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                  <text>ESTHER DE CACERES

Pasos del recuerdo
(Para una iconografía de Carlos Voz Ferreira)

FACULTAD DE HUMANIDADES Y CIENCIAS

199^835
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UNIVERSIDAD DE LA REPÚBLICA
MONTEVIDEO
1963

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�Aprendí a conocer a Vaz Ferreira eñ mi adolescencia. Había
oído hablar de él desde niña en el ambiente familiar en que se le
respetaba como pensador y pedagogo, desde una distancia que acen
tuaba las perspectivas para mi asombrada visión.
Luego en el aire encantado de mi amistad con María^ Eugenia,
de quien era yo discípul^ fervorosa, con una adhesión casi filial, el.
nombre y las evocaciones de Carlos Vaz Ferreira se acercaban a su
verdadero tono, a su intimidad familiar. María Eugenia ,con aque
lla persuasiva fuerza, ya escondida, ya revelada en su melodiosa voz,
afirmaba categóricamente la entidad genial de aquel hermano tan
semejante y tan distinto, tan ligado a ella, según pude yo saber des
pués, por infinitos matices que se relacionaban con un rasgo común
eminente: la calidad personal con que en ambos se daba el más sin
gular concierto de fuerza y delicadeza.
Comencé a concurrir asiduamente a sus conferencias. Pude ha
cer versiones fieles de las mismas, que puntualmente se publicaban
en "El Ideal", diario de la época. Supe, con alegría, que a él le
gustaban y que las consideraba buenas.
Mi atención se repartía, con cierta angustia, con verdadera sed,
entre las palabras que yo debía registrar y el acento sutil con que
el Maestro las decía: y aun deseaba yo seguir los gestos caracterís
ticos, la mirada emocionante, todo lo que constituía el espectáculo
inolvidable de aquel hombre pensando, de aquella presencia tan no
ble y viva, tan segura y tan temblorosa a la vez.
Lo veía en la cátedra y pensaba en aquel Vaz Ferreira adoles
cente que deslumhrara a su profesor en el aula de Filosofía. El doc
tor Abel Pinto, recién llegado a dictar sus clases, después de oir una
disertación del joven estudiante sobre la Conciencia, renunció al car
go, aduciendo que no podía desempeñarlo pues había en la clase un
estudiante que lo aventajaba en saber. Esa anécdota de Vaz Ferrei
ra estudiante se complementa con otra reveladora de Vaz Ferreira
profesor, que él mismo me refirió. Se encontraba en un sitio esperan
do que llegara alguien a atenderlo y darle una merienda. Y como
nadie se le acercara, una persona instalada en una mesa próxima se
le acercó diciéndole: "Vd. ha sido profesor de mi hijo. Desde en
tonces mi hijo siente veneración por Vd. Hasta tiene su retrato en
su habitación. Permítame que yo le sirva su merienda. Es lo menos
que puedo hacer por un profesor que ha hecho tanto bien a mi
hijo."
Las dos anécdotas, bien expresivas, cobran más fuerza cuando se
piensa que ellas se refieren a un hombre modesto, de vida casi es
condida, de tonos apagados, de un estilo auténtico, sin énfasis, de
una sobriedad y de una sencillez sostenidas a lo largo de una vida
de sacrificio y renunciamiento.

�Esta dignidad, así como su timidez y su delicadeza, le daban un
carácter solitario y creaban una dificultad para acercársele. El res
peto que despertaba, tanto por su admirable entidad como por los
signos de su sensibilidad delicada y sufriente, era un respeto aislador,
que siempre nos hacía pensar en aquel destino solitario de los gran
des seres, tal como lo dijo Alfredo' de Vigny en el simbolismo de
su inolvidable poema Moisés.

Recordaré siempre el momento en que me acerqué por primera
vez a Carlos Vaz Ferreira. Era en días de estío, en el Hotel Miramar,
junto a la orilla límite de Montevideo. Se realizaban allí torneos de
ajedrez, a los que asistían los más notables competidores del mundo.
Vaz Ferreira asistía como espectador, con su atención inteligente y
profunda, con sus ojos enterados, y ese aire a veces ausente que con
trastaba con una activa, impresionante intervención en los aconteci
mientos.
Después de muchas dudas yo resolví acercarme y decirle quien
era. No olvido el tono de su voz, ni la gracia con que reiteró mi
presentación: ¿Es Vd. la mismísima Esther de Cáceres?
Desde ese momento comenzó nuestra amistad y nuestro diálogo.
Y ya en ese día recibí esta lección directa, tan suya, plena de sabi
duría y de libertad: Como me invitara a ir a escuchar música y me
anunciara algunos discos que oiríamos, cuando habló de Canto Gre
go^iano yo le dije que mi deseo más vehemente era que mis poemas
fueran semejantes a esa expresión lineal y desnuda en la que creo
se da lo mejor del alma.
El, mirándome con aquellos ojos húmedos, inteligentes y tiernos,
me dijo lentamente: "La mejor manera de escribir poemas es escri
birlos tal como nacen..."
Después de ese encuentro, empecé a asistir a las reuniones que
se realizaban en la quinta de Atahualpa, en aquella sala de Música
desde la que se veían el dulce atardecer o la noche sombría, los altos
antiguos árboles, las flores de cada primavera.
En aquella sala de aire embelesado reencontraba yo la presencia
de Vaz Ferreira: era el de la Cátedra; era el de su austera habita
ción del Ateneo; era el de los encuentros cordiales en algunas salas
de un Montevideo *que ya desaparece.
Pero era más íntima, más entrañable; acentuaba en mí las im
presiones que de esa presencia recibía en otros sitios; —¡y en sus
libros!—; y, en cierto modo, explicaba al Carlos Vaz Ferreira que
veíamos en la acción o que sentíamos en las páginas por él escritas.
Quizá este era el ámbito en que era más él mismo, en que se
sabía más él mismo — junto a sus gentes, cerca de sus libros; oyen
do su más amada música y su más amado silencio.

�De vez en cuando la dulce voz se asomaba a este silencio. Y era
siempre para decir algo significativo, libertado de lo convencional,
en un aire de lenguaje vivo y como recién nacido. Esta expresión,
original, plena de naturalidad y libre de toda inercia, era uno de los
rasgos fundamentales de Vaz Ferreira. Aparece en su estilo de escri
tor como aparecía en sus clases, en sus discursos o en su lenguaje
conversacional. Y siendo tan natural y tan espontáneo, tan evidente
mente ligado a lo más intrínseco del ser, este rasgo se vinculaba a
una voluntad estilística y a una moral de la expresión que podría
haber inspirado el capítulo que tantas veces quisiera leer en Moral
para intelectuales: un capítulo sobre moral del lenguaje.
Recuerdo un momento en que esta libertad con respecto a las
inercias del estilo coloquial se me hizo bien patente. Llegaba yo a
una reunión musical en la casa de los Yéregui y lo encontré rodea
do de varias personas, ante las cuales me acerqué a saludarlo, pre
guntándole según la frase habitual: "¿Cómo está Vd.?" Y me con
testó, revelándome el contraste entre la frivolidad de mi pregunta y
de mi acento y la gravedad que en sí entrañaba tal frase: "¿Puede
alguien, acaso, saber cómo está?" ...
Este lenguaje personalísimo era una de sus características fieles.
Y así como da luz original a su prosa, de rasgos aun no estudiados,
invadía con tranquila gracia su conversación habitual. Con ese lé
xico tan vivo, acompañado por una voz de aterciopelados matices,
podía conmovernos siempre: y sobre todo cuando hablaba de perso
nas queridas, cuando evocaba momentos emocionantes de su vida
íntima, en aquel tono profundo y delicado, confesional, con que es
cribió la dedicatoria de Fermentarlo.
Pasaron muchos años sin que pudiera él hablar de María Euge
nia. Hasta evitaba decir su nombre grave y glorioso, sustituyéndolo
por "la que no puedo nombrar", que a todos nos impresionaba, como
si se doblase el gran vacío dejado por la muerte de la autora de La
Isla de los Cánticos. El había recogido sus poemas; había concerta
do con ella la selección rigurosa que en ese libro se nos da. Había
discutido la inclusión de Único Poema que felizmente está en el
libro resplandeciendo con su misterio como una de las obras más
significativas de la poesía de nuestra lengua. En la breve hoja que con
discreción y humildad emocionante agregó Vaz Ferreira a la prime
ra edición de ese libro, él refiere el proceso antológico. Y fue tan
fiel a aquella voluntad de su hermana que se constituyó en un cus
todio rigurosísimo del libro. Recuerdo la ocasión en que mi amigo
Gonzalo Losada me encargó de una segunda edición de La Isla de
los Cánticos. Debía yo cuidar de ella y escribir su prólogo. Fui una
noche a la casa de Vaz Ferreira a hablarle de esto. Aquello fue como
un incendio. Reaccionó violentamente. No podía de ninguna manera
pensarse en esa edición; había que respetar estrictamente la volun-

�tad de María Eugenia. Yo le aseguraba que el libro aparecería exac
tamente igual al de la edición primera. El, agitadísimo, recordaba
casos en que los editores no eran fieles... ¡ Podía hasta cambiarse
un signo!... Y sorpresivamente me dijo: "Si ese libro aparece, tendré
que suicidarme".
Ante lo cual yo, consternada, le aseguré que el litro no saldría.
Y cancelé mi compromiso con el editor. Sólo después de muchos años
accedió a que yo cuidase la edición aparecida en la Biblioteca de
Clásicos Uruguayos. Pero el recuerdo imborrable ha quedado: el re
cuerdo de aquel apasionado celo de un custodio fiel que compartió,
con la maravillosa artista, el sentido más severo de la creación poé
tica y los trances más sacrificados y ejemplares de la Moral de la
expresión.
El recuerdo de María Eugenia fue aquietándose y floreciendo lue
go a través de los años. Algunas veces se pudo hablar de ella. Y así
supe algo de lo cercano a su muerte: el último viaje, ya en camino
del Sanatorio en donde se apagaría aquella noble vida. María Euge
nia quiso que su hermano la llevase antes hasta la antigua quinta de
Mendilaharsu, para ver a su más querida amiga sumergida en el gran
dolor por la muerte del poeta. Inútil viaje: hubieron de volver, entre
los altos árboles a la calle que María Eugenia recorrería por última
vez. ¡Sólo silencio y sombra en la casa enlutada!
Y después de breve tiempo, muerta María Eugenia, Vaz Ferreira debe ocultar a su madre esta pena. Tiene que ir todos los días
a verla; y cada día llevarle un recado imaginario de la que ya no
está en el mundo; recoger la contestación, que no tendrá destino; in
ventar la composición de este raro diálogo en los umbrales de la muer
te... Hasta que la madre se apagó.

Con otros registros de su voz y de su alma narraba una anécdota
muy singular en que aparece él, muy joven, frente a su abuela. Ella
se declaraba católica, y a la vez afirmaba con fuerza la inexistencia
del Infierno. "Yo, que tenía ya dentro de mí el diablillo de la Lógica
insistía: Hay allí una contradicción: no puede ser católica y negar la
existencia del Infierno." La señora había sufrido triste trance: su pa
dre había abandonado casa y familia cuando ella y sus hermanos
eran muy pequeños. La madre, heroica, tuvo que enfrentarse con to
das las dificultades de esa soledad. Y ese lejano recuerdo se exalta
ba cuando el nieto insistía sobre la grieta que descubría en su orto
doxia. Hasta que cierta vez, golpeando enérgicamente sobre la mesa,
la abuela expuso con rigor silogístico: "Soy católica y no creo en el
Infierno. Porque si creyese en él tendría que admitir que mi padre
(aquí el largo nombre dicho por mi interlocutor con pausa q
moraba tácticamente el desenlace y creaba una expectativa inten

053S63

�6
tendría que admitir que mi padre está en el sitio más ardiente de ese
Infierno. Y como una hija no puede aceptar que su padre esté en tal
sitio, he resuelto que no hay Infierno..."

Todo no era apacible en la relación con Carlos Vaz Ferreira.
A veces un forcejeo de almas, que fatalmente se establece entre seres
intensos, venía a turbar el encanto de la amistad feliz.
Entonces él aparecía, más que siempre, con su carácter fuerte e
indomable. No he conocido ningún ser en que se concierten de modo
tan extraño y subido la dulzura y la acerada firmeza.
Recuerdo instantes de gran sufrimiento en aquella isla gentil de
nuestra amistad y nuestro diálogo.
En una pausa, en su sala de música, le dije cierta vez: "No pue
do encontrar los poemas de Verlaine que se han grabado." (Me refe
ría a la bella versión de Debussy, que él me había dado a escuchar
en una de sus sesiones de música). Su bondadosa actitud se trocó
súbitamente por un gesto violento y una violenta frase: "Mejor es
que no encuentre eso. Se dejarán así de literatear..." Yo estaba ab
sorta y desconcertada: entendí por fin que él creía que yo no encon
traba el libro de versos de Verlaine y le repliqué: "El libro, claro,
lo tengo siempre. ¿Piensa Vd. que podría vivir ni un minuto sin te
nerlo?" Entonces él, ante la violencia de mi respuesta, me tomó de
la mano, me llevó a un rincón de la sala contigua y me obligó a
oirle esta frase:
"¿Quiere que le repita lo que Verlaine escribió a su mujer?"
Yo estaba consternada. No entendía ni quería entender. Y él, a
intervalos casi medidos, volvía a insistir:
"¿Quiere que le repita lo que Verlaine escribió a su mujer?"
Por fin recordé, vagamente, el episodio, y mi lectura remota de
las cartas familiares del poeta. Eutonces, con una ágil y violenta re
acción, le dije: "Sí, sí; ya sé todo eso. Pero él sufrió mucho, y estoy
segura de que está en el Cielo."
No sé decir el amargo asombro que se reflejó en su cara. Ni el
aire desolado con que contestó, mirándose tristemente a sí mismo,
y mirando a su esposa (que estaba sentada en el sitio habitual donde,
con delicadeza y dignidad inolvidables, asistía muchas veces a la
reunión) :
"Si es así, no sé cómo mirarán allá arriba a la buena criatura..."
Y parecía un niño a punto de llorar...
Muchos días pasaron sin que yo volviera a la sala de música.
Sufría mucho con esta severidad de juicio, con esta intolerancia in
explicable en un ser que dijo: "Hombres sin pecado existen; pero
no son esos los que tiran piedras a los pecadores."

�No atiné a otra salida que la que me pareció y me parece la
mejor que podía ocurrírseme: pedí que se rezase una misa por el
alma de Verlaine, y con el Poeta Casaravilla Lemos —gran "sentidor" de la Caridad— asistí al oficio sagrado.
Cuando una tarde volví a la casa de Atahualpa, ya apaciguado
mi enojo y mi pena, Vaz Ferreira me reprochó la ausencia. Yo
quise explicarla: "Es que estaba yo muy triste (para no decir "eno
jada") con Vd."
Yél, tenaz como siempre, afirmó: "Vd. ya sabe que para mí
contarán siempre los valores éticos sobre los estéticos."
Años después, en un almuerzo con Francisco Espinóla, volvió
el tema. Yo conté mí disgusto, el acto de la Misa, mi adhesión entu
siasta a aquel Verlaine sufriente y maravilloso. El reiteró su repulsa;
pidió que yo me apartara un momento para decir por fin a Espinóla
la palabra aquella agraviante con que Verlaine increpara a su mu
jer... y por fin liberados de esto seguimos oyendo a Espinóla, que
hablaba de la Eneida. Escuchándolo, una paz feliz vino a aclararnos
y a libertarnos de aquella densa nube triste que se asomara al cielo
de nuestra amistad. Espinóla, en esas reuniones periódicas, comenta
ba a Hornero y a Virgilio. Vaz Ferreira y yo lo oíamos con deleite.
Yel Maestro, que sostenía el valor genial de esas glosas, terminaba
diciéndome: "Lo llevaré a que diga todo eso en la Facultad de Hu
manidades". Así fue para bien de quienes pudieron recibir en el
aula de Análisis y Composición Literarios tan precioso don del autor
de Raza Ciega.
Fue en uno de esos diálogos largos y memorables cuando después
de oírnos pacientemente, a Espinóla y a mí, el elogio más apasionado
de los simbolistas, dijo él con un aire sentencioso y seguro en que
expresaba toda una reacción profunda contra nuestro impetuoso en
tusiasmo: "Hornero es colosal". "Esquilo es colosal".
Yaquí vuelvo a una de mis objeciones contra la versión de
anécdotas. ¿Quién podría dar el tono de esa frase? Por eso el valor
de la anécdota queda tristemente mutilado.
No doy en el relato el tono seguro, la consciente autoridad, la
contenida impaciencia a punto de desbordar que latía, como en cuer
da tensa, en aquellas palabras. Como no puedo dar el matiz de com
prensión y sinceridad que le sentí otra vez, ante una obra de Beethoven. Fue en uno de los últimos días en que estuvimos juntos. Ha
bíamos ido a la representación de Fidelio, por artistas alemanes. Un
poco abrumada yo por la obra me animé a decirle: "No todo me
gusta aquí". Y todavía marqué las objeciones al género.
El me contestó con voz lenta y triste, pero apacible, las palabras
de la sabida expresión latina: "A veces duerme el buen Hornero".
Ylas dijo en latín, seguramente para atenuar el rigor de la frase...

�8
Las dificultades en la amistad y el diálogo se suscitaban —como
en el caso del pobre Verlaine— a propósito de gustos estéticos, o de
temas relacionados con la Religión.
Difícil fue, entre esos trances, el que se suscitó, en desplegada
"suite", cuando llegó a nuestro país el Maestro Joaquín Torres Gar
cía. El encuentro de los dos grandes seres fue imposible. Las diferen
cias entre el estilo personal de ambos constituían un obstáculo irre
ductible para que entre ellos pudiera establecerse un diálogo.
Ya en el primer día en que se vieron comenzó la aridez. Torres
García, con su espontaneidad y su fresco candor de niño, le dice a
Vaz Ferreira que desea conocer sus obras. Y el interlocutor le con
testa con una frase tajante, que si bien consignaba la verdad, tenía
el duro y seco sonido de una puerta que se cierra sin cuidado: "Es
muy difícil, imposible, conocer esa obra."
Desde entonces, fueron difíciles, casi imposibles, las relacione^
con Torres García y el diálogo sobre éste con los fervientes amigos
que el pintor conquistó de inmediato al llegar al país. Lecturas frag
mentarias de las conferencias de Torres; "tradición oral" de sus afir
maciones sobre Estética, que parecían violentas y revolucionarias y
que significaban en realidad una revisión de valores y un heroico
esfuerzo para restaurar la perdida línea del arte clásico: tales fueron
los obstáculos esenciales para un entendimiento.
El conflicto llegó a su algidez en ocasión de un homenaje que
los amigos de Torres García realizamos en la Universidad de Mon
tevideo. Habíamos pedido adhesiones a personas y a instituciones; en
tre éstas, al Ateneo, presidido por Vaz Ferreira. Recuerdo el atarde
cer en que llegué a su casa, a escuchar música, en uno de los días
previos a aquel homenaje. Estábamos solos. El se me acercó, con una
suavidad de seda, y me pidió que retirásemos la nota enviada al Ate
neo pidiendo aquella adhesión. Yo reaccioné indignada. Entonces co
menzó el más absurdo diálogo sobre los valores de Torres García.
"Nadie que conozca mi obra puede pedirme tal adhesión."
Y luego, con una insistencia cruel, me señalaba un paisaje al
óleo, colgado en el muro de la habitación, detrás de mí:
"Cuando pinte una obra como esa, creeré que es buen pintor."
Yo, con una crueldad terca, permanecía impávida, como si no
oyese una afirmación que me parecía injusta hasta la locura. Y él
repetía, "in crescendo":
"Cuando pinte una obra como esa, creeré que es buen pintor."
Hasta que yo, exasperada, le contesté:
"Vd. repite que no entiende de Pintura y el que escribió Moral
para Intelectuales no debe hablar de esto."
Quizá fue el momento más duro de nuestra amistad, una prueba
dolorosa, que se extendió a muchos días. Hasta que al realizarse el
homenaje, me llegó una nota del Ateneo de Montevideo, muy elabo-

�9
rada y retaceada, que hicimos leer en el acto, y que significaba el
más sórdido contraste con los fervorosos acentos de los oradores y de
los otros mensajes allí leídos ...
Después de estos forcejeos y penas, el aire se aquietaba, y amis
tad y diálogo volvían a su serena isla de música. Otros temas cruza
ban a veces turbando tal paz. Pero esos, por su gran entidad, por su
intensidad dramática y por su alto origen acrecentaban el común
entendimiento y la delicada amistad. El me decía:
"Rece por mí que no puedo rezar."
"Rece por mí que no puedo creer."
Afirmación dramática, reiterada muchas veces, y que, cuando él
desapareció, me llegó otra vez en la carta de una amiga suya, muy
querida, la señora María Elena Terra Arocena de Ferrés, de quien
Vaz Ferreira me decía a veces, con aire desolado:
"Para convertirme me da libros a leer. Eso no me sirve. Es inútil."
Esta amiga me relataba en su carta el episodio de una última
vez que el Maestro estuvo en su casa. En la mesa familiar, en deter
minado momento del diálogo, golpeó con su puño sobre la mesa y dijo:
"Si supiesen qué terrible es querer creer y no poder creer!"
Muchas veces estas afirmaciones llegaron a nuestra conversación.
Yo las recibía con pena, con piedad, sin réplica. No podía ni debía,
ni quería replicar. Sólo cuando él decía algo que yo sabía inexacto
le contestaba. Casi siempre en esta línea:
"Ud. nos ha enseñado que todo conocimiento ha de ser experiencial. No puede hablarse de religión sin hacer la experiencia re
ligiosa."
Muchas veces yo lamentaba algunos errores de interpretación que
venían de su información fragmentaria o errónea, errores circuns
tanciales vinculados a formación, a época, en contraste con su gran
libertad y su capacidad original. Cuando pienso en esos errores los
asocio a algunos que se señalan en el notable documento que registra
un diálogo de Bergson con el Padre Pouget, sacerdote lazarista a
quien Mauriac vincula, con palabras ardientes, a la línea insigne de
Pascal..
Y dice el Padre Pouget, al fin de su entrevista memorable con
Bergson:
"...No es sólo un hombre que piensa; es además un hombre
bueno. Pero él no conoce las Escrituras tan bien como yo, que las
he practicado durante ochenta años. Será entonces necesario que yo
haga un pequeño trabajo sobre la resurrección de Cristo según los
Sinópticos y la resurrección de nuestros cuerpos según la Primera
Epístola a los Corintios..."

�10
Insistía Vaz Ferreira en conferencias y en diálogos a propósito
de "un hijo bueno que aceptó tener un padre malo". El hijo bueno
era Jesús; el padre malo, nada menos que Dios Padre —el Jehová del
Antiguo Testamento.
Muchas veces reiteró la afirmación, hasta que una tarde, después
de leer una notable Conferencia plena de lucidez y de originalidad,
dijo que agregaría algunas notas, y leyó, entre otras, esta afirmación
sobre Cristo y Dios Padre. Al otro día, reunión en su casa. En uno
de los intervalos de la audición musical, pasó junto a mí y me dijo:
"Lamenté cuándo supe que ayer, en la Sala de Conferencias, estaha el
Padre Mossman (sacerdote de gran jerarquía intelectual, muy querido
amigo suyo y mío). Si lo hubiera visto, no hubiera dicho aquello
que dije, pues no me gusta decir cosas desagradables ante los sacer
dotes."
Yo le contesté súbitamente:
"Estábamos otros que sufrimos al escucharlo."
Volvió él a su asiento, e hizo pasar un disco en que se graba
una obra maravillosa de Bach. Rompiendo el silencio y la música,
con una intrepidez que no pude contener, me puse yo de pie y dije
en alta voz:
"¡Qué inmensa es la bondad de Dios!"
El se quedó absorto, con una expresión de sorpresa y pregunta.
Y yo continué:
"Sí, la bondad de Dios, por la que se ha suscitado el genio de
Bach; por la que se ha guardado esta obra a través del tiempo; por
la que se ha podido registrar así; y por la que ¡además! a nosotros
nos gusta."
Y volvimos a escuchar la maravilla. Mientras él recuperaba su
calma, su expresión tranquila y feliz ante la música; mientras él
regresaba de aquel asombro semejante al que una vez le vi en medio
de otro diálogo inolvidable. íbamos hacia el centro de la ciudad,
en automóvil, por una calle que parece un jardín, próxima a la casa
de Atahualpa. Yo le dije:
"Hay un dogma más terrible que todos: el de no tener dogma."
¡Ay!, si supiera decir cómo era al expresión de su cara al oír
esto!
En general, nuestra conversación sobre el tema religioso era tran
quila y libre. Siempre recuerdo la tarde en que, muerto un amigo
a quien había yo acompañado hasta el último instante, me trasladé
al Rectorado para hablar del caso, y para consolarnos de tan triste
suceso. Le relaté los trances del enfermo, muy alejado de la religión
en que había crecido, y sus invocaciones piadosas antes de morir.
Me preguntó ansioso: "¿Y no le llevaron un sacerdote?"
Como le contestara yo negativamente, afirmó con gran fuerza:
"Siempre hay que llevarlo."

�11
Yo asombrada, le dije:
"Tendré en cuenta lo que Ud. me dice si —como no lo deseo—
muere Ud. antes que yo."
La sombra de aquel atardecer que entraba por las altas ventanas
de nuestra Universidad, llega todavía hasta mi alma cada vez que
pienso en la muerte de Vaz Ferreira. No estuve yo cerca. Apenas lle
gué a las puertas de su habitación de enfermo. Después supe, por
una de sus hijas, algo que me conmovió profundamente. Al retirar
nos de la casa de Atahualpa, Josefina Lerena de Blixen y yo, des
pués de una difícil visita en aquellos días de duelo, Matilde Vaz Fe
rreira nos repitió las últimas palabras de su padre sobre mí:
"Ella, por prudente, no ha entrado. Y era importante que en
trase."
¿Era importante? Ay, seguramente para mí era importante, como
siempre, más que siempre, sentirme cerca de aquella noble alma,
saber su último adiós. Sufrir su acento nostálgico, y esa traba mis
teriosa que no lo dejaba llegar a una entrega que yo deseaba ardien
temente; traba que nadie podía franquear sino él mismo, según el
más alto sentido de la libertad y de sus relaciones con la Gracia.
Y en este adiós sin adiós se inscribe lo más dramático de mi re
lación con Vaz Ferreira, lo más dramático de nuestro diálogo. Hasta
esa zona llega su recuerdo con una luz tranquila, como la de sus
ojos húmedos y conmovedores. Aquellos que nos miraban cuando
él hablaba en la Cátedra; aquellos con que nos interrogaba en silen
cio mientras escuchábamos la música más entrañablemente querida;
aquellos que se llenaron de lágrimas, cierta vez, cuando, a propósito
de la música de Clorinda y Tancredo, nos refirió a Susana Soca y a
mí el tema de la obra. Y llegando al momento en que la protagonista
pide el Bautismo, nuestro amigo se puso a llorar...

El acento que supo dar a toda su obra —"el sentimiento calienta
el estilo" escribió en Fermentarlo, definiendo así uno de los rasgos
más originales de su obra de escritor—; ese acento tierno, familiar,
constituía uno de los encantos más entrañables en la amistad con
Carlos Vaz Ferreira.
Su delicadeza —de remota raíz, tal como se daba, con rasgos
diferenciales propios, en María Eugenia— irradiaba con el esplendor
de las finas y quietas aureolas.
Esta delicadeza es la que domina —como su voz suave domina
ba— en el recuerdo de su presencia y de su compañía serena, austera,
cordial.
Encontrarse con él en el ámbito de gustos semejantes, de adhe
sión a amigos comunes, de admiración por grandes creadores, era
un verdadero lujo de la vida.

�12
Me acompañó con gentil gracia en mi amistad por Gabriela Mis
tral; y yo sentí la alegría de saber cómo ellos se respetaban y se
querían.
Una vez, a punto de partir yo hacia Brasil para ver a Gabriela,
me dio este recado:
"Pregúntele de dónde saca esas cosas que escribe."
Y ella me contestó sin titubear:
"Dile que todas me vienen del valle de Elqui, donde nací."
También recuerdo un mediodía muy triste, cuando llegaban in
sistentes noticias de la agonía de Gabriela en una clínica próxima
a Nueva York.
Yo iba a almorzar con Vaz Ferreira. Al encontrarnos, él me
miró con sus ojos hondos y tristes y me dijo:
"Estará Ud. muy triste, y tiene que estar muy triste..."
Al salir al aire de fuego del verano, mientras descendíamos una
breve escalera de mármol que ardía al sol y él me pedía que lo dejase
apoyarse en mi brazo porque estaba deslumhrado por la luz del me
diodía, yo iba pensando en la nieve que desde el cielo del norte iba
cayendo sobre el último sueño de Gabriela Mistral.
Allí nació un verso de un poema que quiero mucho, inserto en
mi libro Paso de la Noche:
"Y en medio del estío cae la nieve."

Recordando ese momento y ese verso pienso cuántas veces mi
poesía se apoyó en la presencia de Carlos Vaz Ferreira. Esa presen
cia suscitaba siempre hondos momentos del ser; removía lo mejor
de nosotros; quizás activaba en mí aquella "disposición musical"
previa, de que habla Schiller al referirse al proceso de la creación
poética. Si debo a aquella amistad y a aquella ejemplar lección
tantos apoyos de mi ser, ese toque sobre mi poesía constituye uno
de los más esenciales y gratos motivos de mi deuda frente a la acción
profunda y delicada de Carlos Vaz Ferreira ¡todavía y siempre Maes
tro, desde su misteriosa lejanía!

Cuando releo estas páginas vuelvo a lamentar mi incapacidad pa
ra dar la versión de mis encuentros con Carlos Vaz Ferreira. No
ejercité nunca las posibilidades de narrar escasas en mí; soslayé ese
ejercicio voluntariamente, para evitar que él incidiera sobre mi oficio
poético, es decir, para custodiar a mis versos de todo lo que pudiera
ser ajeno a lo que creo que debe mantenerse puro y solitario en la
creación poética.

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1

�Imp. Cordón

�</text>
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        <description>The Dublin Core metadata element set is common to all Omeka records, including items, files, and collections. For more information see, http://dublincore.org/documents/dces/.</description>
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                <text>Biblioteca Virtual de Humanidades en el Uruguay</text>
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                <text>Repositorio de ensayos en las Humanidades publicados originalmente en el Uruguay</text>
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                <text>&lt;p&gt;&lt;span&gt;La Facultad de Humanidades y Ciencias de la Educación se ha propuesto contribuir a rescatar y poner a disposición de los lectores la escritura ensayística del Uruguay a lo largo de su historia. Esta Biblioteca Virtual de Humanidades en el Uruguay pretende reunir en un solo lugar más de dos siglos de textos de reflexión y pensamiento, dentro del amplio campo de las humanidades, producidos en conexión con la universidad. La mayor parte de esos textos han sido originalmente publicados en revistas universitarias o periódicos hoy difícilmente accesibles. A menudo nunca recogidos luego en libro—o recogidos con sustanciales modificaciones—, son textos que pueden contribuir a recuperar y mostrar las dinámicas de pensamiento y representación en el país, tal como se realizaron en tiempos de centralidad de la escritura.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;La a veces fina y sinuosa línea entre Humanidades y Ciencias Sociales hace que textos de historia económica, de estudios sociales, de ciencia aplicada a la antropología, puedan tener cabida en esta colección, aunque el foco está en el núcleo tradicional de las humanidades. El Derecho (con la excepción de Filosofía del Derecho) queda, por su especificidad técnica y profesional, por el momento fuera de este grupo. &lt;/p&gt;
&lt;p&gt;La colección será un trabajo acumulativo, con entregas bimensuales. En el tiempo, los textos se irán organizando de acuerdo a posibles lecturas de la historia de las ideas en la región y el continente. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Aldo Mazzucchelli&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;&lt;span&gt;15 de octubre de 2017&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;</text>
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Gonzalo Marín</text>
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              <text>de CÁCERES, Esther:  Pasos del recuerdo. Para una iconografía de Carlos Vaz Ferreira</text>
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              <text>La poeta Esther de Cáceres hace una semblanza de Carlos Vaz Ferreira</text>
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              <text>&lt;p&gt;&lt;em&gt;Cuadernos uruguayos de filosofía&lt;/em&gt;&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;Tomo II (1963), p. 141-153.&lt;/p&gt;</text>
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