64.Clemente L. Fregeiro, Estudios históricos sobre la Revolución de Mayo, etc., cit.,
Prefacio.
En Anales del Ateneo Fregeiro publicó El Éxodo del Pueblo Oriental, capítulo
de una obra mayor que no llegó a aparecer y que vino a quedar reducida al an
ticipo documental aparecido en 1886, con el título de Artigas, Estudio Histórico,
Documentos Justificativos, Cfr., Anales del Ateneo, año IV, t. VIII, nn. 41, 42, 43,
Montevideo, 5 de enero de 1885, 5 de febrero de 1885, 5 de marzo de 1885; pp. 64
y ss., pp. 81 y ss., pp. 169 y ss.; Cfr.: Carlos Ma. de Pena, Introducción, en Anales
del Ateneo, año IV, t. VIII, n. 41, p. 64.
Su correspondencia con Setembrino Pereda y con Luis Melián Lafinur con
tiene referencias sobre sus proyectos de encarar una Historia Nacional como con
junto integral, abarcando no sólo historia política, sino institucional, literaria,
económica y cultural, tarea que programaba llevar a cabo con un equipo de in
vestigadores uruguayos. Pensó en escribir —lo dice en carta a Melián Lafinur— un
Bosquejo Histórico de la República Oriental del Uruguay, al ejemplo de Oncken,
con la colaboración de Francisco J. Ros, José Henriques Figueira, José Salgado,
Setembrino Pereda, Carlos Oneto y Viana, Luis Melián Lafinur, Carlos Vaz Ferreira, Carlos Roxlo, Benjamín Fernández y Medina. La carta, que, como se sabe, no
llegó a su destinatario ni se publicó en su tiempo (1917), figura en la Revista del
Instituto Histórico y Geográfico del Uruguay, t. V, n. 1, p. 292.
— 29 —

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�-La Historiografía uruguaya en el siglo xix
en el pasado para explicarse por vía retrospectiva la existencia indepen
diente de su país, en el momento culminante de la controversia sobre la
autenticidad histórica de la República. El preconcepto de la existencia
nacional —como se sabe— dinamizó variadamente la historiografía ameri
cana. La hipótesis del trabajo de Mitre, al "perseguir los orígenes del sen
timiento nacional como conciencia de la comunidad",67 es el supuesto
que dinamiza en Bauza la búsqueda atenta de los elementos físicos, geo
gráficos, políticos y sociales que dan cuerpo al ser nacional uruguayo. Por
eso es la suya la primera historia de los orientales.
Su interpretación de la Revolución de Mayo y la revisión de la figu
ra histórica de Artigas que emprende en dos de sus trabajos de 1870, 68
prefiguran ya su definitiva visión del proceso revolucionario rioplatense,
como lo ha señalado Pivel Devoto. Según Bauza, el movimiento de 1810
surge como un brote comunero amparado en planes monárquicos, contra
los cuales Artigas simboliza la idea republicana federal. Cree que 1810 es
una proyección del movimiento juntista de Montevideo de 1808 y que el
principio de la soberanía de los pueblos y la difusión popular del ideario
republicano deben remitirse al espíritu artiguista. Entonces, anticipándo
se a los grandes debates sobre Artigas, Bauza definió en estos escritos ju
veniles y en sus artículos de Los Debates las bases de una juiciosa apolo
gía, que más tarde emprendería a la luz de la crítica documental.
En la Historia de la Dominación Española en el Uruguay, ratifica
estas tesis con nuevos argumentos. Como Mitre, cree en la preexistencia
de la nación en la colonia, dada la vida independiente que en una comar
ca muy delimitada por las fronteras naturales habían establecido los cha
rrúas. "La colonia —afirma— entendió ser, y era, en efecto, la continua
ción de la antigua nacionalidad bárbara e independiente que le había
dado origen". Desde tiempos muy antiguos sus rentas propias derivadas
de su producción agrícola ganadera y su estratégica situación portuaria,
demostraron que el país en cierto modo se bastaba a sí mismo. Por ello,
la revolución no surge como un exabrupto histórico, sino como una na
tural consecuencia de un tradicional sentimiento independentista para
el que el pueblo estaba preparado por un instinto fraternal y democráti
co que alentaba en una sociedad donde se confundían las clases y donde
la conciencia igualitaria desembocó forzosamente en la forma de gobierno
republicano. Una explicación causal, a veces forzada por un rigor silogís
tico, encubre toda su diagnosis de la vida colonial. Su análisis de la do
minación hispánica se resuelve en un balance favorable de la gestión del
conquistador, aunque tras su juicio de valor yace una hipótesis de corte

67.José Luis Romero, Mitre, un historiador frente al destino nacional, en Argentina,
Imágenes y perspectivas, Buenos Aires, 1956, p. 140.
68.Francisco Bauza, La influencia de la República Oriental del Uruguay en América
del Sur; cfr.: Memoria presentada al Club Universitario, Montevideo, 9 de abril de
1870, en Archivo del Ateneo de Montevideo, Club Universitario, 1868-71, paquete 1;
además Juan E. Pivel Devoto, De la leyenda negra al culto artiguista, en Marcha,
Montevideo, 27 de octubre de 1950.
— 31 —

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�La Historiografía uruguaya en el siglo xix
cientos Araújo, el Hermano Damasceno, Eolio, hasta la nueva promoción
de historiadores de este siglo que definirán Pereda y Salgado, Acevedo y
Pablo Blanco.
Su consideración, empero, está fuera de los límites asignados a este
esquema.

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II)PARTICULAR
Acosta y Lara, F., Signos de la Historia, en Anales de la Universidad, Montevideo, t. V,
1893, p. 1007.
Esta nómina sólo menciona algunos de los aportes tenidos en cuenta para la elabo
ración del presente artículo, no constituyendo, por lo tanto, una bibliografía comple
ta sobre el tema. Las fuentes se han intercalado en las notas al pie de página, donde
cada autor remite a sus obras más importantes.
— 33 —

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�La Historiografía uruguaya en el siglo xix
setiembre, 23 de setiembre, 6 de octubre, 13 de octubre, 27 de octubre, 17 de no
viembre, 1 de diciembre, 8 de diciembre y 29 de diciembre de 1950, y 2 de febre
ro de 1951.
Pivel Devoto, J. E., Prólogo a De-María, I, Montevideo Antiguo, Montevideo, 1957.
Pivel Devoto, J. E., Visión del país en 1856, en Marcha, Montevideo, 11 de enero de 1957.
Pivel Devoto, J. E., De los catecismos históricos al Ensayo de H. D., en Marcha, Mon
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— 35 —

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                </elementText>
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        <name>Dublin Core</name>
        <description>The Dublin Core metadata element set is common to all Omeka records, including items, files, and collections. For more information see, http://dublincore.org/documents/dces/.</description>
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                <text>Biblioteca Virtual de Humanidades en el Uruguay</text>
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            <name>Subject</name>
            <description>The topic of the resource</description>
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              <elementText elementTextId="138">
                <text>Repositorio de ensayos en las Humanidades publicados originalmente en el Uruguay</text>
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            <name>Description</name>
            <description>An account of the resource</description>
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              <elementText elementTextId="139">
                <text>&lt;p&gt;&lt;span&gt;La Facultad de Humanidades y Ciencias de la Educación se ha propuesto contribuir a rescatar y poner a disposición de los lectores la escritura ensayística del Uruguay a lo largo de su historia. Esta Biblioteca Virtual de Humanidades en el Uruguay pretende reunir en un solo lugar más de dos siglos de textos de reflexión y pensamiento, dentro del amplio campo de las humanidades, producidos en conexión con la universidad. La mayor parte de esos textos han sido originalmente publicados en revistas universitarias o periódicos hoy difícilmente accesibles. A menudo nunca recogidos luego en libro—o recogidos con sustanciales modificaciones—, son textos que pueden contribuir a recuperar y mostrar las dinámicas de pensamiento y representación en el país, tal como se realizaron en tiempos de centralidad de la escritura.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;La a veces fina y sinuosa línea entre Humanidades y Ciencias Sociales hace que textos de historia económica, de estudios sociales, de ciencia aplicada a la antropología, puedan tener cabida en esta colección, aunque el foco está en el núcleo tradicional de las humanidades. El Derecho (con la excepción de Filosofía del Derecho) queda, por su especificidad técnica y profesional, por el momento fuera de este grupo. &lt;/p&gt;
&lt;p&gt;La colección será un trabajo acumulativo, con entregas bimensuales. En el tiempo, los textos se irán organizando de acuerdo a posibles lecturas de la historia de las ideas en la región y el continente. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Aldo Mazzucchelli&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;&lt;span&gt;15 de octubre de 2017&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;</text>
              </elementText>
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          <element elementId="37">
            <name>Contributor</name>
            <description>An entity responsible for making contributions to the resource</description>
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              <elementText elementTextId="3695">
                <text>Pablo Darriulat&#13;
Gonzalo Marín</text>
              </elementText>
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            <name>Rights</name>
            <description>Information about rights held in and over the resource</description>
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              <elementText elementTextId="3696">
                <text>Facultad de Humanidades y Ciencias de la Educación</text>
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  </collection>
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      <name>Dublin Core</name>
      <description>The Dublin Core metadata element set is common to all Omeka records, including items, files, and collections. For more information see, http://dublincore.org/documents/dces/.</description>
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          <name>Title</name>
          <description>A name given to the resource</description>
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              <text>La historiografía uruguaya en el siglo XIX, apuntes para su estudio </text>
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              <text>Apartado de la Revista Histórica de la Universidad  (Segunda época)</text>
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          <name>Creator</name>
          <description>An entity primarily responsible for making the resource</description>
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              <text>ODDONE, Juan Antonio </text>
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          <name>Source</name>
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              <text> Oddone, Juan Antonio: La historiografía uruguaya en el siglo XIX :apuntes para su estudio /Juan Antonio Oddone..    Montevideo : s.n, 1959..</text>
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